28.4.17

Día Internacional del Jazz



¡Este domingo La Luna celebra el Día Internacional del Jazz bailando los mejores temas del género seleccionados por Juan Ángel Fernandez!

A partir de las 22:00 horas nos dejamos conquistar por, en palabras de la ONU, "una forma de libertad de expresión que simboliza la unidad y la paz, reduce las tensiones, fomenta la igualdad de género, refuerza el papel que juega la juventud en el cambio social y promueve la innovación artística"... ¡Nos sentimos tan identificados!










Y como avance de lo que nos espera en esta víspera de día festivo, un tema de Miles Davis que está a punto de cumplir 60 años:


12.4.17

RAC - This Song ft. Rostam










Production: WE ARE PDX
Director: Micah Cruver
Producer: Burke Bryant
Asst: Eva Korb & Evan Oceans


22.3.17

Chuck Berry, Maybellene y otros encantos

Muere el autentico rey del rock and roll



"El dolar dicta qué tipo de música ha de escribirse", solía decir Chuck Berry, un pesetero recalcitrante, cuando le preguntaban en las entrevistas sobre el significado de su música, de sus letras, a menudo lindando éstas las lineas que separan lo éticamente correcto: el descontento juvenil, el rock and roll: cuidado, antes de inventarse esta expresión para definir todo un movimiento musical generacional, en el argot negro de aquellos años cincuenta rock and roll eran dos palabras usadas comúnmente en las letras de los bluesman para describir la actividad sexual.

El dólar, decíamos, el espectáculo, el público divirtiéndose, ver a la gente feliz, eso si que ha sido lo que en definitiva a importado a Charles Edward Anderson Berry a lo largo de sus 90 años de vida. Mucho más que la calidad o cantidad de sus grabaciones, de sus interpretaciones o de sus propios shows, como algunos hemos podido constatar alguna vez, mal que nos pese. Chuck Berry era el rock and roll en carne viva, su esencia más pura, más radical, más incorrecta también: "Si el rock and roll tuviese otro nombre se llamaría Chuck Berry" (John Lennon lo decía en la película Hail hail Rock and roll).

Chuck Berry era un tipo que cada año iniciaba varias giras nacionales o internacionales, prácticamente gestionadas por él mismo o a través de ese logro de secretaria-para-toda-la-vida que conservó los últimos treinta años, Miss Francine Gillium y si no surgían compromisos o contratos actuaba en el bar de enfrente de su casa ubicada en el Condado de Saint Charles, en Missouri.
Necesitaba el contacto con el público cada día sin importarle especialmente las condiciones del show: “Nunca sé quienes son mis acompañantes. Por lo general tenemos un hora, o media hora, o nada, para ensayar”, contaba el guitarrista; si lo piensas bien, nada disparatado en un artista que tuvo que moverse en sus comienzos en el Sur entre la puerta de servicio y el propio escenario de los locales en que solía actuar. Práctico y único en el negocio del espectáculo, su único backline fue su guitarra, su único guión en escena el paso del pato -Duckwalk-: ”mi equipaje siempre fue un peine y un cepillo de dientes”, decía. Aparecía en la sala, le presentaban al grupo local que ya se sabía sus canciones de memoria (¿quien no ha tocado una vez en su vida Johnny B. Goode, Roll Over Beethoven, Little Queenie...?) y los muchachos tenían una hora de concierto para adivinar los acordes que había escogido el rey para esa noche. A Berry no le gustaba alargar las funciones ni tenía repertorio para más. A veces, el resultado era dantesco pero a Chuck Berry se le consentía todo. Ha sido el autor del puñado más grande de pelotazos musicales en las listas de exitos y ventas en el menor tiempo previsible. Una gloria básicamente dirigida a blancos, a jóvenes e impetuosos blancos europeos, a jóvenes e impetuosos blancos europeos y  famosos: The Beatles, The Rolling Stones, The Animals, The Kinks... Sus característicos riffs forman parte del abecedario del género (“los he tocado todos”, solía decir Keith Richards, uno de sus satélites de guardia), su tendencia a la teatralidad, al aspaviento gratuito, a la propensión a la mueca, al esperpento,  le hacían ser un personaje singular al que se le perdonaban deslices e incorreciones, incluidas algunas incomodas visitas al trullo.


Musicalmente, el grifo de la inspiración se le cerró en pocos años, no más de cinco, hasta 1964 más o menos, pero en ese tiempo, con el pianista Johnny Johnson como abanderado y el célebre bajista Willie Dixon, inventó de sobra las bases del género: un pellizco de country music importado de las mejores bodegas de Memphis y un chorreón del más sofisticado Rythm and Blues de Chicago, con los cocineros Fats Domino, Muddy Waters o Elmore James como patronos ojeadores, dieron lugar a una catarata de temazos que abrirían las puertas al rock and roll más genuino: Maybellene (la primera diana) o Rock and Roll Music, Around and Around, Carol, School Days, Sweet Little Sixteen, Memphis Tennessee y las anteriormente citadas Johnny B. Goode, Roll Over Beethoven, Little Queenie...


A los 90 años la maquina se ha parado y Chuck Berry ha dejado de fumar, ha emprendido una larga siesta que romperá su sueño cada vez que alguien ataque una guitarra con el famoso riff de Johnny B. Good o Sweet Little Sixteen, o sea, eso ocurrirá cada dos minutos en cualquier rincón del mundo. Es lo que tienen los dioses omnipresentes, imperecederos, los que están cada día dándote la tabarra... mucho más razonable si además han inventado el rock and roll.

12.3.17

El Pea. La Educación subliminal 2ª parte


Los discos que cambiaron la historia del rock
Una apuesta decisiva por la música de vanguardia



Portada de El Pea
Alguien quiso traducir el título de éste disco, El Pea, por su significado literal más formalista: la abreviación de Población Económicamente Activa, refiriéndose a todas las personas en edad de trabajar. Al final, la única imagen incluida en la propia portada, un guisante, ganó la definitiva identificación y el doble vinilo que cambió muchas mentalidades ligeramente estancadillas en la alborotada década recién acabada -los años sesenta- fue siempre conocido en las veteranas tribus rockeras  como el disco del guisante. Ojo, estamos ante unas grabaciones que nos colocaron a todos en el momento exacto de cuando y dónde debían suceder los hechos: Gran Bretaña, 1971.

La mayoría de las grabaciones que contiene este formidable doble álbum eran samplers, pruebas, promos, lotos de Island Records para calibrar el ambiente de la calle y emisoras radiofónicas, también dirigido de una manera disuasoria, provocativa, a los críticos del New Musical Express o el otro gran semanario de actualidad musical británico Melody Marker para que sacaran pecho y proclamas hacia los lectores que quisieran estar a la última. Pura efervescencia generacional que aquellos días de rupturas, creaciones e innovaciones volteaban una y otra vez las listas de preferencias. Todo vale, nada sobra.

Contraportada de El Pea
Aquellos días, Island Records andaba más distraido con la música reggae y con el ambiente jamaicano que ya se divertía de lo lindo en las islas británicas. A aquel frenesí le llamaron ska y su introductor en las islas fue realmente un tipo muy especial llegado de la isla caribeña: Chris Blackwell.  Su carrera mercantil en las islas británicas comenzó en Londres, vendiendo discos -de reggae, claro-  a la parroquia afroamericana que habían llegado de Jamaica, como él que eran muchos y agitados. Lo hacía desde el maletero de su coche en plena barriada de Brixton. Progresando en aquellas ventas improvisadas llegó a pegar algún pelotazo de importación que le animó a montar la discográfica, lo que explica la participación de Jimmy Cliff en El Pea con  Can't Stop Worrying, Can't Stop Loving y, desde luego, el exitazo en Occidente unos años después a través de Island Records del gran Bob Marley.
Blackwell fue un personaje clave, sin duda influyente, en la evolución musical de los setenta que a través del disco del guisante quiso presentar lo más interesante del incipiente mercado rockero, jóvenes llegados del pop y la furia beat que comenzaban a inventar entonces el edén de las músicas, la libertad total para explicarlas en cualquiera de los formatos imaginados. Desde la copla y danza más tradicional, imbuida de folkies y reinonas de la canción legendaria y secular hasta el rock más cercano a lo que pronto alguien denominaría Hard Rock o Heavy Metal, estilos entonces aún conocidos como Power Rock o Rock Progesivo, como el del grupo Mountain (los únicos americanos del reparto en El Pea, bueno, en realidad sólo el neoyorquino Leslie West, su orondo y exquisito vocalista y guitarrista que aquellos días disfrutaba de la movida británica junto al productor de los famosos Cream, Felix Papalardi, que tocaba el bajo en su banda).

El lanzamiento del álbum El Pea significó un grito de bienvenida a la segunda gran explosión británica en sólo diez años (después del arrebato beat). El secreto de Blackwell fue fichar a muchos músicos que no correspondían al fotocall premiado de las multinacionales discográficas repleto de fantasmones, colorines y pop bubble-gum (la música chicle). David Swarbrick, un decir, era un violinista a la vieja usanza gamberra y cervecera y en ése ambiente de Island se convirtió en el rey del cañerio festivo. Todo el séquito Fairport Convention, banda de extraordinarios músicos itinerantes, secundó aquella juerga, con Sandy Denny arrastrando su impecable dicción rockera idolatrada para la eternidad  tras su inmediata desaparición del mapa. The Incredible String Band, tres cuartos de los mismo, hippies hasta el corvejón sus cantos y bailes llenaron de vida sana y caldos lisérgicos cualquier celebración y ceremonia. Un opereta de juglares alrededor del fuego (todo vale, nada sobra).
Pero aquel puñado de canciones guardaba como tesoros alguna que otra sorpresa como, por ejemplo, una terapia para la ensoñación y los tiempos muertos. Ahí irrumpían Tir Na Nog bordando el papel de místicos y acústicos. El dúo partía el alma cuando cantaban  Our Love Will Not Decay rodeados de tablas, tambores orientales, arpas, el exótico dulcimer (una especie de instrumento de cuerdas percutidas) y guitarras de doce cuerdas. Aquello, hasta entonces no se había escuchado jamás, compartiendo deslumbramientos y seducciones con el trío Amazing Blondel, otra oda al misticismo cuya música se ubicaba básicamente en los siglos XIV y XV, adornada de perfectas armonías vocales y golpes de, una vez más, guitarras acústicas. Nada sobra.
Nick Drake ejercía su intimidación en aquel doble con One of this thing is first, una canción que hoy misma sigue igualmente alterándonos el corazón. Siempre actual Drake, vigente ahora, oportuno entonces, una suerte de trovador eterno, imperecedero desde su prontísima desaparición fisica. Como Quintessence, un bandón inolvidable. Una tribu cosmopolita (ninguna coincidencia de orígenes entre sus seis miembros) de diletantes de la cultura oriental armados hasta los dientes de saxos, guitarras rockeras, pianos y desde luego todo el surtido de la escenografía hindú que uno pueda imaginar. Aún así, rock y blues de muchos quilates en esencia. Bárbaros en Dive deep, y en el álbum Quintessence, una oda al libre albedrío, emancipación absoluta en definitiva.

Pero El Pea, desde luego Chris Blackwell, jugaba fuerte a ganador, con algunos seleccionados que ya habían hecho estallar anteriormente la bomba Island en el panorama internacional. Traffic, por ejemplo, con un tema, Empty pages,  de uno de sus discos más personales, John Barleycorn must die. En lo que a mi respecta la obra cumbre del supergrupo; en su extravagante mensaje, John Barleycorn era la personificación del alcohol, "la compañía ideal para caminar por la senda de los dioses", según el relato autobiográfico de las vivencias y aventuras de Jack London, su creador. La narración se convirtió en una cantinela tradicional, puro folklore jaranero que también grabarían Fairport Convention y Steeleye Span. Traffic fueron, ¡y hay que decirlo, y muy alto!: Stevie Winwood, Jim Capaldi, Chris Wood y Dave Manson, el claro exponente de un magisterio siempre indiscutible; También estaban Jethro Tull, con Mother Goose, otra pieza en otro álbum histórico, Aqualung, palabras mayores...(necesitaría un capítulo aparte); Emerson, Lake and Palmer, con Knife Edge, una provocación más de otro de los nombrados entonces supergrupos, una sorpresa su presencia que valió una bronca entre el grupo y Blackwell: ellos querían incluir Lucky Man, su imponente bautizo musical como trío pero perdieron la porfía. Bien: Jimmy Cliff, ya lo hemos dicho; Cat Stevens, en el mejor momento de su carrera antes de hacerse musulman, en Wild World, otro de aquellos pelotazos de amor; Free, los de All right now para toda la vida que aquí dejan disfrutar a Paul Kossoff, su problematico y exquisito guitarrista, en un tema propio, Highway song y con Paul Rodgers ejerciendo su imperial timbre de rock, de cantante de rock: uno de los más grandes intérpretes de aquel rock progresivo que se ha conocido.

Mc Donald and Giles
Uno de los detalles que distinguen este formidable doble ejemplar de vinilo es la participación de Ian Mc Donald y Michael Giles, dos de los responsables en la creación de la magnifica y mítica banda King Crimson, el grupo cuyo tutor, Robert Fripp, pasó a ser uno de los principales gurus de la década.  Extract From Tomorrow's People, el tema que les representa en El Pea pertenece a la primera etapa de los músicos, coincidente con el debut del Rey Carmesí. Es el único álbum que grabaron como dúo y cuenta con algunas colaboraciones meritorias como la de Stevie Winwood que por aquellos días grababa en el mismo estudio la fantástica historia de John Barleycorn con Traffic. Un remate extraordinario en un elenco irrepetible de futuras estrellas.
El Pea
será perdurable con los años porque no ha perdido ni un ápice de su idiosincrasia, la creatividad sin red, la originalidad, el profundo barroquismo de un años convulsos en cambios, búsquedas y nuevos registros. Aún hoy, muchos de los nuevos nombres que aparecen en el mercado discográfico nos llevan a alguno de aquellos pioneros del rock más sincero. Con El Pea, la música de rock alcanzó su culmen, su punto de adorable partida.


3.3.17

Llena tu cabeza de Rock. La educación subliminal. 1ª parte




Los discos que cambiaron la historia del rock
Una apuesta decisiva por la música de vanguardia


The Rock Machine Turns You On
Al menos para algunos zagales que cuando se despedían los fantásticos sesenta nos pusimos las pilas en España con dos increíbles ediciones de la multinacional discográfica CBS, The Rock Machine Turns You on (1968) y Llena tu cabeza de rock (1970), dos volúmenes que avanzaban lo que iba a significar en el mundo de la ya definida como música Rock la inminente década de los setenta y el fin de siglo.

Llena tu cabeza de rock
En realidad, Columbia no arriesgaba tanto en aquellos elepés recopilatorios puesto que aparecían en ambas ediciones artistazos ya consagrados por aquel entonces, como Bob Dylan, Leonard Cohen, Santana, The Byrds, Blood Sweat & Tears, Simon & Garfunkel, Chicago o Janis Joplin. La estrategia americana consistía en vender ambos discos bajo el reclamo de estos figurones, algunos de ellos descubiertos en Woodstock o Monterrey, las dos grandes citas de finales de masas en directo de los sesenta y de paso regalar los oídos con los sonidos de otros artistas casi desconocidos y por tanto menos afortunados en ventas y popularidad. En ningún caso en calidad artística porque a través de aquel par de entregas muchos pudimos conocer en nuestro país la mítica de Mike Bloomfield, por ejemplo, unos de los guitarristas más grandes que ha dado el blues blanco, muerto prematura y lamentablemente como muchos de aquellos jinetes de caballitos desbocados. Bloomfield manejó con maestría de pionero la acústica (un ruego: escuchad si podéis su álbum If you love these blues play them as you please) y la eléctrica (fue la primera guitarra con amplificador que empleó Bob Dylan en Newport y en Blonde on Blonde). O el mítico Taj Mahal en una versión alucinante del Stateboro Blues, o The Zombies de Rod Argent con aquella canción con la que muchos aprendimos a imaginar sueños de sugestiones y acaloramientos, Time of the season. También Spirit, emocionantes en Fresh Carbage, una de esas canciones perfectas; Moby Grape, atómicos y didácticos en aquel mensaje demoledor llamado Can´t be so bad , Roy Harper, Flock, Black Widow, Skin Alley, Steamhammer o hasta el albino de los albinos Johnny Winter.

Rock 71
Comenzada ya la nueva década, pronto apareció Rock 71, también de CBS, en el mismo tono de sus entregas anteriores y casi con el mismo reparto aunque incluyera entre tanto divino, sin que muchos entonces se explicaran su presencia en aquella selección, la gran figura del jazz Miles Davis, suspirando el trompetista aquellos días por la compañía musical del guitarrista perdido entre bambalinas ácidas y sonidos recién estrenados, Jimi Hendrix. A él y al eterno desencuentro estaba dedicada en parte la obra que interpretaba Davis en aquella formidable grabación del 71, Bitches Brew.

Pinchamos ahora aquellas reliquias (en vinilo, ojo) y no ocurre como suele suceder con algunas otras obras artísticas -música, cine, arte, literatura...- que el tiempo las ha devorado y las ha reciclado como compost, como abono orgánico para la memoria descompuesta, restos inservibles de tu propia evocación ahora convertida en pura basura, no nos engañemos. En cambio, en estas obras de CBS recibimos lecciones magistrales prácticamente desconocidas históricamente, como la portentosa exhibición de Moby Grape, ya comentada o, en otro ejemplo más rimbombante, la de una banda psicodélica llamada The United States of America que en I won´t leave my wooden wife for you, sugar adelantaba ya la inminente llegada de la sofisticación electrica con los primitivos secuenciadores y sintetizadores Moog, todo ello adornado con un discurso abiertamente comunista  y explotando el recién estrenado arte de la performance. El tema es una bomba de relojería y venía incluido en su álbum de presentación El jardín de las delicias terrestres: la CBS (hoy Sony Music) contra el mundo corriente, la ordinary people... quien lo iba a sospechar. Siempre he atribuido esta presencia a la inapelable influencia que ya ejercía por aquel entonces The Mothers of Invention de Frank Zappa a todas las bandas californianas disconformes con lo establecido y Vietnam echaba humo esos días. Al final, curiosamente, Frank Zappa acabaría editando obra en CBS.

Portada interior de Rock 71
The Byrds también aparecen en este traqueteo discográfico con un emocionante Dolphin Smile en el primero de los dos álbumes, una canción que me traslada inevitablemente a aquellos años de adolescencia,  frágiles como el cristal, hermosos como cualquiera de nuestras turbaciones. Allí estaban todos, todos los que siempre debieron estar: Roger Mc Guinn, David Crosby, Gene Clark, Chris Hillman y Michael Clarke. Las doce cuerdas de la Rickenbacker de Mc Guinn y las armonías vocales de Crosby y Clark me/nos han acompañado a lo largo de toda una vida.

It´s a beautiful day
La espectacular irrupción de It´s a beautiful day en uno de estos discos (Rock 71, con Don And Dewey) llegó tarde puesto que la banda andaba en tramites de separación cuando salió el doble, pero lo que acababan de hacer con su álbum de debut  y su inolvidable mensaje White Bird le otorgaron merecidamente a la obra el título de obra maestra. El grupo de David LaFlamme (tocaba un violín de cinco cuerdas) ahora simboliza el espíritu de San Francisco en aquellos años de peace and love, pero la banda suena aún hoy como un cañón en cada uno de sus temas.


Reposo eterno de Jimi Hendrix en Seattle
Con los Beatles en estado de shock, Brian Jones buceando de por vida en su propia piscina, Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix engalanando sus relucientes casas de campo a estrenar, estas tres ediciones españolas de la Columbia sirvieron, al menos, como cabalgata de apertura de una época dorada de grupos y discográficas, solistas y sorpresones (toda la factoría Warhol lo fue con Velvet Underground como estrellas). La competencia a CBS fue extraordinaria, pétrea, vigorosa, con bandas como Led Zeppelin, los restos de Cream, los Mothers de Frank Zappa, toda la música de la costa oeste americana y el relevo británico de Jethro Tull y otras evocaciones que contaremos en la segunda parte de esta memorabilia. La música de rock comenzaba un largo y fructífero periodo.

En el siguiente capítulo: El Pea. La educación subliminal. 2ª parte

24.2.17

La Leyenda de Los Trasgos

El grupo que marcó toda una generación musical en Albacete
Sus miembros originales ofrecieron en diciembre una entrañable reaparición

Los Trasgos actualmente: Luis Sánchez, Juan
Rosa, Adrián Navarro, Luis Arteaga y Pepe
Vergara -foto: Pepe Garrido
El motivo, siendo igualmente íntimo y cercano (se celebraba el cumpleaños de Adrián Navarro, uno de los miembros de la mítica banda) fue una mera excusa para reunirse los cinco miembros originales del grupo y tocar las viejas canciones, repasar algunas memorias aplazadas y abrazarse emocional y musicalmente, reclamando algo que hubiera estado demasiado tiempo flotando en cada uno de los ambientes de cada uno de los componentes de aquella maravillosa aventura que se llamó Trasgos.
 Lo estaban deseando. Y lo hicieron de la manera más refinada: en torno a un grupo de amigos, familiares e incondicionales, sentados y relajados los músicos como si se tratara de un concierto unplugged que hubiera querido filmar de haber tenido conocimiento la cadena de televisión internacional MTV.

Luis Arteaga, Juan Rosa, Adrián Navarro, Luis
Sánchez, agachado Pepe Vergara
Fue en la sala y club Chapó de la calle Teodoro Camino, a media tarde, otro precepto alterado: las cinco y media no son horas para una efemérides, ni siquiera para un concierto, todo lo más para un ensayo y, ahora que lo pienso, a lo mejor era esa precisamente la sensación que pretendían encajar en escena Juan Rosa, Pepe Vergara, Luis Arteaga y Luis Sánchez para sorprender a su querido amigo y compañero del alma Adrián Navarro, el cual, de todos estos protocolos no tuvo nunca ni la más remota idea. Un regalo, propusieron en secreto: vamos a tocar un rato para divertirnos.


Los Trasgos, unplugged en la sala Chapó
foto: Pepe Garrido
Cuando los cinco miembros originales de la leyenda Trasgos comenzaron a tocar una pieza de swing, electrónica, imaginaria, improvisada parecía, regalaron unos minutos mágicos en que a todos los presentes se nos cayó encima, así de sopetón, medio siglo de nuestra propia existencia: aquello sonaba a Los Trasgos del hotel Entrelagos de Las Lagunas de Ruidera; Mmm..., mejor, de la Plaza de Toros de Albacete. A los genuinos.
La impresión, el efecto, duró unos 15 minutos que recuperaría con sorprendente soltura en otro momento del recital el propio Pepe Vergara (con Pascual Ortíz en los tambores) que lanzó una diatriba en inglés macarrónico (en realidad no pretendía ser ningún idioma, fueron una especie de balbuceos onomatopéyicos abigarrados) con admirable soltura y elocuencia. En escena, Los Trasgos altaneros y chuletas del 67, vamos. Los legendarios.
 Todo siguió su curso normal esperado cuando los presentes comenzaron a reclamar sus viejas versiones de Animals, Beatles, rockanroles y tuises varios y la inevitable presencia de la canción italiana en la que tanto se luce Juan Rosa, el Rana. Momentos de emociones y añoranzas.

Los Trasgos a mitad de los años sesenta
Unas horas que parecieron un santiamén porque el embrujo había resultado y la escena nos había llevado a los que vivimos aquella aventura de los sesenta a recuperar no sólo a un grupo de leyenda sino también al alboroto al que nos arrastró aquellos tiempos de ignorancia y abstinencias.
“Fueron tiempos en los que nadie sabía nada de música” (Luis Arteaga),
“Nadie tenía idea de nada, nadie escuchaba en Albacete música de vanguardia. Nosotros éramos los raros por escuchar a Los Beatles” (Luis Sánchez),
aunque los que conocimos de cerca la epopeya Trasgos nunca podremos olvidar cómo demonios consiguieron que aquellas canciones que hoy se asoman viejunas y sensibleras (no todas, claro) sonaran entonces como un tiro en escena con aquellas guitarras Jomadi de 3000 pesetas, las estratosféricas Galantic o aquel amplificador Shelmer de 60 watios donde a veces se enchufaban las dos guitarras y el bajo eléctrico. Por cierto, Adrián Navarro ya portaba en aquellos años una Fender Stratocaster que alguna buena faena debió hacer en aquellas situaciones. No hablemos de mesas de sonido, no hablemos de luces, no hablemos de tomas de tierra en muchos casos, no hablemos de escenarios de tablones y camionetas, etc...

Los Trasgos, una leyenda urbana
Los Trasgos son leyenda en Albacete porque fueron los únicos que en aquellas circunstancias tercermundistas sonaron como una formidable banda de rock and roll, como un grupo pop de alto nivel, los que reclamaba el país en capitales y provincias. Así fructificaría, con toda la lógica del mundo, su estrecha relación con el grupo más importante nacional en aquellos años, Los Brincos, en un afortunado juego de coincidencias. Si no hubieran tenido un mínimo de clase o puesta en escena, éstos, los del ”sorbito de champán”, no les hubieran convencido, sólo por amistad, para aterrizar en Madrid en salas de conciertos que aquellos años recibían a los artistas más considerados como Paraninfo o Imperator donde terminarían actuando. Los Trasgos tocaron con la punta de los dedos aquella primera etapa que se habían propuesto en sólo un verano de aventura. Si no se consumó la primera parte de aquel soñado guión fue por una serie de malos entendidos y desgraciadas coincidencias que no vienen ahora al caso.
Hubo que esperar al despertar de la industria discográfica y el extraordinario ajetreo que propusieron los años ochenta con la llamada movida nacional para que desde entonces algún grupo albaceteño (y han sido varios) presentara credenciales importantes en ediciones musicales, creatividad, actitud, puesta en escena y reconocimiento nacional, pero esa ya es otra historia, más reciente, que muchos de nosotros conocemos sobradamente.

Los Trasgos en la Plaza de Toros de Albacete. 1966
foto facilitada por Pepe Garrido
Ningún grupo musical de la ciudad o provincia de los de entonces, años sesenta, pudo nunca compararse en sonido y actitud a la presencia de Los Trasgos en escena. Ninguno. Por eso son leyenda, porque en el páramo que nos tocó lidiar con curas y grises, Ojes y campamentos, ejercicios espirituales y cursillos de cristiandad, juegos florales y demostraciones sindicales, militares, procuradores y gobernadores civiles, la presencia, y el recuerdo, de cinco chavales adolescentes que asombraban y excitaban sobre un tablao, a veces impresentable, fue sencillamente inolvidable.
Y Los Trasgos siempre impresionaban.

22.2.17

Juan Ramírez de Lucas, el hombre y su tiempo


en el Centenario de su nacimiento se estrena en Albacete Los amores oscuros



Juan Ramirez de Lucas
El grafito de los días se dispara en el pequeño reposo de la servilleta que Juan Ramirez de Lucas garrapatea en un viejo café parisino mientras conversa alegremente con el amigo artista. Juan tiene vocación de hacer, de crear, si no lo fueran ya, amigos artistas. Acaba de estar en Venecia con Giorgio de Chirico y dos semanas antes con Alexander Calder en Nueva York:
“Calder logró hacer visible lo imposible: que las macizas esculturas, las de siempre, las bien aposentadas, inamovibles, fijas, con firmeza clavadas en la tierra sus moles, pudiesen levantarse, levitar, girar, y dando vueltas, volar como los mismos pájaros cautivos”, escribe igualmente apresurado algunos años después como queriendo fijar su devoción por Mnemosina diosa de la memoria, hija del cielo y la tierra... “nada menos”, sentencia con el gracejo albaceteño que siempre paseó por el mundo.
Juan habla de la  memoria y de la inspiración eterna, pues la diosa al mismo tiempo es considerada madre de las nueve musas, hijas de Zeus. Ramirez de Lucas se parte de risa exhibiendo su erudición mientras, elegante, recoge pausadamente su refinado fular rojo carmín y suspira suave hacia sus adentros, como quien evoca otra remota aventura. La que tuvo lugar en la casa que Pablo Picasso tenía en Málaga y a la que acudió una noche de verano en compañía de la troupe del arte, amigos también de la noche alegre. Sí, “el Pablo de los ojos de carbones, ojos obscenos de mirada fija que desnudaba los cuerpos tan sólo con mirarlos”, dice Juan, sonriendo maliciosamente aunque acabe su relato entre lágrimas rebosantes de complicidad recordando aquella noche “ofrendada a Pan y Baco, en esa hoguera que genera la vida y consume los seres”,  ya sin resuello, retorcido de risa y evocación.

Juan rebasando con colmo los ochenta años de vida se perfiló entre unos y otros como un varón de porte esplendoroso, distinguido, de dicción pausada y trato afable, franco, absolutamente encantador. Dispuso con soltura de instantes fascinantes para los demás. Con aquella perdurable mirada evocadora de Broadway y Madison Avenue, allá dónde abrió su camino al conocimiento y la figuración, allá donde dejó reposar su sueño y enamoramiento, mal sueño conocimos después, y eso debió dejar huella en las formas y maneras del crítico arquitectónico y el coleccionista de Arte Popular: “todo el planeta es mestizo con respecto a las ideas”, dejó dicho. Un hombre (ahora se cumple el centenario de su nacimiento)  que estuvo absolutamente apegado a la Fiesta Popular del Mundo, que disfrutaba con cualquier jubiloso carnaval, con la marioneta definitiva que exhibían sus pequeños escenarios, con los fetiches africanos encontrados en el último arenal de Namibia. Luego, dejó para los restos ése basto imperio de fantasía entre nosotros a modo de legado. El Museo Municipal de Albacete fue el beneficiado de una donación singularisima: su colección internacional de Arte Popular. Juan Ramírez de Lucas se comió literalmente el mundo buscando el títere, el amuleto, que le diera el alivio del tiempo. Ese tiempo que le maltrató en su juventud cuando quiso ser inescrutable sin avenirse a razones. El árbol de su vida escondido en una triste caja de madera clamando por un atronador grito de libertad.

De nadie seré, solo de ti.
Hasta que mis huesos se
vuelvan cenizas, y mi
corazón deje de latir...

                (Pablo Neruda)

 Publicado en enero de 2017 en la revista de información Cuatro Estaciones de Cultural Albacete

Cartel de la obra Los Amores Oscuros
Este año 2017 se celebra el centenario del nacimiento de Juan Ramírez de Lucas (1917-2010), un albaceteño que fue conocido como periodista, escritor, crítico de arte y arquitectura.
Cultural Albacete dedica una programación especial con cuatro vértices relacionados con su persona: la vida y amores de Juan Ramírez y el poeta Federico García Lorca, la obra del propio Lorca, la historia de España y la historia de Albacete.
Lunes, 27 de marzo de 2017. Teatro Circo, 20:00h. Al hoyo. Lectura dramatizada del texto del dramaturgo albaceteño Antonio Morcillo.
Miércoles, 29 de marzo de 2017. Teatro Circo, 19:00h. Lorca, Escenas y Poemas. Recital poético-teatral. Dirección: Llanos Briongos y Ángel Monteagudo.
Jueves, 30 de marzo de 2017. Teatro Circo, 20:00h. Los amores oscuros, de Manuel Francisco Reina. Dirección: Juanma Cifuentes.
Viernes, 31 de marzo de 2017. Teatro Circo, 21:00h. Bernardas. Compañía de danza Mayte Ballesteros. Música: Tuti Fernández. Dirección: Juanma Cifuentes.


6.2.17

Lotus Eater, el artista sin memoria

Publicado Los mares del Tiki, el nuevo libro-catálogo de Charris




Portada del nuevo libro de Ángel Mateo Charris
Ángel Mateo Charris, el pintor cartagenero, viajero impenitente y reconocido internacionalmente como uno de los grandes representantes del denominado arte neometafisico (según leo, algo sorprendido, en la wikipedia) acaba de tener un descubrimiento sorprendente, un conocimiento singular a la par que francamente inusual: Charris se ha topado con el antiartista, no el antidivo ni el humilde y recatado creativo, no: el antiartista, el humano que niega y huye de cualquier contacto con la realidad mediática, el que esconde y oculta su obra para que permanezca en el anonimato impenetrable a los ojos de cualquiera, el que silencia su percepción estética para que ésta no sea descubierta ni publicada, ni comentada, ni conocida por alma alguna.
Dicho personaje responde al nombre de Valentín Osipoff, aunque rápidamente, una vez conseguido su objetivo divulgador no sin grandes artimañas Charris le bautizó como Lotus Eater, que es como ahora ya empieza a ser conocido el nuevo lucero en los ambientes culturales que frecuenta el propio artista de Cartagena.

Única imagen que existe de Lotus Eater.
Un cuadro de Charris donde el nuevo artista
accedió a posar sólo si su cabeza fuera 

cubierta por una máscara tiki.
Sucedió en la Polinesia francesa, donde tanto gusta de visitar Charris. En las islas Marquesas, en concreto en Nuku Hiva, “la isla de los relatos de Melville y Stevenson, con sus leyendas de caníbales y su exuberante vegetación”, cuenta el autor en Los mares del Tiki, su última y espectacular publicación. El encuentro entre los dos personajes protagonistas de esta historia fue, como no podía ser de otra forma, casual, a través de una presentación casi obligada, dada la nacionalidad original de Osipoff, uruguaya, por tanto cercana al entendimiento de Charris y sus compañeras de viaje que no dominaban precisamente el idioma francés, lengua coloquial de la zona cuando la cosa se trata de relaciones occidentales. Al comentarle Charris al asistente uruguayo su profesión y dedicación exclusiva al mundo de la pintura y las artes Osipoff le  dio una primera pista con recovecos personales: “Me confesó que él había empezado a pintar hacía poco, aunque era la primera vez en su vida que había cogido unos pinceles. Una turista alemana despistada se había dejado una caja de óleos y unas tablas en un bungaló y se había puesto a ensuciar aquellas pinturas”. No sin dificultades, pues el uruguayo era francamente reacio, distante, a descubrir sus aficiones y querencias en la isla y a base de benditas ingestiones de cerveza Hinano, la mítica Lager creada en los cincuenta en Tahití, Charris consiguió su objetivo, contemplar aquellas primitivas pinturas del nuevo artista:

“Nos caímos bien -cuenta-, la negación y lo rígido no encajan bien en la Polinesia, terreno fértil para la sabiduría y el abandono. No eran muchos cuadros pero me parecieron estupendos, vibrantes, ingenuamente sofisticados y para nada la obra de un aficionado primerizo. Las obras habían sido repintadas una y otra vez, capa sobre capa, cuadro sobre cuadro, porque, según me explicó, eran las únicas que tenía y no tenía la mínima intención de guardar ninguna de ellas, solo quería pintar, porque sí y para nada, porque le hacía feliz, y porque algunos días las lluvias no le dejaban hacer su actividad favorita: ser, sólo ser, estar, en la naturaleza, en la playa, en los bosques, entre la tierra y el mar”.

Dorado. Lotus Eater
Tras mucho discutir con Valentín sobre la calidad de su obra y la urgencia de ser valorada por el mundo del conocimiento, Charris y el uruguayo llegaron a unas entendederas facilitadas eso sí por la alegría de la cerveza Hinano y en cierto modo por el desinterés y desapego del mundo occidental del “nuevo pintor”, como ya comenzaba a calificarle entre amigos el propio Charris. Como al isleño no le quedaban ya ni pinturas, ni soportes apropiados para ejercitarlas (por eso pintaba una y otra vez sobre las capas terminadas) ambos llegaron al viejo acuerdo-recurso del intercambio de propiedades: yo te envío material de pintura a estrenar  para ejercer el divino arte de la expresión gráfica (lienzos, óleos, pinceles, maderas y soportes de todo tipo) y tu me envías cada una de las obras que vayas terminando en el barco carguero que os visita cada mes desde Papeete... Valentín Osipoff por fin accedió al trueque, aunque con algunas condiciones francamente intrascendentes: “el uruguayo no quería saber nada del destino de las obras, si las vendía o no, si las exponía, si las quemaba,  no quería saber absolutamente nada de su destino”. Sí accedió, sigue contando Charris, a firmar las obras ante las súplicas de que debían llevar una identificación de autor. A regañadientes “cogió un pincel y pintó detrás de uno de los cuadros una L y una E entrelazadas. Así bauticé entonces -dramatiza su relato Charris- a Lotus Eater, el comedor de loto, el artista sin memoria, sin recuerdos, sin familia y sin referentes, el pintor de flores imposibles y de geometrías borrachas de sol”.

Selva. Lotus Eater

El caso es que estamos ante un nuevo suceso elevado a la categoría de artístico, no sólo por la opinión contrastada de un consagrado como Ángel Mateo Charris sino también porque observando la obra presentada de Lotus Eater, cualquiera que disfrute de un mínimo de capacidad analítica será capaz de discernir entre talento nato e incapacidad manifiesta. Los garabatos geométricos del recién bautizado asoman una contumaz inspiración, una naturalidad para nada camuflada, una combinación cromática sorprendente. Son trazos primarios adornados siempre por el detalle autonomista, pero no se sabe si éste florece como un espasmo de las islas benditas de Polinesia o como un resplandor heredado de la complicada América, aquella que le crió en el barrio judío de Montevideo. Como comenta Charris “solo necesita ojo e intensidad, pasión y necesidad de inventar cosas en un horizonte cuadrado”.
Lotus Eater: Ha nacido una estrella.

Estrellas. Lotus Eater

En 2015, Charris presentó en Barcelona (Trama) y Santander (Siboney) su ciclo Los mares del Tiki, ahora presentada en formato libro junto a la obra de Lotus Eater con textos de Sema D’Acosta, Eloy Fernández Porta, Juan Manuel Bonet y el propio autor.
Una obra en la línea de ésta publicación, September Song (2002) se conserva actualmente en el Museo Reina Sofía.
Del 20 de enero al 31 de marzo de 2017, Charris expone junto a Miki Leal, en el Palacio de la Madraza de Granada, la muestra National Geographic.


4.2.17

Berliner, una charla con Miguel Barnes


Advaita Vedanta cuelga en la red (Facebook) esta grabación y realización de Rafa Siquier que contiene la entrevista que mantuve con Miguel Barnés en su estudio de Almansa con motivo de la exposición Berliner en el año 2009. Muchos de estos comentarios del artista, desgraciadamente desaparecido en la navidad de 2011, alimentaron los contenidos de mi libro El brillo de los días, editado justo cuando se produjo el fatal desenlace (a Miguel le dio tiempo a tenerlo en sus manos -creo que también a leerlo).
Ahora, repasado el esfuerzo de Rafa Siquier y Emilio Gómez, los comentarios de Miguel reflejan su propia vida artística y refuerzan muchas de sus obsesiones. Al volver a ver el trabajo no me resisto a colgarlo en esta piedra de camino.

 
Berliner. Entrevista from Dinarama on Vimeo.

Aprovecho igualmente la oportunidad para colgar el excelente retrato recientemente realizado a Miguel Barnés por la pintora Eva García Gregorio que estos días se exhibe en la Casa Perona en Albacete.

Miguel Barnés. Retrato de Eva García Gregorio


30.1.17

Paloma Chamorro, aquella reina



Adios a Paloma Chamorro

La voz e imagen que encajó la cultura como tal en la televisión, en aquella televisión de rebotes de conciencia de los años 80,  con algún personal informado pero sin acceso a las cámaras y a las directrices o decisiones. Su excelente trabajo en el programa de arte Imágenes le proporcionó el pasaporte a uno de los mejores proyectos de la historia de la televisión, La Edad de Oro, o lo que es lo mismo, la cultura en palabras mayúsculas: música contemporánea en directo, cortos de jóvenes y atrevidos directores de cine, entrevistas con innovadores artistas gráficos, con prometedores poetas y novelistas y un lenguaje y estética acorde con el momento que se vivía, la década de los ochenta, desprovista del descarnado andamiaje del recién despedido franquismo.

Paloma Chamorro fue una estupenda anfitriona de sucesos y sorpresas, con una peculiar puesta a punto: lúcida, talentosa, resuelta en el lenguaje y francamente atrevida. Podríamos ahora recordar algunos de los pasajes célebres de aquella exhibición televisiva, pero ahora en la distancia de los años y con el pesar de su despedida me inclino a pensar que no hubo ni uno solo de los programas, desde 1983 a 1985, que no nos dejara con la sensación de haber vivido y tocado literalmente con la punta de los dedos la más rabiosa y necesaria realidad cultural.

Hace tiempo que la echábamos de menos y no entendíamos su desaparición pública después de algunos otros programas posteriores igualmente interesantes, La estación de Perpiñán y La realidad inventada. Su adiós es la constatación de que ahora sí que nunca volverá a las cámaras, ésa es una muy mala noticia.
 

27.1.17

Butch Trucks y el joven Zappa




Portada de Brothers and Sisters
Brother and Sisters es el cuarto álbum de estudio de la banda estadounidense de rock The Allman Brothers Band. Fue publicado en agosto de 1973 por Capricorn Records. El disco representó la vuelta a los estudios de grabación de la banda tras las desgraciadas muertes, ambas en diferentes accidentes de motocicleta, de dos de sus componentes, el fundador de la orquestaza, Duane Allman y el bajista y también miembro fundador del grupo Berry Oakley. En el disco figuran algunas de las referencias históricas más significativas del combo, Jessica, Pony Boy, o Ramblin´Man, las tres pertenecientes al otro gran guitarrista de la banda, el virtuoso Dicky Betts. Brother and Sisters fue el primer disco de los Allman en aparecer en España coincidiendo con su salida al mercado internacional. Antes, ya habíamos disfrutado de Idlewild South (1970), Eat a Peach (1972) y, sobre todo, de aquella fantástica declaración de intenciones que supuso el Live at Fillmore East, pero que llegarían a nuestras manos algún tiempo después de su salida  empaquetadas a modo de colección, obligadas más bien por la repercusión internacional que habían tenido dichas grabaciones en América lo que animaría al sello discográfico Capricorn Records a editarlas también en Europa.

Doble página interior del álbum Brothers & Sisters. Butch Trucks es el de la izquierda. Sostiene a su hijo protagonista de la portada
Escuchar aquella banda en pleno estado de forma supuso para algunos, entre los que me cuento, una alteración significativa en mis prioridades musicales, encumbradas hasta entonces por cada una de las grabaciones de Cream o Jimi Hendrix Experience entre otras varias glorias. La banda, The Allman Bross, tenía su aquel. Un sonido departamental dividido en tres secciones definidas con la calculada precisión de un taumaturgo a la altura de Duane Allman (el hombre que mostró a J.J. Cale y Eric Clapton las infalibles variantes del “cuello de botella”): dos guitarras (Duane Allman y Dicky Betts), dos teclados (Gregg Allman y Chuck Leavell) y... dos baterías (Jai Johanny Johanson y Butch Trucks). Del bajo ya se encargaría Berry Oakley más tarde sustituido por Lamar Williams. Total: un trío de trailers en plena bajada de Despeñaperros. Atómicos (compruébese en Stateboro blues, Les brers in a minor, Whiping Post, Hot lanta y, sobre todo, en In memory of Elizabeth Reed).

Butch Trucks en sus años Allman
Ahora nos enteramos de que uno de ellos, el batera Butch Trucks, ha inaugurado el obituario anual que se llevó el año pasado por la cara a David Bowie, Leonard Cohen y Prince, entre otros muchos inocentes. Según informó el “Miami Herald”, Claude Hudson “Butch” Trucks  se pegó un tiro delante de su mujer, Melinda. Horrible. Deja hijos, nietos y una historia impecable en la música. Impecable por activa, porque Trucks seguía tocando y girando, ahora con su banda The Freight Train Band. Observo en su página los conciertos que ya tenía contratados hasta el mes de abril y escucho como homenaje (lo suelo hacer cuando alguno de estos educadores se me van) Brothers and Sisters, aquel prodigio guitarristico de Richard Betts, con Gregg Allman y Chuck Leavell (desde hace unos años en The Rolling Stones) marcando la esencia misma del blues, del rock and roll, de la música pantanosa del sur, del mejor bluegrass.
También observo con cierta melancolía de hombre entrado en años la huella indeleble de la dentellada que el joven Zappa propinó entonces (cuidado, año 1974) a la carpeta del álbum justo unos días después de comprar el vinilo. Zappa era un inquieto dálmata que Marisa y Fidel, mi familia más cercana, habían educado de tal manera que el perro acabó siendo un miembro más del clan, por inteligente, sumiso y tierno. Un pedazo de pan, de tal manera que pese a su entonces juvenil disposición, cuando salimos de casa para unos chupetines albaceteños le encargamos el cuidado de la habitación musical que dejó en impecable estado de revista para cuando llegáramos del paseo. Había leído todas las revistas y diarios musicales a mano y había tenido la deferencia de dejarlo todo sutilmente distribuido en la estancia. Los discos de mi entonces incipiente colección estaban perfectamente conservados, a excepción de uno, exacto: Brothers and Sisters. Zappa tuvo la extraordinaria habilidad de sacarlo de la carpeta, escucharlo con verdadero apego sin tocar uno solo de los surcos y contemplar con la pachorra que le distinguía las fotos de toda la pandilla Allman, incluido el pobre Butch Trucks.

Contraportada de mi propio álbum. El mordisco de Zappa se observa en la parte superior derecha