24.8.16

Robert Glasper, Experimentos con Caviar





Los Discos del Año. Enero
Black Radio. Robert Glasper Experiment


Este año el juego de las recomendaciones llega como las ráfagas inesperados del viento. Caprichosamente, presumiendo de libre albedrío. Como el frío de abril o la tenue lluvia de mayo mientras estalla la flor de cactus. Al ser la primera del año esta sugerencia llega ligada al complicado (socialmente hablando) año anterior. En 2012, a Robert Glasper le otorgaron el Grammy al Mejor Álbum de Rythm´n Blues por su extraordinario Black Radio. Una exquisitez sonora con etiqueta global. Quiero decir que el pianista tejano, desde hace tiempo, se ha aliado con los demonios del hip-hop, con las sutilezas del mejor rythm´n blues y las vocalizaciones más sugerentes, Erykah Badu, por decir algo. O Yasiin Bey, Casey Benjamin, por decir mucho. Vocoders al poder, una sección de ritmo abrumadora y alguna versión que otra sutilmente estilizada. Piedras preciosas en una autopista.
Ahora recuerdo que Glasper se me escapó vivo en uno de los festivales de Jazz en Albacete. Cuando ya estaba todo arreglado surgió el problema de nunca existir, ése que te arrebata la presa por no se sabe qué indisposición ni de quién. Oyendo Black Radio, incluso su Remix (ahora todos lo exhiben) maldigo aquella injerencia porque este es un formidable trabajo lejos de aquellos acústicos que practicaba en Barcelona a principios de siglo. No te lo pierdas.

Publicado originalmente en STONE el 22 de mayo de 2013.

22.8.16

Julian Maeso, el cazador de sueños




Aunque grabado y editado a finales de 2012, Dreams are gone es uno de los discos del año 2013. Un doble álbum soberbio. Uno de esos momentos lúcidos que agarran a un músico y no lo sueltan hasta que el producto está en calderas. Un largo y complicado proceso que llevó a Julian Maeso, el protagonista, a condimentar con tiempo, con todo el tiempo del mundo, un puñado de canciones con la minuciosidad de un artesano, del que aplica y acomoda notas musicales e instrumentos con la precisión del relojero: un ukelele por aquí, un cello por allá, ahí una slide guitar,  ahora remato con una nota de órgano Hammond... o un coro recién llegado de California... No, no fueron llamados por Julian pero juraría que en Will you be free suenan las voces de David Crosby y Graham Nash y toda la atmósfera que reunieron en aquel célebre álbum del 72, Southbound Train. Un disco americano, sí; Dreams are gone es un trabajo pensado en inglés, soñado en cualquier garito de la Haight Ashbury de San Francisco; recreado en los ambientes caseros, manchegazos, levantinos y a golpe de carretera de un rockero aplicado: Julián, Julián Maeso, el maestro del órgano Hammond en España.

Maeso, para recordar a despistados, procede de The Sunday Drivers, grupo toledano donde ejerció poderío con su par de monumentales armarios musicales, dos órganos Hammond, piezas de coleccionista, que su dueño cuida en casa como caballos de competición. Julian Maeso los arrastra por la carretera como el que viaja con una leona del Serengueti.  Llega a su destino, pide ayuda a los contratantes y entre unos cuantos bajan de la furgona la jaula con el animal. Luego agarra unos alicates y un soldador y pone el bártulo a punto para el concierto. Los altavoces Leslie suenan entonces como debieron sonar las trompetas en Nínive.
Luego de los Sunday Drivers, Maeso montó un grupo soul espectacular, Speaklow, al que vimos una venturosa noche en Albacete, en el desaparecido local Hi-Fi de la calle Carretas. Julian Maeso iba en aquel bolo de Booker T. Jones y esas cosas de negros. Magnífico para quien estuvieran en aquella inolvidable sesión. Luego llegaría la larga travesía del desierto con unos y otros (Sweet Vandals, M Clan) y hasta con algún parón forzado por las circunstancias. En esa época de flacas es cuando se gestó este monumental doble, haciendo buena la teoría que contamos algunos de que cuando la cosa coyuntural flojea suele dispararse la creatividad.

Dreams are gone se divide en dos partes, dos discos, en los que pudiera servir la tópica valoración de que uno es eléctrico y el otro acústico. No es exactamente así. Maeso utiliza el primero álbum  como una  sincera declaración de principios rock abundando en una extraordinaria exhibición del género tal como se entendió en sus orígenes californianos, costa oeste americana, con todo lo que conlleva de blues y mítica sonora. Para empezar,  el tema  A Hurricane is coming lo utiliza como un punzón que abre la caja de los truenos, lo que se va a escuchar a lo largo de los siguientes nueve temas, una exhibición de estilo y fuerza a la altura de bandas míticas o de sensaciones actuales como Endless Boogie. La coral utilizada ya prepara también todo lo que llegara después. Inmenso. Lo corrobora rápidamente en Who need´s what, o cómo repasar todos los códigos del rock and roll en tres minutos. Maeso lo hace con su voz apagada, carrasposa, como baqueteada y maltratada por la carretera y los humedales. Así lo hacía Nils Lofgren, por ejemplo, en su álbum Cry Tough del 76, antes de irse con Bruce Springsteen como segundo guitarrista. A mi aquello me pareció colosal. También me recuerda a Gram Parsons con  Emmylou Harris de compañera en el GP del 73, como hace Julian Maeso con Maika Edjole o Susana Ruiz o Angie Sánchez. Estas canciones tienen todos los tics de Tom Petty y los Heartbreakers. Hay algunas, como Tears come from you, que no puedes pensar que haya sido grabada en España. Bárbaro el disco cañero.

El segundo álbum, el “acústico”, no es tal que así, ya lo hemos dicho, es más bien una escrupulosa y bien pensante selección de baladas realizadas con un gusto exquisito y el momentazo que pueda ostentar el mas fino gourmet de Sausalito. También lo hemos dicho: cuidado al mínimo detalle en la instrumentación (acordeones, slides, todos los matices hammond) y unos adornos vocales brillantes. Otra obra de arte donde surgen las comparaciones con el Dylan más ajustado a su mitificación (el de Blonde on Blonde), o el David Crosby más intenso. Bien, no es ninguno de ellos, es Julian Maeso, que durante un tiempo ha trabajado en casa (al loro), sólo o con amigos muy preparados para dejar una obra para la posteridad. Inédita en España, sorprendente, y que hará felices a todos los que, como yo, defendemos la lengua madre del rock and roll y sus orígenes.

Publicado originalmente en STONE el día 13 de noviembre de 2013.

En Facebook:
 https://www.facebook.com/julian.maeso.1

21.8.16

Ray Davies, The Joker.




Ray Davies visita España este verano para actuar en Jazzaldía (San Sebastián) y La Mar de Músicas (Cartagena)



Arthur or the Decline and Fall of the British Empire fue una de las tantas crónicas en las que Raymond Douglas Davies (Londres, 1944) retrató satiricamente el establishment londinense. Por aquel entonces, 1969, el cantante y compositor de  The Kinks era ya un consumado cronista de la villa, una especie de bufón del reino que cada mañana se despertaba con una historia distinta basada en hechos reales. En aquel chisme sobre Arthur, Ray Davies se había inspirado en concreto en su cuñado Arthur Aning, un pobre hombre que pretendiendo haber sido alguien en la vida había acabado su carrera como instalador de alfombras a domicilio, emigrado a Australia y llevándose uno de los tesoros más preciados de los hermanos Davies, su propia hermana Rose: “Arthur vive en un suburbio de Londres, en una calle llamada Shangri-La -otro pelotazo de los Kinks-, con un jardín y un coche y una mujer llamada Rose y un hijo llamado Derek...”, comenzaba aquella cantinela hasta acabar en una triste y decepcionante desventura de perdedores.

Antes, en los tiempos de Dedicated follower of fashion (1966) Davies ya era una especie de charlatán al que “solo le faltaba intervenir en el Speakers Corner de Hyde Park”, en palabras de su hermano Dave Davies. El conjuntero burlón cantaba idas y venidas de la policia londinense en pos de aquel increíble desfile de personajes fantasmales, de prototipos y colores, de exhibiciones y provocaciones, de cánticos y alabanzas en el museo de la moda británica en que se había convertido aquellos días el patio más famoso de Londres, Carnaby Street:





He thinks he is a flower to be looked at,
And when he pulls his frilly nylon panties right up tight,
He feels a dedicated follower of fashion.
(“Él piensa que es una flor para admirar/ y cuando tira de sus bragas de nylon con volantes/ se siente un fanático de la moda”)


The Kinks o Ray Davies, tanto da, fue una de las bandas verdaderamente influyentes en las personas de aquellos años, pongamos que hablamos de mi y de 1963 en adelante. Esencia elemental de la llamada British Invasion, como se conocía al movimiento musical predominante en Estados Unidos hacia mediados de aquella década cuando grupos de rock and roll procedentes del Reino Unido alcanzaron altas cotas de popularidad a raíz del éxito de The Beatles.

Todos estos grupos estaban descaradamente influenciados por el rock and roll, el blues y el rhythm & blues americanos. Quizá, en realidad, eso era lo único que remotamente podía forzar confrontaciones de gustos y fidelidades, porque no existía confusión alguna, al menos para mi, en cuanto a la peculiaridad de cada una de aquellas muy jovenes bandas, Kinks, Beatles, Rolling Stones, Who, Spencer Davies Group, Pretty Things, Animals..., todos manejaban las mismas bases de inspiración, pero todos eran distintos entre sí. En aquel post-adolescente desfile a la gloria, el cuarteto de Ray Davies (Dave Davies su hermano a la guitarra solista, Pete Quayfe, al bajo y Mick Avory en los tambores) eran autoridad, asunto serio, manejando un amplio paquete de canciones absolutamente ejemplares, fantásticas, todas a la altura del mejor repertorio de cualquiera de los nombrados y con el halo venturoso de un Ray Davies en permanente estado de gracia.

The Joker

Insolencia, extravagancia, provocación, un comediante empeñado en describir la decadencia del histórico imperio británico ridiculizándolo continuamente en sus avispados e incordiantes relatos.
De aquel dislate antisistema tampoco se salvarían los americanos quienes rápidamente les prohibieron la entrada a aquel continente pacato y reaccionario después de algunas “faltas de respeto” que el cuarteto había regalado en su primera incursión yankee.

Tampoco nos salvamos nosotros, los ignorantes españolitos de la época, aquella adolescencia preservada de vanguardias y abandonada a la suerte de un salvaje militarismo eclesiástico que imponía sus desprecios cada vez que alguien abría una ventana al exterior.

Es absolutamente deslumbrante la crónica del guitarrista Salvador Domínguez sobre la primera visita a España de Ray Davies y sus chicos reflejada en su libro Bienvenido Mr. Rock... Los Primeros Grupos Hispanos 1957-1975. El que fuera martillo de Los Canarios, entre otras bandas históricas nacionales, relata en la voz de testigos presenciales y compinches de bolos como fueron recibidos los Kinks en 1966 en Madrid. Ocurrió en un “mugriento puticlub”, contaban, de la plaza Tirso de Molina, el Paladium de Cristal, después rebautizado como Yulia, actuando junto a dos grupos nacionales Los Silver´s y Micky y los Tonys quienes al parecer alentaron a sus respectivas pandillas de fans y colegas a boicotear la actuación de los Kinks (no me preguntéis a santo de qué). Después de la irrupción apoteósica de la banda británica con un You really got me que calló todas las bocas, a Ray Davies no se le ocurrió otra cosa que sacarse un moco de la nariz e hizo ademán de lanzarlo a la primera fila, detalle que automáticamente convirtió el local en una batalla campal indescriptible. Aquella noche Los Kinks sólo cobraron en empujones y escarnios. España estaba en trance.

El sarcasmo de Ray Davies y su exagerado refinamiento victoriano de aquella época quedó diluido en la espuma de los días, como las masas equivocadas de Boris Vian. No así su proverbial hiperactividad, con estrenos teatrales representados en los álbumes Preservation (la crónica de una revolución social); libros de memorias, X Ray (1995); arreglos orquestales para corales; alguna película no estrenada (Starmaker, para Granada Televisión); documentales sobre Kinks; apareciendo regularmente en festivales conocidos como en Glastonbury y Meltdown o el Voodoo Experience estadounidense. Participó además en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres, en 2012, cantando Waterloo Sunset, una de sus composiciones históricas.

Discográficamente su última entrega ha sido una revisión del antiguo repertorio Kink en See my friends (2010), donde abre la mano y el estudio de grabación a sus admiradores de toda la vida que rinden pleitesía al burlón de burlones, al juglar de aquellos sueños donde empezaron a forjar cada uno sus proyectos... Bruce Springsteen, un decir, o Jon Bon Jovi, Richie Sambora, Jackson Browne, Metallica (You really got me), Black Francis en This Is Where I Belong y hasta el inovidable Alex Chilton que poco antes de quedar con Jimi Hendrix para unas copas tuvo arrestos y garganta para cantarse con Ray Til The End of the Day, uno de mis recordados llantos infantiles.

Cuando vinieron a España en 1966, antes de la bronca del Paladium, la prensa especializada española de entonces, los chicos de la revista Fans, le hicieron una original pregunta:
¿Te gusta la canción protesta?, ¿Cuál es tu canción protesta favorita?
Ray Davies contestó “Blue Suede Shoes”.

Ray Davies actuará el domingo, 20 de Julio de 2014 a las 20:00h en La Mar de Músicas.Auditorio Parque Torres de Cartagena y en el Escenario Verde de Jazzaldía el 23 de julio a las 21,30h









Publicado el Viernes, 30 de mayo de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24

Sir Mick Jagger: Vida y costumbres de su satánica majestad


Se publica en España la esperada biografía de Mick Jagger

El escritor británico Philip Norman no encontró ninguna colaboración en el cantante de los Rolling Stones.

Philip Norman
Mick Jagger
Anagrama, 2014
592 págs. 28,95 €

"Me alegro de estar aquí...”, “ Bueno... me alegro de estar en cualquier parte, ¿entendéis?". Keith Richards suele hacer este chiste vistoso y condescendiente en esos seis minutos de gloria que su antaño buen amigo y camarada Mick Jagger le deja disfrutar sobre el escenario en los últimos conciertos de los Rolling Stones, esos en los que el contador de la  caja registradora de la empresa Stones por Cojones se dispara y en el entarimado del teatro pulula una tribu completa de cromañones apurando las notas de lo que queda del mejor y más antiguo rythm´n´blues de la historia. Anécdotas como ésta las cuenta Philip Norman en su esperada crónica biográfica de la más grande estrella del rock nacida, Sir Mick, como suele llamar el autor a lo largo del relato a Michael Philips Jagger (Dartford, Kent, Inglaterra, 26 de julio de 1943), líder y cantante de los Rolling Stones.

Me gusta  la comparativa conceptual que hace Philip Norman sobre los brillantes gemelos del rock (The Glimmer Twins) como Sir Mick autobautizó su amistad por entonces inquebrantable (eran los tiempos del Rock and Roll Circus) con Keith Richards, “tácito reconocimiento de lo extraordinariamente unidos que estaban”, corrobora el autor de la biografía.

Norman sitúa a Keith en una tradición de trovadores infinitamente creativos, muy por encima de la media, que “se remonta a Django Reinhardt y a Blind Lemon Jefferson y continúa con Eric Clapton, Jimi Hendrix, Bruce Springsteen -y dos emociones personales que a mi particularmente me repelen- Noel Gallagher y Pete Doherty”. “Jagger, en cambio, es la figura seminal de una nueva especie a la que se ha dotado de un lenguaje que nadie podrá mejorar”, dice.

Para hacerse mejor entender, el autor nombra a Jim Morrison de The Doors como único vocalista comparable al cantante de los Stones en personalidad y trato con el micrófono: “Morrison lo acunaba suavemente como a un pajarillo asustado en lugar de blandirlo como un falo que es lo que  hace Jagger”. Cita a Rodolfo Valentino, Nijinsky, Nureyev, como iconos sexuales comparables a Sir Mick y en esas el autor divaga sobre “el abundante banquete carnal” disfrutado a lo largo de toda una vida, aún envuelto en esa cara donde las arrugas se trastabillan con las arrugas.

ARTILLERÍA INFORMATIVA

Es de destacar la portentosa artillería informativa que el autor exhibe en esta biografía no autorizada (“huelga decirlo”, afirma Philip) toda vez que Mick Jagger no respondió a ninguna de sus peticiones formales a través de colegas cercanos al cantante, columnas publicadas en semanarios avisando del trabajo, llamadas y peticiones personales e incluso una reputación importante del autor en el mundo de las biografías editadas, en muchos casos sobre gente muy cercana al cantante como había ocurrido recientemente con  la dedicada a John Lennon, The Life (2009).

Nada. Mick Jagger no se dio por enterado. “He tenido que escribir una obra de investigación y reconstrucción basada en las fuentes que he ido encontrando a lo largo de los treinta años que llevo escribiendo sobre los Stones y los Beatles", confiesa en el prólogo el autor. Claro que en esos treinta años escribiendo sobre los Beatles y sobre los Stones en su archivo personal aguardaban las entrevistas propias realizadas al mismo Jagger y a Andrew Loog Holdam, Marianne Faithfull, Keith Richards, Bianca Jagger, Anita Pallenberg, Bil Wyman, Ronnie Wood, Eric Clapton, Alexis Korner, Giorgio Gomelsky y muchos más, lo que es como decir la historia legítima de Sus Satánicas Majestades.

La verdadera fuente de información está en la complicidad de un desfile increíble de personajes domésticos

Aunque la verdadera y llamativa fuente de información la consigue el autor con la complicidad de un desfile increíble de personajes domésticos que van desde cocineras, criadas, camareras, familiares, familiares de familiares, secretarias/os, periodistas, colegas de la infancia y adolescencia y, sobre todo: soplones, un ejercito de soplones estrategicamente distribuidos en estudios de grabación, organización de festivales, rodajes de películas, documentales, colaboradores musicales, productores, vecinos de mansiones, antiguas novias y mujeres, groupies de una noche, albañiles, carpinteros, investigadores privados y hasta un par de bobbies, los que esposaron a Mick y a Keith en aquel farragoso asunto de drogas que acabó en 1967 con los dos compinches, los gemelos, en la trena. Sí, bien puede presumir Norman de amigos y confidentes.

Así, Mick Jagger (editorial Anagrama, junio 2014) es una esplendida biografía. Una completa semblanza histórica del artista (Norman dice-que-alguien-dijo-que sus labios podrían "absorber un huevo del culo de una gallina") a la que no le falta detalle, si acaso le sobra, según pensará Sir Mick cuando lea, por ejemplo, por qué no se publicaron las memorias de Jerry Hall anunciadas para un día antes de su anulación (para respiro de Carla Bruni entre otras damas) o más de una controversia con otra de sus mujeres, Marsha Hunt; ejem, la crónica rosa de este Adonis podría definirse como una gran mentira, un juego de infidelidades vitalicio, la celebración suprema de las vanidades.

Consciente de ello el autor determina llevarte al corazón de una historia superlativa, superfashion y claro, de superhéroes musicales. La biografía por tanto es un compendio histórico donde todo cabe: el blues y Elmore James; Andrew Loog Oldham o cómo hacer famoso a un grupo de jovenzuelos en un pis-pás: “Que salgan feos y desagradables”, ordenó al fotógrafo que les inmortalizó en su primer retrato oficial; Brian Jones, primer líder oficial de la banda y posteriormente defenestrado y ninguneado por algún que otro exceso (¿?); el detalle de la camiseta que debía ponerse en Wembley; la increíble familia de Marianne Faithfull; perfeccionar su dueto con Solomon Burke en 'Everybody need somebody to love'; aparcar la limousine en la esquina para que no le vean con la compañera de la hija de Charlie Watts; su gradual y escalonada separación de Keith Richards...

Este libro es la historia completa de Jagger el autodiós, enfrascado en una salvaje agrupación musical compuesta de personajes básicamente subversivos, arrogantes, autoindulgentes, histéricos, paranoicos, violentos, vándalos y maliciosamente alegres: The Rolling Stones y él, Mick Jagger, interpretando a un coloso griego hecho y recreado a si mismo como un atleta campeón. Un narciso al que le sobran las personas... y las horas... “A Mick le importa un bledo lo que pasó ayer. Lo unico que le interesa es el mañana”, asegura ahora tajante Charlie Watts.

Philip Norman se desahoga y poco menos que escribe su propia vida, fronteriza a la de los Stones como antes lo había hecho con los Beatles (Shout!, 2005). Por cierto, Norman saca a relucir una relación más estrecha de la ya conocida entre una y otra banda (una pretendida fusión comercial en 1968 de las dos bandas bajo una firma ideada por Sir Mick y bautizada como Mother Earth) con detalles hilarantes cuando se trata de relaciones familiares comunes. En este capitulo de curiosidades y estrecheces la lectura del libro se desboca algunas veces con el consiguiente peligro de alimentar morbosidades rosáceas. Demasiados años en el alambre, demasiadas personas triviales, episódicas, incidentales...

No. Como les auguraba el periodista británico Nick Cohn en el año 1969, los Rolling Stones no solo no tuvieron el decoro de morir en un accidente de aviación tres días antes de cumplir los treinta sino que fueron mucho menos elegantes sobreviviendo en los escenarios de medio mundo hasta muy entrado el siglo XXI enarbolando la quimérica bandera del bluesman  Robert Johnson en un no menos utópico cruce de caminos.



Publicado el Jueves, 12 de junio de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24 y publicado igualmente en la revista cultural El Cuaderno, el Miércoles, 18 de junio de 2014



20.8.16

Medesky, Scofield, Martin y Wood de nuevo en estudio

Los discos del año 2014
Noviembre: Juice de MSM&W


El cuarteto se refresca con Juice, su nuevo disco



Ocurrió mucho en los sesenta. Artistazos de tronío jazzístico que habían manoseado los límites de la gloria en muchos casos rebasándola sobradamente se permitían de vez en cuando el acomodo de unas tardes de cerveza y divertimento en el estudio de grabación jugando con versiones conocidas del pop, del rock o de los clásicos europeos (Debussy, Satie, Chopin, Mozart, claro). El resultado era de un atractivo inmediato, como helado de frambuesa entre chocolate hirviendo y eso se tradujo rápidamente en ventas. Por ejemplo, Count Basie descubrió que grabando un disco con su orquesta canciones como Penny Lane ganaba más dinero en una jugada, una edición, que cualquiera de las lecciones magistrales que pudiera ofrecernos de vez en cuando con su combo de Kansas City.

Y Wes Montgomery, el guitarrista, que me sugirió estas reflexivas ligerezas, igual. A mí me acercó mucho más al jazz el álbum A day in the life del 67 (otra vez los Beatles) de Montgomery que cualquier otro que hubiera grabado el guitarrista anteriormente aunque se tratara, un suponer,  de ese manual de conservatorio que resultó ser While We´re Young, aquel doble del 61, donde ejercían magisterio Tommy Flanagan, Percy Heath, Hank Jones, Ron Carter, Barretto y otros. En A day in the life había unas cuantas canciones de serie B ('Angel', del propio Wes, 'Windy' de los californianos Association, 'The Joker', de Sergio Mendes) que aquellos días de adolescencia sesentina acuchillé lo suficiente en mi fragil pick-up hasta tener que volver a comprarme el disco otra vez (era lo que tenían aquellos chalados vinilos con sus locas agujas de microsurco).

Esa “promo” del gran Wes me llevó al banquete del 61 que antes contaba; como el Memphis Underground del 69 de Herbie Mann, con Larry Coryell interpretando éxitos de la soul music: aún lo pincho en los guateques; o como el Mellow Madness del 73, de Quincy Jones o muchos de los que lanzó el sello Impulse! en los sesenta con Lionel Hampton, Clark Terry, el propio Count Basie, Ben Webster y todo el ejercito de Asistencia Sanitaria a Corazones Salvados de la Vulgaridad. Ya tú sabes.

BAÑADOS EN MÖET
Cuento toda esta parábola para llegar a Juice, el nuevo disco de un singular cuarteto que comenzaron buscándose para una sidrina y acabaron bañados en Möet & Chandon: John Medesky,  Billy Martin, Chris Wood y, ahí estaba el detalle, John Scofield, guitarrista de jazz como tarjeta de visita y machaca de todo lo machacable en el funky-jazz más reconocible (Billy Cobham, George Duke, Herbie Hancock... Miles Davis). Sí, ya sé que no es muy original, pero aquí también se puede incluir la retórica de “Dios los crea y ellos...”, aunque también es cierto que sus primeros impulsos, los de la sidrina, estaban conectados al funk, género que entusiasmaba a cualquiera de los cuatro, especialmente al guitarrista. Para el trío, tocar junto a John Scofield quiero pensar que suponía haber llegado a lo mas alto de sus aspiraciones, o sea, haber traspasado la peligrosa vía de la experimentación y haber sobrevivido; haber salido indemnes y con nota.

“Respiremos”, dijo Billy Martin, “Jugemos más”, propuso Chris Wood, “Llamemos a Scofield” sentenció John Medesky. “No, les llamaré yo antes”, se adelantó John Scofield y nació A Go Go (1998), diez temazos del guitarrista de un genuino sabor a funkadelia que puso al trío como motos. “En adelante, ya nada será igual”, pensaron los tres.

Después de alguna otra experiencia conjunta francamente previsible aparece ahora Juice, un jugo de frutas tropicales con especial efluvio de cachaza, lima, azúcar y mojito caribeño, todo con mucho hielo y salpicado de continuos guiños al diccionario funk. No es latin-jazz, ni tampoco bossanova, pero son las dos cosas, el Caribe en Ipanema. Se resumiría el estilo general del disco en su tema inicial 'Sham Time', un viejo standard funk de Eddie Harris.

JARDÍN PARADISIACO
Nadie protagoniza nada, como ocurriera en anteriores aventuras pero todo huele a jardín paradisiaco. Natural: todos llevaron sus cuitas, sus creaciones, sus composiciones y todos quedaron de acuerdo en redoblar esfuerzos para arreglar tres glorias imperecederas, de esas que solicitas que se retuerzan entre tus restos inmolados: 'Light My Fire', de los Doors, 'Sunshine of Your Love', de Cream (dicen los quisquilosos que Jack Bruce no pudo resistir la emoción al oirlo)  y 'The Times They Are A-Changin'' del maestro Dylan, sin contar con el poderoso riff inicial de 'Louie Louie' en 'Juicy Lucy', un icono del popeo. Bueno, y de algún que otro detalle que destapa el apego de los músicos al buen gusto y el oficio de cada uno con su muñeco elegido.

Mmm... a mí me llama especialmente la atención el de Medesky con su B-3, sorpresivamente más contenido de lo habitual pero aún así atómico, sideral, magnífico. Tiene especial relevancia en su conjunto la versión del tema de los Cream, evidentemente muy disfrazado pero con la gracia especial del reggae clásico; vamos, que el inicio lo firmaron hace mucho UB40 en 'Madam Medusa'. A estas alturas ya te habrás percatado, querido lector, de que estamos ante un producto muy a mano, nada trascendente ni rimbombante pero ejecutado con una precisión relojera y un brillo espectacular en la sección ritmica: ¡Billy Martin y Chris Wood desinhibidos! Por no hablar de la naturalidad en teclados y guitarra de sus colegas mas afamados; bueno, perdón, el tratamiento “Wes” que le da John Scofield a la guitarra en 'I Know You' solo puede calificarse de sublime (lo mejor del álbum), a la altura de la intimidad expresada, como un guiño fraternal, una caricia, un arrumaco, ofrecido en la versión dylaniana de esos tiempos que van a cambiar.

Vaya, Juice es un disco para divertirse a la par que emocionarse. Lo incluyo desde ya en mi repertorio para el próximo party en que me pidan que pinche.



Publicado el Jueves, 31 de octubre de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24