12.1.08

Alex Malboro Rock & Roll Band


Alex Malboro Rock and Roll Band

Historia de una banda fantasma
En los ochenta del siglo pasado, el mundo no era como había pensado Buddy Holly. No. Menos aún como había soñado una fría noche de febrero del año 59 Tommy Allsup, un marcavacas de Texas que manejaba con cierta destreza la guitarra. A éste vaquero se le apareció la Virgen del Descanso en forma de pajilla larga a la hora de sortear quien subía con Holly en un cacharro con forma de avioneta que les llevaría a su próximo bolo en Iowa. La pajilla corta la exhibió Richie Valens. Murieron los del trasto con alas y Tommy pensó que la historia del rock and roll era así de caprichosa y que había recibido un mensaje divino que le llevaría a la gloria. Nooo. No hubo gloria para Tommy y prácticamente ya para ningún músico que exhibiera aquellas canciones, mamotretos pedantes y babosos en los que entre unos y otros habían convertido el torbellino iniciado unos años antes por Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Willy Dixon, Fats Domino o Little Richard: la música de rock and roll.

La sección de vientos: Pipiyo, Fidel y Tomás Briz
 
En los ochenta del siglo pasado, el mundo no era como había pensado Buddy Holly, el mundo de la música, sobre todo en España, traficaba con diseñadores de moda, publicistas, locutores de radiofórmula, grafistas y teatreros independientes, músicos pocos, y menos aún con pedigrí Memphis. Nadie quería escuchar a aquellos insoportables monigotes de Liverpool, a aquella pandilla de drogotas de la tercera edad con arrugas en las arrugas y al gilipollas de Minesotta que ahora le había dado por los curas.

Alex Malboro, Alberto Cano y Juan Siquier

Fue entonces cuando en Albacete se me ocurrió montar un bandón que tocara aquellas viejas canciones de Eric Burdon y Duane Allman que nadie quería oir. Sí, aquellos manifiestos gloriosos donde Dicky Betts se despepitaba literalmente abrazado a su Gretch y la sección de viento de Huey Lewis atronaba el edén desde donde llovían lágrimas de brontosaurios. Se trataba de aprovechar los ángulos que dejaba libre la carretera a los músicos de la capital manchega, hastiados en muchos casos de tanto concierto calimochero y tanta pachanga. Claro, que la fábula era ventajista: debían ser los mejores. La selección mundial de Albacete.

Alex Malboro

Así, desde mi poltrona radiofónica seleccionaba unas cuantas canciones, otros tantos músicos, ya entonces francamente avanzados, organizábamos un par de sesiones de ensayos -donde sólo llegábamos a tararear dos temas- y todos juntos, en una suerte de a mi Sabino que los arroyo nos lanzábamos a los locales de moda de la ciudad: Sala Gabinete, La Confederación, Guitar Club, La Caseta de los Jardinillos, etc., al menos una vez al año. Blues y Rock and Roll sincero, pendenciero y beodo, con unos resultados, al menos a mí me lo parecían, excelentes. Una aventura inolvidable que franqueaba en cada uno de los conciertos la incertidumbre versionera, porque, insisto, a excepción de la mera escucha del casette que yo facilitaba a cada intérprete, nadie sabía como iba a ser desgranado en el escenario el formidable menú que yo había seleccionado. Justo es decir que teniendo a los guitarristas Alberto Cano, Jesús Naranjo y Juan Siquier de maestros de orquesta aquello no podía fallar. Al quite guitarrístico también andaba Miguel Ángel Espinosa, el fantástico Prisco o Jesús Villar; Eduardo Fernández o Juan Carlos Árraez al bajo; Antonio Atiénzar en la batería, otro año Pepe Belmonte, otro Pascual Ortíz; Manuel Carrión en los teclados; Pascual El Super dirigiendo los vientos a José Lillo Pipiyo, Fidel Fernández, Tomás Briz y Pachi Monreal y algunos más que a lo largo de los años fueron invitados al festín.

Alex Malboro y Juan Carlos Herráez

La banda terminó como el rosario de la aurora, o sea institucional y cuando me quise dar cuenta aquello era una auténtica Rockquesta, donde incluso yo terminé siendo el último mono. Todos los mencionados y los posteriores, Agustín Lozano, Antonio Fuentes, Antonio Boris, Fernando Triviño, etc., hicieron posible en algún momento el sueño de Tommy Allsup, el de la pajilla larga que no viajó a Iowa.