13.8.16

Londres, la taberna fantástica

London Calling

Earls Court, a un paso de Hyde Park, Kensington, Green Park, a cuatro estaciones de metro de Picadilly Circus o un paseo a través de Holland Park hasta Portobello Road, no es mal sitio para embocarse de nuevo con la capital inglesa. Stamford Bridge, a pocas manzanas de allí también reclamaba la atención en la previa del Chelsea-Arsenal, morir o morir por la Premier League.



Londres guarda siempre la épica en la bocamanga del gabán. Londres, fría y elegante, blanca, vestida de cirro y húmedo a la que pisas Regent Street con su famosa curva del Daytona Speedway que te empuja sin poder evitarlo al Soho, donde las pintas de Guiness compiten con alguna Samuel Adams neoyorkina en esa bárbara exposición de grifos que de una manera ostentosa y combativa muestra el Shakespeare´s Head en pleno bulevar de Carnaby, junto al callejón de Marlboro Court donde también esperan el White Horse, el Garden´s o The Shaston Drums. Una competición visual que llena los viejos pubs de la capital, donde no hay edad para el atleta: el trabajador que espera el finde, la matrona que olvida el mercado, el diligente empleado que ficha su salida, el estibador portuario que acude a The Lamb & Flag, de 1629, en Covent Garden, buscando bucaneros. Bajo la excusa de su poder nutritivo allí acudimos todos donde la reina es la cerveza. La cerveza, de acuerdo con expertos en nutrición y enfermedades cardiovasculares dicen es una buena opción para prevenir problemas cardiacos y aporta muchos elementos de la famosa “dieta mediterránea”, ejem, la excusa perfecta para las bajadas de tensión.


Pensaron lo mismo los fundadores de aquellas reliquias que uno admiraba en La Isla del Tesoro o Piratas del Caribe por ponernos modernos. El Ye Olde Cheshire Cheese, lugar que se construyó en 1667 después del Gran Incendio de Londres. El Gran Incendio también marcó el ritmo de otros viejos pubs y así es como el Anchor sobrevivió a la tragedia. Luego del incendio nacieron otros dos bares que hoy son una leyenda: la Old Bell Tavern y el original Ye Olde Watling. Según anticipa la historia, estos pubs fueron construidos para los trabajadores y los albañiles de la Catedral de San Pablo.
El Gordon´s Wine Bar es uno de los bares más antiguos de Londres y su estilo victoriano marca una época. Es uno de los lugares más clásicos de la ciudad mientras que se cree que en las mesas de The George Inn Shakespeare iba a beber luego de que fuera fundado este mítico bar en una antigua posada de 1542.

¿Otros dos pubs históricos? La taberna Spaniards Inn de Hampstead Heath data de 1585 mientras que desde hace décadas el ya nombrado The Lamb & Flag ocupa un antiguo edificio Tudor. El edificio se cae o hace como que se cae pero está allí, busca que te busca, callejón sombrío y tenebroso para dar con la fantasía de tus plegarias. En la planta baja los grabados de la época y la grifería de la barra se confunden con las portentosas narices rojas de la clientela, poderosas digo. Trepando una estrecha y complicada escalera, en el piso principal, esperan los tabloides de madera con arrugas en las arrugas donde un día reposaron los búcaros espumosos y donde vete tu a saber que filibustero pata de palo lloró sus cuitas.


Entre los rincones gloriosos de la cerveza y los establecimientos de bollería se te va el tiempo, cafés esplendorosos, Gails en Portobello, donde uno se resguarda de la lluvia y el sutil brochazo de nieve que adorna las azoteas .
Camino de la Tate Modern, al otro lado del río que The Clash inmortalizó en aquel histórico paseo voceando todos en una barcaza "London Calling!" , en la calle Lambeth, Mónica, una asturiana de Cudillero se repite con otras pintas en The Three Stags: "Aquí estoy divinamente, no echo para nada de menos mi tierra". En el mercado de Portobello Road, en el pub The Castle, me encuentro con María Bleda, José María Rosa y el pequeño Pablo, los fotógrafos de Albacete premiados el año pasado con el Nacional de Fotografía. Viven en una exquisita zona de Notting Hill, con sabor a arte y bohemia y se les ve relajados e integrados. Preparan salida para Turquía. Londres es para ellos el refugio de tanto viaje y guirigay artístico. No es extraño. Y no lo digo, obviamente, por los fotógrafos albaceteños, pero Londres para el caminante es un “pub crawl” –dícese del acto de ir de un bar a otro arrastrándose por el suelo-, una ofrenda continúa de esos espacios de diseño victoriano encerrados en cristalería y ambientes relajados con fotografías de viejos jugadores de cricket escondidos bajo el polvo, estilizados a la memoria de las novelas de Dickens con esos minúsculos interiores mostrando sus trazos fundamentales: suelo de madera, muros pintados en marrón y viejas mesas y taburetes. Londres,la taberna fantástica.


Fotos: JAF


Publicado originalmente el 9 de marzo de 2010

15.7.16

Seattle, incidental


La Ciudad Esmeralda y mi tío Jimi

Es una cosa seria, Seattle, La Ciudad Esmeralda, la urbe más grande del estado de Washington, con 574.000 habitantes. Situada al noroeste de los Estados Unidos, Seattle es una pincelada al buen gusto arquitectónico, donde quedan mezcladas las diferentes formas de vivir el carácter portuario que ofrece un enclave casi completamente rodeado de agua, con el Canal Puget al Oeste, el lago Washington al Este y el lago Union conectándolos a ambos al Norte. El Océano Pacífico queda a sólo 75 millas. Una ciudad tranquila, para perderse, para retirarse de todo, que no pierde sin embargo su extremada afición a llamar la atención internacional: allí en Seattle se fundó la primera compañía aérea de navegación, Boeing; y allí también inició su imparable carrera popular la cadena de cafeterías Starbucks; en fin, allí, en la comunidad de Redmond tiene su sede ésa corporación que a todos nos suena llamada Microsoft y en Seattle, hace ahora 20 años, un sello discográfico absolutamente independiente, Sub Pop, creó el sonido Grunge, que marcaría el horizonte del rock durante toda la década de los noventa y a gran parte de la generación que ahora peina los cuarenta. En Seattle también nació Jimi Hendrix.

Pike Place Center
Lo primero que hacemos los albaceteños de secano y estepa cuando visitamos una ciudad marinera, no me pregunten, es acudir al puerto a ver que pasa. Desde luego, para ése menester, Seattle tiene preparada ya de antemano su espectáculo con el Pike Place Center, un mercado para regocijo y disfrute de curiosos del mar y su fauna. Entonando cantinelas marinas los pescateros se lanzan entre puesto y puesto enormes atunes al grito de ¡Pez va!, un número coral destinado intencionadamente para sorprender y divertir al visitante. En esas, uno de esos enormes pescados se desvía de la ruta y va a caer entre el público, que comprueba inmediatamente que el pez es de goma. Escacharre y blues, porque el mercado está salpicado de músicos callejeros del género algodonero. Algunos armados de Dobro y Steve Ray Vaughan. Cosa seria. El paquete es formidable: langosta, cerveza y Cruce de Caminos. Me apunto. También al Whiskey Bar en la Segunda Avenida, donde pasadas las nueve de la noche Ronnie Pierce invita a todos los músicos de la ciudad que quieran apuntarse al fastuoso show de su Jazz Band. Y ahí los tienes, todos con su saxofón, su trompeta, su guitarra o su armónica, ¡por dios qué armónica!, Ray McKenzie, acodados en la barra redonda, tipo serie Cheers, con sus pintas negras esperando turno. Definitivamente me apunto a esta ciudad. En el Dimitriou´s, Al Pilcher toca a Duane Allman e invita al escenario, al parecer una sana costumbre, a un invidente a tocar la guitarra, suena Black Hearted Woman y me despepito escuchando al ciego. En la Plaza Pioneer, centro de clubes, cafés al estilo europeo y bares, dicen que ésa noche va a tocar Leon Hendrix, el hermano del divino, en uno de ellos. Mientras compruebo la conjetura del reclamo observo un indigente sacado del mismísimo texto de Los Fantasmas de Edimburgo, del paisano Eloy M. Cebrian. La oscuridad de la noche presenta una inmundicia humana que no ocupa ni un metro cuadrado de esquina. Golpea frenéticamente una lata vacía de tomate frito y canta...¡Oh cielos!, ¡Purple Haze! del gran hacedor. No me hace falta ver al supuesto hermano de Jimi, el show lo tengo bajo mis rodillas en forma de excremento. Un par de dólares y a otra cosa.

Ronnie Pierce












El Space Needle, por ejemplo. Una estructura de 184 metros de altura realizada por Edward E. Carlson e inspirado en la torre de Stuggart, en Alemania. Se construyó con motivo de la Exposición Universal celebrada en Seattle en 1962. La aguja tiene su centro de gravedad a un metro del nivel del suelo y, dicen sus biógrafos, ha soportado vientos de 320 km. por hora y varios temblores de hasta 9,5 grados, cosa normal allí si tenemos en cuenta que una de las verdaderas atracciones de la ciudad, también desde la Aguja Espacial, es observar el volcán Rainier, siempre patrullando desde el horizonte, con esa mirada celestial mitad paternalista mitad impaciente por bramar. "El día que lo haga nos vamos todos al carajo", dice Eric Sánchez, un médico neoyorkino que ahora trabaja en el barrio de Queen Ann. Eric nos remite a 1980, cuando el monte Santa Helena, cercano al Rainier, sufrió una erupción volcánica considerada la más mortífera y económicamente destructora en la historia de los EE.UU. Murieron 57 personas y entre ellas no figuraba, como se insiste desde Seattle, el ex-presidente americano Harry Truman, que tuvo el dudoso honor de ordenar los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en 1945, aunque sí le pertenece a él aquella famosa frase un tanto inoportuna: "Si no soportas el calor, sal de la cocina".

Experience Center Music
Frente a la torre donde se divisa toda la ciudad existe un auténtico complejo cultural, el Seattle Center, con el Centro de Ciencias Pacific, un museo y un teatro para niños, la Casa de la Ópera, los teatros Bagley Wright y Seattle Center, el Key Arena -deportes y eventos especiales- y el Experience Music Project, diseñado por Frank Gehry e inaugurado en 2000, donde tiene cabida el Museo de Ciencia Ficción, un ofertorio creado para satisfacer la pasión por el Jedi y toda su prole galáctica. Muñecos, trajes, simulaciones y todo lo referente al mundo creado por George Lucas. El Experience es un museo del rock creado a mayor gloria de Jimi Hendrix, que tiene allí su propia sala donde reposan los trajes que utilizó en sus actuaciones, el mítico de la Isla de Wight, sus diarios, pedales y hasta los desechos chamuscados y destrozados de sus guitarras, incluida la que inmoló en Monterrey. Hay una referencia valiosísima a la historia de la guitarra eléctrica, desde la vieja inventada por Orville Gibson en 1897 hasta toda la saga Fender, pasando por la National Steel de Tampa Red en 1937 y ejemplares expuestos pertenecientes a Charlie Christian, Duane Allman, Roger Mc Guinn, George Harrison, Eric Clapton, Les Paul o Jeff Beck. Una joya. En realidad es un homenaje a la historia del rock, donde obviamente tiene su hueco todo lo referente al sonido grunge, con material propio de Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains o Nirvana: cartelería, ropa de actuaciones, entradas de conciertos, videos, etc. El colofón lo marca un gran estudio de grabación donde, con técnicos incluidos, te puedes marcar el single de tu vida por un precio simbólico.
El Museo proporciona uno de esos momentos excitantes en los que tu propia vida desfila entre sus vitrinas dando bandazos, arrastrando tras de sí nombres y nombres que quisieras tener precisamente justo allí, en ése delirante instante. Seattle ha conquistado de repente su carácter etéreo e intangible y lo único que te queda es viajar 25 kilómetros dirección Renton, visitar el Greenwood Memorial Park y dejar un pequeño mechero de un conocido restaurante albaceteño junto a la tumba de Jimi Hendrix como avituallamiento para posibles despistados a la hora de las honras y alabanzas.


La tumba de Jimi Hendrix


Publicado originalmente en Stone el 31 de agosto de 2008

14.7.16

Brad Mehldau, el sueño del seductor


Los discos del año 2014
Marzo. Taming the Dragon, de Mehliana

Junto al percusionista Mark Guiliana presenta su nueva versión... electrónica




La vida en un sueño y ponerle música. Esto lo hacemos tu y yo y lo más probable es que guardemos el secreto para siempre. Lo hace Brad Mehldau y la cosa adquiere una dimensión que, desde luego, a ti y a mi se nos dispara. Brad Mehldau tuvo un sueño y le quiso poner música. Ya tiene título, se llama Taming the Dragon y traslada un mensaje elevado:  "Cada uno tiene una parte que le cuida y le mantiene constante, y otra parte violenta y llena de ira que le arrastra a la perdición. Ésta es la que hay que controlar. Ahí es donde hay que esforzarse para Domar al Dragón".
Te lo cuenta ¿Mehldau? nada más empezar el disco, mientras, en el relato aparecen personajes anónimos y conocidos (Joe Walsh -presumo que se refiere a aquel guitarrista californiano que acabó en los Eagles- que representa, según su sueño, la bondad y la mesura o Dennis Hooper, que dentro del mismo personaje, el taxista que lo transporta, representa la energía que interpretaba aquella leyenda en Easy Rider, la película de las películas roadies. El sueño se inicia en un viejo taxi, se transforma en una furgoneta VW y, para el final de la historia se convierte, ¡lo adivinaste! en una nave espacial. Sí, aunque no lo parezca estamos hablando de Brad Mehldau, ése chico meditabundo que toca el piano como Dios.

Brad Mehldau vuelve a sorprendernos. Ya lo ha hecho siempre incluso estando quieto. El músico de Florida emplea un sofisticado estado de introspección en el escenario que cala en el espectador, conmueve a sus fieles, les emboba, yo diría que les magnetiza hasta dominar sus entendederas y dejarles completamente hechizados con esa boca de sonrisa abierta que avisa de éxtasis. Mehldau es un pianista superior, eso no lo voy a descubrir yo ahora, pero es bueno que lo repitamos no sea que a alguien se le olvide. Toca el cielo varias veces por concierto y alguna constelación que otra en las pruebas de sonido. Ya es un clásico, a la altura de los grandes a quienes admiró desde aquella primitiva, joven e iniciática compra discográfica del Blue Train de John Coltrane. Lo dicen sus biografías y queda muy bien porque el disco de Trane es uno de esos que te llevarías a una isla, pero también dicen que desarrolló la mítica grabación con el piano a los doce años hasta ganar el Premio al Mejor Músico del  Berklee College of Music's. En fin, ya sabes, Bud Powell, Bill Evans, Monk, Jarrett y ahora Mehldau, forman la caravana de los dioses. En ese convoy, Mehldau acaba de incorporar sintetizadores y un refinado Fender Rhodes.

Mark Guiliana (New Jersey, 1980) sin embargo es una bestia. Un superdotado para los ruidos sincopados, para ordenar cacharrerias y cencerrales, panderos y alambiques, cajones y bomboneras. Escobillas... palotes. Guiliana hace sonar todo eso como una filarmónica y desde hace bastantes años se lo rifan, y eso que el muchacho sólo tiene 33. Con esa edad ya es una estrella en las formaciones y discos de Avishai Cohen sobre todo, pero también de  Dhafer Youssef,  Meshell Ndegeocello, Lionel Loueke, Aaron Dugan y algunos más. Su estrella ahora ha coincidido con uno de los numerosos viajes astrales de Mehldau y de esa unión en principio extraña y atípica entre un elefante y una garza blanca, ha nacido Mehliana, la sintésis de Taming the Dragon, otra de las gemas del 14.

Lo juro, lo del elefante en una cacharrería es un axioma muy trillado y no del todo ético pero en el caso de Taming the Dragon, vamos, para ser más exacto, en el caso de You can't go back now, la tercera de la lista de ese disco, la floritura linguistica es tal cual: Mehldau anda en su ensimismamiento místico habitual buscando acordes celestiales con su piano acústico de siempre cuando de pronto irrumpe el abuelo paterno de Dumbo (Guiliana) desbocado, falto de sitio y armando bronca. El pianista no sólo no rehuye la provocación sino que, como en el resto del disco,  anima su mano izquierda con unos bajos salidos del pericardio y el espectáculo está servido.

Sí, es un Brad Mehldau absolutamente diferente a lo que estamos acostumbrados a ver (no olvidemos que pasó una larga temporada en Madrid y Barcelona) y escuchar, pero en este proyecto es un músico que abre su propia ventana a la música universal como ya lo hizo con los Beatles, Nirvana, Dylan, Soundgarden, Burt Bucharach... o lo hace ahora con Serge Gainsbourg en otra exhibición asombrosa de bajos junto al camión de bártulos que conduce con una prestancia abrumadora el joven Guiliana. Brad Mehldau, sin que lo haga de una manera evidente se transforma en un George Duke en la mayoría del trayecto, pero también evoca a los viejos héroes del mal llamado rock sinfónico, por aquello del uso del sintetizador en algunos pasajes que suenan tan rancios como sorprendentes (joder, yo creía que ya no se usaban los viejos modelos). En las manos de Mehldau, Tony Banks o Rick Wakeman son menos dinosaurios. En Sleeping giant el aviso es para los seguidores de los alemanes De Phazz o Groove Armada y esos sonidos tan volátiles que nos introdujeron en el nuevo siglo. Claro. Hasta algún ronquido del noruego Bugge Wesseltoft se cuela en la función.

Pero es Brad Mehldau, siempre es Brad Mehldau el que protagoniza esta fantástica demostración de dominio y, porqué no decirlo, de libertad, de abrir compuertas a la música, a su historia, a su futuro, al juego inocente de combinar técnicas y conceptos. Brad Mehldau es muy suyo, es cierto,  pero siempre trabaja para todos. El sueño acaba bien, mira.

Publicado el Viernes, 9 de mayo de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24


13.7.16

Count Basie, la mirada del Conde

25 años de la muerte de uno de los grandes intérpretes del swing



Siempre me cautivó su mirada, hundida en el objetivo de la cámara que le enfocaba, o como si le acabarás de conocer y te escrutara directamente los ojos, sonriendo, exhibiendo su dentadura blanca intachable y la cara mofletuda de hombre tranquilo y cercano con aquel bigotón chicano que utilizan los negros que buscan renombre. Sus manos mientras, aparentemente quietas, inmóviles, dibujaban escalas inverosímiles en el tradicional Steinway a través de unos dedos gorditos llenos de nervios, llenos de swing. Manoseaba por ejemplo Air Mail Special, un standar, una bagatela, un juego divertido para él a sabiendas de que aquella velada la ibas a disfrutar como pocas cosas se disfrutan en la vida: "Es la atmósfera de otra persona la que te lleva. Siempre es emocionante y conmueve a quien escucha a tu lado".
Count Basie era el swing, ya entonces practicado por muchos pero llevado a términos celestiales cuando El Conde dirigía su orquesta. William James Basie, nacido en New Jersey en 1904, fue un pianista lacónico y tremendamente rítmico cuya característica era emplear siempre el mínimo número de notas posible. Falleció mientras dormía, lacónico dije, el 26 de abril de 1984.



Los músicos

Desde los últimos veinticinco años le recuerdo en aquella fantasmagórica sesión para un canal de la televisión neoyorquina en 1957. Fantasmas del deleite lo que allí se barruntó; un ejército de almas inmortales, de ésas cuyos amplios velones te trajinan directamente a la eternidad: la santa compaña del jazz. No me importaría prescindir del rito circular que evitaría estar con ellos para siempre...
Aquella tarde caída, Gotham visitaba la City, estaban casi todos: Thelonious Monk y su memoria de la última noche en el Milton Club (apoyado en el frontal del piano Basie le observaba complacido, impagable el detalle), Jimmy Rushing, el gordo vocalista que inventó la voz del blues, Jimmy Giuffre y su inolvidable balada del ferrocarril sobre el río, Gerry Mulligan con aquella delgadez extrema y patilarga, Ben Webster y sus ojeras en las ojeras, Roy Eldridge soplando al infinito, Coleman Hawkins, recogiendo las notas perdidas, Lester Young, creando dibujos del averno y mirando por si acaso a su chica preferida, Billie..., sí también estaba Billie Holliday. En Dickie´s Dream, Billie se acerca al piano de Basie y le entretiene mientras éste sin mirar al teclado (que sigue vomitando swing) sonríe su conversación. Todos jalean al trombonista Vic Dickenson. En ése momento no quiero estar en otro lugar. "Siempre el blues; muy corto, doce compases, de acuerdo a como se siente uno. Puedes sentirte feliz y aún así tocar un gran blues", comentaría el Conde.



La historia

Imagino luego decenas de momentos como aquella tarde fantasmal y entonces me remito a los discos. La discografía de Count Basie es amplísima y está toda en el jazz: jazz moderno, jazz tradicional y todo el swing del viejo siglo. Es una mezcla de felicidad y tristeza, unidas de alguna manera caprichosa y voluntaria. Trato de dejar la última palabra a la emoción y al curso de las cosas. A la historia: Basie perteneció en sus inicios a aquella corte aristocrática denominada ya por la primera crítica como "los barones del jazz", ya existían "el Rey Louis" (el gorila del Libro de la Selva así se reconoce) y el magnífico y elegante Duque llegado del Este, Edward Kennedy Ellington. William Basie sería vitoreado y nombrado como El Conde (Count) poco después por todos. Algo tuvo que ver en semejante titulación el apoteósico triunfo de One O´Clock Jump en las listas de éxito americanas (1937), cosa francamente inusual viniendo de un negro. Count Basie había traspasado las fronteras del vaudevil de Kansas, sus trabajos como banda sonora de cine mudo y las retransmisiones radiofónicas de sus conciertos en el Reno Club.

Los conciertos en vivo por la radio..., se llevaba mucho aquello. Precisamente fue lo que le haría conocido en muchos estados de la Unión y lo que hiciera posible que el productor John Hammond le escuchara mientras viajaba por alguna perdida e interminable ruta del sur. Con Hammond como manager llegaría el swing, la gran orquesta y el retorno a Nueva York, nido de avispas aquellos años revoloteando todas, y todos, en torno al mejor jazz que jamás se haya escuchado. Con Hammond llegaría su exhaustiva discografía y sus encuentros con Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Mills Brothers hasta el contrato con Reprise y su exquisita y prolífica reunión con Frank Sinatra. Los sesenta fueron para las giras internacionales (April in Paris), Jackie Wilson, Sammy Davis jr. y más Sinatra; los setenta para Pablo Records y una amplia gama de grabaciones con premio: los Grammys. Uno de aquellos se lo dedicaría a The Beatles, pero créanme, poca cosa, ópera bufa comparada con la obra de unos y otro. En los ochenta descansó para siempre. El corazón le avisó duramente en 1976 y ocho años después diría adiós sin rechistar mientras soñaba con la noche de la televisión neoyorquina de 1957. Esperaba ya la Santa Compaña.



El Brillo de los Días. Publicado en el diario La Verdad de Albacete. 26/4/2009.

1.7.16

Alfredo Di Stéfano, el último futbolista total



Con Alfredo Di Stéfano acaba definitivamente la historia del futbolista total. Aquel espécimen que con el número nueve a la espalda bajaba hasta su propia línea defensiva para ordenar laterales, acomodar volantes, uno más adelantado que otro y dar instrucciones al central, José Emilio Santamaría, para que todo quedase debidamente controlado en la aldea propia. Desde el centro del campo levantaba la mirada y con ella situaba los extremos, los abría a golpe de un poderoso toque de precisión y comprobaba si el faro húngaro estaba en su sitio allá en el planeta del diez, donde sólo habitan los genios. Puskas lo era y no fallaba, siempre esperaba el rondó con el argentino fumando algún pitillo. Cuando Di Stéfano llegaba a la cita, punta del área contraria, había arrastrado con él a toda la escolta de mediocampistas de su equipo, algunos de ellos verdaderos estilistas, Mateos, Marsal, Rial, Del Sol, Joseíto, Molowny... y abandonado a sus suerte a medio equipo contrario: desubicado, desorientado, vencido. En el contacto con la frontera del área rival aquello ya era cosa de dos: o él mismo o, claro, Ferenc Puskas: gol o gol. Así durante cinco largos y primorosos años.

Ése estilo, el de voy o vengo, era propio de la época. Nosotros, los de la generación del cincuenta,  lo hemos visto practicar en nuestro propio barrio, en nuestras calles, en nuestros solares. Ocurría con algún chiquillo sobresaliente que habitaba en todas las pandillas. Siempre había uno (en el barrio contrario también) que tramitaba el partido de los sábados como un choque de gallitos. “Desafíos” le llamábamos a aquellos encuentros. En aquel fastuoso choque de trenes el colega subía, bajaba, ordenaba, gritaba, lo regateaba todo y no soltaba el balón hasta que éste no descansaba entre los pedruscos que hacían de postes imaginarios. Líderes, aquellos chiquillos eran genuinos líderes futbolísticos de suburbio, peloteros totales. El modelo era Alfredo Di Stéfano. Si él mandaba y disponía así en el Bernabeú aquel gerifalte periférico de no menos de trece años lo tenía que hacer igual el sábado en el solar del Barrio Las Cañicas. La historia ubica sin embargo, años después, a algunos de estos  cabecillas como profesionales de regional preferente, tercera división,  raramente en segunda división y, en mi caso, sólo uno en primera. Los campos reglamentarios, los contrarios profesionalizados, veteranos en el choque y las tácticas resultadistas acababan uno tras otro con aquellas saetas premonitorias. Bastante tenían con cumplir las ordenes del entrenador de turno que en tiempos de guerra no solía estar por la lírica.

Pero antes de aquella cátedra desalmada el modelo fue Di Stéfano, no Kubala, más fino y estilista, más ubicado en carriles del ocho o de ese medio campo cercano a la parcela de los sustos. Ni Didí, al que después de haber acabado con todos los elogios del mundial de Suecia se lo comió el pibe con patatas y tuvo que dejar Chamartín. Kubala, Didí, Puskas, luego el gran Pelé, eran medio-campistas tirando a medio-puntas (bueno, a Puskas solo le faltó una sombrilla en la cancha). Como lo fueron mucho más tarde Cruiff, Maradona, Zidane o ahora Messi, los más grandes en la memoria de todos: expertos en el tiro-fijo, en la resolución, en la artesanía, dieces en el número de la zamarra, pero en ningún caso aguadores ni correveidiles.



Yo creo que Di Stéfano llevó siempre el nueve en la camiseta porque además de todo el trabajo de intendencia que hacía en el terreno de juego era, encima, un goleador bárbaro, un depredador de guardametas y tobilleros. Ganó varios trofeos por ello. Fue un consumado e histórico pichichi, pero nunca un delantero centro al uso, al menos como hasta hoy se ha entendido la labor de quienes estaban entrenados para la única y decisiva misión de golear, de cumplir con el sagrado rito del fútbol. Desde luego, nada que ver con el famoso y últimamente esperpéntico calificativo de “falso nueve”; ja, ja, falso nueve Di Stéfano... alguien cercano a él habrá contado estos días algún chascarrillo de la Saeta respecto al significado de la nueva denominación deportiva para calificar la labor de esa mosca cojonera que se mueve por el área sin ton ni són. No, Di Stéfano ha sido grande porque con él en la cancha se jugaba con ventaja. Era como si el entrenador se calzara los borceguíes, tirara los corners, los rematara y fuera elegido una y mil veces el mejor del partido. Que pena. Esas cosas ya no pasan en el fútbol.

Publicado el martes, 8 de julio de 2014 en el periódico digital de ideas y noticias Andaluces.es.