6.1.10

Capítulo V. Otras voces



EL TESORO DE LODARES

CAPÍTULO V. OTRAS VOCES


En 1968, Albacete, como el resto de España, vivía su delirio particular sumergido en aquella hibernación obligada a la que nos sometían año tras año los diferentes gobiernos del Nacional Catolicismo. El mayo francés, la primavera de Praga, el Black Power en Chicago, los sueños de California y en general todos los movimientos colectivos de la protesta internacional discurrían silenciosamente ante nuestro sistema receptivo como cargas de algodón ocultas en el canto rodado de una columna perdida de la revista nacional Triunfo, de una sagaz reflexión en el diario vespertino Informaciones; de una más que polémica representación teatral independiente de Los Goliardos en el Colegio San Juan Evangelista, el Johnny, de Madrid, o La Cuadra de Sevilla, del grupo Tábano o Els Joglars o de un concierto en la Facultad de Económicas madrileña de algún militante de libertades, el valenciano Raimon, por ejemplo. Massiel había ganado Eurovisión y eso era lo importante; sin desdeñar la vergonzosa presencia  de aquel hijo de médico vividor que había ganado otra competición no menos significativa, el Festival de Benidorm, Julio Iglesias; o el amaneramiento exagerado de aquel bufón de la corte llamado Raphael a quien por cierto, Albacete recibió a tomatazos en el Parque de los Martires uno de aquellos veranos (¿quien sería y porqué?...). 
El pop en España se veía desde un prisma competitivo (ventas, popularidades, televisión esperpéntica), en ningún caso creativo, vanguardista. Todo el que se saliera del aquel guión iría a parar a los leones.


Ignacio Valero fue un creativo y era de Albacete. Quizá fuera la razón por lo que Ignacio no aguantara mas de un año con aquel grupo de la Generación Juvesonic llamado Los Ronnys.
Gracias a la intensa actividad desplegada desde el club que llevaba su apellido, Ignacio sabía lo que estaba sonando en el resto del mundo y era uno de sus mas fieles entusiastas. Por eso cuando debutó en público en el colegio de Escolapios con Los Anthony`s cantó un tema de The Troggs y otro de aquel formidable dúo neoyorquino que hacía auténticas virguerias con las voces, Simon and Garfunkel.
Los Anthony´s. Canta Ignacio Valero.
El guitarrista de la derecha es Antonio Cordón, Monty
Aquella tarde, Los Anthony`s tocaron con material prestado, los omnipresentes Juvesonic y unas guitarras de aquellas italianas que sonaban a gata en celo. Su mentor era Antonio Juan Cordón, "Monty", sobrino del recordado saxofonista de la Orquesta Jabelc. Monty era un consumado técnico que siguió con la práctica de la guitarra hasta convertirse en lo que es hoy: uno de los profesores de guitarra clásica más cotizados de la ciudad. Antes de descubrir a Villalobos, Rodrigo o Regino Sainz de la Maza lo había hecho, como tantos otros, con Hank Marvin, el gafoso interprete de The Shadows. Monty era de los que tenía todos los discos de The Shadows y con él trabajaría más de un guitarrista conocido de la época. Pero Monty nunca tuvo sueños de grandeza, nunca quiso traspasar aquella frontera infranqueable que le separaba del indeterminado mundo de la farándula. Monty era el compañero ideal de charlas y puesta al día. Un moderno que tocaba la guitarra como nadie y que vivía del cómodo sueldo de aquel panteón ya mencionado de la calle del Rosario, la Central Contable de Banesto. Nunca necesitó más.
Con Monty de guitarrista, con otro chaval de la banca privada, un tal Victor, otro llamado Antonio (de ahí el nombre del grupo) y un interno del propio colegio de Escolapios, Ignacio Valero comenzó a exhibir sus amplios conocimientos del pop. Claro que aquello sólo dio para otro concierto más en el colegio de las Dominicas, marco incomparable para, como hubiera dicho Adrián Navarro, "estirar el cuello".

Mientras el resto de Anthony`s se quedaban en el camino a Ignacio le llegó la oportunidad de sustituir al cantante de Los Ronnys (yo mismo) que harto de bufonadas del tipo "Maria Lola" ("¡que nos vámo a Liverpool!...") o "Mis manos en tu cintura" (Salvatore Adamo) solicitó urgentemente el cambio, pasándole el marrón a otro inconformista: Nacho Valero.
Nos habíamos conocido curiosamente en otro ejercicio que nada tenía que ver con aquello, el del fútbol. "Si con el nueve a la espalda es tan estilista y habilidoso, teniendo los discos que tiene y sabiendo lo que sabe de Brian Jones y Bob Dylan, no veo porque no debe serlo también con un AKG entre las manos", pensé, utilizando la conocida Lógica Morgan. Desde luego no estaba equivocado porque Ignacio Valero cantaba mucho mejor que yo, le sabía dar el tono adecuado a cada versión y si con Los Ronnys llegué a componer la única canción propia de su repertorio (creo que la única que he compuesto en mi vida), un tostón llamado "Sin tu amor", ése no iba a ser problema para Ignacio que además componía acertadamente como luego se verá.
Pero Ignacio también duró poco en Los Ronnys:
"Lo pasé francamente bien con ellos, pero me costaba mucho trabajo ensayar porque las canciones que escogían estaban descaradamente dirigidas ya a la "pachanga" y a mí los que me gustaban eran Los Beatles, los Stones y Bob Dylan. No podía con ellas, no podía con "Cuore Matto" de Little Tony, ha sido una de las canciones que mas he odiado en mi vida. Federico, el batería, solía decir en las actuaciones: "Vamos con el Economatto" y yo me partía. También recuerdo a Agustín Alajarín, un tipo extraordinario y buen guitarrista, gritar al oír una guitarra distorsionada: "¡Déjadla a ver si se hace piazos¡". Gente encantadora, pero en otra onda". (Ignacio Valero)

A Ignacio Valero le debió llamar más la atención la llegada al club de la calle del Muelle de un chaval madrileño, Ángel Luis González Belloso, que ya tenía su curriculum musical iniciado con los Dinámicos Boys en 1962. Ángel Luis efectivamente cantaba muy bien, no era rockero, ni popero, ni sabía demasiadas cosas de Dylan, pero entonaba muy bien y tenía cierta frescura a la hora de componer, de crear, y eso era lo que llamaba más la atención de Ignacio. Ángel Luis seguía siendo un témpano en escena, soso, tímido y con escasa inclinación al show, pero se podía decir que tenía una voz muy delicada y sabía utilizarla en las canciones melódicas. Ambos cedieron en sus instintos creativos y comenzaron a intercambiar conceptos. Así, Ángel Luis realizó una más que loable versión del "Green back dolar" de Kingston Trío, lo que terminó de convencer a Ignacio.

Ignacio y Ángel Luis en el Productor B
Ignacio y Angel Luis fue un dúo de renombre en la capital, sobre todo después de aparecer una tarde en el único canal de la televisión nacional, TVE. El programa se llamaba "Música 3" y lo presentaba Pedro Meyer. Un programa de minorías, cuota de pantalla obligada para mostrar al país que no todo eran Massieles, Salomés, Mochis o Raphaeles. España, al igual que los ingleses y norteamericanos, también podían disfrutar de sus propios artistas autodidactas y estos albaceteños en cierto modo lo eran. A Ignacio y Angel Luis les escribía las letras un joven maestro de ideas avanzadas llamado Alfonso Muñoz Cantos. Poeta e intelectual de vanguardias, a Alfonso se le quedaba pequeño Albacete y de alguna manera tenía que realizarse, aunque uno de sus temas que mejor cantaran Ignacio y Angel Luis fuera una loa a un conocido campamento de la Organización Juvenil Española en Galicia: "Llegar a Gandarío". Posiblemente la revolución se estaba haciendo desde dentro del sistema y no se había enterado ni el propio Alfonso que terminó imponiendo su doctrinaje en Barcelona.
"Mi alma está mojada", del propio Angel Luis, también brilló excepcionalmente en unos Juegos Florales a los que también seguían aferrados como lapas nuestros prohombres de la Delegación de Cultura.

Utilizaban guitarras acústicas en sus recitales, instrumento que Ignacio había llegado a dominar discretamente gracias a las enseñanzas de un Luis Arteaga que por aquellos años (Sol Naciente) no paraba de marcar directrices. Cuando se descuidaba Angel Luis, su novia y sus hermanos, los González Belloso, Ignacio montaba el taco con "Tell my Why" de Los Beatles o "Suddenly you Love Me" de Tremeloes. Y si los González Belloso fueron decisivos en la disolución de los Dinámicos Boys en el 62, la novia de Angel Luis fue la gota que colmó la paciencia de Ignacio Valero en 1968. Lo de aquel madrileño caprichoso aquellos años no tuvo arreglo: Ángel Luis ni hizo ni dejó hacer.
Ocurrió el 18 de julio. Los inagotables guionistas de la cultura albaceteña habían montado en la Piscina de Educación y Descanso su nunca justamente reconocido Festival de la Canción del Trabajo. Mientras los jóvenes de medio mundo se debatían entre la disyuntiva de la revolución pacifica argumental o la simple toma del poder, en Albacete se festejaba el servicio obligado al sistema alienante. Allí, en el centro de aquella terrible discusión estaba la novia de Ángel Luis González quién le conminó a que le demostrara su amor públicamente no compareciendo en el festejo: 

- La música o yo, le espetó la moza

Angel Luis, que nunca demostró una personalidad definida se inclinó obviamente por ella, la novia. Había triunfado el amor y habían dejado de existir Ignacio y Angel Luis. Al final, efectivamente, Ignacio Valero compareció sólo ante los micrófonos,  el cual, quién sabe si premonitoriamente, cantó "La respuesta está en el viento" del maestro Dylan y una composición propia llamada sarcásticamente "Libertad", con la que consiguió el segundo premio pese a la malévola y beatífica sonrisa del presidente del jurado.
Un "tal" Isidro Martínez fue el triunfador de aquella nueva demostración de saber y, sobre todo, poder.
En otra ocasión y con motivo de un nuevo concurso de la delegación de Cultura celebrado en la pomposa Caseta de los Jardinillos, distraigo luego existo, Ignacio Valero, ya en solitario cantó como sólo él sabía hacerlo "Los tiempos están cambiando" del siempre eterno Dylan. Tampoco ganó. Los tiempos cambiaban, pero no había demasiada prisa.

Curiosamente, en aquellos años donde se cantaba el estrangulamiento por abandono del resto de los jóvenes grupos de la capital en Albacete coexistían dos dúos. Uno era el de Ignacio y Ángel Luis, claramente influenciados por la generación beat, o beatnick, el otro estuvo formado por Isidro y Valentín.

Isidro Martínez era ya entonces un cotizado guitarrista que había iniciado sus pasos en un grupo pop albaceteño, Los Nijar. Su presencia física no era la mas adecuada a la imagen que se pretendía tener del guitarrista moderno y arrollador. Isidro siempre fue un joven corpulento, alto y ciertamente ancho, o sea, gordote. Pero Isidro tocaba la guitarra como pocos en Albacete. Sus tendencias, como las de su compañero Valentín Bautista eran mas cercanas que las de sus rivales "dylanianos". Utilizaban el repertorio de incipientes figuras del protesteo nacional como el asturiano Víctor Manuel o aquel chico catalán llamado Juan Manuel Serrat, aunque pronto se iniciaran también en la creación propia, puesto que tanto a Valentín, un aseado y guapo mozo, como a Isidro les había llamado la diosa de la inspiración a su puerta y componían alguna letra que otra. Los dos trabajaban en la Caja de Ahorros Provincial de Albacete, por entonces auténtico vivero de jóvenes prometedores y pronto se convertirían en el dúo omnipresente de todos los festivales y concursos que organizaba la infatigable delegación de la juventud. Valentín cantaba con voz refinada y educada, presta al mínimo matiz de sus creadores e Isidro se ocupaba de hacer atinadamente la segunda voz, componía la música de aquel mínimo repertorio propio y naturalmente tocaba la guitarra.

Foto promocional de Isidro y Valentín
Isidro y Valentín ganaron el Festival de la Canción del Trabajo otro 18 de julio en la Piscina de Educación y Descanso, un año después de que Ángel Luis hubiera dejado plantado a Ignacio para demostrarle a su chica su amor incondicional. Desde ésa noche Isidro y Valentín comenzaron a hacer planes mas ambiciosos y decidieron, con todo lo que ello suponía, estupor familiar y esas cosas, pedir la excedencia en la Caja de Ahorros y darse una vueltecita, en el más genuino estilo Trasgos, por Cataluña y la capital de España a ver que caía.

No iban desencaminados porque gracias a aquella decisión a Isidro y Valentín les vio media España en Televisión Española. Fue en el programa refugio de nuevos creadores nacionales "Música 3" y ocurrió antes de la comparecencia de Ignacio y Ángel Luis en el mismo programa. Ese día cantaron "Amigos son amigos", una canción de Isidro Martinez y ése día comenzaría la etapa mas prolífica y creativa del dúo porque gustaron a todos. El popular locutor y showman Joaquín Prat, entonces en la Cadena Ser, se encaprichó con ellos gracias a una cinta que el siempre voluntarioso y dinámico locutor albaceteño Manolo Jiménez, de Radio Popular, les había grabado en la emisora albaceteña con temas del legendario Pete Seeger. Entre unos y otros, Isidro y Valentín pronto se verían compartiendo escenario con las fuerzas vivas de la "nueva canción españols": Patxi Andión, Ricardo Cantalapiedra o Nuestro Pequeño Mundo entre ellos.
Pronto llegaría la llamada esperada, ésa por la que suspiran todos los que de alguna forma apuestan fuerte y dedican todos sus esfuerzos al objetivo final: la fama y el reconocimiento popular, algo que pasa imprescindiblemente por la grabación de un disco.
Fue Benito Laurel, de Columbia Discos, el que tras la prueba de rigor en el propio sello discográfico rápidamente se apresuró a zanjar un contrato que como todos los que solía hacer por aquellos años la Industria era ciertamente leonino: compromiso exclusivo de 5 años, grabar y editar un sencillo (dos canciones) cada año y cada dos un álbum de unas 12 o 13 canciones. Naturalmente, Isidro y Valentín se llevarían un porcentaje, no cuantificado, de las ventas. De aquellos y posteriores años nunca se pagó nada a nadie que no superara las 100.000 copias vendidas, pero eso, en semejantes situaciones, quizá era en lo que menos se pensaba.

- En aquellas circunstancias es como si te dicen que tienes que pasar 30 años atado a la pata de una cama (Isidro Martinez).

A Isidro y Valentín les había costado su trabajo, sus penurias, sus sacrificios, tanto en Barcelona como en Madrid, llegar hasta ésa decisión tantas veces soñada. No se lo pensaron dos veces y tras cerrar el trato con la casa y con el arreglista asignado, el prestigioso músico de Los Relámpagos, Enrique Herreros, un hombre que con Ignacio Armenteros estaba entonces en la élite de las producciones discográficas nacionales, volvieron a Albacete a descansar de tanta aventura y ajetreo justo los 15 días que tenían hasta la grabación de lo que hubiera sido el primer disco pop de unos músicos albaceteños.
Nada de esto ocurrió:

-Cuando se cumplieron los 15 días, el padre de Valentín dijo que no le daba permiso para realizar el viaje de la grabación porque lo veía muy desmejorado, había estado demasiado tiempo fuera de Albacete -razonó- y desconocía que iba a ser de él los próximos meses. No fue posible convencerle, Quise volver yo solo, me monté las canciones con mi voz, pero ya no era igual, el contrato era por los dos y no quisieron. Aquello me dejó descorazonado. Fue, desde luego, un fallo de impaciencia paternal y desconfianza hacía unas personas que por otra parte no habíamos roto un plato en nuestra vida. Teníamos nuestras novias, las cabezas asentadas y vivíamos una vida tranquila" (Isidro Martinez).

Ellos, jóvenes que no habían cumplido los veinte años, se lo habían hecho todo. Habían cortado con los peligrosos y a veces indisolubles lazos de una entidad bancaria, muro infranqueable para quienes persiguen objetivos mas creativos e individualistas; se habían presentado en sectores y territorios devoradores de ideas y sueños y habían salvado el escollo con nota; una casa discográfica de renombre les había abierto una puerta al éxito y sobre todo el proyecto estaban ellos, dos chicos jóvenes sin problemas en la vida, con un comportamiento calificado de ejemplar por sus propias familias y sin ningún atisbo de tentación política ni libertaria. Pero para el padre de Valentín Bautista aquello no era suficiente. No le vería casi nunca, no le controlaría casi nunca, ni estaría con él en los momentos de debilidades: fuera de Albacete, expuesto a las innumerables calamidades que suelen sufrir los artistas primerizos y con la excedencia de la Caja de Ahorros consumiéndose grano a grano en aquél imaginario reloj de arena que le había concedido la empresa. Demasiado para el Sr. Bautista.

Isidro Martínez en los tiempos Nijar
Durante cierto tiempo Isidro Martinez, hombre íntegro, razonado y consecuente con sus aspiraciones artísticas quiso seguir en aquel pequeño circo de vanidades que le habían dejado de consuelo. Estuvo un tiempo en un grupo creado para el baile y las variedades llamado La Banda (prácticamente todo lo que apareciera en Albacete en los siguientes diez años tendría el mismo fin) y tuvo una participación muy especial en aquel primer "supergrupo" creado en la capital denominado ambiguamente La Cosa. Eran los tiempos de los "supergrupos" internacionales como Cream, Blind Faith, Led Zeppelin, Crosby, Stills and Nash y muchos más y el Rana, el Lobo, el Pichi, Pepe Vergara y el propio Isidro estaban en condiciones de enfrentarse a ése singular reto: afrontar con los conocimientos adquiridos por cada uno la impagable labor de que Albacete tuviera una banda en la que se pudiera escuchar todo lo que hubiera de interesante en la música internacional, desde el reciente jazz de fusión que proponía Miles Davis y algún figurón más hasta el tema más perverso protagonizado por Eric Clapton. Ideas y ambiciones peregrinas porque en Albacete ya se podía escuchar ésa música en la reciente y flamante discoteca de la calle de la Cruz, Xandro`s, donde habían comenzado a acudir masivamente todos los modernos puestos en música de la ciudad, incluido José Poveda, el cuñado de Ignacio Valero y muy posteriormente factotum máximo de lo que hoy es "Disquería", precisamente a sólo unos metros del club de los Valero y de la misma discotéca pionera.
Aún rozaría las mieles de la intocable Industria del disco Isidro Martinez. Sería con Los Group, una banda de acompañamiento del que fuera cantante de los apabullantes Dixtorsión en los setenta, Tony Arcos. Grabaron una maqueta para un sello discográfico pero no debió de ser del gusto de los prepotentes ejecutivos de aquel sello cuando no mostraron ningún interés por la grabación
Lo que sí resultaría sonado, al menos en los círculos musicales de la villa, sería la grabación del famoso espiritual "Dies Israe" en la emisora Radio Popular. Manolo Jimenez, incansable e inasequible al desaliento reunió en aquella grabación hoy histórica a Luis Sánchez el Lobo y Luis Arteaga de los recordados Trasgos, a Jesús Arbujel, batería que fuera de Los Chicos y de mil orquestas más en los setenta, a Ignacio Valero, Isidro Martinez y los fallecidos Paco, batería de la orquesta Los Brujos y El Boli, otro músico cotizado en el ya importante mundillo de la "pachanga". Había más músicos que ahora se pierden en la memoria y otra canción en aquella sesión de grabación que queda para la posteridad: "Io Io", de Bee Gees. El técnico de la emisora, Antonio Carpintero, volvió a trabajar en los estudios de Radio Popular de la calle Mayor como un jabato con los muchachos hasta altas horas de la noche, en una grabación que se emitiría los días siguientes en el programa "Club Gente Joven" y que ahora Jesús Arbujel guarda como oro en paño, como una reliquia de lo que en parte fueron los sesenta y en definitiva, como el documento sonoro de aquellos años de ilusiones.

- Fueron de verdad unos años de ilusiones más que de otra cosa. No sabíamos nadie nada. Ni afinar bajos, ni conocíamos ningún secreto de sonorización ni nada por el estilo. Los chavales de ahora tocan infinitamente mejor que nosotros y saben muchas más cosas. Nos volvíamos locos para sacar una canción de Los Beatles. Entonces estaba toda la música por inventar. A mí por ejemplo me gustaba tocar con Casimiro Ortega porque el sí era un artista y un músico, venía de Barcelona y sabía muchas cosas que nosotros desconocíamos. Mientras él tocaba, nosotros hacíamos raka-raka (Isidro Martinez).

Desde que dejé a Casimiro Ortega envuelto en ribetes de purpurina, debajo de un gran sombrero mejicano, hasta que le volví a ver unos años después en la carátula de un single del grupo catalán Siglo XX pasaron algunos años y muchas cosas en la vida de este fino y estilista compositor albaceteño.

Casimiro Ortega en 1976
Casimiro fue desde niño un tipo especial, un adulto en pantalón corto. Su voz ya era grave en los tiempos de los Dinámicos Boys, no tendría entonces más de 12 años y sus especiales condiciones para el escenario revelaban que se estaba ante un artista nato. Que cantara todo el repertorio de Miguel Aceves Mejías, que bordara el "Cucurrucucú Paloma" y que se apuntara a los acordes guitarreros de cualquier canción del mercado no advertía más que aquel chaval coexistía con un pequeño duendecillo que inexorablemente cada día le guiaba al mundo del espectáculo.
Con aquellos incipientes 12 años Casimiro y su inseparable guitarra ganaban concursos infantiles y con su desparpajo hacía las delicias de cualquier auditorio adulto. Tenía una verborrea impropia de un chico de su edad y en todo momento se veía dueño de las situaciones. Según se mire, Casimiro se pudo adelantar a su tiempo o quizás llegara un poco tarde, porque lo que está claro es que andaba metido en medio de una gran confusión, la que entonces tenían los que dirigían los designios del show business nacional. Se ha comentado aquí frecuentemente por algunos de los protagonistas que en aquellos años en Albacete nadie tenía idea de nada y en aquel desbarajuste de conocimientos no hubiera sido nada extraño que a Casimiro le hubiera tocado el rol de niño prodigio, pero, curiosamente para ese entonces ya era demasiado maduro para interpretarlo con convicción. Sin embargo para otras experiencias más moldeadas era demasiado joven. Un lío. Un lío que tuvo que pagar el propio Casimiro con la incómoda y desesperante espera: el tiempo le daría las respuestas.

La primera y más práctica fue la de enviarle a una Universidad Laboral para que adquiriese los conocimientos indispensables que le iniciaran en el mundo profesional. Para ello estaban las Mutualidades Laborales que tras la correspondiente solicitud facilitaba el camino profesional a los jóvenes cuyas familias no estaban económicamente preparadas para afrontar una carrera universitaria en colegios mayores o residencias. De unas cuantas que había en España a Casimiro Ortega le tocó Tarragona, justo en la zona donde se estaban escribiendo las páginas mas célebres de nuestro pop sesentino. Casimiro fue allí a estudiar ingeniería técnica y aprovechaba las tertulias de la tradicional siesta española para dormir a los compañeros a base de relajadas suites de laúd, bandurria y guitarra. No tardó en reunirse con otros coleguillas de estudios para cambiar el repertorio y dedicarse con verdadera afición al versioneo de los temas que interpretaban con éxito las 1.347 bandas de la zona. Las canciones las escucharían posteriormente los alumnos y compañeros universitarios en cada una de las frecuentes fiestas y verbenas que se organizaban en el mismo centro.
Al principio, en aquel grupo de compañeros que bautizaron como Los Nuevos, Casimiro tocaba el bajo. Como no tenían aún el material adecuado le había quitado dos cuerdas a su guitarra española y le había puesto una pastilla. Aquel invento y las otras dos guitarras las enchufaban al pequeño amplificador del centro universitario y allí "se podrían freír una docena de huevos, aquello quemaba literalmente, pero no había otra cosa" (Casimiro Ortega).

Portada del single Algo que nos pasó de Siglo XX.
Casimiro Ortega está agachado a la izquierda
Los Nuevos estaban lanzados y pidieron a sus padres una pequeña ayuda para afrontar el futuro con mayor dignidad puesto que ya habían comenzado a salir del refugio universitario en alguna ocasión. A Casimiro, que aprobaba y demostraba responsabilidad en aquella diáspora obligada sus padres no pudieron negarle aquel "Music-son" de 15.000 pesetas, ni una auténtica guitarra de bajos por otras 5.000, con todo lo que se podían cotizar en aquella época la suma de las 20.000 correspondientes. La fama del grupo traspasó las fronteras del centro definitivamente y hasta allí llegó un representante de grupos que aparte de comprometerse a financiarles todo el equipo pronto comenzaría a buscarles contratos por las numerosisimas salas de baile de la concurrida zona.
Sus armas de batalla eran las de todos: Brincos, Beatles, los recién llegados Bee Gees y Shadows para las instrumentales. Cantaban los cuatro y habían sustituido a uno de los guitarras por un mocetón de Sabadell cuyo padre estaba montado en la siempre floreciente industria textil catalana. Tocaron unos meses en la sala Lauria, donde ya habían triunfado Los Trasgos hacía un tiempo y esto les permitió ser reconocidos como uno de los grupos de moda tarraconenses. Pronto dejaron los estudios para dedicarse casi exclusivamente a la música porque el potentado padre del guitarra les colocó en una de sus fabricas de Sabadell. Lo bueno fue que también les dio cobijo en su propia casa incluso después de dejar todos la fábrica para que ya como Orquesta Siglo XX no pensarán en otra cosa que en la música.
Como Siglo XX inauguraron una prestigiosa discoteca en pleno centro neurálgico de la movida catalana, en la mismisima calle Tuset, más conocida en el argot de aquellos años como Tuset Street. La sala se llamaba "Poupé" y allí había que tocar en smoking, pero para entonces Casimiro Ortega y sus compañeros ya estaban preparados para cualquier tipo de experiencias.. El siguiente paso serían los contratos surgidos en las mejores salas catalanas, aragonesas y del país vasco.

- En aquella gira veraniega del 69 solíamos tocar con Los Diablos ("Un rayo de sol") e hicimos una gran amistad. Fueron ellos precisamente quienes nos presentaron a Tony Ronald. Concertamos una entrevista en su estudio, hicimos unas grabaciones para avivar la propuesta y salió la idea de hacer un disco. La idea de Tony era hacer algo comercial que sirviera de lanzamiento, pero la verdad es que ni el tema ni el disco salió como a nosotros nos hubiera gustado. Tuvo una escasa repercusión". (Casimiro Ortega)

Nos saludó en su ventana,
nadie se explica cómo pudo ser,
nos saludó, hasta mañana,
nos encontramos más solos que ayer.
"Algo que pasó" (Think it all over), de Chris Andrews

Fue un sencillo de Ariola con dos canciones, dos adaptaciones de temas foráneos. En la cara A, el viejo "Think it all over" de Chris Andrews, el mismo que arrasara años antes con "Yesterday Man". La adaptación al castellano y a la partitura, en un descarado estilo Diablos, la hizo el propio Casimiro Ortega como se indica en los créditos del plástico y naturalmente la producción corrió a cargo de Tony Ronald, un holandés que se había forjado una excelente reputación como show-man, rockero progresivo y productor/descubridor de nuevas bandas. Actuaba y grababa como Tony Ronald y sus Kroners y solía llevar en su espectáculo algo que hasta entonces estaba poco visto en nuestro país: go-go girls, chicas en minifalda que se convulsionaban hasta la extenuación en una presunta danza ritual con su correspondiente carga sensual dentro de una coreografía repleta de motivos multicolores. Todo un show "pre-alucinógeno", decían las crónicas de entonces. El músico holandés versioneaba lo que le echaran del mercado británico más exquisito, aunque quizá por todo eso en aquel tiempo no era excesivamente conocido a nivel popular. Demasiado avanzado. Plato apropiado de turistas playeros de la costa catalana, en definitiva. A los pocos meses arrasaría en el mercado español con su popularisimo "Help (Get me some help)":
"Siempre he pensado que ésa canción podía haber sido para nosotros porque no encajaba en el estilo habitual de Tony Ronald, más cercano al rock británico. Si hubiésemos estado allí dos meses más Tony seguro que hubiese pensado en nosotros para lanzarla". (Casimiro Ortega)
Aquel single, "Algo que nos pasó", en efecto fue un autentico fracaso pese a llevar todos los condimentos necesarios para introducirlo en las listas de éxito. En los 40 Principales, por ejemplo, una lista elaborada originalmente por un tipo madrileño, Rafael Revert, que comenzaba a tener su importancia dentro de la programación músical de la Cadena Ser. Ni en los "40" de Revert, ni en "Caravana" de Ángel Alvarez, ni en ningún otro espacio radiofónico llegó a escucharse aquella refrescante melodía. El grupo Siglo XX quedó destrozado moralmente porque habían jugado con los sueños, habían hecho una multitud de castillos convertidos en quebradiza arena de la noche a la mañana. La desintegración del grupo fue cosa de días, la desmoralización, las bodas y el oscuro horizonte del servicio militar acabó definitivamente con ellos.


Tony Ronald, a la izquierda, preparando grabaciones para Casimiro Ortega
Tras unos meses como empleado de la ONCE de vuelta en Albacete, donde le admitieron merced a la influencia de su padre, un invidente que derrochó su única energía visual en el futuro de su hijo, Tony Ronald conocedor de las posibilidades del chico le reclamó de nuevo como músico de estudio en su recién estrenada productora.
"Tony me quería y me sigue queriendo como un hermano. Me colocó en sus oficinas para ganarme un sueldecillo, dormía en su estudio de grabación entre toma y toma y estaba siempre pendiente de que no me faltara de nada. Nunca lo olvidaré". (Casimiro Ortega)
Casimiro grabó con Salomé, Rosa León, compuso un elepé entero para Los Diablos y otro casi completo para Dyango hasta que aprobó unas oposiciones para la Caja de Ahorros de Albacete: un dinero que si era seguro y para toda la vida.

Había vencido una vez más el monstruo devorador de alquimias y quimeras, el terrorífico pulpo que todo lo atrapa, la confortante oficina repleta de confortantes mesas, colmadas de confortantes compañeros. Allí, Casimiro Ortega se daría la mano con Luis Sánchez el Lobo al que ya se le escapaban los acordes entre los papeles, con Isidro Martínez respirando semicorcheas entre balances, con Valentín Bautista, Ignacio Valero y con algún otro más que no quiso enfrentarse a un periodo incierto, vacilante, confuso en la mayoría de las ocasiones. Un futuro al que nadie había garantizado nunca nada y del que se desconocía prácticamente todo. 

Casimiro con Josep Mas Kitflus
En el camino de Casimiro, Los Nuevos ("los mejores años de mi vida"); Siglo XX, la gran aventura del músico; Tony Ronald, el éxito a la vuelta de la esquina y como no, aquellos extraordinarios intérpretes con los que compartió horas y horas de grabaciones en los estudios catalanes: Josep Mas "Kitflus", Max Suñé (ambos de Iceberg y Pegasus), Jordi Clúa, Toti Soler, o los formidables Barcelona Traction, Francis Rabassa (hoy batería con Juan Manuel Serrat) y Lucky Guri. Nombres que han escrito innumerables y bellisimas páginas de nuestro jazz-rock trival, aquél que tantas veces tuvo su identificación propia, el que nunca pudo luchar con las mismas armas anglosajonas porque nada de ellas les pertenecía y el que en tantas ocasiones se acercaría a su embriagadora esencia étnica en Cataluña.
En Albacete ni siquiera existió esa utopía.

"Nosotros hemos tenido parte de culpa. Se ensayaba poco, se desconocía todo, no teníamos un duro, eramos pobres hasta para concebir la música y su negocio. Nuestra ilusión estaba equivocada. De todo lo que vimos no sacamos nunca una conclusión clara. Eramos músicos y sin embargo no estábamos concienciados de la música que escuchabamos e incluso tocabamos. Unos pringaos. Eso es lo que éramos, unos pringaos". (Luis Arteaga)