1.1.10

Prólogo


Nunca agradeceremos suficientemente libros tan frescos como el que estamos a punto de cerrar, si la paciencia del lector da de sí como para llegar al final de esta glosa de amigo.

El Tesoro de Lodares, en el panorama de los estudios locales, nos devuelve una parte poco recordada de nuestra historia, y quizá no la menos importante. La música pop en Albacete, la música ligera —como siempre se ha llamado—, ha sido reflejo al menos, y quién sabe si causa, de una serie de hábitos que han contribuido a conformar la conducta común de la ciudadanía. Si, como parece verdadero, el carácter de los pueblos no existe, según es lo más probable, nadie podrá negar, por lo demás, que cierta uniformidad en las costumbres (no sólo indumentarias), ciertas poses, ciertas formas de expresión se han generalizado en poco tiempo, para dar lugar a otras completamente distintas y con la misma velocidad, gracias al fenómeno de la música moderna.
En una palabra, la canción ligera ha producido en gran medida eso que hoy conocemos como la moda, una manera uniforme de comportamiento que pesa sobre nuestras vidas mucho más de lo
que generalmente estamos dispuestos a reconocer.

Así, Juan Ángel Fernández desvela parte de la biografía de Albacete a través de la música: la configuración urbana, las rayas o los cuadros concretos sobre las primeras fibras sintéticas que
nos adornaron, las instituciones que padecimos, los locales que frecuentamos, el tipo de chicas y muchachos que poblaron nuestros sueños... De este modo, El Tesoro de Lodares, que no es aquí
un apellido sino el centro mismo de nuestra vida social, nos habla de lo que fuimos y de lo que tal vez nunca debamos volver a ser. Esas enseñanzas tiene la historia.

El amplio reportaje impreso en estas páginas presenta a los músicos sin escuela como lo que algunos han dado en llamar motores del cambio, en una provincia detenida casi para siempre en el parón general de la época.

Vistas así las cosas, Morgan, Jimy Lomas, Luis Arteaga, el Lobo o Los Fabiolas, entre otros, sin duda han hecho más por el agiornamento de la ciudad que todas las televisiones, nodos, periódicos y cines juntos. Los grupos de música locales y los escasos turistas que se extraviaron por estas tierras, sin olvidar a nuestros jóvenes camareros en Benidorm o Mallorca, resultaron ser para el común de la chusma los verdaderos introductores de la otra forma de ver las cosas, si no de comprenderlas.

Si convenimos que la información es la condición previa a toda forma de libertad, Adrián Navarro, Ignacio Valero o Valentín Bautista deberían ser, al modo antiguo, nuestros héroes. Tipos similares en todas las ciudades españolas del interior fueron los que abrieron el camino, muy probablemente sin saber a qué dedicaban su tiempo de verdad. Así pudo el país ponerse de corto en cierto modo, es decir, pasar del pantalón de pana a las bermudas, que para lo que ha servido...

Su punto de vista, su amenidad en la narración, su juicio particular acerca de la infamia de aquellas décadas sesenta-setenta, la modestia de sus intenciones y la ciencia acumulada en lustros de trabajo por el autor confieren a este libro un carácter excepcional dentro del género de los estudios locales. Con trabajos de este tipo no sólo crece el interés sobre los resultados de la investigación en ámbitos geográficos reducidos y olvidados; además, se ofrecen al lector textos de no poco fundamento, lo que
nunca está demás en estos tiempos.

Por localista, al amigo Fernández tal vez le esperan un montón de sinsabores tras la impresión de estas cuartillas; por sincero, alguna enemistad; por entendido y trabajador, cierta incomprensión quizá; por ameno, el aumento de nuestra estima, si ello es posible, y el caluroso saludo de siempre por parte de los que tenemos la memoria corta.

CANDELARIO G. FLORES