14.7.16

Brad Mehldau, el sueño del seductor


Los discos del año 2014
Marzo. Taming the Dragon, de Mehliana

Junto al percusionista Mark Guiliana presenta su nueva versión... electrónica




La vida en un sueño y ponerle música. Esto lo hacemos tu y yo y lo más probable es que guardemos el secreto para siempre. Lo hace Brad Mehldau y la cosa adquiere una dimensión que, desde luego, a ti y a mi se nos dispara. Brad Mehldau tuvo un sueño y le quiso poner música. Ya tiene título, se llama Taming the Dragon y traslada un mensaje elevado:  "Cada uno tiene una parte que le cuida y le mantiene constante, y otra parte violenta y llena de ira que le arrastra a la perdición. Ésta es la que hay que controlar. Ahí es donde hay que esforzarse para Domar al Dragón".
Te lo cuenta ¿Mehldau? nada más empezar el disco, mientras, en el relato aparecen personajes anónimos y conocidos (Joe Walsh -presumo que se refiere a aquel guitarrista californiano que acabó en los Eagles- que representa, según su sueño, la bondad y la mesura o Dennis Hooper, que dentro del mismo personaje, el taxista que lo transporta, representa la energía que interpretaba aquella leyenda en Easy Rider, la película de las películas roadies. El sueño se inicia en un viejo taxi, se transforma en una furgoneta VW y, para el final de la historia se convierte, ¡lo adivinaste! en una nave espacial. Sí, aunque no lo parezca estamos hablando de Brad Mehldau, ése chico meditabundo que toca el piano como Dios.

Brad Mehldau vuelve a sorprendernos. Ya lo ha hecho siempre incluso estando quieto. El músico de Florida emplea un sofisticado estado de introspección en el escenario que cala en el espectador, conmueve a sus fieles, les emboba, yo diría que les magnetiza hasta dominar sus entendederas y dejarles completamente hechizados con esa boca de sonrisa abierta que avisa de éxtasis. Mehldau es un pianista superior, eso no lo voy a descubrir yo ahora, pero es bueno que lo repitamos no sea que a alguien se le olvide. Toca el cielo varias veces por concierto y alguna constelación que otra en las pruebas de sonido. Ya es un clásico, a la altura de los grandes a quienes admiró desde aquella primitiva, joven e iniciática compra discográfica del Blue Train de John Coltrane. Lo dicen sus biografías y queda muy bien porque el disco de Trane es uno de esos que te llevarías a una isla, pero también dicen que desarrolló la mítica grabación con el piano a los doce años hasta ganar el Premio al Mejor Músico del  Berklee College of Music's. En fin, ya sabes, Bud Powell, Bill Evans, Monk, Jarrett y ahora Mehldau, forman la caravana de los dioses. En ese convoy, Mehldau acaba de incorporar sintetizadores y un refinado Fender Rhodes.

Mark Guiliana (New Jersey, 1980) sin embargo es una bestia. Un superdotado para los ruidos sincopados, para ordenar cacharrerias y cencerrales, panderos y alambiques, cajones y bomboneras. Escobillas... palotes. Guiliana hace sonar todo eso como una filarmónica y desde hace bastantes años se lo rifan, y eso que el muchacho sólo tiene 33. Con esa edad ya es una estrella en las formaciones y discos de Avishai Cohen sobre todo, pero también de  Dhafer Youssef,  Meshell Ndegeocello, Lionel Loueke, Aaron Dugan y algunos más. Su estrella ahora ha coincidido con uno de los numerosos viajes astrales de Mehldau y de esa unión en principio extraña y atípica entre un elefante y una garza blanca, ha nacido Mehliana, la sintésis de Taming the Dragon, otra de las gemas del 14.

Lo juro, lo del elefante en una cacharrería es un axioma muy trillado y no del todo ético pero en el caso de Taming the Dragon, vamos, para ser más exacto, en el caso de You can't go back now, la tercera de la lista de ese disco, la floritura linguistica es tal cual: Mehldau anda en su ensimismamiento místico habitual buscando acordes celestiales con su piano acústico de siempre cuando de pronto irrumpe el abuelo paterno de Dumbo (Guiliana) desbocado, falto de sitio y armando bronca. El pianista no sólo no rehuye la provocación sino que, como en el resto del disco,  anima su mano izquierda con unos bajos salidos del pericardio y el espectáculo está servido.

Sí, es un Brad Mehldau absolutamente diferente a lo que estamos acostumbrados a ver (no olvidemos que pasó una larga temporada en Madrid y Barcelona) y escuchar, pero en este proyecto es un músico que abre su propia ventana a la música universal como ya lo hizo con los Beatles, Nirvana, Dylan, Soundgarden, Burt Bucharach... o lo hace ahora con Serge Gainsbourg en otra exhibición asombrosa de bajos junto al camión de bártulos que conduce con una prestancia abrumadora el joven Guiliana. Brad Mehldau, sin que lo haga de una manera evidente se transforma en un George Duke en la mayoría del trayecto, pero también evoca a los viejos héroes del mal llamado rock sinfónico, por aquello del uso del sintetizador en algunos pasajes que suenan tan rancios como sorprendentes (joder, yo creía que ya no se usaban los viejos modelos). En las manos de Mehldau, Tony Banks o Rick Wakeman son menos dinosaurios. En Sleeping giant el aviso es para los seguidores de los alemanes De Phazz o Groove Armada y esos sonidos tan volátiles que nos introdujeron en el nuevo siglo. Claro. Hasta algún ronquido del noruego Bugge Wesseltoft se cuela en la función.

Pero es Brad Mehldau, siempre es Brad Mehldau el que protagoniza esta fantástica demostración de dominio y, porqué no decirlo, de libertad, de abrir compuertas a la música, a su historia, a su futuro, al juego inocente de combinar técnicas y conceptos. Brad Mehldau es muy suyo, es cierto,  pero siempre trabaja para todos. El sueño acaba bien, mira.

Publicado el Viernes, 9 de mayo de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24