24.8.16

Robert Glasper, Experimentos con Caviar





Los Discos del Año. Enero
Black Radio. Robert Glasper Experiment


Este año el juego de las recomendaciones llega como las ráfagas inesperados del viento. Caprichosamente, presumiendo de libre albedrío. Como el frío de abril o la tenue lluvia de mayo mientras estalla la flor de cactus. Al ser la primera del año esta sugerencia llega ligada al complicado (socialmente hablando) año anterior. En 2012, a Robert Glasper le otorgaron el Grammy al Mejor Álbum de Rythm´n Blues por su extraordinario Black Radio. Una exquisitez sonora con etiqueta global. Quiero decir que el pianista tejano, desde hace tiempo, se ha aliado con los demonios del hip-hop, con las sutilezas del mejor rythm´n blues y las vocalizaciones más sugerentes, Erykah Badu, por decir algo. O Yasiin Bey, Casey Benjamin, por decir mucho. Vocoders al poder, una sección de ritmo abrumadora y alguna versión que otra sutilmente estilizada. Piedras preciosas en una autopista.
Ahora recuerdo que Glasper se me escapó vivo en uno de los festivales de Jazz en Albacete. Cuando ya estaba todo arreglado surgió el problema de nunca existir, ése que te arrebata la presa por no se sabe qué indisposición ni de quién. Oyendo Black Radio, incluso su Remix (ahora todos lo exhiben) maldigo aquella injerencia porque este es un formidable trabajo lejos de aquellos acústicos que practicaba en Barcelona a principios de siglo. No te lo pierdas.

Publicado originalmente en STONE el 22 de mayo de 2013.

22.8.16

Julian Maeso, el cazador de sueños




Aunque grabado y editado a finales de 2012, Dreams are gone es uno de los discos del año 2013. Un doble álbum soberbio. Uno de esos momentos lúcidos que agarran a un músico y no lo sueltan hasta que el producto está en calderas. Un largo y complicado proceso que llevó a Julian Maeso, el protagonista, a condimentar con tiempo, con todo el tiempo del mundo, un puñado de canciones con la minuciosidad de un artesano, del que aplica y acomoda notas musicales e instrumentos con la precisión del relojero: un ukelele por aquí, un cello por allá, ahí una slide guitar,  ahora remato con una nota de órgano Hammond... o un coro recién llegado de California... No, no fueron llamados por Julian pero juraría que en Will you be free suenan las voces de David Crosby y Graham Nash y toda la atmósfera que reunieron en aquel célebre álbum del 72, Southbound Train. Un disco americano, sí; Dreams are gone es un trabajo pensado en inglés, soñado en cualquier garito de la Haight Ashbury de San Francisco; recreado en los ambientes caseros, manchegazos, levantinos y a golpe de carretera de un rockero aplicado: Julián, Julián Maeso, el maestro del órgano Hammond en España.

Maeso, para recordar a despistados, procede de The Sunday Drivers, grupo toledano donde ejerció poderío con su par de monumentales armarios musicales, dos órganos Hammond, piezas de coleccionista, que su dueño cuida en casa como caballos de competición. Julian Maeso los arrastra por la carretera como el que viaja con una leona del Serengueti.  Llega a su destino, pide ayuda a los contratantes y entre unos cuantos bajan de la furgona la jaula con el animal. Luego agarra unos alicates y un soldador y pone el bártulo a punto para el concierto. Los altavoces Leslie suenan entonces como debieron sonar las trompetas en Nínive.
Luego de los Sunday Drivers, Maeso montó un grupo soul espectacular, Speaklow, al que vimos una venturosa noche en Albacete, en el desaparecido local Hi-Fi de la calle Carretas. Julian Maeso iba en aquel bolo de Booker T. Jones y esas cosas de negros. Magnífico para quien estuvieran en aquella inolvidable sesión. Luego llegaría la larga travesía del desierto con unos y otros (Sweet Vandals, M Clan) y hasta con algún parón forzado por las circunstancias. En esa época de flacas es cuando se gestó este monumental doble, haciendo buena la teoría que contamos algunos de que cuando la cosa coyuntural flojea suele dispararse la creatividad.

Dreams are gone se divide en dos partes, dos discos, en los que pudiera servir la tópica valoración de que uno es eléctrico y el otro acústico. No es exactamente así. Maeso utiliza el primero álbum  como una  sincera declaración de principios rock abundando en una extraordinaria exhibición del género tal como se entendió en sus orígenes californianos, costa oeste americana, con todo lo que conlleva de blues y mítica sonora. Para empezar,  el tema  A Hurricane is coming lo utiliza como un punzón que abre la caja de los truenos, lo que se va a escuchar a lo largo de los siguientes nueve temas, una exhibición de estilo y fuerza a la altura de bandas míticas o de sensaciones actuales como Endless Boogie. La coral utilizada ya prepara también todo lo que llegara después. Inmenso. Lo corrobora rápidamente en Who need´s what, o cómo repasar todos los códigos del rock and roll en tres minutos. Maeso lo hace con su voz apagada, carrasposa, como baqueteada y maltratada por la carretera y los humedales. Así lo hacía Nils Lofgren, por ejemplo, en su álbum Cry Tough del 76, antes de irse con Bruce Springsteen como segundo guitarrista. A mi aquello me pareció colosal. También me recuerda a Gram Parsons con  Emmylou Harris de compañera en el GP del 73, como hace Julian Maeso con Maika Edjole o Susana Ruiz o Angie Sánchez. Estas canciones tienen todos los tics de Tom Petty y los Heartbreakers. Hay algunas, como Tears come from you, que no puedes pensar que haya sido grabada en España. Bárbaro el disco cañero.

El segundo álbum, el “acústico”, no es tal que así, ya lo hemos dicho, es más bien una escrupulosa y bien pensante selección de baladas realizadas con un gusto exquisito y el momentazo que pueda ostentar el mas fino gourmet de Sausalito. También lo hemos dicho: cuidado al mínimo detalle en la instrumentación (acordeones, slides, todos los matices hammond) y unos adornos vocales brillantes. Otra obra de arte donde surgen las comparaciones con el Dylan más ajustado a su mitificación (el de Blonde on Blonde), o el David Crosby más intenso. Bien, no es ninguno de ellos, es Julian Maeso, que durante un tiempo ha trabajado en casa (al loro), sólo o con amigos muy preparados para dejar una obra para la posteridad. Inédita en España, sorprendente, y que hará felices a todos los que, como yo, defendemos la lengua madre del rock and roll y sus orígenes.

Publicado originalmente en STONE el día 13 de noviembre de 2013.

En Facebook:
 https://www.facebook.com/julian.maeso.1

21.8.16

Ray Davies, The Joker.




Ray Davies visita España este verano para actuar en Jazzaldía (San Sebastián) y La Mar de Músicas (Cartagena)



Arthur or the Decline and Fall of the British Empire fue una de las tantas crónicas en las que Raymond Douglas Davies (Londres, 1944) retrató satiricamente el establishment londinense. Por aquel entonces, 1969, el cantante y compositor de  The Kinks era ya un consumado cronista de la villa, una especie de bufón del reino que cada mañana se despertaba con una historia distinta basada en hechos reales. En aquel chisme sobre Arthur, Ray Davies se había inspirado en concreto en su cuñado Arthur Aning, un pobre hombre que pretendiendo haber sido alguien en la vida había acabado su carrera como instalador de alfombras a domicilio, emigrado a Australia y llevándose uno de los tesoros más preciados de los hermanos Davies, su propia hermana Rose: “Arthur vive en un suburbio de Londres, en una calle llamada Shangri-La -otro pelotazo de los Kinks-, con un jardín y un coche y una mujer llamada Rose y un hijo llamado Derek...”, comenzaba aquella cantinela hasta acabar en una triste y decepcionante desventura de perdedores.

Antes, en los tiempos de Dedicated follower of fashion (1966) Davies ya era una especie de charlatán al que “solo le faltaba intervenir en el Speakers Corner de Hyde Park”, en palabras de su hermano Dave Davies. El conjuntero burlón cantaba idas y venidas de la policia londinense en pos de aquel increíble desfile de personajes fantasmales, de prototipos y colores, de exhibiciones y provocaciones, de cánticos y alabanzas en el museo de la moda británica en que se había convertido aquellos días el patio más famoso de Londres, Carnaby Street:





He thinks he is a flower to be looked at,
And when he pulls his frilly nylon panties right up tight,
He feels a dedicated follower of fashion.
(“Él piensa que es una flor para admirar/ y cuando tira de sus bragas de nylon con volantes/ se siente un fanático de la moda”)


The Kinks o Ray Davies, tanto da, fue una de las bandas verdaderamente influyentes en las personas de aquellos años, pongamos que hablamos de mi y de 1963 en adelante. Esencia elemental de la llamada British Invasion, como se conocía al movimiento musical predominante en Estados Unidos hacia mediados de aquella década cuando grupos de rock and roll procedentes del Reino Unido alcanzaron altas cotas de popularidad a raíz del éxito de The Beatles.

Todos estos grupos estaban descaradamente influenciados por el rock and roll, el blues y el rhythm & blues americanos. Quizá, en realidad, eso era lo único que remotamente podía forzar confrontaciones de gustos y fidelidades, porque no existía confusión alguna, al menos para mi, en cuanto a la peculiaridad de cada una de aquellas muy jovenes bandas, Kinks, Beatles, Rolling Stones, Who, Spencer Davies Group, Pretty Things, Animals..., todos manejaban las mismas bases de inspiración, pero todos eran distintos entre sí. En aquel post-adolescente desfile a la gloria, el cuarteto de Ray Davies (Dave Davies su hermano a la guitarra solista, Pete Quayfe, al bajo y Mick Avory en los tambores) eran autoridad, asunto serio, manejando un amplio paquete de canciones absolutamente ejemplares, fantásticas, todas a la altura del mejor repertorio de cualquiera de los nombrados y con el halo venturoso de un Ray Davies en permanente estado de gracia.

The Joker

Insolencia, extravagancia, provocación, un comediante empeñado en describir la decadencia del histórico imperio británico ridiculizándolo continuamente en sus avispados e incordiantes relatos.
De aquel dislate antisistema tampoco se salvarían los americanos quienes rápidamente les prohibieron la entrada a aquel continente pacato y reaccionario después de algunas “faltas de respeto” que el cuarteto había regalado en su primera incursión yankee.

Tampoco nos salvamos nosotros, los ignorantes españolitos de la época, aquella adolescencia preservada de vanguardias y abandonada a la suerte de un salvaje militarismo eclesiástico que imponía sus desprecios cada vez que alguien abría una ventana al exterior.

Es absolutamente deslumbrante la crónica del guitarrista Salvador Domínguez sobre la primera visita a España de Ray Davies y sus chicos reflejada en su libro Bienvenido Mr. Rock... Los Primeros Grupos Hispanos 1957-1975. El que fuera martillo de Los Canarios, entre otras bandas históricas nacionales, relata en la voz de testigos presenciales y compinches de bolos como fueron recibidos los Kinks en 1966 en Madrid. Ocurrió en un “mugriento puticlub”, contaban, de la plaza Tirso de Molina, el Paladium de Cristal, después rebautizado como Yulia, actuando junto a dos grupos nacionales Los Silver´s y Micky y los Tonys quienes al parecer alentaron a sus respectivas pandillas de fans y colegas a boicotear la actuación de los Kinks (no me preguntéis a santo de qué). Después de la irrupción apoteósica de la banda británica con un You really got me que calló todas las bocas, a Ray Davies no se le ocurrió otra cosa que sacarse un moco de la nariz e hizo ademán de lanzarlo a la primera fila, detalle que automáticamente convirtió el local en una batalla campal indescriptible. Aquella noche Los Kinks sólo cobraron en empujones y escarnios. España estaba en trance.

El sarcasmo de Ray Davies y su exagerado refinamiento victoriano de aquella época quedó diluido en la espuma de los días, como las masas equivocadas de Boris Vian. No así su proverbial hiperactividad, con estrenos teatrales representados en los álbumes Preservation (la crónica de una revolución social); libros de memorias, X Ray (1995); arreglos orquestales para corales; alguna película no estrenada (Starmaker, para Granada Televisión); documentales sobre Kinks; apareciendo regularmente en festivales conocidos como en Glastonbury y Meltdown o el Voodoo Experience estadounidense. Participó además en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres, en 2012, cantando Waterloo Sunset, una de sus composiciones históricas.

Discográficamente su última entrega ha sido una revisión del antiguo repertorio Kink en See my friends (2010), donde abre la mano y el estudio de grabación a sus admiradores de toda la vida que rinden pleitesía al burlón de burlones, al juglar de aquellos sueños donde empezaron a forjar cada uno sus proyectos... Bruce Springsteen, un decir, o Jon Bon Jovi, Richie Sambora, Jackson Browne, Metallica (You really got me), Black Francis en This Is Where I Belong y hasta el inovidable Alex Chilton que poco antes de quedar con Jimi Hendrix para unas copas tuvo arrestos y garganta para cantarse con Ray Til The End of the Day, uno de mis recordados llantos infantiles.

Cuando vinieron a España en 1966, antes de la bronca del Paladium, la prensa especializada española de entonces, los chicos de la revista Fans, le hicieron una original pregunta:
¿Te gusta la canción protesta?, ¿Cuál es tu canción protesta favorita?
Ray Davies contestó “Blue Suede Shoes”.

Ray Davies actuará el domingo, 20 de Julio de 2014 a las 20:00h en La Mar de Músicas.Auditorio Parque Torres de Cartagena y en el Escenario Verde de Jazzaldía el 23 de julio a las 21,30h









Publicado el Viernes, 30 de mayo de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24

Sir Mick Jagger: Vida y costumbres de su satánica majestad


Se publica en España la esperada biografía de Mick Jagger

El escritor británico Philip Norman no encontró ninguna colaboración en el cantante de los Rolling Stones.

Philip Norman
Mick Jagger
Anagrama, 2014
592 págs. 28,95 €

"Me alegro de estar aquí...”, “ Bueno... me alegro de estar en cualquier parte, ¿entendéis?". Keith Richards suele hacer este chiste vistoso y condescendiente en esos seis minutos de gloria que su antaño buen amigo y camarada Mick Jagger le deja disfrutar sobre el escenario en los últimos conciertos de los Rolling Stones, esos en los que el contador de la  caja registradora de la empresa Stones por Cojones se dispara y en el entarimado del teatro pulula una tribu completa de cromañones apurando las notas de lo que queda del mejor y más antiguo rythm´n´blues de la historia. Anécdotas como ésta las cuenta Philip Norman en su esperada crónica biográfica de la más grande estrella del rock nacida, Sir Mick, como suele llamar el autor a lo largo del relato a Michael Philips Jagger (Dartford, Kent, Inglaterra, 26 de julio de 1943), líder y cantante de los Rolling Stones.

Me gusta  la comparativa conceptual que hace Philip Norman sobre los brillantes gemelos del rock (The Glimmer Twins) como Sir Mick autobautizó su amistad por entonces inquebrantable (eran los tiempos del Rock and Roll Circus) con Keith Richards, “tácito reconocimiento de lo extraordinariamente unidos que estaban”, corrobora el autor de la biografía.

Norman sitúa a Keith en una tradición de trovadores infinitamente creativos, muy por encima de la media, que “se remonta a Django Reinhardt y a Blind Lemon Jefferson y continúa con Eric Clapton, Jimi Hendrix, Bruce Springsteen -y dos emociones personales que a mi particularmente me repelen- Noel Gallagher y Pete Doherty”. “Jagger, en cambio, es la figura seminal de una nueva especie a la que se ha dotado de un lenguaje que nadie podrá mejorar”, dice.

Para hacerse mejor entender, el autor nombra a Jim Morrison de The Doors como único vocalista comparable al cantante de los Stones en personalidad y trato con el micrófono: “Morrison lo acunaba suavemente como a un pajarillo asustado en lugar de blandirlo como un falo que es lo que  hace Jagger”. Cita a Rodolfo Valentino, Nijinsky, Nureyev, como iconos sexuales comparables a Sir Mick y en esas el autor divaga sobre “el abundante banquete carnal” disfrutado a lo largo de toda una vida, aún envuelto en esa cara donde las arrugas se trastabillan con las arrugas.

ARTILLERÍA INFORMATIVA

Es de destacar la portentosa artillería informativa que el autor exhibe en esta biografía no autorizada (“huelga decirlo”, afirma Philip) toda vez que Mick Jagger no respondió a ninguna de sus peticiones formales a través de colegas cercanos al cantante, columnas publicadas en semanarios avisando del trabajo, llamadas y peticiones personales e incluso una reputación importante del autor en el mundo de las biografías editadas, en muchos casos sobre gente muy cercana al cantante como había ocurrido recientemente con  la dedicada a John Lennon, The Life (2009).

Nada. Mick Jagger no se dio por enterado. “He tenido que escribir una obra de investigación y reconstrucción basada en las fuentes que he ido encontrando a lo largo de los treinta años que llevo escribiendo sobre los Stones y los Beatles", confiesa en el prólogo el autor. Claro que en esos treinta años escribiendo sobre los Beatles y sobre los Stones en su archivo personal aguardaban las entrevistas propias realizadas al mismo Jagger y a Andrew Loog Holdam, Marianne Faithfull, Keith Richards, Bianca Jagger, Anita Pallenberg, Bil Wyman, Ronnie Wood, Eric Clapton, Alexis Korner, Giorgio Gomelsky y muchos más, lo que es como decir la historia legítima de Sus Satánicas Majestades.

La verdadera fuente de información está en la complicidad de un desfile increíble de personajes domésticos

Aunque la verdadera y llamativa fuente de información la consigue el autor con la complicidad de un desfile increíble de personajes domésticos que van desde cocineras, criadas, camareras, familiares, familiares de familiares, secretarias/os, periodistas, colegas de la infancia y adolescencia y, sobre todo: soplones, un ejercito de soplones estrategicamente distribuidos en estudios de grabación, organización de festivales, rodajes de películas, documentales, colaboradores musicales, productores, vecinos de mansiones, antiguas novias y mujeres, groupies de una noche, albañiles, carpinteros, investigadores privados y hasta un par de bobbies, los que esposaron a Mick y a Keith en aquel farragoso asunto de drogas que acabó en 1967 con los dos compinches, los gemelos, en la trena. Sí, bien puede presumir Norman de amigos y confidentes.

Así, Mick Jagger (editorial Anagrama, junio 2014) es una esplendida biografía. Una completa semblanza histórica del artista (Norman dice-que-alguien-dijo-que sus labios podrían "absorber un huevo del culo de una gallina") a la que no le falta detalle, si acaso le sobra, según pensará Sir Mick cuando lea, por ejemplo, por qué no se publicaron las memorias de Jerry Hall anunciadas para un día antes de su anulación (para respiro de Carla Bruni entre otras damas) o más de una controversia con otra de sus mujeres, Marsha Hunt; ejem, la crónica rosa de este Adonis podría definirse como una gran mentira, un juego de infidelidades vitalicio, la celebración suprema de las vanidades.

Consciente de ello el autor determina llevarte al corazón de una historia superlativa, superfashion y claro, de superhéroes musicales. La biografía por tanto es un compendio histórico donde todo cabe: el blues y Elmore James; Andrew Loog Oldham o cómo hacer famoso a un grupo de jovenzuelos en un pis-pás: “Que salgan feos y desagradables”, ordenó al fotógrafo que les inmortalizó en su primer retrato oficial; Brian Jones, primer líder oficial de la banda y posteriormente defenestrado y ninguneado por algún que otro exceso (¿?); el detalle de la camiseta que debía ponerse en Wembley; la increíble familia de Marianne Faithfull; perfeccionar su dueto con Solomon Burke en 'Everybody need somebody to love'; aparcar la limousine en la esquina para que no le vean con la compañera de la hija de Charlie Watts; su gradual y escalonada separación de Keith Richards...

Este libro es la historia completa de Jagger el autodiós, enfrascado en una salvaje agrupación musical compuesta de personajes básicamente subversivos, arrogantes, autoindulgentes, histéricos, paranoicos, violentos, vándalos y maliciosamente alegres: The Rolling Stones y él, Mick Jagger, interpretando a un coloso griego hecho y recreado a si mismo como un atleta campeón. Un narciso al que le sobran las personas... y las horas... “A Mick le importa un bledo lo que pasó ayer. Lo unico que le interesa es el mañana”, asegura ahora tajante Charlie Watts.

Philip Norman se desahoga y poco menos que escribe su propia vida, fronteriza a la de los Stones como antes lo había hecho con los Beatles (Shout!, 2005). Por cierto, Norman saca a relucir una relación más estrecha de la ya conocida entre una y otra banda (una pretendida fusión comercial en 1968 de las dos bandas bajo una firma ideada por Sir Mick y bautizada como Mother Earth) con detalles hilarantes cuando se trata de relaciones familiares comunes. En este capitulo de curiosidades y estrecheces la lectura del libro se desboca algunas veces con el consiguiente peligro de alimentar morbosidades rosáceas. Demasiados años en el alambre, demasiadas personas triviales, episódicas, incidentales...

No. Como les auguraba el periodista británico Nick Cohn en el año 1969, los Rolling Stones no solo no tuvieron el decoro de morir en un accidente de aviación tres días antes de cumplir los treinta sino que fueron mucho menos elegantes sobreviviendo en los escenarios de medio mundo hasta muy entrado el siglo XXI enarbolando la quimérica bandera del bluesman  Robert Johnson en un no menos utópico cruce de caminos.



Publicado el Jueves, 12 de junio de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24 y publicado igualmente en la revista cultural El Cuaderno, el Miércoles, 18 de junio de 2014



20.8.16

Medesky, Scofield, Martin y Wood de nuevo en estudio

Los discos del año 2014
Noviembre: Juice de MSM&W


El cuarteto se refresca con Juice, su nuevo disco



Ocurrió mucho en los sesenta. Artistazos de tronío jazzístico que habían manoseado los límites de la gloria en muchos casos rebasándola sobradamente se permitían de vez en cuando el acomodo de unas tardes de cerveza y divertimento en el estudio de grabación jugando con versiones conocidas del pop, del rock o de los clásicos europeos (Debussy, Satie, Chopin, Mozart, claro). El resultado era de un atractivo inmediato, como helado de frambuesa entre chocolate hirviendo y eso se tradujo rápidamente en ventas. Por ejemplo, Count Basie descubrió que grabando un disco con su orquesta canciones como Penny Lane ganaba más dinero en una jugada, una edición, que cualquiera de las lecciones magistrales que pudiera ofrecernos de vez en cuando con su combo de Kansas City.

Y Wes Montgomery, el guitarrista, que me sugirió estas reflexivas ligerezas, igual. A mí me acercó mucho más al jazz el álbum A day in the life del 67 (otra vez los Beatles) de Montgomery que cualquier otro que hubiera grabado el guitarrista anteriormente aunque se tratara, un suponer,  de ese manual de conservatorio que resultó ser While We´re Young, aquel doble del 61, donde ejercían magisterio Tommy Flanagan, Percy Heath, Hank Jones, Ron Carter, Barretto y otros. En A day in the life había unas cuantas canciones de serie B ('Angel', del propio Wes, 'Windy' de los californianos Association, 'The Joker', de Sergio Mendes) que aquellos días de adolescencia sesentina acuchillé lo suficiente en mi fragil pick-up hasta tener que volver a comprarme el disco otra vez (era lo que tenían aquellos chalados vinilos con sus locas agujas de microsurco).

Esa “promo” del gran Wes me llevó al banquete del 61 que antes contaba; como el Memphis Underground del 69 de Herbie Mann, con Larry Coryell interpretando éxitos de la soul music: aún lo pincho en los guateques; o como el Mellow Madness del 73, de Quincy Jones o muchos de los que lanzó el sello Impulse! en los sesenta con Lionel Hampton, Clark Terry, el propio Count Basie, Ben Webster y todo el ejercito de Asistencia Sanitaria a Corazones Salvados de la Vulgaridad. Ya tú sabes.

BAÑADOS EN MÖET
Cuento toda esta parábola para llegar a Juice, el nuevo disco de un singular cuarteto que comenzaron buscándose para una sidrina y acabaron bañados en Möet & Chandon: John Medesky,  Billy Martin, Chris Wood y, ahí estaba el detalle, John Scofield, guitarrista de jazz como tarjeta de visita y machaca de todo lo machacable en el funky-jazz más reconocible (Billy Cobham, George Duke, Herbie Hancock... Miles Davis). Sí, ya sé que no es muy original, pero aquí también se puede incluir la retórica de “Dios los crea y ellos...”, aunque también es cierto que sus primeros impulsos, los de la sidrina, estaban conectados al funk, género que entusiasmaba a cualquiera de los cuatro, especialmente al guitarrista. Para el trío, tocar junto a John Scofield quiero pensar que suponía haber llegado a lo mas alto de sus aspiraciones, o sea, haber traspasado la peligrosa vía de la experimentación y haber sobrevivido; haber salido indemnes y con nota.

“Respiremos”, dijo Billy Martin, “Jugemos más”, propuso Chris Wood, “Llamemos a Scofield” sentenció John Medesky. “No, les llamaré yo antes”, se adelantó John Scofield y nació A Go Go (1998), diez temazos del guitarrista de un genuino sabor a funkadelia que puso al trío como motos. “En adelante, ya nada será igual”, pensaron los tres.

Después de alguna otra experiencia conjunta francamente previsible aparece ahora Juice, un jugo de frutas tropicales con especial efluvio de cachaza, lima, azúcar y mojito caribeño, todo con mucho hielo y salpicado de continuos guiños al diccionario funk. No es latin-jazz, ni tampoco bossanova, pero son las dos cosas, el Caribe en Ipanema. Se resumiría el estilo general del disco en su tema inicial 'Sham Time', un viejo standard funk de Eddie Harris.

JARDÍN PARADISIACO
Nadie protagoniza nada, como ocurriera en anteriores aventuras pero todo huele a jardín paradisiaco. Natural: todos llevaron sus cuitas, sus creaciones, sus composiciones y todos quedaron de acuerdo en redoblar esfuerzos para arreglar tres glorias imperecederas, de esas que solicitas que se retuerzan entre tus restos inmolados: 'Light My Fire', de los Doors, 'Sunshine of Your Love', de Cream (dicen los quisquilosos que Jack Bruce no pudo resistir la emoción al oirlo)  y 'The Times They Are A-Changin'' del maestro Dylan, sin contar con el poderoso riff inicial de 'Louie Louie' en 'Juicy Lucy', un icono del popeo. Bueno, y de algún que otro detalle que destapa el apego de los músicos al buen gusto y el oficio de cada uno con su muñeco elegido.

Mmm... a mí me llama especialmente la atención el de Medesky con su B-3, sorpresivamente más contenido de lo habitual pero aún así atómico, sideral, magnífico. Tiene especial relevancia en su conjunto la versión del tema de los Cream, evidentemente muy disfrazado pero con la gracia especial del reggae clásico; vamos, que el inicio lo firmaron hace mucho UB40 en 'Madam Medusa'. A estas alturas ya te habrás percatado, querido lector, de que estamos ante un producto muy a mano, nada trascendente ni rimbombante pero ejecutado con una precisión relojera y un brillo espectacular en la sección ritmica: ¡Billy Martin y Chris Wood desinhibidos! Por no hablar de la naturalidad en teclados y guitarra de sus colegas mas afamados; bueno, perdón, el tratamiento “Wes” que le da John Scofield a la guitarra en 'I Know You' solo puede calificarse de sublime (lo mejor del álbum), a la altura de la intimidad expresada, como un guiño fraternal, una caricia, un arrumaco, ofrecido en la versión dylaniana de esos tiempos que van a cambiar.

Vaya, Juice es un disco para divertirse a la par que emocionarse. Lo incluyo desde ya en mi repertorio para el próximo party en que me pidan que pinche.



Publicado el Jueves, 31 de octubre de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24

Derrick Hodge, el jazz de pasado mañana


Live Today, una inmejorable carta de presentación

Los discos del año 2014
Enero. Live Today, de Derrick Hodge




Live Today es un discazo, una sutil exquisitez que abre todo un desfiladero de esperanzas sonoras para los próximos 20 años. Este muchachote de 34 tacos hecho en escena en los brazos de clásicos como Terence Blanchard, o últimamente de piezas ornamentales del calibre de Robert Glasper, Maxwell o Jill Scott ha grabado el disco perfecto. Ése que tantos persiguen y pocas veces sucede. Mucho más dificil cuando significa el primero de tu carrera. Derrick Hodge ha dado en el clavo con Live Today.
De carácter enciclopédico, el disco no suena pretencioso ni encopetado, ni mucho menos exagerado en las prestaciones de la formidable plantilla de escogidos ejecutantes sino sencillamente sensacional, quiero decir manufacturado, seleccionado y realizado con la sensación de lo natural “porque el mundo me ha hecho así”.


Hodge, bajista criado entre bajistas, después de una larga travesía como sideman de lo más interesante y heterogéneo del jazz actual ha consultado con los astros y creído ineludible que llegara su hora. Resabiado de grabaciones, colaboraciones y conciertos ha escogido un montón de piezas medianamente hilvanadas, cada una de su padre y de su abuela y las ha llevado al estudio para que la selección mundial del nuevo jazz las modelara, las ajustara, las engominara y les echara el último polvo facial.
Así, precisamente de esa manera, con ese mismo patrón de trabajo, un día, hace muchos, muchos años, llevó  Miles Davis al estudio de Columbia en la calle 30 de NYC el santo grial del jazz: Kind of Blue. No digo que Live Today pueda ser comparado ni confrontado con la joya de las joyas, digo que Derrick Hodge ha elegido la misma fórmula de incubación y ésta le ha salido reinona.
Sólo el comienzo ya guarda uno de los mejores riffs de la nueva historia del jazz (no sé si esta gente tan moderna le llamará así a lo que nosotros conocemos como “dale que te pego”). The Real es francamente soberbia. Una exhibición de originalidad y encantamiento donde todos intervienen creando el ambiente festivo que luego aparecerá de vez en cuando a lo largo del formidable repertorio del disco. Las piezas cortas, delicadas, (Table jawn, Rubberband, como guiños que anteceden al desparpajo, a la recreación; Night Visions al espectacular final), las apariciones estelares de Robert Glasper en la preciosidad que titula el álbum, la vida hoy amigos, con el batera Mark Colemburg que ya tiene ganado nuestro cielo, ése donde sólo reposan los dioses e incluso la aparición estelar del también bajista y guitarrista Alan Hampton en Holding Onto You. Hampton aparece en muchos discos de jazzistas actuales y con personalidades como la impecable  Gretchen Parlato. Aquí simplemente se canta una acústica de un extremo lirismo quizá como queriendo Hodge globalizar  al máximo el contenido del disco porque antes habrás escuchado al rapero Common y los jugueteos con cucharillas y tazas de café de Chris David. En fín, los saxos de Marcus Strickland, el vocoder de Casey Benjamin, más teclados de James Poyser, etc., lo que se dice un desparrame.

Yo creo que Live today es un disco premonitorio. Avisa del nuevo jazz que cada vez escuchamos con más frecuencia. Los conciertos este verano de Esperanza Spalding, Robert Glasper (con Derrick Hodge en la banda), los discos de Next Collective, Marcus Strickland, Keyon Harrold, Phil Ranelin... la preponderancia del hip-hop cambiando cromos con el fogueado be-bop ahora que ya hemos pasado el obligado relevo de ambas tendencias afroamericanas (adios al blues) no sin habernos tragado algún que otro bodrio... los cantautores, ya ves tú,  como Alan Hampton que se suman a la fiesta y esos sonidos de bajo a lo Jaco Pastorius (¡ése si que fue premonitorio!) de Ben Williams o el propio Derrick Hodge, todo ello va dibujando la música en este siglo XXI que avanza inexorablemente sin que siquiera tengamos tiempo a reparar en ello.

Mientras haya discos como Live Today, por mi podemos saltar ya a otro siglo.

Publicado el Viernes, 11 de abril de 2014 en Más24, suplemento cultural del diario digital Asturias24

Eric Burdon, o cómo respirar la gloria




El chico atesoraba el vozarrón de un frutero de mercado, de un estibador portuario acostumbrado al canto de los precios en la lonja, un tono adusto, de cartero de barrio; guardaba en su carácter la mala baba del suburbio y en un ruinoso maletín los discos de Elmore James, Ray Charles y Bo Didley que algún marinero había traído de la joven América desperezada y, lo que es más importante,  el chico tenía la edad apropiada para escabullirse cuanto antes de aquella barriada de laboriosos obreros de Newcastle; en 1963, el joven Burdon no tuvo otra alternativa que organizar un conjunto musical para disfrutar de la vida y no perdió el tiempo. Junto a otro amigo más curtido en partituras, Alan Price, organizaron The Kansas City Five que posteriormente entroncarían en The Animals, una de las formaciones emblemáticas de aquel despertar británico de los años sesenta. La que otorgaría entonces la dosis necesaria del mejor rythm´n blues europeo, junto a unos mozalbetes de la capital del reino llamados The Rolling Stones.
Eric Burdon se ha movido así toda su vida, a fuerza de impulsos puntuales, capaces de cambiar sus músicos según crujía el viento, también a fuerza de gritos, cuchicheos, discursos multiraciales, proclamas antibélicas, crónicas diarias que salían de una garganta que no conocía el límite del registro y, todo hay que decirlo, de un gusto exquisito por el repertorio que le servían sus compañeros de batalla sin que, salvo excepciones nada numerosas él tuviera algo que ver con el noble arte de la composición. Dios no le dio ése don. Burdon cantaba lo que le echaran y el bocado siempre era bueno.

The Animals
Cuando The Animals tuvieron su primer gran éxito, The house of the rising sun, la canción ya había aparecido un año antes en el primer álbum de un joven judio que había sorprendido a todos en el barrio elitista de Nueva YorK, el de Greenwich Village. Sin embargo el arreglo que hizo el pianista Alan Price y el riff inolvidable del guitarrista de The Animals, Hilton Valentine, no tenían nada que ver con aquella versión anterior de un embrionario Bob Dylan. Más bien era una adaptación tradicional facilitada por el folclorista neoyorquino Joss White que supo leer impecablemente en clave electrónica Alan Price. Eric Burdon bordó el regalo, entronizó aquella vieja copla y ya nada fue igual en la vida del joven cartero de Newcastle. En We´ve gotta get out of this place, Burdon suelta sus primeras arengas: “Mi padre ha estado trabajando como un burro, como un esclavo toda su vida. Aunque sea lo último que hagamos, tenemos que salir de este lugar, hay una vida mejor”. Las canciones de aquellos primeros años dejan poco hueco en el macuto que uno guarda para siempre en la historia del r&b blanco: Baby let me take your home, Boom boom, Don´t let me be misunderstood, I´m crying, y los compositores de algunas de ellas tampoco: John Lee Hooker, Chuck Berry, Fats Domino, Sam Cooke, Ray Charles...

portada de Everyone Of Us
Cuando todo parecía indicar que el chico listo, Alan Price, lideraría una banda con fundamentos musicales francamente asentados surgió el rocoso jornalero con proyección pública, Eric Burdon, leyendo, voceando, la crónica de cada día. Price lo dejó por imposible y Burdon se hizo el amo del proyecto Animals. Contra todo pronostico cambió a los miembros de la banda, alguno de ellos, el bajista Chas Chandler, excesivamente distraído con un colosal guitarrista que había descubierto en el café Wha? de Nueva York (Chandler se había hecho manager de Jimi Hendrix). Burdon montó otro bandón, pero esta vez con músicos de élite: los guitarristas John Weider y Vic Briggs, el batería Barry Jenkins, el bajista Danny McCulloch y el teclista George Bruno (Andy Summers, posteriormente en The Police, sólo estuvo una pequeña temporada, como muchos otros), puras joyas de estudio. Lo que vino después fue un listado de canciones que pasarían, cada una, a la historia como el gran legado que aquel bracero de barriada dejó para el resto de nuestros días: Don´t bring me down, Inside Looking Out, Good Times, Sky Pilot, When I was young, el formidable álbum Everyone of Us (1967) y los impagables reportajes de San Francisco, ciudad de la costa oeste americana donde la llamada del nuevo mundo y la lejana utopía del amor supremo habían hecho callo y morada en el cantante. San Francisco Nights y, sobre todo, Monterey fueron las más significativas: “Ravi Shankar me hizo llorar, The Who explotaron en fuego y luz, la música de Hugh Masekela era negra como la noche; todos cuentan el vuelo de Grateful Dead, y Jimi Hendrix, baby, créeme, puso el mundo en llamas”, contaba Burdon en Monterey, una crónica desde el lugar de los hechos del histórico festival donde Hendrix quemó públicamente su guitarra en plena paranoia de Wild Thing.

Eric Burdon & War
A Eric Burdon aún le quedaba otra bala de plata en la recámara, la que le llevaría directa, y literalmente, a la Guerra. En realidad, el cantante sólo obedeció a su instinto natural después de haberse criado en Newcastle escuchando solo discos de r&b, solo voces negras, únicamente el latigazo de los grandes, Elmore James, Willie Dixon y demás glorias del sur americano. Su siguiente proyecto sería asociarse con aquellas gentes y autonombrarse The Black Man: él sería The Black Man, líder de un grupo, War, que había entrado a saco en los nuevos sonidos negros de los setenta, el funk y que ya eran conocidos entonces por sus reivindicaciones raciales, miel en el panal. Sólo dos grabaciones de estudio protagonizaron aquella exótica aventura, Eric Burdon declares War y The Black Man´s Burdon. Dos excepcionales documentos del mejor Burdon que no le sirvieron para perpetuarse en el estilo. Eric Burdon se cansó pronto del capricho y emprendió la sinuosa carrera del abandono y la California Way of Life. Cuando quiso recuperarse de los excesos ya era mayor, ya estaba preparado para los revival, para refrescar memorias o para editar obras menores. Con aquellos diez años vividos (1964-1974) uno puede estirarse toda una vida. Además, en Londres, su país de origen, ya estaban en la calle The Sex Pistols.



Publicado en El Cuaderno, Revista Mensual de Cultura. Número 47. Julio-Agosto 2013. Gijón (Asturias).

19.8.16

Jason Moran, un canto alegre por Fats Waller



All Rise es el nuevo disco del pianista tejano dedicado a la gran gloria de Harlem

Sólo viendo a Fats Waller cantando y dibujando en la pianola del café de la noche aquella canción, Ain't Misbehavin (Stormy Weather, el cine de 1943), uno puede entender cómo esa sensación mezclada de alegría, armonía y liberación podía tener la potestad de cambiarte la vida y mutarla inmediatamente en sueños y fantasías: arrojarte en picado a la vorágine de la música y las despreocupaciones, sin más.
Thomas Waller, el gordito equilibrista de la ginebra y el humor, tenía esa facultad como su compañero generacional Louis Armstrong, ambos maestros ostentosos del mejor jazz que se haya disfrutado jamás, he dicho `disfrutado` en la máxima extensión y significado de la palabra. Fats Waller utilizaba el piano como una prolongación de sus cejas, siempre abiertas a la sorpresa, al chiste, al piropo y a la formidable batalla del swing más vaporoso. 

Fats Waller
Al mafioso Al Capone, de Chicago, le gustaba el rollo que se llevaba Waller con la gente, utilizando otro tipo de munición que no fuera su querido subfusil Thompson: Un piano.
Fats Waller estuvo escondido toda una noche en una cloaca huyendo de los hombres de Al Capone que habían ido a buscarle al local de Chicago donde descargaba sus chirigotas. A la segunda andanada del pope de la mafia no se escapó: uno de aquellos pillos le puso una pistola en su oronda tripa y fue invitado a acompañarles a otro local nocturno donde esperaba el jefe del hampa. Fats Waller siguió tocando en exclusiva para Al Capone durante un tiempo. Dice la leyenda que aquellos días tampoco dejó de sonreír. Increíblemente, Thomas Waller murió de neumonía el mismo año que rodó la inolvidable película Stormy Weather, en 1943, a la tempranísima edad de 39 años. Viéndole faenar en aquel café de película, con Lena Horne, Bill Robinson, Cab Calloway o los hermanos Nicholas cuesta trabajo creer que muriera ése mismo año.

LA OFERTA
Es el asunto que nos ocupa que al joven pianista tejano de 40 años Jason Moran, distinguible por su extremada querencia al virtuosismo, a la experimentación y a no darle nunca la espalda a nada que signifique riesgo y nuevas emociones le solicitaron el pasado año a través de la fundación Harlem Stage un caramelo de frambuesa difícil de rechazar..., un homenaje a la memoria del gran bufón del swing, Mr. Waller, el excelso e irreprochable pianista Thomas Fats Waller, donde no debiera de faltar ni una de sus mejores composiciones o temas utilizados en su extremada y corta carrera. Un marroncillo con lecturas desviadas que grabaría y editaría Blue Note, sello discográfico conocido, ya se sabe, como la biblia en pasta del jazz.

Bien, hay que decir cuanto antes que no fue casual la elección de Jason Moran como protagonista de ése merecido homenaje al gran Waller. Sin, por supuesto, abrir ningún tipo de comparación con nuestro héroe de entreguerras a Jason Moran le une con la historia del mítico pianista un sentido del humor cristalino que exhibe sin fisuras en las presentaciones de sus shows y, ya lo hemos dicho, una sangre fría extraordinaria para meterse en berenjenales importantes como sus acercamientos demoledores al free jazz o a homenajear igualmente a otra leyendas como Thelonious Monk o Jimi Hendrix en Ten (2010), uno de sus álbumes más celebrados, más trabajados y más arriesgados.

JUGUEMOS CON FATS WALLER

All Rise (2014), el disco en cuestión, es, porqué no decirlo sin tapujos, una virguería, un trabajo de encargo al que Moran ha llegado a cubrir de lazos multicolores en el empaquetado final, resultando una encantadora y Alegre elegía para Fast Waller, como ha querido subtitularlo, cabalgando al final de la grabación en una suerte de emulación adaptada al siglo XXI de lo que pudo ser otra de las múltiples juergas exhibidas por Fats Waller allá por los años treinta en el clásico Sheik of Araby/ I found a new baby: “Fats Waller era un provocador especial, como un actual MC”, apunta Jason Moran, “siempre me ha sorprendido que Waller, tocara el piano, cantara y mantuviera un comentario corriente de lo que sucedía a su alrededor, todo al mismo tiempo”


Le pone Waller al joven artista. Moran ha querido rodearse, como acostumbra, de figuras descollantes del nuevo jazz, ése que dibujan los zagales aplicados a las nuevas tecnologías y sonidos como por ejemplo Casey Benjamin el saxofonista y vocalista, experto en la utilización del viejo y renovado Vocoder en los directos, así como el batería Charles Haynes, el trompetista Leron Thomas o el invitado de lujo Steve Lehman, un saxofonista de nueva escuela que ya va dando codazos en reconocimientos y protagonismos. Vamos, parte del universo Robert Glasper al que Moran se ha acercado alguna vez en directos y grabaciones, como echándose ambos pulsos pianisticos por cual de los dos es más moderno y arriesgado. 

Pero sobre todo, el alma de este disco viene a ser, con Jason Moran claro, la exquisitez hecha voz, contrabajo y mujer de Meshell Ndegeocello, (¡babbbara!) a la que modestamente yo pediría que retomara su nombre original, Michelle Lynn Johnson o algo parecido, a fin de facilitarnos la labor a quienes somos admiradores y gustamos hablar de sus virtudes expresivas, de su ya extensa obra y nos atrancamos cada vez que la nombramos. Meshell sube un peldaño más la intensidad y diferencia con que Moran ha querido provocar a su vez la imagen de Waller contribuyendo definitivamente el pianista a la propuesta de nuevo cuño que plantea el viejo repertorio de Fats, acariciando continuamente el piano eléctrico y aparcando deliberadamente el acústico para momentos muy puntuales. Desde luego, esta obra no es admisible, imagino, para algunos puristas, pero yo lo veo de otra forma entiendo que más rica: A partir de ahora hay otro puñado de versiones de aquellas glorias evocadoras (fíjate Honeysuckle Rose, Handful of Keys, Jiterburg Waltz o la misma Ain´t Misbehavin) que igualmente pueden acariciar los oídos y recibirlas como nuevos mensajes galácticos que nos regala el tiempo, casi un siglo después de haberse creado. Sólo puedo decir que el disco, All Rise, que por cierto produce Don Was y grabó y mezcló Bob Power (acordarsen de A Tribe Called Quest) es una barbaridad y también que adoraré de por vida a Mr. Waller.



Publicado el Jueves, 5 de febrero de 2015 en mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24.

18.8.16

Aquellos Sesenta...

LA MÚSICA QUE CAMBIÓ EL MUNDO



Lunes, 2 de marzo de 2015
Salón de Actos de la Fundación CCM. (Plaza de Gabriel Lodares). 18,30h.

Aluex presenta...
AQUELLOS SESENTA...
una evocadora y realista charla audiovisual de Juan Ángel Fernández
LA MÚSICA QUE CAMBIÓ EL MUNDO



El caldo de cultivo (1900-1960)
Los baladistas de tupé
El folk song y la música country
La explosión británica
El Rock and Roll negro: Soul
El pop américano
La revelación del blues
La reconversión del jazz
El verano de las flores
1969, aquel final feliz

17.8.16

Really the Music. Crónica musical de un siglo. Los Imprescindibles





Inspirado su título en el memorable documento literario del músico y crítico americano Mezz Mezzrow (Really the blues), el audiovisual Really the Music aborda un repaso a los personajes que a mi juicio han sido absolutamente imprescindibles en la evolución de la música contemporánea del siglo XX, desde Louis Armstrong hasta Miles Davis, pasando por Bob Dylan y Jimi Hendrix. Como es habitual dicha exposición irá acompañada de vistosas y en muchos casos casi desconocidas imágenes de los protagonistas.

Lunes, 25 de enero de 2016. 18:30h.
Salón de actos de la Diputación Provincial de Albacete
Organiza Aluex.

os espero.


14.8.16

Nueva York. Un asunto personal

Resumen de los artículos enviados desde la Big Apple al diario La Verdad de Albacete (2004-2008)




A las cinco de la madrugada, la ciudad descansa, pero Nueva York respira, es el murmullo del espectáculo que se oye delicadamente desde tu cama, un fondo sonoro difícilmente perceptible en alguna otra comunidad pero que aquí es algo consustancial con esta ciudad; a veces percibes ese susurro como si te estuvieras perdiendo algo importante. Nada, simplemente es Tomasina, la negrita del supermercado que duerme con su MP3 sobre la mesita de noche; Orlandito, el puertorriqueño, que está colgando su enorme camiseta blanca sobre la silla de su dormitorio; Mark Phillips, el broker del Equitable Building que duerme aún con la corbata a medio anudar y el móvil en estado de alerta perpetua o Steve Marchen, aquel estudiante madrileño de arte escénico, de padre americano y madre aragonesa, que nos sirvió a mediodía un guacamole estupendo en la taberna La Palapa Rockola del Village. Ahora debe descansar pero durante el día estudia cine e interpretación y se paga los estudios entre tacos y tequilas. En estos momentos todos son como las ardillas de Central Park, el espíritu de la Gran Manzana que descansa contando ovejitas. Y se oye. Claro que se oye.

Como se oían las ciento diez Harley Davidson que abrieron la 36th Annual Gay Pride March a lo largo de la Quinta Avenida. Una demostración orgullosa de gays, lesbianas, bisexuales y transgresores de todo tipo de asociaciones y países portando la bandera arco iris y precedidos por las bandas musicales de la policía de Nueva York y el admirado por estos lares Cuerpo de Bomberos. Estas y otras instituciones quisieron estar con sus compañeros en tan señalado encuentro. Por estar, entre cientos de participantes que desfilaban, estaba la senadora Hillary Clinton que saludaba sonriente a la concurrencia, rodeada de guardaespaldas. No era para menos, entre la calle 52, donde comenzó la comitiva y la calle 8, un breve paso por la Sexta y acabando en Cristopher Street, se dieron cita cientos de miles de espectadores (nadie se atrevió a dar cifras oficiales). Un vejete, ataviado con un impecable body negro, ligueros incluidos y unos zapatos de tacón largo y transparente decía que Nueva York es uno de los pocos sitios donde se podía decir libremente que se es gay, “estoy aquí por los que no pueden manifestarse en otros países”, comentaba. “No te digo ya casarse”, pensé, satisfecho, para mis adentros.

Ya comenté los veranos musicales de Central Park. Hace unos días me acerque a ver el concierto de Cassandra Wilson: impecable oye, impecable el sonido acústico de su banda, dos guitarras, contrabajo y percusión y exquisita la voz de la Wilson que dio un recital formidable de versiones arregladas de temas standars del jazz, Miles Davis, Jobim y esas cosas que gusta susurrar en sus discos. Clase, clase por arrobas y el ambiente sabiamente diseñado para retozar en la hierba del parque, la natural y la prefabricada para la ocasión.
Estos días se muestran en el MoMA, Museo de Arte Moderno de Nueva York que ya esta otra vez en Manhattan después de su periplo unos cuantos años en Brooklin, las fotografías de Lee Friedlander, uno de los grandes impulsores de la mítica cámara Leica. Friedlander fue un artista incomprendido en su época por su obsesión de hacer fotos extrañas, a base de sombras o rincones poco vistosos. Lo que nos muestra el MoMA son 500 de esas fotografías en las que, debidamente seleccionadas por materias, nos abre la autentica dimensión de este grande de la fotografía. A mi, la verdad, es que lo que mas me interesaba de él era su riquísima aportación al mundo del jazz y la música en general, que fue grande. Me comí una rosca, porque salvo unas cuantos retratos, impresionantes eso si, que saludan al visitante, John Coltrane, Miles Davis, Aretha Franklin..., el resto, de músicos nada. Una cosa por la otra.

Como la ciudad es un monstruo que devora calles y avenidas en el trasiego constante de gentes en su ir y venir del trabajo, observo una peculiaridad que me llama la atención de esta singular Babilonia: la mayoría lleva un portable de música, Mp3, disc-man o cualquiera de esos aparatillos mosquiteros que venden en las cientos de tiendas de Times Square, Chinatown o en el downtown, junto al río. Los ves ausentes en las calles, como en otro mundo, minimalistas de metro, si se trata de negros oyendo rap, canturrean y hacen aspavientos con los dedos ajenos al prójimo. En realidad son los otros sonidos de la ciudad, los que solo uno oye, a través de un pequeño cable o un audífono de ultimo diseño. Latinos, orientales, hindúes, brasileños que te preguntan entre tema y tema por Ronaldo y su novia casquivana, ejecutivos que devoran a Mahler en los atascos de los andenes. Están ahí, como si nada ocurriera a su alrededor y la verdad es que se libra una autentica batalla por el metro cuadrado de espacio, sea calle, sea luminoso (el semáforo) o la estación ferroviaria de la calle 14. Me cuadra con la ancestral historia que siempre unió a la música con el ferrocarril. Ya se escribieron libros sobre ello y muy buenos.

Nueva York, punto de encuentro

La distancia que nos separa de New York City es inmensa. Un océano. Un continente. Un mundo. En dinero: 800 euros la media, en un viaje de ida y vuelta. En avión: siete o más horas engatillao en el asiento, si andas con transbordos....
Pero New York está más cerca siempre de lo que nos creemos. Sus calles, sus avenidas, sus buildings, su música, sus galerías, sus espectáculos, habitan todos los santos de los dias en nuestra agenda personal. Alguien te ha dicho que Chinatown es un hervidero de puestos callejeros donde cualquier monstruo marino nada en acuarios cochambrosos; que Little Italy está lleno de pequeños restaurantes, mantelería a grandes cuadros rojos, mesa con mesa con el sobrino de Tony Soprano o Steve, El Loco, Van Zandt, guitarrista de Bruce Springsteen, vigilándote; sabes que en el Village, Greenwich Village, nacieron para la música Bob Dylan y Jimi Hendrix, por nombrar a dos musicos que suenan.
Hemos estado en el Café Wha?, aquel donde Chas Chandler, bajista de The Animals, descubriera un negro que tocaba la guitarra como un extraterrestre. Allí le vio y desde allí se lo llevó a Newcastle, en la vieja Europa, para montar toda una Experience. En el Wha? cantó Dylan aquello de The Times there are changing, recién llegado de visitar a Woody Guthrie que moría, entre espasmos y vomiteras. En el Café Wha?, ahora toca una banda fija a diario, desde las ocho de la tarde. Son musicos anónimos que se llaman The Café Wha Band, ya ves, verbena americana al servicio de la historia.
Muy cerca de Mc Dougal Street, en la calle 8-52A, aún permanece, yo creo que como símbolo de toda una era musical, una pequeña puerta, desvencijada, abandonada, donde se puede leer en un pequeño rótulo como los de los dentistas fracasados, Electric Ladyland Estudios. Vaya, allí grabó Jimi Hendrix, su dueño, el mayor alegato al rock que músico alguno haya creado o imaginado.

Estos dias andan por aqui algunos conocidos: Youssou N’Dour; el nuevo principe del R&B, Van Hunt, un negrazo que mezcla como pocos rap, blues y soul o Gillian Welch, ésa chica que se atreve con las músicas que hicieron populares a T. Bone Burnett o Emmilou Harris. Pero lo que se lleva en verano son los festivales, como en España. El otro dia hubo uno, al que no me atrevi ni a acercarme, como homenaje y apoyo a las candidaturas presidenciales de Kerry y Edwards. Tocó la Dave Mathews Band, John Mellencamp, Jon Bon Jovi y presentó Whoopi Goldberg. Fué en el Radio City Music Hall, el disloque de la cursileria americana. Luego lo sentí, porque en la puerta hubo quien vió a Paul Newman, oye, para un tipo que le gusta el cine y de Albacete como yo, esas son palabras mayores.
De momento ya tengo las entradas para ver a Smokey Robinson en el Apollo Theatre, en Harlem, el dia 22. Cuento los minutos.

4 de julio en Manhattan

4 de julio en el Estado de New York, la macrópolis se ha volcado en la fiesta de la independencia americana, un frenesí de afirmación y orgullo que sobrepasa nuestras entendederas naturales. Banderas, flores y coronas de laurel adornan cada rincón de cada casa neoyorkina. Jardines engalanados en la más rancia tradicción , fachadas abanderadas de barras y estrellas, coches, motocicletas y vestuario indican que ésta no es una fiesta cualquiera en el calendario americano.

En Manhattan, desde las nueve de la noche, la parada de fireworks que organizan los grandes almacenes Macy’s supera el espectáculo que nunca nadie haya podido ver sobre el cielo. Un millón de dólares cuesta la fiestecita, pero en cada rincón en torno a la isla, en East River, donde estratégicamente están situadas las tracas, el acceso es ya imposible desde las siete de la tarde. Todos han ido a los alrededores provistos de hamacas, merenderas y neveras portatiles, como en la cabalgata de la Feria de mi pueblo, pero con comida, helados y batidos de crema de cacahuete: la fiesta está garantizada.

En Central Park, la gente se lo toma de otra manera. La black people, por ejemplo, se avitualla de salchichas gigantes y cerveza empaquetada y monta barbacoas al ritmo trepidante del mejor hip-hop, del funky mas electrizante y de los típicos cantos tribales o rituales mas conocidos: gospel y soul music en vena. Otro espectáculo. Dentro del parque, en el Strawberry Fields, frente al edificio donde vivió y mataron a John Lennon, el Dakota Building, un grupo de nostálgicos lennonianos interpretan todo el repertorio beatle en una ceremonia a mitad del rito espiritual y el fanatismo trasnochado. Es igual, cantas la cara B completa del Abbey Road con ellos y tampoco se te caen los anillos. Por cierto, uno de los músicos nos dice que volvamos el viernes, 7 de julio, que es el cumpleaños de Ringo Starr, que les ha dicho que estará con ellos celebrando su efemérides allí mismo. Estamos por creerle. Ringo Starr, bateria de The Beatles, estuvo el otro dia tocando en un party gratuito, en los bajos del Rockefeller Center. Nueva York está de fiesta y aquí cualquiera tiene un nombre a quien recordar.

En Whashington Square, un tipo que debe ser muy conocido por aquí, Joey Scaggs, humorista satírico de la televisión, monta un numero de critica abierta a la administración Bush. Allí están, caricaturizados, toda su prole: Colin Power, Rushman y Condolezza, con el propio Bush (el mismo Scaggs) sentado en un retrete abierto al publico que corea la pantomima ante el escacharre general. La plaza está muy cerca de la universidad neoyorquina de GreenwichVillage y en esa zona la gente lo entiende todo a la primera. Como, seguro, Steve Marchen, un estudiante madrileño de arte escénico, de padre americano y madre aragonesa, que nos sirve un guacamole estupendo en la taberna La Palapa Rockola. Estudia cine e interpretación y se paga los estudios entre tacos y tequilas.

En el Madison anuncian la llegada de Prince, 12 y 14 de julio, dos días después de Riky James, una de sus referencias mas claras, junto a Teene Marie, aquella chica de Detroit a quien creíamos desaparecida para la música. Otros que estarán por aquí este mes son Elton John (13 y 14 en Radio City Music Hall), Rush; rockeros AOR insufribles (18 y 19), Diana Krall y Elvis Costello, juntos pero no revueltos y hasta el impresentable Julio Iglesias, el 8 de octubre nada menos.Yo me quedo con la aparición de Smokey Robinson en el histórico Apolo de Harlem, el 22 de este mes y las visitas obligadas, esté quien esté, al Village Vanguard, Blue Note, Birdland, CBGB (cuatro grupos cada dia) y lo que surja, que aquí es lo que se lleva.

Aún ando impresionado por la cantidad de artistas universales que puedes contemplar en Nueva York, casi como si estuvieran aquí vivitos y coleando. Paul Cezzane y Camille Pissaro, sin ir mas lejos. El MoMa regala la vista con una retrospectiva de los dos colegas, aliados en una época en la que había que romper con la pintura clásica. Fantástica, emotiva, dos estilos diferentes presentando una alternativa al clasicismo impuesto: rompamos los códigos establecidos, acabemos con lo estilísticamente correcto. Pissarro llego a decir en aquellos anos, segunda parte de la centuria XIX, que en su opinión, “había que prender fuego al Museo del Louvre”.
Jorge Oteiza, el vasco, continua en el Guggenheim de Central Park ante la admiración de propios y extraños. Es otra recopilatoria, pero sus miniaturas son autenticas bellezas muertas o almas vivas que reposan en el desván del abuelo.Allí, en el “Guggy” de la Quinta también descansa una permanente extraordinaria de Kandinsky, otro rupturista o de Hilla Rebay, en la que con dibujos, cartas, fotografías, documentales y exuberantes pinturas se cuenta poco menos que la vida de esta inconformista, relacionada directamente con el propio Solomon Guggenheim.

Y luego está la historia mas reciente de la ciudad...Liza Minelli que saluda con la mirada cuando te la cruzas en la calle 69, junto a Park Avenue; el café Carlyle, donde junto a la actuación cada lunes de Woody Allen se anuncia otro día a Eartha Kitt; la galería Ethan Coen Fine Arts en Tribeca, estos dias presentando unas instalaciones de Taliesin Thomas; el restaurante de Michael Jordan en Central Station, donde si bien es improbable que te encuentres al más famoso alero de la historia de la NBA sí es factible probar unos macarrones con queso que confeccionan con la receta de la mamá de Jordan. Por cierto, allí mismo, en Central Station está el Oyster Bar, la mayor concentración de clases de ostras jamas vista en un comedor. Alli, mi amigo y paisano Andres Gómez Flores compartió los bichos con Francis Ford Coppola. Es la City, con lo que ello significa de fantastico... y de real.


El Imperio del Vinilo

A Arrested Developement les puedes ver estos días en uno de esos festivales que se organizan en diferentes parques de Manhattan. Free, o sea, por el morro, mientras degustas un grasoso perrito cuya mostaza te rebaña la muñeca. River to River, se llaman. Y también a D.J. Rich, Bras Construction, Sugarhill Gang, The Frames... En los City Parks Concerts estuvo el otro día Jerry González, el trompetista y percusionista, de origen cubano, con su banda Fort Apache.
Pero para los amantes del dub, cientos de clubs ofrecen la oportunidad de ver los mejores dj’ s del continente. Sin ir mas lejos a James Lavelle, Masters at Works o Blaze, incluso juntos, se les veía el dia 20 en el club Cielo. Son especialistas del scrash , del deep house y, en estos casos, de las mezclas, de las fusiones, loops y sampleados. Cada noche, sobre las diez, abren sus puertas con precios muy asequibles y en muchos casos con entrada libre. También se da los que se ponen estupendos a la hora de recibir a los invitados, guardar las formas visuales vamos, la estética o llevar dos vinilos como pendientes.
New York, por cierto, sigue siendo el imperio del vinilo. Existe un culto exagerado por las piezas de 12 y 7 pulgadas. Estuvimos en la, se supone y así lo comentan los especialistas, mejor tienda de discos de jazz del mundo; Jazz Records Center (entre la séptima y octava avenida). No se ve a simple vista de calle, hay que subir a un piso octavo donde tras una puerta, como si fueras a la consulta del podólogo, aparece la octava maravilla del mundo. Cientos, miles de vinilos, exquisitamente organizados en un montón de habitaciones (no olvidemos que hablamos de un piso normal de una casa normal). Piezas de coleccionismo ortodoxo. De esas que reúne el dibujante Robert Crumb, de principios de siglo y, evidentemente, colecciones completas de los más grandes artistas del genero. Viendo tanto vinilo; tanta portada, tanto diseño, te sientes abrumado para comprar si no llevas tu lista de sueños preparada. Entre otras cosas, me hice con un gran mural donde se explica extraordinariamente el árbol genealógico del jazz. Desde Scott Joplin hasta las pedorrillas de Diana Kral o Norah Jones.
Mas tarde comprobaríamos que si habíamos estado en la tienda de discos mas reputada del mundo, las calles del Soho, Tribeca y el Village no le llegaban a la zaga en producto discográfico de vinilo: veneración por el disco tradicional, donde encuentras ofertas, intercambios o aquel disco de la Messenger Service que no llegó a España. Pura envidia del regusto por la música condimentada. Las famosas tiendas Tower Records, Virgin Megastore, J & R y HMV (la veterana Voz de su Amo) ofrecen el producto que ofertan sus filiales europeas: cedés de moda, quizá algo de historia y poco mas.

Las Caras de New York

Las caras de Nueva York son caleidoscópicas. Como esas postales tridimensionales que venden en Chinatown. En ellas se esconden muchas veces el sufrimiento de vivir en la gran urbe. Los “homeless”, por ejemplo, esos personajes que conocemos de las películas que cubren su cuerpo con una gran caja de cartón en el ultimo rincón de la ciudad cuando cae la noche. El otro dia ví a dos polemizando sobre el grosor de su cartón: “el mio es del Tipo 2”, “el mio un 4 de la Trump Corporation, nivel 9”... cuestión de suerte o de astucia. Willy Domingos, un portorriqueño regordete-taburete con camisa de diez mil flores vendía sandwishes a 5 centavos en el metro. A saber de que serian los bocatas. Willy tenia el “feeling” gastado, se le notaba, como si no creyera demasiado en su mercancia. Nadie compró uno. Se bajo en la siguiente estacion sin rechistar. Mas tarde le vi en un andén con su bolsa de guruños como si tal cosa. Willy Domingos no ha vendido uno de esos malditos bocadillos en su vida, seguro, pero mañana repetirá la operación. Debe padecer de obstinación en grado desesperado superlativo. Charlie Bisop no. Charlie es un cubano de garganta estática que canta regular tirando a mal y toca la guitarra peor que yo. Pero Charlie es astuto y se ha buscado de compañero un musico búlgaro académico del violín. Ha arreglado unas canciones de Joaquin Sabina, de Juan Manuel Serrat, de Pau Dones (ésa de ”La Flaca”) y algún standard yanky y se ha plantado en el Anyway Cafe, en la mejor zona de Greenwich Village. Es simpático y confraterniza con la gente, pero a mi me repateó su version de “Walk on the wild side” del icono neoyorkino Lou Reed. La presentó como si fuera de Albert Pla (el lado mas salvaje de la vida) y se quedó tan tranquilo. Me cucaba el ojo el muy pillo. Es vulgar, pero listo como los tejones. No se puede decir lo mismo de Joey’ s Sykes, un patán que machacaba los oidos en el Smith’ s Bar, en la Octava Avenida, cerca de Times Square. El tipo es vulgar, pero torpe. Dios tampoco le llamo para tocar la guitarra.

Para astutos los judíos (a ver si lo voy a descubrir yo ahora...). Un puñado de ellos han montado B & H, una macrotienda fotográfica que ocupa una cuadra completa en la Novena Avenida. Les ves a todos con sus trenzillas hasta los hombros, de riguroso traje negro y camisa inmaculadamente blanca y una disciplina abrumadora: uno te explica el modelo que buscas, otro te lleva donde está, otro te dice el precio, otro te lleva la mercancia a la caja, otro te la cobra y otro te la entrega, todo en departamentos diferentes, pero que guardan una ruta coherente,como el Tren de la Bruja en la Feria de mi pueblo. La tienda es formidable, de lo mejor y más reciente que uno ha visto en el mercado. Asi está, a rebosar.

Mappelthorpe ha vuelto, bueno el no, su obra. El murió de sida en 1989. Aqui se cuida mucho al bombero, ya lo hemos dicho en alguna ocasion. También a sus iconos: Andy Warhol, la Tin Pan Alley, Robert de Niro, Jackie Kennedy tiene un lugar preferencial en el gran lago de Central Park, como John Lennon, y ...Mappelthorpe. Cientos de sus fotografías coronan tres de los pisos del Guggenheim desde el dia 1 de éste mes de julio. Para la ocasión han logrado traer unos cuantos grabados maravillosos del Museo Hermitage de San Petersburgo. Son grabados de mitad del segundo milenio que representan el lado mas musculoso de la vida, Cain matando a Abel y esas cosas. En ellos se inspiró el artista para sus fotografías y sus modelos, entre los que no podia faltar un jovencisimo Swazenegger, ademas de sus coetáneos contemporáneos, Warhol, claro. La exposición es bellísima a la par que atrevida: cuerpos desnudos por doquier en una coreografía estremecedora. Ahora es la sensacion de la ciudad. Me alegro mucho de estar aquí para verlo y...contarlo.

Textos y Fotografías: JAF
Página colgada originalmente en STONE el 11 de marzo de 2008.