23.8.08

¿Qué pasa con las actualizaciones?



Este blog anda de vacaciones desde el mes de julio.

No quiere decir que uno ande inactivo, ni mucho menos. Recopilo información para volver en septiembre con nuevo formato, nuevos apartados y alguna sorpresa que otra.
Mientras, este verano se gesta lo que será mi segunda publicación fisica: El brillo de los días.

Gracias, siempre, por el interés en picar Stone. Espero estar a la altura en la reaparición post-estival.

20.8.08

Un paseo por los caminos del Arte



a propósito de Nueva York (3)

Admirar el Templo de Dendur, con toda la cultura egipcia a cuestas en pleno Central Park tiene su aquel, también la excelente colección de arte islámico o los aproximadamente 3000 cuadros que componen la pinacoteca de muestra permanente del Metropolitan Museum, entre los que se encuentran los históricos -Vermeer, Rembrandt, Goya, Picasso, Matisse, Manet...- o los contemporáneos, mi admirado Edward Hopper, Tom Wesselmann, Jasper Johns... o las esculturas modernistas que cada verano regala la terraza del propio museo, éste año con Jeff Koons, babeando también desde allí con, entre otros, los perfiles del que fuera Hotel Plaza, hoy reconvertido en edificio de apartamentos privados. Todo tiene una plena justificación, incluso si el viaje que haces a Manhattan es de fin de semana. Pero lo cierto es que estos días, el Met muestra al público una singular recopilación titulada Superhéroes: Fashion and Fantasy, o lo que es lo mismo una exhibición estentórea de los trajes de los prestigiosos modistos Jean Paul Gaultier, James Acheson -autor del diseño del traje que llevaba Spiderman en su última película-, Giorgio Armani, John Galliano, Linda Carter -autora del que llevaba Michelle Pfeiffer en Catwoman- Dolce & Gabbana, Gianni Versace o Pierre Cardin, que hizo el diseño para Nicholas Cage en Ghost Rider. Ejem, entre tamaña demostración de poderío costurero encontré el primer número editado de Superman en una vitrina y el iniciático de la colección de Spiderman y Batman, algo que por si solo justificaba el pasatiempo y por supuesto el revuelo de chiquillos estos días en el Museo, aunque creo que la exposición hubiera debido de estar destinada por espíritu a la generación viejuna que fue quien compró aquellos gloriosos tebeos. La conclusión es que ni para unos ni para otros. Esta singular muestra patrocinada por Giorgio Armani estuvo dirigida exclusivamente para los amantes y curiosos de la moda e indirectamente para algún cinéfilo de aventuras.


A mayor gloria de Giorgio Armani

Bueno, seamos justos: en el Metropolitan Museum of Art éste verano reina la figura de William Turner. aproximadamente 140 cuadros, entre óleos y acuarelas, que reflejan la descarnada historia de la primera mitad del siglo XIX, con el desastre de Waterloo, El Incendio del Parlamento de Londres o la batalla de Trafalgar, por poner tres ocasos conocidos. Mientras admiro los oleajes y nubarrones, reflexiono sobre ésta sin par forma de hacer periodismo bélico.


La Batalla de Trafalgar, de J. M. W. Turner

A Turner no le apreciaban demasiado en su Londres natal porque estimaban que trivializaba los desastres, esto es, sus pinturas eran tan desgarradoras y violentas que humillaban por completo al ser humano, el soldado inglés en este caso, cuando él lo que hacía era retratar el asombroso poder de la Naturaleza sobre el ser humano. Sobre su cuadro de Waterloo, un drama patético, un rotativo inglés de la época vino a decir: "Turner ya se ha tomado otras copas".
El Met también muestra este verano una formidable colección de fotógrafos antiguos, desde 1840 a 1940. Joyas entre las que no faltan imágenes de Henry Cartier Bresson.


Instalaciones vanguardistas de Jeff Koons en la terraza del Metropolitan

La milla de los museos, situada a lo largo de la Quinta Avenida, se hace larga si quieres recorrerla en una mañana, teniendo en cuenta que te encuentras no sólo con el Metropolitan, sino con el Guggenheim, el Jewish -este verano con el primer Andy Warhol- y dos auténticas exquisiteces: el Cooper-Hewitt, dedicado casi exclusivamente al diseño histórico y contemporáneo, con un extenso jardín con terracita que hubiera descrito magistralmente Scott Fitgerald y filmado Jack Clayton para El Gran Gatsby y la Frick Collection, una colección privada, principalmente de arte renacentista, albergada en una opulenta residencia que se asemeja más a una casa solariega que a un museo. Y es que el arte en Nueva York se manifiesta esencialmente en la calle, en la exhuberancia de sus jardines, muchas veces en la muestra de sus escaparates comerciales -el de Tiffany´s es sobrecogedor, no sólo por su discreción y sobriedad, mmm... o a lo mejor precisamente por eso-.


Museo Buggenheim

La excéntrica y ya anciana Louis Burgeois se explaya en el Guggenheim. Ésta ahora venerable viejecita montó en su época unos saraos extraordinarios, escandalosos, impregnando sus obras, en especial esculturas, de esa vena psíquica procedente, dicen, de sus traumas personales -al parecer su padre se lió con su ama de llaves, digo yo que tampoco es para tanto-. El Guggy muestra filmografía de algunas de sus presentaciones, performances, y me río yo de la movida madrileña. Entre otras cosas buscaba el surrealismo de una manera turbulenta, explicita y en ese sentido abrió una vía muy vanguardista del arte contemporáneo anticipándose a lo que Andy Warhol montaría años después con su Factory. Sus esculturas monumentales de arañas, sus construcciones oníricas, son ejemplos que quedan fielmente representados en la exposición que guarda un carácter cronológico, yendo de menos a más, hasta el punto de terminar por buscar a tan peculiar personaje entre los visitantes, no fuera a ser. Pues no, estaba de dios que no era el día.


La araña de Burgeois en el Guggenheim

Con todo, el MOMA sigue siendo la estrella de Broadway. Con sus coches y helicopteros de diseño, el Bugatti de Pinin Farina, en doloroso recuerdo la reciente muerte de su último y más prolífico heredero y su esplendorosa exposición permanente donde no falta nadie.


El viejo Buga de Farina en el Moma

La sorpresa que nos reservaba este verano el Museo de Arte Moderno es la impresionante exhibición de un Dalí para muchos desconocido. Dali: Painting and Film. Soberbia, esplendorosa, interesante y apasionante. Es el Dalí que hizo con Luis Buñuel El Perro Andaluz, con la impresionante escena de la rajada del ojo, es el amigo de Harpo Marx a quien regala un arpa de diseño propio después de colaborar con los hermanos en algunos bocetos, son los story-boards que dibujó para películas de Alfred Hitchcock y Walt Disney con las proyecciones pertinentes del antes y el después, un Dalí absolutamente cinematográfico, una de sus grandes y declaradas pasiones. Como colofón, algunos de sus trabajos escondidos en galerías particulares. La exposición se exhibe en el último piso del MOMA y bajo la impresión de contemplarla sólo resta coger las escaleras mecánicas que te expulsan directamente a la calle.


Vista del nuevo suelo del Moma

No acaba ahí la sorpresa daliniana ya que otro día, paseando por el Soho, la galería William Bennet, que no se que pasa pero también guarda siempre alguna bala de misil, presenta 100 Rare Works from the Great Salvador Dalí. En este ocasión la cosa va, como su nombre indica, de rarezas del pintor catalán: Ilustraciones del portafolio Alicia en el País de las Maravillas y la Divina Comedia de Dante, la Tauromaquia Surrealista, la suite The Hippies, entre otros trabajos a lápiz, acuarelas, guaches y tinta china. La obra se vende a unos precios nada escandalosos -siento no recordarlos y no me atrevo a decir una barbaridad- y el amigo que me acompaña de pronto tiene un arrebato. Nada grave, en dos minutos recupera su cordura existencial.


Instalaciones en el Puente de Brooklyn

13.8.08

Callejear en la Gran Manzana


a propósito de Nueva York (2)



Cold Spring Harbor, en Long Island, regala este año un día excepcional en pleno 4 de julio, ésa fecha que los americanos guardan con mimo en sus calendarios. Long Island, ya lo hemos dicho alguna vez, es el jardín del estado de Nueva York. Allí están los Hamptons, residencias veraniegas no al alcance de cualquiera, donde las estrellas del celuloide y las grandes fortunas guardan intimidades. El señalado día americano cae en un embarcadero privado que mis amigos españoles disponen gracias a su filiación en un centro de investigación de la comarca. Allí vemos los fuegos de artificio que celebran la efemérides. En Manhattan los lanzan en el Lower East Side, desde plataformas habilitadas casi en el mismo río East, muy cercanas al edificio de las Naciones Unidas. La traca es gloriosa, espectacular. Los neoyorkinos acuden al lugar provistos de viandas y sillas plegables desde primera hora de la mañana, como en la cabalgata de nuestra feria.

Un pelín más arriba, en East Village, está la calle de Saint Mark Place, un regalo para la bohemia. Librerías, tiendas de discos, terrazas a la europea y mercadillos de toda índole nos lanzan al encuentro del material del coleccionista. En St. Mark´s Comics, un auténtico agasajo para los ojos de los amantes del género encontramos lo que andábamos buscando: un ejemplar de "Sleep, little girl", el cómic del albaceteño Sergio Bleda. Ya nos ocurrió hace un par de años en otra tienda de Boston. En aquella ocasión el trabajo de Sergio era "Bloody Winter". Joder, que orgullo patrio más barato me asalta cuando veo estas cosas; un albaceteño, amigo además, publicado en inglés en pleno corazón del mundo artístico. Ardo en deseos de contárselo a Sergio, aunque sé que él ya no se inmuta por estas pamplinas folclóricas, afortunadamente ya está acostumbrado a publicar internacionalmente. En Albacete no nos enteramos, no valoramos suficientemente a nuestros jóvenes artistas internacionales. Con Juan Siquier, otro grafista que se sale, ocurre algo parecido. Me consta que hay algunos más. Con el tebeo de Sergio bajo el brazo cierro la noche en dos locales a tener en cuenta: el Yaffa Café, restaurante que dispone de una terracilla veraniega que ésa noche está a reventar en un ambiente distendido con cierto toque romántico y el bar Lucy´s, donde la anfitriona, una señora setentona con peluca y a la usanza de una Manoli de nuestros pueblos nos sirve las cervezas mientras pinchamos en su Juke-box el Honey Suckle Rose de Fats Waller, entre una formidable selección que nos ofrece la maquina. Qué placer recuperar las maquinas de discos en los bares.


Sergio Bleda en St. Mark´s Comic

Esa noche no creemos que nuestro amigo gallego Gonzalo Areitxo nos haya echado de menos en su restaurante Xunta, también en el barrio de East Village, donde sirve morcillas, tortilla de patatas y guarras a la parroquia que llena por completo el local. Gonzalo tiene como reclamo a un tocaor y dos bailaoras de sevillanas que encienden el ambiente. Los yanquis aplauden con las manos abiertas de par en par, como si aplastaran nueces y los españoles nos partimos de verles. Gonzalo, pese a su éxito en Manhattan está ya un poco cansado de tantos años de trabajo en la isla -veintidós- y le asalta la morriña de su Sada natal: "Aquí nos machacan a impuestos y el dólar se cae a trozos. Trabajamos todo el día y no tenemos tiempo para nada". El tributo de vivir en la Big Apple, le digo para consolarle. "Eso sí, pero sois vosotros los que la disfrutáis, a mi me queda poco tiempo para eso".


Xunta, un restaurante gallego en East Village

En la otra parte del Village, la West, un negro juega al golf con botes de cerveza vacíos en la acera. Trata de embocar con una papelera al otro lado de la calle sorteando coches y peatones que ríen divertidos la insólita escena. La calle marca la diferencia con las demás: Bleecker Street. No se puede pedir más a un trayecto que cruza Manhattan de orilla a orilla. Divertida, artística, señorial, galerística, bohemia, llena de rincones históricos, la piedra filosofal del repertorio que siempre mostró el Greenwich Village. Allí encontré el café más frecuentado por la Beat Generation, Le Figaro, donde Jack Kerouac solía desayunar cada mañana. El café anda en crisis estos días. El Ayuntamiento le ha dado un ultimátum: o lo arreglan -están en ello- o lo tumban. Lo dice un pasquín pegado con chinchetas en la puerta, pasándose por alto su enjundia e historia. En la fachada del local, una impresión fotográfica sobre sus ladrillos indica las excelencias de sus visitantes: The Wise Men of The Figaro, claro allí han coincidido alguna vez los hombres más sabios, que es como decir de todo el Greenwich Village. En Bleecker también te cruzas con Macdougal Street, a rebosar de terrazas a la europea, a la española qué digo. Del Café Wha?, un chaflán ahora algo destartalillo, no voy a volver a hablar, pero baste recordar que allí debutó Bob Dylan en Nueva York y de allí ficharon a Jimi Hendrix para formar un grupo en Londres, la Experience. Todas estas reflexiones las hago aplicándome un stick house de a palmo en una terraza justo frente a Le Figaro, en el llamado Café del Mar. Me suena el nombre.


Mural en el Village. Están casi todos: Charlie Parker, Billie Hollyday, Miles Davis, Patti Smith, T. Monk, Joan Baez, Bob Dylan y Woody Guthrie


Golf en Bleecker Street/Fachada del café Le Figaro

El Hotel Chelsea está en el 222 de la calle 23, entre la séptima y octava avenida.


En ése hotel vivieron y escribieron algunas de sus obras el poeta Dylan Thomas, el escritor americano Thomas Wolfe, que pasó allí el último año de su vida, Arthur Miller que escribió en una de sus habitaciones Panorama desde el Puente entre otros trabajos y una ingente tropa de rockeros y gente del business musical que llega hasta el bajista de Sex Pistols, Sid Vicious, que fue acusado de acabar con la vida de su novia Nancy Spungen tras otra de sus conocidas pláticas embadurnados de caballo, ambos, hasta las pestañas. La bañera y la habitación 100 donde encontraron a Nancy no la enseñan pero es verdad que no ponen impedimentos para que uno llegue desde fuera y haga las fotos que quiera del hall e interiores, donde se aprecia ya el estilo independiente y algo kitsch que define no sólo la idiosincrasia del hotel sino a sus propios clientes. El hotel está en uno de los enclaves fundamentales del barrio del mismo nombre: Chelsea, la calle 23. Por así decirlo la 23 es la calle Ancha de un barrio situado al norte de Greenwich Village, ya en el Midtown o centro de Manhattan. Pero en Chelsea hay muchas más cosas que no te dejan indiferente, el Chelsea Market por ejemplo en la calle 15, unas galerías repletas de comercios apunto de concursar al premio Delicatessen de la Isla. The Lobster Place, en la categoría de pescados y mariscos; Ruthy´s Bakery en la de dulces; Elear´s en la de pastas con increíbles diseños; Any´s Bread en la de panaderías, cristalera vista con los panatas en plena faena; ferreterías, marroquinería, vinos, salón de té, moda y bar-restaurante incluidos. En el piso de arriba están las oficinas de EMI, la poderosa central discográfica, con un Steenway en la entrada que alguna vez tocaría el mismísimo John Lennon. Ya entorno al mercado nacen las galerías de arte conceptual, esas que uno no sabe si entra en una galería de arte, de moda (Balenciaga, Silas Seandel) o en un submarino nuclear. Cuando llegas al extremo oeste, el río, encuentras el Chelsea Art Museum, un compendio de todo lo visto anteriormente en el barrio y el gran espacio deportivo Chelsea Piers donde juegas al golf contra un muro, la cosa es ensayar el tee de salida. Bueno, es un dicho nuestro: "tié que haber gente pa´ tó".

Hall del Hotel Chelsea

El callejero aún se queda corto. Harlem, el Soho, Columbus y no digamos el centro, con el espectáculo Time Square y la gran avenida Broadway pueden esperar otro día. Lo apropiado para el final de jornada es pasear por algunos de los puentes a Brooklyn al atardecer. Entre Williamsburg, Manhattan y Brooklyn siempre prefiero el último. Terminado en 1883, tiene 1825 metros de largo que se recorren a pie sin apenas darse uno cuenta, ensimismado como está en plena caminata del escenario que te muestra el downtown de Manhattan a punto de esconderse el sol, que lo hace justo donde un día estuvieron las torres gemelas. Llegas a la otra punta incluso a tiempo de pastar en la pequeña pradera que regala Brooklyn con la misma vista de la Manzana. Este año aderezada además con las famosas cascadas de diseño que el arquitecto danés Olafur Eliasson ha incrustado sobre cada uno de los puentes. Fastuoso final del paseo.
Puente de Brooklyn

9.8.08

Central Park y otras yerbas



a propósito de Nueva York (1)



Alonso Vásquez es un doorman puertorriqueño que suele saludar con una sonrisa de oreja a oreja cada mañana desde su puesto de trabajo, la portería del 333 Este de la calle 93, a la altura de la Segunda Avenida en Nueva York: "Quise comenzar a fumar cuando era joven para ganarme el corazón de una chiquita mexicana que me gustaba, menudita ella, con unos ojos como dos farolas que fumaba como una locomotora. Nunca pude con el tabaco y no me aceptó". Alonso lo cuenta a modo de saludo, ¡morning!, en mi camino hacia la escalinata de la casa de enfrente, donde consumiré los dos primeros cigarrillos del día, los mejores. La guía neoyorkina The Village Voice anunciaba estos días el concurso que otorgaba el Premio del Mes al mejor Doorman, Portman y Handyman -manitas-, respectivamente, de Nueva York. Se lo digo y sonríe, esta vez con incredulidad. Se le escapa la sonrisa siempre bajo su enorme bigotón caribeño. No menciona sin embargo la revista ningún premio al Exterminator, el cuerpo de fuerza que trabaja para cada cuadra encargado de eliminar todo vestigio de cucaracha, roedor o animal subterráneo que pueda colarse en los pisos o apartamentos. El Exterminator -así se le conoce- suele visitar los edificios cada quince días, por si las moscas.

Contando horizontalmente desde esta casa de la 93, a cuatro avenidas de allí, se desparrama por Manhattan Central Park. Es como nuestro parque de Abelardo Sánchez pero a lo bestia, calificado igualmente como el pulmón de ésta ciudad para la que no existe el silencio. Antes de cruzar la última avenida me detengo en una gran mansión como todas las que alberga el gran corredor de la Quinta, donde la Neue Galery presenta la obra del expresionista alemán Max Beckmann. La casa/galería es suntuosa, fresquísima -Nueva York ya comienza a arder por la mañana- y envuelta en un respetuoso silencio. Preside la muestra el famoso cuadro del alemán Self-Portrait with a Horn que me recuerda el título de un viejo disco de Miles Davis. Reinan los tonos azules de Beckmann y las divagaciones sobre su acercamiento al cubismo de los años treinta y su salida por piernas de la Alemania nazi están presentes en la obra. En la galería también son admirados algunos trabajos de Gustav Klimt -soberbios-, Egon Shiele -éste en una deliciosa onda gay- y el autorretrato a tinta y lápiz de Richard Gerstl. En su fina y coqueta cafetería se reflexiona sobre lo visto y consumo la primera ragamuffin -me gusta llamar así a la versión explosiva de nuestras populares madalenas- que debe caer en nuestra excursión mensual por la Gran Manzana. Para empezar la aventura no está mal.


Músicos en Central Park

Una mini-orquesta compuesta de contrabajo, saxo, trompeta y guitarra nos espera junto a una preciosa estatua en bronce de Alicia en el País de las Maravillas, ya dentro de Central Park. Se oyen standards de Ellington y Muddy Waters en el pequeño lago con perfil idílico que rodea la alusión a Lewis Carroll. En el interior del lago juguetean los barquitos de vela alquilados para ser manejados con un mando a distancia desde la orilla, en una escena plena de bucolismo: jazz y naturaleza encendida de la mano en una mañana que pronto romperá a arder.



Feria infantil en Central Park/The Pond en Central Park. Al fondo el Hotel Plaza

Es lo que tiene Central Park, servir de marco incomparable al exhibicionismo sin fronteras: negros sesentones con atuendos imposibles haciendo piruetas y revoltijos sobre patines; una feria infantil de tiovivos y toboganes con el fondo surrealista de Henry The Horse y el organillo de Mister Kite en su campo de fresas; En Bow Bridge, sobre El Lago -uno de los tres grandes del parque-, cualquiera hubiera podido escribir una historia de amor o un crimen pasional. La admiración se extiende a la acristalada terraza para reposo y avituallamiento del caminante que sufragó Jacqueline Kennedy con la severa condición de que pudiera observarse desde su terraza de la Quinta Avenida. Por cierto, la terraza está junto al lago que también lleva su nombre unido al antiguo: Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir, el más grande del parque. Y entre toda la sinfonía vegetal la fauna humana del bosque: titiriteros, saltimbanquis, malabaristas, oradores, músicos en rincones estratégicos, y una carrera en bucle de ciclistas, patinadores y practicantes de footing y jogging sin despreciar ninguno la combinación colorista y alternativa que demanda el gran parque -es que les gusta llamar la atención, insiste mi amiga Beatriz-. Una columna acompasada y deliciosa de mapaches desciende solemnemente de un viejo roble hasta los nenúfares del lago The Pond -literalmente La Charca-. Central Park ha sacado esta mañana que llegaba de Albacete todo su arsenal básico escoltado espectacularmente por el Metropolitan Museum of Art desde la Quinta Avenida y el American Museum of Natural History desde la Sexta, en una representación única que finalizará a la caída de la tarde cuando todos los actores retiren la tramoya hasta los primeros golpes de sol del nuevo día.



Clase de música en Battery Park

Al otro lado de la isla, en pleno downtown, otro parque el Battery prepara a la misma hora excursiones para los turistas buscando los adornos de Manhattan. La Estatua de la Libertad, por ejemplo o State Island, desde donde se admira el impacto downtown con el tremendo boquete del World Trade Center. Desde allí también puedes recorrer el contorno de la isla a bordo de un ferry. Battery recuerda el clasicismo de un remoto puerto escandinavo y los restaurantes que allí retozan son mantenidos por la fiel infantería mexicana. ¿Fiel?, "Los mexicanos andamos acá para en poco tiempo ocupar los Estados Unidos. Tenemos que recuperar lo que nos quitaron", dice Antonio, un chicano simpático alargándonos una Coronita. Nos cuenta la pérdida de Texas: "de la manera más miserable: los dirigentes que había entonces en mi país -1845- creyeron que aquel desierto inmundo y cochambroso no tenía ningún valor y enviaron cuatro gatos para defenderlo frente a todo el ejercito yanky. ¡Nos machacaron!". Paseando por su malecón, North End, se llega a Tribeca, el barrio cinematográfico de Nueva York. Algunas de sus grandes manzanas en forma de cubo son en realidad estudios de cine y en el restaurante Nobu se exponen cuadros pintados por Robert de Niro quien tiene su propio restaurante a sólo unos metros de allí, el Tribeca Grill. Esta mañana hay movimientos de cámaras, realizadores, tramoyistas y secretarias con sombrillas a pie del Hudson. La galería de Ethan Coen, a unos metros de allí, sólo puede visitarse con llamada anticipada.



Rodaje en Tribeca

En Bryant Park sin embargo, en pleno centro de Manhattan, ha cambiado la decoración. Por razones obvias ha desaparecido la coquetuela pista de hielo situada en el centro del mismo para convertirse en un pequeño parque de recreo con mesas de hierro forjado para el reposo del currante y unos pequeños quiosquillos circulares donde se sirven hamburguesas, perritos, alguna pasta y cubos de helado. Me gusta más la imagen de la plaza en invierno con su mercadillo navideño y los patinadores bailando los viejos villancicos de Count Basie y Louis Armstrong mientras el sol disputa jerarquías enviando su infantería de rayos contra la tremenda mole del Empire State. Imagen bella donde las haya.


Bryan Park en invierno

Algunas mañanas me cito con los amigos en Union Square. Allí está la Barnes & Nobles, la mejor librería del mundo dicen -con otras cinco sucursales que tiene en la isla- , también la Strand, verdadero santuario del lector con antigüedades, rarezas y libros de segunda mano. El edificio de la Virgin Records, única multinacional existente en la venta discográfica en Nueva York tras la estrepitosa caída hace casi un par de años de Tower Records. En la plaza convive todo tipo de espécimen creativo, pintores, músicos, actores, junto a los pequeños agricultores de la ciudad que organizan el Mercado Verde. En 1976, el Consejo de Medio Ambiente de la Ciudad de Nueva York estableció el programa Mercado Verde. Este programa les brinda a pequeñas familias de agricultores la oportunidad de vender frutas, verduras y otros productos agrícolas en mercados al aire libre en la ciudad. La armonía de todo el enclave está vigilada por las estatuas de Washington, Lincoln, Lafayette y Mahatma Gandhi. No hay problema.

Nueva York es una ciudad compulsiva. Y es cierto que está de moda en España. Ya sabes, al dólar le añades dos ceros y eso es lo que te cuesta en pesetas cada compra -lo siento, como que no termino de hacerme al euro-. No tienes nada mas que correr Broadway de arriba-abajo y las conversaciones en castellano te llegan nítidas. A veces da la impresión de estar en Callao. En los museos, en los grandes almacenes o en la Zona 0..., que manía de visitar lo que ya no está: La Zona 0 es un tremendo socabón vallado y en obras donde ahora que en verano Nueva York es una puerta al infierno el calor es asfixiante. Ya quitaron las fotos de los desaparecidos, el floripondeo y las dedicatorias del pueblo y queda sólo el silencio respetuoso del lugar donde una día estuvieron las Torres Gemelas, roto por el ruido de grúas y camiones de obra, de esos que sólo desprenden polvo y tropezones. El otro día veía a unos navarros en la puerta de una empresa de cambio en Wall Street. Estaban quietos y reían. En realidad, esperaban las entradas y salidas de los brookers para recoger la cortina de aire fresco que despedía el hall. Con estas perspectivas la solución siempre llega con un Starbucks, la cadena de cafés instalada ya en todo el mundo, oasis refrescante y reposo del caminante donde lo único que no debes hacer es, precisamente, pedir un café.

1.8.08

Flashing: Times Square

Es el escenario deseado, donde no se escatiman focos ni figurantes. Tampoco las grandes estrellas del pop. Ahí andan ambas, interpretando su papel en el Teatro de los Sueños