10.5.09

Rock and Roll, algo más que un baile




la música que revolucionó la segunda mitad del último siglo


Siempre me quedaré con aquella frase mítica del joven manager de los Rolling Stones, Andrew Loog Holdam para alentar a sus muchachos: “Buscad algo que haga temblar a los adultos e inmediatamente tendréis en las manos un éxito garantizado”. Es cierto, hay un componente social en la creación de aquella nueva música creada por los negros a lo largo de todo el siglo que atrapó a la "corriente independentista" de la juventud americana de principios de los cincuenta, confusa, desorientada por la nueva América del senador McCarthy. El American Way of Life en realidad proponía un estilo basado en el consumismo desbordante y la exageración de una vida fantástica, idílica, orientada hacia la ostentación y el esplendor reflejados en todos los ordenes. No era un buen caldo de cultivo aquel ejercicio de primera potencia para una América donde los jóvenes poco o nada podían contribuir a excepción de aplicarse en altas licenciaturas (no todos podían aspirar a ello) y en un buen arreglo de boda. McCarthy y la generación Eisenhower no contaron con el desarrollo cultural de la joven América que disponía de sus propios argumentos ya esgrimidos desde la paz de 1945: el cine, y su propia contribución de algunos éxitos en taquilla como High School Confidential, de Jack Arnold o, posteriormente, Shadows, de John Cassavetes y, naturalmente, Rebelde sin Causa, de Nicholas Ray y los nuevos príncipes de la pantalla: James Dean, Russ Tamblyn, el Marlon Brando de The Wild One, Dennis Hooper...; la literatura, con la irrupción de los jóvenes escritores beat (John Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady) y, claro, la música, aquella que interpretaban negros llegados del sur y que explotaban sin ningún pudor ni reconocimiento de autoría en el norte los blancos que ostentaban los puestos de dirección en la industria discográfica y salones de baile.



Ésa música ya tenía un nombre, Jazz, pero como ya se ha dicho alguna vez en ésta página el jazz era un calidoscopio de géneros y estilos donde brillaban algunos con definición propia como el blues o el que comenzaron a practicar los negros llegados del sur y establecidos en el norte (Chicago, Detroit, donde había más dinero y medios), al que añadieron la palabra Ritmo, así como suena; mas bien: rhythm and blues, el resultado de una evolución instrumental del blues sureño con las guitarras ya electrificadas y una poderosa sección rítmica apoyada en muchos casos con brillantes secciones de vientos..

A Louis Jordan, por ejemplo, se le consideraba en círculos ortodoxos un dispendio jazzístico porque, al margen de su estilo habitual, el blues, practicaba lo que algunos denominaron boogie-boogie, un paso más acelerado que el swing; pero no creo que tuviera la culpa de haber nacido unos años antes de la explosión del rock and roll ni de ser uno de sus grandes precursores. Como a todos, casi absolutamente a todos, los músicos blancos de Memphis les ocurriría con aquella música ganadera y huertana que disfrutaban en sus tradicionales salones de baile a golpe de pintas y bourbon a la que llamaron Country & Western, donde, y aquí llega la ironía, un negro ciego sentó su cátedra de denominación de origen: Ray Charles (podrían escribirse veinte folios sobre ésa ironía, sobre el efecto causado en aquellos paletos racistas el protagonismo del pianista negro en el invento).


Cuando el rhythm´n´blues y el country & western se encontraron en la coctelera el combinado fue demoledor. Hubo algunos expertos en botillería que promulgaron el invento pero tuvo que ser un blanco, era impensable que así no fuese, Alan Fred, quien a través de la radio pronunciara por primera vez a un público tan amplio, el de las ondas, la expresión mágica, el bautizo de todo un movimiento: llamó a su programa Moondog´s rock and roll party. El locutor había sido avisado por los propietarios de tiendas de discos de la atracción de los chavales blancos de Cleveland por artistas negros casi desconocidos.
Y tanto, porque en casi todos los casos las portadas discográficas que manejaban estaban ilustradas por dibujos de escenas de bailes y guateques (de blancos) y gráficos de chicas (blancas) en plan Alberto Vargas. En último caso se utilizaba una buena fotografía de los alrededores de Cleveland, las noches de Chicago también servían. Ni una sola imagen de sus verdaderos protagonistas. La historia pondría a todos en su sitio (por cierto, Alan Fred acabó envuelto en historias turbias, condenatorias, por cobros subterráneos de comisiones...ayayay...) y para ése entonces la juventud americana ya conocía que detrás de todo aquello estaban los grandes impulsores, negros, del nuevo movimiento musical: Fats Dominó, el propio Ray Charles, Little Richard, Larry Williams, Chuck Berry... Mmm, el rock and roll.



He dicho que la historia pondría a todos en su sitio, porque en la década de su irrupción, los años cincuenta, el pastel lo siguió disfrutando la industria blanca: los managers, las distribuidoras de discos, las emisoras radiofónicas, que durante unos pocos años inventó y apoyó hasta donde pudo a sus artistas blancos, mucho más desde la aparición en 1954 de aquel ciclón llegado de Memphis, Elvis Presley, que supo reciclar su genuina trayectoria country para adaptarse a los nuevos compases que marcarían sus inmediatos antecesores negros. Una vez creado el rey, lo demás (Bill Halley y sus Comets, Jerry Lee Lewis, Carl Perkins, Eddie Cochran, Gene Vincent), el negocio, sería un paseo para los creadores de discos y leyendas.

También para la historia moderna de los Estados Unidos de América: Los jóvenes ya tenían su contracultura inducida y el pueblo elegía a un nuevo y joven presidente, JFK. Todos felices.


El Brillo de los Días. Publicado en el diario La Verdad de Albacete. 10/5/2009.

1 comentario:

Moriarty dijo...

http://lasmilvidas.blogspot.com.es/2013/01/re-re-revival-ding-dong.html

No se si la imagen la utilizaron para hacer el disco o fue al reves. Un saludo.