1.11.14

Historia de Jazzalbacete. Edición 1987


Diseño: Hermanos García Giménez
 Las leyendas salen de paseo














Inaugurado el Auditorio Municipal y con la tranquilidad del ancestral problema de la ubicación de los conciertos resuelto de entrada ya sólo restaba engalanar los carteles. Teníamos todo a favor para ello: escenario impecable con camerinos de lux, apoyo estratégico del INAEM a través de su coordinador artístico Javier Estrella, control y conocimientos de las giras de las grandes figuras americanas en España; ejem, todo, menos como siempre...  el presupuesto local. ¿ Porqué a las administraciones les ha sonado tan raro siempre eso del jazz?, ¿Cuantas veces tuve que explicar que ésa música retrataba los sonidos de nuestro siglo?... Ahora, en la distancia de los años no puedo precisar con detalle como diantre pudimos traer aquel año 1987 a tres glorias excelsas del jazz, ¡tres!, acompañadas de otros músicos que serían santo y seña del panorama jazzístico los años siguientes. Todo por el módico precio de 3 millones de las antiguas pesetas más un pequeño apoyo del INAEM, no más de otro kilo de las viejas y desaparecidas monedas. José María López Ariza ya no estaba en el ayuntamiento para apoyarme y el entusiasmo de la concejal y diputada Llanos Garijo empezaba a flaquear, quizá preocupada por otros vericuetos municipales para ella más trascendentes que un miserable festival de músicos “minoritarios”. El cartel y programa del festival fue realizado por los hermanos García Giménez, empleados municipales al servicio del diseño y la imagen del consistorio quienes emplearon para su arte final una foto del saxofonista español Jorge Pardo rescatada del concierto de la edición anterior.

Fuese lo que fuese, el caso es que en 1987, estuvieron en Albacete, los días 12, 13 y 14 de noviembre, nada menos que el batería Tony Williams al que no es que le salieran los dientes junto a Miles Davis sino que siendo igualmente ese infante de 17 años cuando lo alistó Davis en su famoso quinteto del  63 ya entonces mordía, literalmente merendaba tambores a dentelladas y se ventilaba los platillos como ensalada. Una fiera sentada en un taburete. Como segundo plato, ya metidos en grastro-jazz, la visita fue una vez más de Tete Montoliú (era la tercera cabezada a nuestro festival), siempre solicito, siempre a mano, siempre dispuesto y siempre memorable. Y para cerrar, otra gloria que avisaba desde hacía tiempo con emprender viajes más largos... y eternos: Stephane Gráppelli, que era como recibir la organización una cortesía concedida por la propia historia del jazz europeo antes de su partida definitiva. Es decir, hablamos en aquel año 1987, de jazz con mayúsculas, de jazz elitista y de rasgos inmortales e imperecederos en sus tres célebres protagonistas quienes curiosa y caprichosamente coincidirían igualmente en su desaparición definitiva de la jerigonza terrenal justo diez años después, en 1997.

Tony Williams Quintet
Tener a Tony Williams entre nosotros ha sido uno de los grandes logros de jazzalbacete. Williams fue escogido tan joven por Miles Davis porque éste andaba ya preocupado por renovar los métodos del género y desviarlos a estilos más innovadores, más reformistas, más cercanos en otras palabras al fastuoso mundo del rock que por aquel entonces comenzaba a llenar estadios y grandes espacios abiertos con nombres como Cream, Beatles, Rolling Stones o `Jimis´ Hendrix. Junto a Williams llamó a otros chavalotes como Herbie Hancock, Ron Carter y Wayne Shorter... nada, jóvenes prometedores que necesitaban la batuta y disciplina, el rigor, de un zorro del desierto como Miles. Aquel quinteto marcaría las directrices del nuevo jazz de los años sesenta y por inercia del jazz del último cuarto de siglo, nada menos.Y Tony Williams, en aquella gira del 87, hizo lo mismo que con él había hecho el principe de las tinieblas esos años, reclutar a unos cuantos jóvenes que ya avisaban de destrezas y maneras: Wallace Rooney, por ejemplo, que interpretaría aquella noche del auditorio el papel de Miles Davis: le salió niquelado, calcado. Bill Pierce sería el saxo tenor, Mulgrew Miller al que habíamos visto ya al piano, en Albacete,  junto a otro célebre batería, Art Blakey y el bajista Charnet Mollet.  Aquello fue toda una declaración de intenciones que estalló en Civilization, un álbum que apareció en España poco antes de su actuación en Albacete. El disco, el concierto, fue una bomba porque todos quisieron emular la fuerza y poderío de Williams mientras Rooney hacía su papel “melancólico” a la perfección. Un 12 de noviembre histórico. Otra trazada suntuosa en la epopeya del festival.

Tete Montoliú
Montoliú llegó al día siguiente con su pequeña y modesta alforja de recuerdos ostentosos, pero escondida discretamente para no llamar la atención. Tres veces visitó Albacete en su festival de jazz y por mi hubieran sido todas las que él hubiera querido. También le vimos un verano en Almansa, junto al saxofonista Johnny Griffin, otro pelotazo. Porque el pianista catalán siempre tuvo la majestad de un grande. Con él nada era ritual, nada era tradicional. Aguardaba siempre con una carta escondida. Podía ser una andanada sentimental como la de la célebre noche del desamor en la Casa de la Cultura. O podía ser una velada cargada de blues como así ocurrió aquella noche del 13 de noviembre, junto a Dave Thomas al contrabajo y Aaron Scott a la batería. Ese tipo de veladas que acompañas con una sonrisa de oreja a oreja todo el tiempo. Tu no notas que se te ha quedado cara de pasmo, pero así  ha sido y así la exhibes. Montoliú el mago es capaz de eso y mucho más, hasta de convencerte a que te hagas del Barça. Con él, yo era como Pedro el Pescador, negando sin parar a Di Stefano, un achantado y timorato aficionado al balompié. Qué personaje más grande. Qué pianista: “Como no veo... me creo que soy negro”. Era negro. Más negro que el betún. El mejor pianista de la historia de la música en España.

Stephane Gráppelli
El tercer día fue otra efemérides inolvidable: El día que nos visitó, Stephane Gráppelli tenía 79 años, Gráppelli llegó como un venerable anciano que había montado la de dios en 1946 tocando la `marsellesa´ con un guitarrista gitano de nombre Django Reindhart, y un poco antes (1934), juntos, habían fundado el Quintette du Hot Club de France, poco menos que el embrión de toda la música manouche que se hizo en el siglo XX. Eso es historia. Y aquella noche, la historia nos visitaba. Modestamente, como suelen ser todos estos personajes que han vivido tanta vicisitud que el momento actual les parece un regalo añadido por la providencia. Bandas sonoras de películas, apariciones estelares en grandes teatros universales y en fragmentos cinematográficos, televisiones, enciclopedias, Caballero de la Legión de Honor francesa, discografía con Oscar Peterson o Paul Simon...; particularmente, de Gráppelli siempre me llamó la atención su estrecha vinculación al mejor guitarrista de jazz de la historia, como se refería veladamente Woody Allen respecto a Django Reindhart en la película Sweet and Lowdon cada vez que nombraba a Ray Emmett (guitarrista ficticio interpretado por Sean Penn)  como el “Segundo Mejor Guitarrista de Jazz de la Historia”. Un chiste peculiar del director neoyorquino que nos transportaba aquella misma noche del 87 al compañero de tantas correrías del guitarrista y poco menos que al Mejor y más aclamado Violinista de la Historia del Jazz. Gráppelli nos visitó con el contrabajista Jack Jewing y el guitarrista Marc Fosset, que recientemente visitó nuestra ciudad invitado por los Amigos del Jazz de Albacete. El cierre de aquel festival del 87 fue un concierto limpio, entrañable, ortodoxo, en la vieja disciplina manouche o Gypsy Jazz, como le llamarían después al asunto; elegante, a la par que antiguo..., me refiero a aquellos recitales para veteranos que se practicaban en las ajadas noches de cualquier casino rural de nuestra comarca. Así le recuerdo yo. Respetuoso, íntimo y cercano. Infinitamente respetuoso por su sabiduría, su amabilidad y, claro, su leyenda.

Tony Williams murió el 23 de febrero de 1997
Tete Montoliú murió el 24 de agosto de 1997
Stephane Grappelli murió el 1 de diciembre de 1997