10.3.08

Cuentos y Vicisitudes

Selección de escritos publicados

LA FERIA Y LA MEMORIA


Vivir en la calle Ibáñez Ibero le da a uno cierta ventaja a la hora de vivir la Feria de Albacete.


La calle, de no más de veinte casas, desemboca en la misma explanada de la Plaza de Toros. Allí me partí un día la crisma al tratar de pararle un penalty al único negro que hasta entonces había vestido la camiseta del Albacete Balompié. Abdelkader, que así se llamaba aquel latigazo marroquí, no tenía sitio en aquella delantera de ensueño formada por Guillamón, Jesús, Azcona, Seoane y Guti. Debe ser por eso que gastaba su tiempo en pasear por la ciudad y detenerse junto a los chiquillos que jugueteaban al fútbol en las explanadas. Me coloqué entre dos muros de la propia Plaza de Toros (los muros eran los postes de la portería) y el africano me tiró una vaselina sin apenas tocar el balón, cuero del número 5, duro y con las costuras resentidas. Para lucirme ante el galáztico, salté todo lo que pude y caí de espaldas golpeándome la cabeza contra el muro de la Plaza. Gol, sangre en el cogote y nueva visita a la Casa de Socorro, que estaba frente a la Catedral (donde ahora está el Ayuntamiento, quiero yo pensar). No fue traumático porque allí ya me debían conocer. Otro día les había visitado con un costurón en el mismo escroto al jugar al Pirulo con un palitroque de esos que acaban en punta y que sirve para delimitar las áreas de aparcamientos. La estaca estaba situada justo enfrente de la Puerta Grande, Puerta Principal de nuestra querida Chata,y le salía un clavo por la punta. Chicuelo II, el torero, bueno, su estatua, se descojonaba en espíritu delante de mi. Me arreglaron la corná en un pis-pas, claro que estuve unos días escocidico cada vez que meaba. Otro día, el hoy conocido abogado laboralista, Luis Collado, me partió una ceja que comenzó a sangrar como un surtidor cuando ambos subíamos la escalera que daba a un pajar. Se le fue el pie, vamos. Su padre tenía un corral junto a la casa en la que vivía toda la familia, en lo que ahora es el Hotel Florida. Nos encargó una limpieza de ratones en el pajar porque los roedores estaban molestando demasiado a las gallinas. Cuando subíamos por una raquítica escalera de circunstancias a Luis, que iba delante de mí, se le fue un pié y fue a dar precisamente en mi ceja. En la Casa de Socorro tenía muchos amigos, sí.

Cuando llegaba la Feria de Albacete, llegaban los Circos a la explanada de la Plaza de Toros, entonces un extraordinario solar de tierra, polvo y chinarro. El Gran Circo Américano, por ejemplo, que era el mejor porque era américano, con la Gran Mara de trapecista y, una vez, Pinito del Oro, que era el acabose del trapecio. A mi me gustaba más La Gran Mara. Estaba como más coquetuela con aquella minifaldita que no le llegaba al culo. Los chiquillos del barrio asistíamos desde primera hora de la mañana a la instalación y montaje del Circo y con un poco de suerte aquellos hombres de piel morenaza y músculos curtidos por los esfuerzos de tanto trajín te encargaban un cubo de agua y ya eras uno más de ellos. He trabajado en el Circo, le decía a mi madre cuando llegaba a casa. Además, allí aprendí que a los leones y fieras que soltaban por la noche en la función les daban burros, trozos de burro vamos, para comer. Lo aprendí porque cuando llegaba el Circo siempre había algún burrillo por allí sin hacer nada. Y cuando la troupe se iba no quedaba ninguno. Claro, aquellos costillares crudos que les metían por las trampillas de las jaulas por las mañanas eran los mismos animalicos en carne viva. A la noche, cuando las tómbolas callaban, cuando el Sola de Los Brincos descansaba en los Coches de Choque, cuando el murmullo del Ferial cesaba y el silencio del verano era un escándalo, se oían atronadores los rugidos de aquellas fieras. A mi me parecía que era la misma Feria que ya dormía y roncaba de agotamiento.

Vivir en la calle Ibáñez Ibero le da a uno cierta ventaja a la hora de vivir la Feria.

Con el Circo instalado gracias a nuestros esfuerzos, uno deambulaba por las mañanas por el Paseo de la Feria curioseando la puesta a punto de las atracciones. Así, comprobaba que el muñeco gordinflón que presidía Las Catacumbas no se cimbreaba porque sí (yo lo pensaba). Las Catacumbas eran una excursión en carricoche con raíles donde, previsiblemente asustado, veías las mayores atrocidades que persona alguna pudiera contemplar: Muertos que se levantaban de sus tumbas, calaveras abandonadas a su suerte, espectros de ultratumba y en el último segundo, inmediatamente antes de terminar la aventura, cuatro fantasmagóricos personajes se desgarraban en un grito infernal que siempre se reproducía en las pesadillas. Por la mañana, cuando las luces y la corriente eléctrica descansaban, el monigote de la puerta ni te miraba ni te sonreía. Misterio. En esas, te encontrabas a Pere, el patrón, , ajustando baterías y generadores y el Pompón salía danzando desde su atalaya.

Un día, Valençiané, el dueño de El Látigo, que era amigo del padre de mi amigo Porro, un afamado futbolista del histórico Albacete Balompié del primer ascenso a Segunda, nos dio un fajo de invitaciones para subir durante toda la Feria a la famosa atracción. El Látigo, era ésa serie de carricoches con cojinetes enlazados que sin venir a cuento volaban cada vez que llegaba una curva. A la que te recuperabas de una otra curva, y así hasta tres minutos de curvas. Salías medio mareado y tambaleándote. Las chicas de entonces echaban la pota. Y nosotros también, porque nos gastamos en una de esas mañanas de inspección todos los vales de Valençiané. Llegamos descompuestos a casa y nos castigaron aquella tarde sin ir a la Feria. Nos dio igual, menudos teníamos los cuerpos para ver El Látigo otra vez... A La Ola sólo subías si había chicas en la pandilla. Claro que para eso tuvimos que esperar unos años.Los Caballitos eran bastante más aburridos. Llegabas a dominar de tal manera aquella tarea equestre que hasta te podías subir en marcha al tiovivo y cambiarte de caballo imperial cuando te venía en gana. Para ése entonces, tus padres ya pasaban de ti y se liaban a comprar boletos en la Tómbola de Caridad. Yo coleccionaba aquellos boletos que en realidad eran cromos numerados, bueno yo y medio Albacete, por lo menos la chiquillería del barrio. Nos pegábamos por tener a Velázquez y a Sorolla, porque un año los cromos se referían a pintores famosos, otro a literatos, otro la cosa iba de aviones de la Segunda Guerra Mundial, otro de coches antiguos...El cromo de Goya era muy fácil. Lo tenía todo el mundo. Cada vez que a mi madre le salía Goya me daban ganas de protestar porque pensaba que allí había truco. Claro, que si te salía Carabaggio es que te había tocado una máquina de coser Singer. Nunca tuve a Carabaggio ni a mi madre le tocó una Singer, que bien que le hubiera gustado. De las bicicletas Orbea que sorteaban ni hablamos. Yo creo que al año siguiente estaban las mismas bicis otra vez allí. Las ponían para picarte, pero no las sorteaban. Al menos eso pensaba yo cada vez que nos salía Goya.

Vivir en la calle Ibáñez Ibero le da a uno cierta ventaja a la hora de vivir la Feria.

La Caspolina, churrería donde las haya y El Laborioso, que nosotros conocíamos como El Refrescante, eran un anexo de nuestras propias casas. Como si éstas hubieran tenido una terraza de verano a la calle. Los veladores del Refrescante temblaban cada vez que salía el doble-pito y se cerraba la partida de dominó. En el mármol de la mesita quedaban reflejadas las estadísticas de la partida a punta del lápiz que Pepe Estrada, otro amigo de mi padre, siempre llevaba consigo. Cafés granizados y leche merengada eran los manjares más exquisitos del menú. La llegada de los toreros a la puerta de cuadrillas de la Plaza de Toros era otro menester diario en la Feria. Había que estar pronto para coger sitio y no se cabreara el Sr. Luna, guardameta titular de la cotizada portería, no fuera a echarnos de mala manera. Llegaban los artistas en aquellos impecables y grandiosos Chevrolets con el botijo en la baca y la gente rompía en aplausos, llantos emocionados y vítores. Salían, por este orden: picadores, banderilleros y mozos, y el último, el matador, un arlequín engominado con la cara blanca como el enjalbege. Luego supe, que la cara era el espejo del alma, que a esas horas la susodicha alma, dadas las circunstancias, andaba de vacaciones y que los toreros andan cagadillos en los prolegómenos de la matanza. Cabañero, Abelardo Vergara y Pepe Osuna (como Olivella, Rodri, Gracia) era una alineación habitual aquellas tardes. A mi hermana le firmó un autógrafo, con foto, Diego Puerta. Yo y los que allí pasaban la solana les admirábamos. Rojo, Azul y Blanco, y oro, por supuesto. El color de la tarde, el color de la Feria.