14.7.14

Siquier el mago


Aquí son secuencias de algunos de los proyectos en los que he trabajado hasta ahora, la mayoría son proyectos personales:
"Cazadores de dragones" © Luxanimation (texturizado)
"Querida Anne, el don de la esperanza" © 263 Films (Hard Modelado, texturizado, Look Desarrollo e iluminación)
"Justin y los Caballeros del Valor" © Kandor Graphics (Texturizado y Desarrollo Look)
"La dama y la muerte" © Kandor Graphics (Texturizado y Desarrollo Look)
La música es "Slinky" por "Ozric Tentacles", del álbum "Espirales en el hiperespacio"

Siquier, Juan Siquier, nos cuenta esto y se estira, se despereza y nos atrapa en su particular tela de araña. Asistimos a un auto prontuario de su obra, de su trabajo de tantos años (creo que he sacrificado mucho metraje, la novatada supongo, lo quiero meter todo!!) y una vez más el encanto, la fascinación, el hechizo, se dan la mano. Puro deleite.



25.5.14

Frank Gehry y el Experience Music Project



El arquitecto Frank Gehry ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2014. Autor del Guggenheim de Bilbao y premio Pritzker en 1989, es el sexto arquitecto en recibir este reconocimiento. El jurado ha destacado la relevancia y la repercusión de sus creaciones en numerosos países, con las que ha definido e impulsado la arquitectura en el último medio siglo.
El estadounidense, nacido en Toronto (Canadá) en 1929 y que reside en Estados Unidos desde los 15 años, se convierte así en el sexto arquitecto que obtiene el galardón tras Óscar Niemeyer (1989), Francisco Javier Sáenz de Oiza (1993), Santiago Calatrava (1999), Norman Foster (2009) y Rafael Moneo (2012). Este año optaban al premio -dotado con una escultura de Joan Miró y 50.000 euros- 36 candidaturas de 19 países.
Entre sus edificios, caracterizados por un juego virtuoso con formas complejas, por el uso de materiales poco comunes, como el titanio, y por su innovación tecnológica, que ha tenido repercusión también en otras artes, destaca el Museo Guggenheim de Bilbao (1997) que, junto con el edificio para la bodega Herederos del Marqués de Riscal en Elciego, Álava (2006), son sus fieles representantes en nuestro país donde recientemente ha proyectado la Torre de Sagrera en Barcelona.
Son también muy representativos de su trabajo el edificio Nationale-Nederlanden, conocido como Casa Danzante, de Praga (1996), el Museo Aeroespacial de California (1984), el Museo Vitra Design, en Weil am Rhein, Alemania (1989), el Museo de Arte Frederick Weisman en Minneapolis (1993), el edificio del Banco DZ en Berlín (1998), la Torre Gehry en Hannover (2001), el Centro Stata del Instituto Tecnológico de Cambridge (2003), el Walt Disney Concert Hall (2003) y el Centro Maggie's Dundee en Escocia (2003).

Sin embargo, y me llama la atención, no viene recogido en las glosas e inventarios ilustres aparecidos estos días en las notas biográficas y referencias del premiado arquitecto canadiense un augusto levantamiento, una fastuosa Casa-Museo a mayor gloria del guitarrista de rock Jimi Hendrix en la muy noble villa de Seattle, costa oeste americana y cuna y origen de la zurda más rápida jamas vista al otro lado del Mississippi, el Experience Music Project, incluido como un componente más del complejo cultural Seattle Center, que incluye, además del pesebre de Hendrix, el Centro de Ciencias Pacific, un museo y un teatro para niños, la Casa de la Ópera, los teatros Bagley Wright y Seattle Center y el Key Arena, exclusivo para deportes y eventos especiales.




El Experience Music Project es un museo del rock donde la épica universal del género descansa como modelo de guitarristas históricos además del respetuoso y amplio rincón reservado para Jimi Hendrix, que tiene allí su propio paraninfo donde reposan los trajes que utilizó en sus actuaciones, el mítico de la Isla de Wight, el de Woodstock, sus diarios, pedales y hasta los desechos chamuscados y destrozados de sus guitarras, incluida la que inmoló en Monterrey. Hay una referencia valiosísima a la historia de la guitarra eléctrica, desde la vieja inventada por Orville Gibson en 1897 hasta toda la saga Fender, pasando por la National Steel de Tampa Red en 1937 y ejemplares expuestos pertenecientes a Charlie Christian, Duane Allman, Roger Mc Guinn, George Harrison, Eric Clapton, Les Paul o Jeff Beck. Un manual de joyas reunidas para la historia.

En realidad es un homenaje a la historia del rock, donde obviamente tiene su hueco todo lo referente al sonido grunge, con material propio de Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains o Nirvana: cartelería, ropa de actuaciones, entradas de conciertos, videos, etc. El colofón lo marca un gran estudio de grabación donde, con técnicos incluidos, te puedes marcar el single de tu vida por un precio simbólico.

El Museo proporciona uno de esos momentos excitantes en los que tu propia vida desfila entre sus vitrinas. Es una epopeya alucinante que arrastra tras de sí nombres y nombres que ves reflejados precisamente justo allí, en ése delirante instante. Seattle ha conquistado de repente su carácter etéreo e intangible y lo único que te queda es viajar 25 kilómetros dirección Renton, visitar el Greenwood Memorial Park y dejar un pequeño mechero de un conocido restaurante albaceteño junto a la tumba de Jimi Hendrix como avituallamiento para posibles despistados a la hora de las honras y alabanzas.

Mausoleo de Jimi Hendrix en Renton (Seattle)




Además, en el Experience Music Project, diseñado por Frank Gehry e inaugurado en 2000, tiene cabida también el SFM, Science Fiction Museum, un ofertorio creado para satisfacer las no menos pasiones míticas que rodean a toda la saga de la Guerra de las Galaxias empezando por lo relacionado con los maestros Jedi de la república galáctica y explorando y revisando igualmente su prole estelar. Muñecos, trajes, espadas, ewoks, simulaciones y todo lo referente al mundo creado por George Lucas quedan mostrados en grandes escaparates y paneles. El SFM es el museo ideal del fervoroso adicto a Chewbacca y su Conjunto.





Fotos: JAF

21.5.14

Artimañas el artesano


Momento culminante este de José Garrido que se decide a debutar en el siempre comprometido estado de la exposición pública siendo, como es, un tímido recalcitrante que suele quitar importancia a sus destrezas en el universo de las artes sonoras, didácticas y gráficas.
No es para menos, las acuarelas expuestas tienen una calidad exquisita -exquisiteces- y una presentación en la Casa Vieja de la calle Blasco Ibáñez sólo comparable a la conocida y delicada sensibilidad del autor para quien un mínimo detalle de centimetros, tonos o notas supone la gloria o la ruina total.
Artimañas en estado puro.
Jueves, 22 de mayo a las 20,00h.


JOSÉ GARRIDO
Acuarelas
Casa Vieja, (Blasco Ibáñez, 9. ALBACETE).
Hasta el 20 de junio de 2014

"Culpables de tamaño atrevimiento son, dejando aparte mi ya acreditada osadía en otras artes, Hortensia y Antonio Roldán, de la Casa Vieja y la Casa del Pintor, que me han animado a colgar mis acuarelas en las paredes de la primera de esas casas, en Blasco Ibáñez, 9.
Después de mi retiro, que me brinda la ocasión y el tiempo para cambiar las tizas por los pinceles y las guitarras, mi trabajo con el dibujo y la pintura es más asiduo y reflexivo, lo que viene a significar que es mejor, pues todo es cuestión de estudio y trabajo. Los títulos de mis acuarelas son redundantes. Si “Árbol” se titula la obra, en ella se encontrará un árbol reconocible. Es figurativa mi pintura, y por tanto no es imprescindible explicarla, que sí justificarla.  Figuración temperada, no excesivamente fiel a la realidad, tanto más lograda cuanto más sugiera y menos muestre. Esa es mi intención y mi meta, alcanzada en la medida en que hemos sido capaces de renunciar al detalle irrelevante en favor de sugerencia y la impresión". (texto de José Garrido)

20.4.14

Stephen Malkmus, el Bazooka llevado a la excelencia


Los discos del año 2014
Febrero. Wig Out at Jagbags, de Stephen Malkmus & The Jicks



Desde que me salieron los dientes tuve claro que en ningún caso debía tragarme un chicle:
“No, que se te pegan las tripas”, me avisaba siempre una tía cercana muy puesta en medicina transversal.

“¿Ni siquiera los Bazooka?...”, contestaba yo con cierto desencanto.

Bubblegummes y Gayolas
Los chicles Bazooka eran como una especie de escayola gelatinosa de tres pisos que te metías entre los dientes y te duraban toda una tarde. La gelatina era de la dura. Imposible tragarlos; por ese tema nunca tuve problemas ni con mi tía ni con las tripas. Con un chicle Bazooka en la boca los globos que exhibían las/los amigas/os eran descomunales, bárbaros, placentas marcianas,  aunque he de confesar que también para esos menesteres yo siempre fui un patán.
No, nunca fui un niño competente en la virguería infantil. La primera relación seria que tuve con los chicles fueron los Monkees, una banda formada por actores de televisión, adolescentes del canal Disney en Los Ángeles a los que alguien convenció para que fueran imagen de portadas discográficas y de una serie de televisión cuya música competiría en el mercado con la de los Beatles. A aquel movimiento musical propiciado por el éxito de la serie y de algunas de sus memorables canciones, Last train to Clarksville, I´m believer,  Pleasent Valley Sunday, la incipiente industria pop americana bautizó como sonido Bubble Gum, cuyos artistas más significativos fueron The Archies (Sugar, sugar), los propios Monkees, Ohio Express (Yummy, Yummy y Chewy Chewy)  y algunos otros que no me retiene ahora la memoria... Tiempo habrá de hablar de algunas de sus excelencias, que las hubo.
El otro día oía una remota aproximación actualizada. Nada comparable por supuesto, pero con ése retintín que te vocean los recuerdos de vez en cuando. No sé si os ha pasado alguna vez, eso de estar escuchando un disco sin prestarle excesiva atención hasta que llega ese momento que dices... “joder, esto no suena mal del todo...”,  “Bieeen...”,  ¡Joder...esto es cojonudo!”:
¡Stephen Malkmus sin ir más lejos!. Sucedió con su álbum de éste año Wig Out at Jagbag, al que algún osado ha querido traducir (yo no me atrevo) como “Se vuelven locos con las Gayolas” (¿?).

Stephen Malkmus, un explorador de carrera
Y eso que a  Malkmus se le supone el voto de confianza desde su fructífera aventura con Pavement en los noventa y también después de aquella mermelada de lujo que resultó ser Pig Lib en 2003, la descarada declaración de intenciones de un tipo que ya iba por libre en el nuevo siglo y que había elegido la fulminante combinación de agitar la coctelera de ideas almacenadas, esperando turno desde los mismos tiempos de Pavement (a mi particularmente ya me gustó mucho su álbum de despedida Terror Twilight) y desparramarlas en caída libre en el estudio de grabación, cual fórmula ingeniosa de George Martin en los sesenta del pasado siglo cuando el productor de Abbey Road andaba en la obligación diaria de inventarse algo nuevo para los nenes de Liverpool.

Estamos hablando de pop. De pop de salón. De pop de cumpleaños con los amigos pop. De pop de conversación trascendente. Nada de malditos ni ordinarieces, aunque bordeando ligeramente el sonido Bubble de postín. Stephen Malkmus hace ya tiempo que cumple todos los requisitos del artista pop de luxe. Insisto, en Pig Lib (que lujo es tener estos discos en vinilo) a mi se me cayó la baba escuchando aquellos juegos deliberados y provocadores que me remitían a uno de mis ídolos de niñez: Ray Davies. A veces lo que cuentan y como lo cuentan sólo lo entienden ellos pero suficiente que adivines un gag, una frase lapidaria (“We lived on Tennyson and venison and the Grateful Dead, It was Mudhoney summer, Torch of Mystics, Double Bummer” en Lariat) ..., una cita o un sonido concreto de guitarra o voz para que el juego de artista acabe definitivamente en una fiesta personal y pasional. Al fin y al cabo todo lo que escribe y piensa el músico de Santa Mónica tiene ese aire remotamente reverencial que otorga el surrealismo o, porqué no decirlo, la música jingle-jungle.  En esas vicisitudes Stephen Malkmus es un personaje. En lo de dominar la historia también porque si no a santo de qué puedo volver a escuchar después de toda una vida como he sufrido en el alambre y en la alternancia a Dave Dee, Dozy, Beaky, Mick & Tich (espero no haberme dejado a ninguno) en Rumble at the rainbow. El tema es una continuación redoblada de Hideway o The Legend of Xanadu, incluso masticando la misma plasta bazookera utilizada entonces si bien ahora con algún adorno de reggae que para aquellos días (1967) debía resultar aún algo excesivamente exótico.
Sí, eso ocurre en este disco de este año de este señor que viste y peina y se expresa en público como un post-doc de Agrónomos.: Stephen Malkmus.

El Disco, Wig Out at Jagbags, un caleidoscopio.
Y muchas más cosas. En Planetary motion, al ser la canción que inaugura el disco, Malkmus ha querido mirar hacia atrás al tiempo que rendir un homenaje transparente a sus viejos camaradas de Pavement mientras aclaraba de inicio que lo que íbamos a seguir escuchando no iba a tener nada que ver con Beck, su productor y mentor en su anterior trabajo Mirror Traffic. En mi opinión, en aquel disco Beck utilizaba a Stephen Malkmus como si fuera su propio clon, secuelas encontradas aquí en algunos pasajes de Houston hades o Shibboleth, poca cosa si tenemos en cuenta el repaso a la historia que Malkmus muestra con las Arañas de Marte en Chartjunk, como si el guitarrista se hubiera reciclado en aquel Davie Jones del que más tarde huyó desesperadamente David Bowie y, sobre todo, en el Ray Davies de The Janitor Revealed, el mismo Davies de Waterloo Sunset o de Sitting in my sofa: el mismo. Desde luego no sorprenden las citas en Lariat, para algunos colegas lo mejor del álbum aunque yo me quedo con Independence street, una exhibición de las exquisitas facultades que guarda Stephen para la interpretación a la guitarra.

Un directo apático en Madrid
Qué pena que no se entregasen del todo en la sala Joy Eslava hace unas semanas. Vestidos de profesor de instituto, de colega de cañas en Lavapiés, estuvieron pelín fríos, como el ambiente (sorprendentemente no se llenó). Acompañado de la formación que protagoniza el disco: Mike Clark con el teclado y las segundas guitarras; Jake Morris a la batería y la bajista Joanna Bolme a la que algunos apuntan como algo más que compañera de escenario, tocaron el estreno del álbum y poco más, bueno, ejem, Old Jerry, ése pedazo de tema que le vienen dedicando al célebre guitarrista de Grateful Dead, Jerry García, desde hace mucho tiempo .

Venga y únase a nosotros en esta tumba de punk-rock 
Venga y baile slam con unos tipos antiguos 
Estamos volviendo, volviendo a nuestras raíces 
Sin material nuevo, sólo botas de vaquero

“Pues en Nueva York se deja la piel cada vez que toca”, comentó un pintoresco gabacho que le sigue a todas partes.

Publicado el Viernes, 18 de abril de 2014 en Más24, suplemento cultural del diario digital Asturias24


6.4.14

jazz


Slow Motion Blues by Lester Young on Grooveshark

Y el maestro cogió su plumilla y me mostró los secretos del tiempo acumulado.
Me los regaló. Así sin más.
Yo sé que Geoff Dyer ha mediado en el asunto, y Charlie Parker, y Lester Young mientras soplaba lentamente este blues.
Monsieur Leve,
siempre cabal en las grandes ocasiones:

jazz

El primer lugar en el que siento el frío los días de invierno es en los hombros, suponiendo que los hombros sean un lugar. Blancos hombros del invierno de desprecio al norte mientras en medio de la niebla viene sonando, por donde quiera que vaya, el cálido saxofón de Lester hasta hacerse una herida adolescente, un lirio negro y dulce que se funde con el sudor del algodón. Por ahí me entra el frío que se abraza a la sangre desconcertada y a veces deja oír un gruñido de madera vieja, un suspiro sin vendas que vuela hacia los barrios más pobres.



Coleman augura lluvias torrenciales en la periferia y diluvios azules más oscuros que los agujeros del dolor. Toda la tarde mirando por la ventana y viendo pájaros brumosos en busca de antenas de cartón. Para cuando regrese el barco, cargado de junglas de Vietnam, las notas cuidadas de los muelles, portuarias señales del orgullo, habrán empezado a resbalar por los tejados sin dorsales.





Me levanté en el observatorio de la lluvia esperando que apareciera de nuevo el frío. Lo que vino fue una ráfaga desafinada, un salmo, santo dios, de parte de Ben, cansado ya de las cenizas de la tierra. Fue un invierno tan frío que retrasó las cosechas del yeso, marcando con una cruz beige las amuras del buque para que los arrecifes también conocieran a Tapies. Aquellos huesos, de un lujo turbulento, son los que relanzan ahora esa vieja melodía que se ha metido en mi cabeza buscando la cuerda que une todos los saxofones del mundo. Y no hay manera de dar con el espejo en el que se miraron aquella noche de convulsiones, cuando los músicos entraron al servicio, ya muy tarde, para buscar la causa de las grandes erosiones musicales del 53.


¡Gracias!