Murió el mejor batería de la historia de la música moderna en Albacete
Nunca es agradable escribir obituarios. Ni siquiera de quienes has admirado toda tu vida sin, por supuesto, haberlos conocido personalmente. Me resulta algo manido escribir sobre los muertos ilustres entendiendo que desde el punto de vista profesional es casi obligatoriamente necesario hacerlo para que su trabajo no quede olvidado desde el mismo momento de su defunción. Un engorro que roza lo trivial, lo oportunista, aunque confieso que soy el primero en buscar la crónica para saber que ha pasado y recordar su legado. El caso de Antonio Atiénzar, Toño, posiblemente el mejor batería de Albacete en toda su historia de música moderna es otra cosa. Como albaceteño y amigo toca lo personal y eso es terriblemente más engorroso, más complicado, mas... triste... porque andan confundidas las palabras y la emoción, la objetividad con la desesperanza, la tinta y la lágrima y en todo momento el desgarramiento y la incomprensión. El hecho es que Toño, Toñito, a sus cuarenta y tres años, no está ya entre nosotros. No estará mañana en El Torito ni en el Cobalto, ni dando su magistral comprensión rítmica en la Universidad Popular de Albacete ni en las pruebas de sonido cuando Roy Hargrove se acerque dentro de unos días a la capital. "Si Toño se ha ido nos podemos ir cualquiera", decían sus innumerables amigos en el sepelio. Una fulgurante neumonía complicada con algún bicho satanesco se lo ha llevado en un pis-pas, sin tiempo a que alguno nos enteráramos de su dramática vigilia. Toño anda ya prestándole la bateria a Art Blakey, eso es un hecho incontestable. Maldita sea.
Si hemos dicho, absolutamente convencidos, de que Antonio Atiénzar ha sido el mejor batería de la historia de Albacete es porque nos asiste su propio legado currado desde sus tempranos quince años (también me consta porque eran los años que tenía cuando le conocí) manoseando los tambores con Atlanta y Gris Viena, aquellas bandas de jovenzuelos que se comían los ochenta a dos carrillos. Joaquín Pascual el Membri, Eduardo Fernández y Alberto Cano andaban cerca. Y Juan Siquier y Jesús Naranjo que lo ficharían para sus orquestas y experimentaciones. Y Franky, que lo inmortalizó en su propia banda con aquellos guitarristas sacados del Averno: Prisco y Antonio Fuentes. Y Repúblika Gorila con Juan Carlos Rodríguez, Kilgore. De estilo sobrio, Charlie Watts un suponer, y golpe exacto supo como nadie medir los tiempos y las limitaciones de los ritmos que llegaban y que tragaba según venían. Su alta escuela y su inagotable experiencia le hizo imprescindible en compromisos inauditos. Toño salía de ellos como el que va a por pan. Sus últimos años los ha dedicado a la docencia y las actuaciones esporádicas cuando llovían marrones de ausencias. Toño ha sido un gran tipo. Un hombretón bueno. Lleno de amigos ahora envueltos en lagrimas porque no ha dicho ni adiós.
Ahora, seguro que junto al humo de los elegidos habrá un rincón para el. Seguro que conocerá al barman de ése tugurio y al que pone microsurcos de vinilo. También a aquel que vendía discos de importación en los ochenta. Mirará bien por todos los rincones sorprendido de no ver desconocidos. Nadie le desconocía. Nadie de los que ahora mismo escuchan a Max Roach le habrá negado nunca un saludo.
Toño, levanta tu jarra por nosotros que nos hemos quedado estupefactos en tu supersónica despedida: ¿Pero esto que es?, ¿Qué forma es ésa de decirnos adiós?, ya se que es tu estilo, la discreción y el poco ruido (no con las baquetas precisamente), pero por mucho que lo sientas y te lo permita tu extremada timidez, no son formas Antonio, Toño, No vuelvas a hacerlo otra vez.
Nos vemos en los bares.
Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso. En una inmensa e invisible bolsa va recogiendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito, el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento.
Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita. Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero...
Así comienza El canto del viento, memoria lírica del cantor Atahualpa Yupanqui. Libro inédito hasta ahora en España, hoy podemos disponer de él gracias a Tres de trébol.
Dibujantes, escenógrafos, músicos, escritores, actores, pintores, fotógrafos... conforman un nuevo dibujo artístico en la ciudad
Hace unos meses la mañana otoñal de Valencia, junto al estadio de Mestalla, me abrió una nueva configuración de contemplar Albacete, mi ciudad. Entonces, el Valencia C.F. andaba líder en el Campeonato de Fútbol Nacional y la ciudad levantina disfrutaba éste menester y aquella mañana además un esplendoroso y radiante sol de octubre. El escenario preparado era el idóneo para recibir el acopio de nuevas sensaciones. Allí, en la puerta principal de Mestalla envuelto en abrigo y bufanda me esperaba el dibujante albaceteño Sergio Bleda. Sergio trabaja desde hace años para la editorial francesa Soleil. Lo hace desde Valencia donde vive con Ana su mujer y donde preparaba entonces Doll´s Killer, su nuevo trabajo y la llegada del nuevo inquilino de la casa, Jorel, su primer hijo. Yo ya había comprado en Boston, Seattle y Nueva York algunos de sus cómics y sabía que estaba ante uno de los grandes de la viñeta en España. Sergio me confirmó aquella jornada entre dibujos y proyectos una realidad palpable: él mismo y una pléyade de artistas de mi tierra andaban zanganeando por el mundo y por la geografía nacional con el descaro propio de creadores consumados y autores confirmados. Después de la larga charla, los gazpachos de Ana y la conjetura del café, en el viaje de vuelta a casa, ya en el puerto de Almansa, había tomado una decisión: Resolví dar con algunos de ellos y reflejarlos en estas páginas que titulé El Brillo de los Días, quien sabe si también con el tiempo convertirlas en un pequeño manual de encantamientos.
Simultáneamente a la jornada valenciana, José María Rosa y Maria Bleda, otros albaceteños, recibían el galardón más grande que puede recibir un artista en nuestro país: El Premio Nacional, en su caso de Fotografía. Aquellos días a Joaquín Reyes y Esperanza Pedreño, humorista, actriz, salidos ambos de las catacumbas albaceteñas les veían los españoles un día si y otro también en la televisión triunfando con sus respectivas series y Andrés Alberto Gómez, otro joven paisano, debutaba en el Teatro Real de Madrid junto al gran músico internacional William Christie y su orquesta de cámara barroca, Les Arts Florissants. En Navidad veíamos una película de animación, El Lince Perdido, donde otro gran valor de la infografía internacional, también albaceteño, Juan Siquier, había trabajado concienzudamente desde Granada, donde reside en los estudios Kandor Graphics, parte de la productora Green Moon del actor Antonio Banderas. Todos ellos jóvenes albaceteños, preparados, imaginativos, audaces y dueños de la única verdad que puede mover al artista creativo: su propia obra.
No todos, sin embargo, obligatoriamente han tenido que salir de Albacete. Eloy M. Cebrián es actualmente profesor de filología inglesa en el Instituto Bachiller Sabuco de la ciudad y Arturo Tendero jefe de estudios del mismo instituto, el Uno. Los dos son escritores y acaparan premios y reconocimientos nacionales en el mundo de las letras. Ambos coinciden en la pereza de los concursos literarios: "Es un mundo ése muy especial, lo he vivido también como jurado y la gente que se presenta suele repetir, te los encuentras en todas partes, se ramifican por toda la geografía española. La única manera de ganar premios es presentarte a todos los que se convocan y a mi eso me da mucha fatiga. Creo incluso que me perjudica, acabas escribiendo más para jurados que para el lector común", dice Eloy, pero Los Fantasmas de Edimburgo, como anteriormente El fotógrafo que hacía belenes o Bajo la fría luz de octubre son grandes obras literarias no al alcance de cualquiera, como el poemario Cosas que apenas pasan de Arturo Tendero. Conforme se sucedían las conversaciones crecía mi admiración y fascinación por ellos, por los artistas. Llegué a la feliz conclusión de padecer ésa especie de envidia sana que puede esconder, a Dios gracias no lo hace, la pelusa del perdedor, del fracasado, del resentido que reconozco en otros artistas menores de la ciudad: “Una de las cosas que nos caracteriza a la gente de Albacete es que en general tenemos bastante mala hostia y sin ella a lo mejor no hubiera sido capaz de haber escrito este libro (Los Fantasmas de Edimburgo). Yo sí lo extiendo a la idiosincrasia. Tenemos los de Albacete una actitud ante la vida bastante crítica", aclara Eloy M. Cebrián; “Los manchegos somos secos, pero luego tenemos retranca. Un manchego no es la alegría de la huerta. Somos muy gañanes”, matiza Joaquín Reyes para cerrar el tema.
Las basuras, el desecho, los contenedores que sigue utilizando ejemplarmente el pintor Fernando López para crear arte son más una declaración de intención social que el motivo puntual de su obra. Fernando siente que la vida se escapa, se disuelve sin que hagamos nada por sacarle su jugo natural que despreciamos arrojándolo a una bolsa de plástico negro. Fernando también reside entre albaceteños y ésa es nuestra suerte. En la visita a otro pintor, Miguel Barnés, ahora residente en Berlín, me quedo con el suelo de su estudio: una obra de arte conceptual, inanimada, a la manera de Fernando López. Se lo digo a Miguel y se ríe porque también ha pensado alguna vez lo mismo, “¿y qué hago para representarlo? –se descojona-“. En la selección también encuentro al hiperactivo que busca el aire y el brillo de cada día. Se llama Joaquín Pascual al que los acordes, las notas, los arreglos, las producciones, se le están desconchando por el estudio. No da abasto y necesita almacenar las ideas. Me lo dice justo en el momento en que se le ocurre otra nueva. Incorregible el Membri. Desde los tiempos del grupo Atlanta, y de eso hace mucho, los ochenta, no ha parado: Surfin Bichos, Mercromina, Travolta incluidos, además de una larga nómina de bandas nacionales en los que ha trabajado como músico y productor. El Membri quiere parar un año, pero, lo sé, su cabeza y su impulso no van a estar por la labor. A Juan Carlos Gea lo encuentro en Gijón. Acaba de estrenar libro de poemas, Occidente, y compruebo su eficaz asentamiento en la villa como promotor de ideas y su irrefrenable y compulsiva tendencia a la creatividad literaria: "Occidente viene a ser un largo ajuste de cuentas en verso con mi espacio y con mi tiempo: el espacio y el tiempo de mi biografía y el espacio y el tiempo de la porción de historia que me corresponde vivir".
Le imito. Es la sensación que ahora tengo pasados los días del otoño, del invierno y de la primavera. Éste es mi espacio ahora. Éste es mi tiempo. Hablar de mis nuevos modelos de comportamiento artístico, como en su día lo fueron José Luis Cuerda, José Antonio Lozano, Antonio Martínez Sarrión, Alfonso Quijada... Quiero conocerles, como a María Bleda y José María Rosa, aunque vivan en Londres, aunque sea a través de una pequeña pantalla de ordenador. Al fin y al cabo tenemos algo en común: Albacete. Son los premios actuales de fotografía en España, pero han vivido y se han criado entre nosotros, entre nuestras calles, quioscos o entre esas horribles plazas que nos regaló la especulación, el desprecio y la indiferencia. Ellos son fotógrafos y son autores de series como Campos de Fútbol, Campos de Batalla, Ciudades y Origen y no son nuevos en esto de los reconocimientos. Han desarrollado su carrera profesional en Valencia y Londres, y sus obras se encuentran en las colecciones del Museo Reina Sofía, MUSAC, Centro Galego de Arte Contemporáneo o el Museo de Arte Moderno Colliure. La desolación que muestran en alguna fotografía es la misma que yo experimentaba de pequeño cuando llegaba al barrio Las Cañicas a jugarme el honor futbolístico de mi barrio. Bleda y Rosa cambiaron la calle Albarderos por Oxford Street: "Vinimos por que era algo que siempre quisimos hacer –dicen-. Nuestros compañeros de estudios siempre utilizaron las becas para viajar y conocer mundo mientras que nosotros las empleábamos para producción de obra. Al final vivir una temporada fuera se nos quedó pendiente. El año pasado nos lo planteamos seriamente: o lo hacemos ahora o no lo vamos a hacer".
Engracia Cruz sin embargo vive aquí, pero también ha experimentado un cambio sustancial en su vida: "Sí, Ahora he querido cambiar el guión de mi propia vida y he invertido los papeles: en mis ratos libres del teatro dibujo casas". Engracia era delineante de profesión pero también directora teatral, escenógrafa, constructora de títeres, ayudante de dirección y monitora de cursos y talleres escénicos. Ahora es la novia de Hamelín, el encantador de sueños y es tan feliz como los muñecos que mueve. Como Andrés Alberto Gómez dando conciertos de clave en Paris o como Miguel Barnés exponiendo en Berlín o Esperanza Pedreño estrenando película en la Gran Vía madrileña.
La tarde de verano se cae y recuerdo mi cita otoñal con Sergio Bleda. 35 semanas transcurridas donde he jugado con la memoria más reciente del arte albaceteño. Se han quedado muchos más en lista de espera. Algunos les tengo atrapados en mi propia red, otros estoy a punto de descubrir. Presumo que es una experiencia impagable y empiezo a impacientarme por la llegada del otoño. Volveré a estas páginas, volveré a estar más cerca aún de mi ciudad, Albacete, ésa que muchos utilizan para uso personal y cuya auténtica identidad, el pensamiento, la obra gráfica, la música, la imagen fija, la fantasía, aplican a una indolencia que a veces asusta. Los artistas de una ciudad son los espejos donde nos veremos cuando ya no seamos más que polvo en el tiempo.
Fotos y gráficos JAF.
Imagen 3D de la vieja serrería del Puente de Madera: Juan Siquier El Brillo de los Días. Publicado en el diario La Verdad de Albacete. 28/6/2009.
La banda presenta su único concierto en España el próximo 1 de julio en Madrid Es la vieja historia del rock: rodar, rodar en torno a una farola hasta encontrarse el trasero (Rock and Roll). Joe Satriani, el guitarrista por excelencia lo ha vuelto a hacer, como una vez lo hiciera otro ilustre guitarrista al que ya le resuena la rutina y se le van cayendo las notas de pura incontinencia, Eric Clapton. Clapton lo hizo con Blind Faith, más que con Cream, y en aquel año, 1968, revolucionó el mundo del rock: "Ola de deserciones en el rock británico", decían los tabloides entonces. Hablaban de Traffic, de Cream claro, de Family, de Yardbyrds, Band of Joy, Small Faces, The Herd, Spooky Tooth... excelentes grupos que de pronto quedaron huérfanos de sus líderes. En California ocurrió algo parecido pero menos traumático porque en esos años todo estaba aún por hacer y además todo el material humano sobresaliente se lo quedaba Frank Zappa. Si The Byrds perdía a David Crosby y Buffalo Springfield a Stephen Stills y Neil Young, los británicos Hollies lo sufrían con Graham Nash y ahí estaba la noticia: otra legendaria banda inglesa destrozada. De aquella mítica revolución brotarían los mencionados Blind Faith (flor de un día), Led Zeppelín, Humble Pie... Crosby, Stills, Nash and Young. La rueda siguió rodando en cada década con imitaciones más o menos acertadas y ahora el gran Satriani vuelve a resucitar el concepto mediático con su extraordinario combo formado en torno a un nombre algo chiripitiflautico: Chickenfoot, dejadme traducirlo por Patapollo.
La banda Joe Satriani, ya se ha dicho, es un guitarrista portentoso, exuberante y siempre dado al lucimiento personal. Así me lo pareció al escuchar hace muchos años su Surfing with the Alien: a una digitalización imposible se le unía el énfasis del trueno, la fanfarria, los fuegos artificiales y una inequívoca tendencia a la enseñanza: "Dejad que los heavys vengan a mí". Satriani explica ahora que siempre ha querido ser el guitarrista de una gran banda. Simplemente el guitarrista, no el figura. Desde luego no lo predicó con el ejemplo porque en The Extremist o Super Colosal siguió insistiendo en su instinto épico que cepillaba invariablemente con sus sonoras colaboraciones con Mick Jagger o Deep Purple y hasta con algún curso acelerado impartido a otro de los últimos guitarristas grandes Steve Vai. "Pero todo era por casualidad, -dice-, nunca planeé ser un instrumentista. Durante todo este tiempo lo único que quise ser es parte de un grupo de rock grande liderado por un vocalista. Tenía ofertas, pero nada que me integrara. Hasta ahora, hasta Chickenfoot". Parece cierto lo que afirma al escuchar algunas de las canciones del álbum de presentación. Una grabación impecable manejada por un guitarrista excelente, increíble pensar que ése sea Joe Satriani. Mucho más comedido, contenido, con un gusto exquisito por la profundidad y la base rítmica. Da la impresión que en el estudio hay alguien contratado para soltarle con un mazo si se desboca. Claro, cuenta con la compañía de otros dos pesos pesados del rock: Michael Anthony de Van Halen (hasta el gorro de Eddie) y Chad Smith, batería de Red Hot Chilli Peppers, más acostumbrado a estos menesteres con John Frusciante o Dave Navarro. Un cañón. La banda suena como un trueno. Hasta Sammy Hagar, "el rojo", aquel cantante que tuvo los bemoles de sustituir a David Lee Roth en Van Halen anda más distinguido. Será la edad, que le ha otorgado alguna economía de voz, aguardentosa y tabaquera. Si tuviera que rebatir a alguien sería a él, pero aquí entran los gustos personales y los míos siempre han objetado a los cientos de imitadores que le salieron a Robert Plant en el género. Soy de los que piensan que los vocalistas del rock brutote no han tenido que cantar como Plant, como Ozzy Osbourne o como Ian Gillian por decreto, para algo está la rebeldía de los códigos rockeros. En fin, soy más de Paul Rodgers (Free, Bad Company), Anthony Kiedis (Red Hot), Chris Cornell (Soundgarden), hasta el Jack White de The Racounters...
Epílogo Chickenfoot estarán el 1 de julio en el Palacio de los Deportes de Madrid. Será su único concierto en España y una categórica vuelta de tornillo al rock, incluso al movimiento mediático que acompaña a éste designado supergrupo, con la inevitable comparación a sus inmediatos antecesores Audioslave, Velvet Revólver, The Good, The Bad and The Queen, Tinted Windows y a cientos de bandas que con mayor o menor suerte han querido jugar a algo tan delicado como autodenominarse Supergrupo. Por cierto, en Chickenfoot nadie a dejado a nadie abandonado a su suerte como ocurrió en aquel "desastre" de la música británica de los sesenta. Chickenfoot son cuatro extraordinarios músicos eremitas cuyo destino estaba escrito en los versos bíblicos del Rock and Roll.
El Brillo de los Días. Publicado en el diario La Verdad de Albacete. 21/6/2009
el músico albaceteño estrena dos nuevas grabaciones y actúa en Nantes
Llanos y Andrés, sus padres, lo anunciaron así cuando nació el pequeño: "Hemos tenido un clavecinista". Lógico, no todos los días uno tiene un niño que con la edad, pura adolescencia, acogería el clavecin como método de vida, ése instrumento musical con pinta de mueble de la Casita del Labrador en Aranjuez con teclado y cuerdas pulsadas al que muchos llaman clavicémbalo o simplemente clave. Andrés Alberto Gómez Rueda (Albacete, 1978) acaba de estrenar dos nuevos discos con el clave como protagonista y ésta semana, el pasado jueves, actuaba en el Festival Printemps des Arts de Nantes. Los discos están protagonizados por su propio grupo de música renacentista La Reverencia, "La vida deste mundo", un cancionero hispano del Renacimiento y el estrenado en solitario con el clave "Docere, Movere et Delectare" interpretando composiciones de Buxtehude, Weckmann, Böhm, Froberger, Pachelbel, Karges y Bach. 2008 fue un año agotador para el joven músico albaceteño que ha tenido que compaginar aeropuertos y conciertos con grabaciones y sus clases de clave como profesor del Conservatorio Profesional de Música de Murcia. En uno de esos conciertos, Andrés Alberto conoció y trabajó junto a su ídolo de toda la vida el clavecinista norteamericano William Christie, director de su orquesta de cámara barroca, Les Arts Florissants. Fue en el Teatro Real de Madrid: "Tocar con Les Arts Florissants ha sido lo más importante que me ha pasado en mi vida y con William Christie que es una leyenda. Estuve el año pasado un mes entero junto a él. Es como si en jazz te pasas un mes con Miles Davis. Una recompensa. Cuando valoras todo eso te reconforta de esfuerzos y sacrificios". Andrés terminó sus estudios de clave y música antigua en el Real Conservatorio de La Haya (Holanda) como alumno de Jacques Ogg y en la Escuela Superior de Música de Cataluña, E.S.M.U.C. como alumno de Béatrice Martin, obteniendo matrícula de honor y felicitación del jurado.
Los comienzos En un entorno familiar cómodo y placentero el joven Andrés Alberto se crió en el silencio del extrarradio albacetense, rodeado del cuchicheo de las calandrias y el profundo aroma del libro estrenado (su padre es escritor). Su inmediato antecedente musical data de Ana y Julia, sus primas, aplicadas pianistas entonces en uno de los conservatorios de música de Albacete, donde él mismo dio sus primeros golpes de teclado. Allí le llevaron sus padres sorprendidos de la habilidad con que el pequeño Andrés imitaba las notas de las canciones populares en un pequeño teclado electrónico que le habían comprado: "Escuchaba una melodía y la sacaba al instante -dice ahora recordándolo- Todavía me sorprende la facilidad que tenía para hacerlo con diez años. Me acuerdo que en ésa época había una película, El Piano, de Jane Campion con música de Michael Nyman, que conseguí interpretar, el disco entero, de oído. Ponía el magnetofón, escuchaba la pieza e intentaba copiarla corrigiendo los errores de notas y acordes. Me sorprende porque cuando posteriormente aprendí a leer música y me compré la partitura alucinaba porque era exactamente igual a como yo la tocaba; todas las notas que yo había aprendido de oído estaban en aquella partitura". Andrés, tras un productivo acercamiento al piano en el Liceo Arturo Moya acabó matriculado en la institución pública: "Aquellos primeros años fueron muy amargos, incluso estuve a punto de dejarlo todo, estuve un año entero sin ir al conservatorio porque desafortunadamente tuve muchos cambios de profesores, algunos muy buenos, pero también con gente que me quitó la ilusión. Estuve sin ir a solfeo, sin ir a piano...muy mal. Hasta que afortunadamente caí en las manos del profesor Jesús Manuel Valenciano que me hizo uno de los grandes favores de mi vida: llevarme a Valencia a conocer a otro pianista con el que él estudiaba, Patricio Pizarro".
Las claves Pizarro realizó impecablemente el papel melodramático de viejo profesor retirado y recluido en un antiguo caserón con sus instrumentos, sus recuerdos, dedicado exclusivamente a la pedagogía musical. Un tipo muy interesante. Tenía varios pianos y dos claves. Al joven Andrés Alberto le parecieron a simple vista muy estéticos. El chico llevaba, siempre hay que hacerlo cuando visitas la casa de un profesor, una partitura preparada por si tenía que tocarla, las Variaciones Goldberg, de Juan Sebastián Bach (1742). Tocó al piano ante la presencia de Valenciano y Pizarro y el veterano profesor le propuso tocar a Bach en uno de los claves que tenía: "Cuando toqué por primera vez aquel clave pensé inmediatamente que ése iba a ser el instrumento de mi vida. Pizarro pensó exactamente lo mismo porque me dijo "dedícate al clave y deja el piano". Al acabar la selectividad con excelentes notas y ante la sorpresa de sus progenitores que auguraban alguna carrera productiva para el chaval Andrés Alberto les confesó que lo que quería realmente era estudiar música. " Mi padre me dijo que si quería estudiar música debía pasar en el piano el mismo tiempo que tendría que pasar en la universidad, siete horas como mínimo. Aquellos años los recuerdo muy gratamente en mi casa: por las mañanas, desde primera hora, mi padre estaba en su despacho del piso de arriba escribiendo y yo en el piso de abajo estudiando y tocando el piano y ya el clave que me habían comprado". Patricio Pizarro en Valencia y el excelente clavecinista madrileño Tony Millán guiaron sabiamente los pasos del joven músico hasta su ingreso en el Real Conservatorio de La Haya donde tuvo que superar los durísimos exámenes de ingreso y permanencia durante los cuatros años de carrera: "Todos estos años fueron ajenos al conservatorio y dedicados al clave privadamente. Eso me ha dado una impresión de la docencia mucho más amplia que la de una persona que sólo haya estudiado en un conservatorio. Creo que donde menos música se hace es en el conservatorio y donde más música se aprende es en casa de un buen músico o profesor. En casa del profesor vives el mundo del artista, respiras su música, sus instrumentos, sus partituras, resuelves tus dudas. En el conservatorio tu entras en un aula, tienes tu hora semanal y ves que muchos de tus compañeros van por obligación. Por obligación haces exámenes y otros ejercicios que pueden no interesarte mucho o nada. Con el profesor, a mi me gusta llamarle simplemente músico, puedes estar desde una hora hasta momentos donde el tiempo vuela, las horas, porque estás en otro universo, el que has elegido. Había veces que con Tony tenía que salir corriendo porque se me escapaba el tren a Albacete".
El presente Aún, bajo la influencia siempre de ése ambiente familiar que ha marcado sus pasos, cálido, bucólico en tantos momentos, cercano y de apoyo incondicional Andrés Alberto siente la constante llamada del clavecin, su fascinante sonido novelesco, romántico, que algo tuvo que influir en su encuentro con Paloma Gallego, la joven soprano que forma parte de su grupo La Reverencia, especializado el quinteto en la música del Renacimiento. Con ella consiguió, si algo faltaba para completar un ciclo vital envidiable, el equilibrio necesario para acometer una vida de verdadero artista consagrado que le lleva con sus compañeros, por ejemplo, a una charla informal con la Reina Sofía en Atenas reclamados allí por la soberana a un concierto privado en la misma casa del embajador con motivo de la visita de una representación española a la inauguración de una exposición de El Greco en la capital griega: "Al músico hay que comprenderlo -dice-. Al músico le alimenta el arte. El artista necesita su espacio, sus "ausencias", la pasión te abstrae, vives en tu propio mundo interno. Con Paloma he tenido mucha suerte en eso. O una persona así o nada". En estos días, Andrés Alberto Gómez estrena dos discos impecables, cumple su compromiso como solista en Francia y vuelve para casarse con Paloma. Por un día, el clavecin puede esperar.
Discografía de Andrés Alberto Gómez
DE AMORES Y LOCURA, La Reverencia, 2005 INSOLITO ESTUPOR, Forma Antiqva, 2006 DIEGO ORTIZ, La Reverencia 2007 DOCERE, MOVERE ET DELECTARE, Andrés Alberto Gómez, 2008 MEYSTER OB ALLEN MEYSTERN, Tasto Solo, 2009 LA VIDA DESTE MUNDO, La Reverencia, 2009 L´ORFEO (DVD), Les Arts Florissants, 2009
El Brillo de los Días. Publicado en el diario La Verdad de Albacete. 14/6/2009.