22.6.10

Los Discos de la Vida. 40 Aniversario



Cuarenta años no es tiempo, ni obstáculo

Ni rémora. No es nada. Hablamos, por ejemplo, de 1970 y es como hablar del Pleistoceno, la era del hombre, porque los seres humanos evolucionaron en éste periodo. Como ocurría en aquella década, los setenta, cuando un adolescente de provincias devoraba todo lo que le caía en las manos en 12 pulgadas de vinilo envueltas en bolsita de papel transparente y cubiertas con una esplendida funda cuadrada de diseño. Un disco. Un álbum. Un elepé. Un tesoro valorado en no más de 250 pesetas. La mayoría de las veces con una exhaustiva información interior: textos, fotos, créditos, dedicatorias, guiños, arte envainado..., sueños tangibles.

Cuarenta años después, exactamente, aquellas reliquias siguen reclutadas en sus estanterías, alfabéticamente uniformadas , como milicias a la espera de revisión casi diaria, una por una; en algunos casos hasta ofreciéndose voluntarias para el despegue. Cuarenta años no es tiempo porque ése tesoro es hoy pura adrenalina cotidiana. Como ayer. Como cuando llegaron a su feliz destino.

Van Morrison. Moondance

Qué gran disco. Y qué confirmación la del otro Morrison, el irlandés. El que nos había puesto, de chiquillos, los pantalones largos con el grupoThem y nos había descubierto los mejores tesoros guardados del blues y la black music. El de Gloria, o el Don´t look back de John Lee Hooker. El enano pelirrojo con peinado imposible y el ceño fruncido. Y, ya después sobre todo, el del maravilloso Astral Weeks, ése disco con el que todos hacíamos peña simulando que sabíamos de música. La verdad es que fue con el Astral cuando confirmamos a Van Morrison, cuando nos descubrió que detrás de un cantante de grupo de blues había un excelente creativo con una sensibilidad extraordinaria. Cuando escuchamos Moondance pensamos que se había cambiado al jazz, pero aquello era uno solo de los mil registros que el tipo guardaba en la chistera. También estaba Brand New Day, ¡por dios!, Into the Mystic, Crazy Love... Van Morrison no hacía nada mas que iniciar su leyenda haciendo lo mismo que Cecil B. De Mille con sus películas: empezarlas con un terremoto


George Harrison. All Things Must Past.

El caso es que Harrison me gustaba mucho entonces. Entre el lío Mc Cartney-Lennon, éste beatle que había pasado de tapadillo en los fab-four había hecho ya canciones memorables que no vamos a descubrir ahora –a mi siempre me habían gustado cosas como Long, long long o Piggies-. Así que recibí el triple álbum con la misma ilusión que había escuchado aquel –hoy un pastiche- Wonderwall –un álbum suyo, pirata, editado en tiempos beatle que mi hermano me pasó en su momento,1968-. El triple está producido conjuntamente con Phil Spector, que en la época estaba de moda por haber hecho unos años antes virguerías con la música negra. Muchas canciones, todas buenas, aún hoy, y apariciones estelares de todos los que rodeaban el mundo beatle y no habían tomado partido en la pelea de John y Paul: Bob Dylan, por ejemplo, que firma con George un tema y presta su It not for you para el ya ex – beatle. Eric Clapton y la Crema, el mismo Eric con sus Dominos…, ya sabes, tiempos de Layla…, Billy Preston, Delaney & Bonnie y todos sus musicos, Phil Collins. En fin, un desparrame para mayor gloria de Harrison. Entre los temas mas significativos: My Sweet Lord, What is Life, Beware of Darkness o aquella burla a Mc Cartney llamada Wha Wha. Hace poco se ha reeditado en colores –la portada original de la caja era en blanco y negro- y a mi, que quieren, me parece una irreverencia a un trabajo que, en su momento, resultó francamente oportuno y completo.


Crosby, Stills, Nash, & Young. Déjà Vu.

A veces (si alguien levanta un dedo diciendo que es una afirmación estúpida, lo admitiré con reservas), uno se dejaba llevar por las portadas de los vinilos a la hora de comprar un disco en los sesenta. Yo lo hice con Axis bold as love, de Jimi Hendrix y con el primero de Vanilla Fudge y me salieron bien las dos jugadas. Con Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, de Los Beatles se justificaba la seducción. Cuando vi la carátula del segundo álbum de CSN&Y (diseño de Gary Burden), me quedé sorprendido. Muy, diríamos finamente, gratamente sorprendido. Aquello era un retrato del XIX, con todas las herramientas color sepia que podían adornar cualquier exposición de la época. Pero no, eran mis ya ídolos de Los Byrds, Buffalo Springfield y mis adorados Hollies británicos. Acostumbrado a los devaneos de las estrellas de Traffic, Cream, la Experience de Hendrix y hasta los mismos Beatles, no imaginé que Crosby, Stills y Nash, repitieran otra maravilla como la del primer álbum. Además, con la inclusión de aquel canadiense de los Springfield con pinta de indio navajo llamado Neil Young: por dios, que redescubrimiento entonces. Déjà Vu es una obra de arte. Éste disco es una obra de arte, desde el primer hasta el último concepto. La voces, las guitarras, los otros músicos de acompañamiento, las canciones de cada uno, y la de Joni Mitchell, Woodstock…, con la que empezaba el rodaje de la película del Festival de Festivales, me dejaron marcado para el resto de mis días. El Carry On, de Stills y la suite Country Girl de Young, son apocalípticas. Deja Vu está cerca de la perfección y me ha acompañado, proporcionadamente, desde entonces en cualquiera de mis estados anímicos. Ahora cumple cuarenta años. Oyéndolo, yo sigo en los diecinueve. Exactamente, en los diecinueve.

Santana. Abraxas
Una vez más se cumplía la vieja ley de las portadas. A ésta tampoco me pude resistir, aunque la música del grupo ya había creado un espectacular precedente con Jingo, Soul Sacrifice y Evil ways en su álbum de estreno. Además, ya había escuchado la banda sonora del festival de Woodstock y disfrutado de la contundencia de Soul Sacrifice en aquel triple elepé (la película la veríamos unos años después en los cines Duplex, de arte y ensayo de Madrid –Musidora Films- y, efectivamente, ése tema, ésa escena, es salvaje, con aquel punto original de la doble imagen). Sólo el comienzo de Abraxas, Singing winds, crying beasts, del percusionista Mike Carabello, ponía los pelos como escarpias: pura sabana africana, con sus tormentas tropicales, el fantástico piano eléctrico de Greg Rolie y aquel combo de ensueño en las percusiones: Carabello, Michael Shrieve, el propio Carlos Santana, David Brown y José Chepito Áreas, un payo-ponnie caribeño que se las pelaba imitando a los grandes: Tito Puente (Oye como va) y Chano Pozo (El Nicoya). Luego llegaba Carlos Santana en Samba Pa Ti y se apagaban las luces. Estoy convencido de que éste disco nos puso a muchos las pilas en los siguientes años en lo referente a la música latina, hasta entonces protagonizada por las orquestas de Pérez Prado y Al Romero.

Black Sabath. Paranoid

Realmente a los Sabath empecé a tenerlos en cuenta en Sabath Bloody Sabath, unos años después. Para la época que hablamos, 1970, colado como yo estaba por Jethro Tull, la única referencia que tenía de ellos era que Mick Abrahams, guitarra de los Tull, había abandonado la banda y Ian Anderson, líder y cantante de la banda de Aqualung, buscaba guitarrista. La oferta se la habían hecho a Tom Iommi, de los Sabath. Suficiente para buscarles y escucharles. En eso, llegó Paranoid. Yo ya tenía mis propias referencias duras,Led Zeppelin, o los Purple, más canallas, pero no tan selectos como el grupo de Jimmy Page. Efectivamente el guitarrista, Iommi, era soberbio y el cantante, Ozzy Osbourne, llegaba donde otros, Paul Rodgers de Free, no se atrevían. Lo que era un hecho es que las formas del rock andaban buscando camorra: Viet-Nam, la fulgurante depresión económica que llegaba y las inacabadas suites de algunos músicos gloriosos reclamaban otros códigos de comportamiento en los escenarios. El año, sí, 1970, fue pródigo en estos encuentros. Ozzy cantaba Iron Man como un poseso y Bill Ward machacaba los tambores como no había oído a nadie desde Ginger Baker y Bon Boham. Lo de Tom Iommi era una verdadera sinfonía a la altura de los mas grandes. El riff de Paranoid lo sigo escuchando aún cuando me quiero poner estupendo.

John Lennon/Plastic Ono Band

John Lennon envalentonado es como Maradona ganando un Mundial. En 1970 el ya ex-beatle disfrutaba de la libertad que le había otorgado la desaparición del cuarteto británico. Yo había disfrutado suficientemente ya con aquel álbum azul de 1969 Live peace in Toronto (vaya discazo) y algúna otra joyita que había grabado anteriormente con Yoko Ono (Give peace a chance y esas cosas). Lennon corría desesperadamente a unirse a la estela del mejor Dylan escuchado y, furioso por el tiempo perdido en Let it be, quiso incorporarse cuanto antes a la canción de autor, de autor de rock and roll, puro y duro. En éste álbum, Plastic Ono Band, no estaba Eric Clapton, pero sí sus íntimos Klaus Voorman y Ringo Starr (Alan White también tocó tambores); naturalmente Yoko, excitada por hacer de mala de aquella película de beatlemaniacos llorones que se había montado en el entorno de los de Liverpool. Lennon es autor en la desgarradora Mother, un sencillo absolutamente confesional; en Hold on y Working Class Hero, en God, temas donde ya no es beatle, es Lennon en estado de gracia y cabreado. Por allí andaba también Billy Preston y Phil Spector (Love), sacando las pistolas. Comenzaba una nueva era sin Beatles y todo apuntaba bien. Lennon 1 Mcaka 0.

Credence Clearwater Revival. Cosmos Factory

No es de mis preferidos de CCR. Me gustan más el Bayou Country o Green River, pero es el siguiente a ellos. Lo escuché por primera vez en el Club Recreativo Cultural de la calle del Rosario. Yo andaba loco con los dos anteriores mencionados y rápidamente lo incorporé a los discos que debía pinchar en la discoteca Milán 71, calle Carcelén, aquella noche. No era para menos, en su interior figuraban unos cuantos latigazos que sacaban al personal automáticamente a la pista: Who'll Stop the Rain, Lookin' Out My Back Door, Up Around the Bend y una versión rockera del mítico I Heard It Through the Grapevine de Norman Whitfield que cantaron como nunca nadie lo ha hecho Smokey Robinson &The Miracles.

Derek and The Dominos. Layla and other assorted love songs

Eric Clapton en plena paranoia ácida. Endiosado y enamorado de la mujer de su mejor amigo, George Harrison. Layla está dedicado a ella, la modelo Patty Boyd. Un tema conmovedor, con uno de los riffs más escuchados en la historia del rock. El álbum es doble, una muestra del poderío que se gastaba Mano Lenta en aquella época, recién acabadas sus excursiones con Cream, Blind Faith y Delanie & Bonnie. Está acompañado en algunas canciones por Bobby Whitlock, otro inseparable; el bajista que le sería fiel hasta su muerte, Carl Radle y el batería Jim Gordon. A mi me impresionó la participación subliminal, ciertamente simbólica, que tiene el guitarrista Duane Allman. Aquellos días acababa de descubrir a The Allman Brothers y se me juntaron demasiadas emociones en un sólo álbum, aunque fuera doble. Por cierto, Clapton acabaría casándose con Patty en 1979, para separarse definitivamente en 1985.

The Doors. Morrison Hotel

El primer disco que compré de los Doors fue un single: Touch me (1969) en Electrodomésticos Cebrian. La economía no daba para más. Aquella canción la soltaba en cuanto se descuidaba el personal para dármelas de moderno. El cantante era un personaje extraño, violento y poeta a la vez. Cuando apareció Morrison Hotel ya estaba rendido a ellos, a él. Con el tema Indian Summer me parecía entrar en otras sensaciones, un tratamiento más exquisito, más culto, de la música que hasta entonces me había gustado. Luego llegaría Riders on the Storm y más sorpresas (su propia muerte). El disco se divide en dos partes: Hard Rock Café, la cara A y Morrison Hotel, la cara B. Roadhouse Blues está en la primera y me pareció espeluznante. John B. Sebastian, de Lovin´ Spoonful, era el que tocaba la armónica como si fuera la última ocasión de hacerlo. Jim Morrison está soberbio, como siempre. El tipo ya andaba tocado por todos: amenazas de carcel por obscenidad, algún que otro analgésico y cierto desequilibrio emocional. Un bombón para las nuevas turbaciones. 


Miles Davis. Bitches Brew

En éste disco hay un tema de Miles Davis llamado Spanish Key que encontré, entonces, en un recopilatorio editado por CBS titulado Rock 71 (Rock Buster en la edición americana). Una de esas selecciones que las discográficas editaban para inflar aún más un éxito conocido y que solían transportar alguna basurilla que otra. No era el caso de Rock 71, como no lo fue del espléndido Llena tu cabeza de rock o, sobre todo, el anterior The Rock Machine Turns You On, uno de mis discos de cabecera. Gracias a estas recopilaciones, pudimos conocer a un buen número de bandas que de no haber sido incluidas en ellas difícilmente habríamos conocido en su momento: Moby Grape, Spirit, The Zombies, The Electric Flag, Flock, Black Widow, Skin Alley, Steamhammer...  El trabajo consistía en conseguir los originales de cada uno. 
Aquel tema de Miles sonaba diferente al resto. Estaba en otra galaxia; en una onda absolutamente vanguardista; fue una mirada al frente, arrastrando todo el jazz que traía en su macuto y restregándoselo  a los rockeros con aquella pócima electrónica que no acababan de entender ni ellos, ni los propios aficionados al jazz, quienes renegaban de él acusándole de traidor a los principios ortodoxos del género. Bitches Brew es hoy una obra de arte por todo lo que significó: Un acercamiento zalamero y respetuoso a la gran estrella del momento: Jimi Hendrix, que por aquel entonces ya se había cansado de la Experience. "Toca la guitarra como si no supieras cómo tocarla", le dijo Miles a John McLaughlin, su guitarrista, a falta de Hendrix. Embocó una sordina electrónica en su trompeta y la banda (Wayne Shorter, Chick Corea, Joe Zawinul, Ron Carter, David Holland, etc.,)  hizo el resto: un fantástico viaje a lo desconocido. Otra historia fue la utilización que hice de un fragmento de aquella portada galáctica: La utilicé para el anagrama de una discoteca albaceteña. Al final los dueños eligieron otro trabajo más terrenal.


Stephen Stills. Stephen Stills

El de la jirafa, decíamos entonces con plena admiración. No era para menos, a Stills, en aquel año, ya se le conocía suficientemente por todo lo que había hecho con Buffalo Springfield (era la estrella), cuyos discos eran dificilísimos de obtener. Pero sobre todo por que ya había salido un año antes el primer álbum de Crosby, Stills & Nash, que resultó ser una verdadera maravilla. Del muestrario suyo en Buffalo Springfield nos quedaba For What is Worth, todo un himno generacional o Rock and Roll Woman y de aquellos incipientes magos de la armonía vocal, algunos detalles suyos como la Suite Judy Blue Eyes, Wooden Ships o You don´t have to cry. En "el disco de la jirafa", su primer álbum en solitario, se rodeó de estrellas e ideas. Llamó a Jimi Hendrix, a Eric Clapton, Cass Elliot -Mama Cass-, Rita Coolidge, Graham Nash, David Crosby, claro y una sección de secundarios que acabarían siendo estrellas después. Las canciones eran pura macedonia frutal: country, rock, jazz, latin... El disco hizo justicia al hombre del momento entonces, el más reclamado por los compañeros, el más exitoso. California my friend.

1 comentario:

caligo dijo...

Eres un monstruo: nadie como tu para la música y la historia. Que 40 años no son nada.... si lo sabrémos nuestra generación. Horas y horas de oir estas músicas hasta saberlas de memoria. Hoy sólo lamento el no haber aprendido más lengua inglesa y saber lo que significaban, tantas palabras que aprendimos y nunca las juntamos: peace and love. Carlos.