7.1.10

Capítulo VI. Distorsiona que algo queda






EL TESORO DE LODARES

VI. DISTORSIONA QUE ALGO QUEDA


La década de los sesenta se despidió musicalmente entre aldabonazos. Una guerra abierta de estilos, estrategias discográficas, grandes descubrimientos e irrupción de nuevas formas. Imperaba la moda, había que estar a la última en sonido e imagen. Jimi Hendrix había aparecido en Woodstock envuelto en pañuelos y fulares ibicencos, sombreros cherokees y exhibiendo cierta alucinosis letal mientras manejaba su zurda de platino como nunca nadie ha vuelto a hacer. En España, con la misma simbología e imágenes, Los Albas arrasaban con "Los ejes de mi carreta".
 El Aeroplano de Jeffersson insistía en que "lo debíamos hacer todos juntos" mientras Los Muertos Agradecidos tocaban un "blues for Allah" que sobrecogía. En España, Los Gritos, malagueños, igualmente disfrazados de peace in wonderland, cantaban comandados por un irritante Manolo Galván "Un domingo me enamoré...": el despropósito al poder, la sublimación del disparate, el canibalismo contra-cultural: el esperpento.

Si esto ocurría en las plazas mas avanzadas de España, en Albacete aquel nuevo orden alcanzaba cotas sobrecogedoras. Habían desaparecido físicamente todos los grupos musicales en la ciudad. Sus integrantes deambulaban como zombies entre brigadas militares carroñeros, iglesias exultantes de bodorrios y entidades bancarias a rebosar de subalternos.

     - "Lo de los sesenta en Albacete fue una reducida beta de inconformistas, una cosecha: la del 64. Cuando nos llegó la hora del caqui se acabó todo" (Adrián Navarro).

No le falta razón ahora a Adrián, vista la escasa repercusión de aquella movida generacional porque en los últimos suspiros de década nadie en Albacete habló de Jimi Hendrix, Jefferson Airplane, Grateful Dead, Led Zeppelin o Jethro Tull por citar algunos nombres significativos del panorama internacional de entonces y encima el enterado de turno aquellos días despotricaba contra el matrimonio de John Lennon con aquella china dominante.

Fórmula V, Los Diablos, Georgie Dann, Massiel, Juan y Junior, Las Grecas y Los Albas se repartían el pastel discográfico en nuestro país y Los Canarios eran considerados unos extravagantes recién llegados de Estados Unidos con aquel vocalista, Teddy Bautista (hoy alto ejecutivo de la Sociedad General de Autores) que más que portavoz del grupo parecía haberse fugado de un frenopático. De nada servía que el ya exitoso director cinematográfico Carlos Saura les escogiera para la banda sonora de su película "Pepermint Frappé". Los años fundamentales de la historia del rock, para los españoles fueron una indiscriminada carrera hacia la desvergüenza. Los Festivales de España eran para Raphael, un histriónico jienense que montó en cólera cuando Albacete "ése suburbio del sureste", le recibiera a golpe de tomates en el celebérrimo Parque de los Mártires.
Sin pretender defender en absoluto el irresponsable comportamiento de quien lanzara los tomates a aquella marioneta de vodevil barato, el acto, siendo una gamberrada de bastante mal gusto, puede interpretarse como una de las escasas manifestaciones contra el establishment musical en nuestro país, en nuestras ciudades, contra aquellos que insistían en imponer;  una protesta contra el decadente juicio artístico de quienes gobernaban; una llamada de atención contra quienes podían pensar que estábamos ante una "gloria de nuestra España". Raphael nunca volvió mas a Albacete y aquella barbarie quedó inscrita automáticamente en su libro negro personal, el que le acompañará en sus pesadillas mientras viva.

Mientras todo aquello sucedía, Juanito López, el sr. López, agotaba sus últimos argumentos contrabajistas con Los Líder Jazz, inasequible al desaliento, imperturbable, repleto de recuerdos y experiencias con la Orquesta Jabelc; mientras la vida transcurría entre horteradas y vaguedades,"El Muerto", últimamente apegado a las faldas del Albacete Balompié y Paco, "el de la Opel", comenzaban a ganar sus primeros durillos en la afamada orquesta Los Singles; mientras, la juventud albaceteña soportaba una y otra vez las andanadas radiofónicas y televisivas de Nino Bravo y Camilo Sesto (anteriormente apuesto vocalista de Los Botines) y las estanterías de las discotecas se llenaban de cutrerío short y afropeinados; mientras la vida en la ciudad era una larga travesía hacia el desierto, Los Celestes, unos chiquillos herederos directos de aquella beta del 64 que mencionaba Adrián Navarro, como Los Dandys, animaban fervorosamente con toda la ilusión del que empieza las inigualables citas de El Surco, el restaurante con derecho a boda y bautizo de la carretera de circunvalación en la ciudad.
No se sabe a santo de qué comenzaron aquellos guateques en el Surco, aunque fácil es imaginarse que sería a propósito de alguna fiesta de estudiantes para recabar fondos con destino a algún viaje de estudios. Lo cierto es que las reuniones estaban auspiciadas por jóvenes de instituto y estos habían escogido un local no solo alejado del centro urbano de la capital sino alejado igualmente de cualquier idea de traer las vanguardias al extrarradio o algo parecido. Vamos, que la empresa Surco les dejaba a los chiquillos la nave bautismal a cambio de algunos duros y allí se armaba la de dios.
No había alternativa, o El Surco, repleto de crías domingueras bienvestidas y chavales retozones o en su defecto el Petit Palais de los hermanos Haya, que perseveraban en sus ilusiones de traer algún show electrónico a nuestra capital sin mirar ni reparar (allí, en aquellos sótanos con bolos de la calle Dionisio Guardiola esquina con Torres Quevedo tocaron Los Iberos, Los Pop Tops, Los Yerba Mate y hasta Los Conexion, el no va más español).
Cuando Los Celestes y Los Dandys se quisieron dar cuenta ya estaban formados Los Distorxion, una de las escasas bandas que guardarían con celo su primitiva identidad de grupo atracción en la década de los setenta.

     - "Lo de Los Distorxion tuvo su guasa. Era un grupo que llegaba a un pueblo y cuando terminaba el concierto estaban hartos de vino, menos uno, que era el que se encargaba de recoger el material, cobrar, subirles a todos a la furgoneta y repartirlos por su casa cuando llegaran" (Isidro Martínez sonríe al hablar de ello y evoca su particular recuerdo del grupo)
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Los Distorxion originales
Que duda cabe que eran jóvenes y disfrutaban como bestias sobre un escenario, envueltos en lanas de cordero de La Manchuela y melenas californianas; divertirse y exprimir energías era su obligación, pero además es que subsistía en ellos la llama de la música progresiva, el aprendizaje de todo aquello que resultara innovador y llamativo, el inconformismo, el espíritu del rock vanguardista en definitiva.
Los Distorxion originales fueron Tony Arcos, alguien le ha llamado alguna vez "el Panza", como vocalista; Pepe "el Fenómeno" de guitarrista, Alfonso "el Peseta" al bajo, Alfonso "el Boli" con el órgano y Jesús Castillo "el Popeye" aporreando lo que le pusieran delante, aunque fuera una batería. Arcos era mas bien comedido y rompía un poco el esquema y la imagen del grupo. Era de corte romántico, de la vieja escuela, pero con un vozarrón. De esos tipos capaz de cantar "¿Alguien sabe realmente la hora que es?" de Chicago Transit Authority y "Algo de mí" de Camilo Sesto seguidas, sin pestañear, sin interrupción y quedarse tan ancho.
No pertenecían a la clase estudiantil como sus conciertos en El Surco podían hacer suponer. Los Distorxion eran currantes ya de jovencitos, de familias currantes y con un futuro currante ganado por sufragio congénito desde que vieron las primeras luces. Hijos del blanco y negro, criados en la mejor escuela de la vida: la calle, el barrio, las pedreas, los juegos de esquinas (las bolas -ahora canicas-, el pirulo, la lima, el churro-mediamanga-mangotero...). Lo tenían todo para saltar mordiendo el escenario clamando aquel injusto reparto de clases, gritando a golpe de rythm´n´blues su posición social. Y lo hicieron, y lo hicieron bien, aunque Albacete siempre les ignoró.
Con Josele, antiguo bajista de los atractivos Chicos y Pepe Garrido, "el Pira", un espléndido guitarrista, como sustitutos de el Peseta y el Fenómeno viajaron a lo largo y ancho de la costa levantina gracias a los buenos oficios de un buitre de carretera al que ahora sólo recuerdan como Sr. Garcia. Les descubrió en uno de aquellos conciertos estudiantiles de El Surco y se los llevó a Elda un fin de semana. De allí a Yecla, a Elche, a Villena, Valencia y sus confines. Entusiasmaban por su juventud, su arrogancia y el virtuosismo de el Pira, la cálida y aterciopelada voz de Tony Arcos y aquel ciclón sentado en una "Honsuy" que atendía por Popeye.

     - "En Albacete solo nos conocían de nombre y cuando tocamos alguna vez en la Feria se quedaban boquiabiertos. Luego bailaban hasta reventar con Los Hermanos Cebrián" (Jesús Castillo).

Los Distorxion cambiaron la calle por la carretera, el "gua" por la "Strato" y la pandilla por la basca y se hicieron músicos. Solían tocar los fines de semana porque el dinero lo querían de sus respectivos trabajos, lo necesitaban y no precisaban de hipotecar su música, ésta tenía que ser su escape, su grito circunstancial, libertario. No sabían tocar pasodobles ni nada por el estilo. Hacían básicamente rock progresivo y soul, algo tan condenadamente nuevo que como muchos otros estilos el público albaceteño eran incapaz de comprender. Abrían siempre con "Vehículo" y ya nadie cerraba la boca. Tony Arcos se atrevía con versiones de Ottis Redding, Carla Thomas, Sam and Dave, los Them de Van Morrison...

   
Jesús Castillo, Popeye
 - "Le salían de fábula", sonríe Jesús Castillo.

El impulso técnico que podían necesitar lo recibieron de Los Pop Tops, el formidable grupo de Phil Trim que en aquellos años se encontraban pletóricos saboreando el éxito de sus hits "Mammy Blue", "Oh Lord why Lord" o "Viento de Otoño". Eran, con Los Canarios, el grupo de moda en España, entre otras cosas por haber tenido la originalidad y oportunidad de introducir vientos (saxo, trompeta y trombón) en su formación, exactamente igual que como en Estados Unidos hicieran Blood, Sweat and Tears, Chicago, The Flock y muchos grupos más un par de años antes.
Los Distorxion y Los Pop Tops se conocieron una feria de septiembre en el stand del Club Taurino, entre la caseta de los oficiales de Aviación, horrorosamente sectaria y el propio stand del SEU: se conocieron justo donde ahora tiene su ubicación la Caja de Castilla-La Mancha. Phil Trim se quedó entusiasmado con aquellos jovencitos de Albacete que además tenían un excelente equipo de sonido. Les aconsejó en detalles tan sorprendentes como el de la imagen, algo en que los chavales desde luego no habían cuidado demasiado. Debían vestir con arreglo a la música que hacían sí, pero eso no les obligaba a tener que utilizar en escena aquellas lanas andrajosas y cutres, las camisas debían de ser de colores, pero a ser posible de raso blanco y extravagantes y si los pantalones fueran de terciopelo rojo mejor. Las canciones debían tener una conexión lógica de ritmo y cadencia, a ser posible sin interrupciones, ligadas y tocarlas todas en una hora, sin pausas ni descansos. Los Distorxion les admiraban y siguieron al pie de la letra su asesoría. Aquellos nueve días junto a Los Pop Tops significaron un curso acelerado de puesta a punto y perfección de montaje. Desde entonces sabían que muy pocos grupos de la zona les superarían y por supuesto ninguno en Albacete porque en aquellos primeros años setenta estaban absolutamente solos en la capital.
Pronto fueron los reyes de la sala Las Rocas de Elche. Tocaban  prácticamente cada fin de semana. Allí nació su amistad personal y su enemistad profesional con Los Libres que eran precisamente de la localidad alicantina. Lo curioso fue que aquel grupo había recibido los mismos consejos de la otra gran banda nacional, rivales directos de Los Pop Tops, Los Canarios. Los Distorxion iban siempre de atracción, compartiendo cartel con la orquesta de baile de turno.

     - "En los primeros años setenta habían muchas salas de baile, los grupos tocaban para que la gente bailara, así se convertían sin quererlo muchas veces en orquestas. Luego estaban las atracciones, unas veces eran muy importantes, otras medianamente importantes y otras, a las que nosotros pertenecíamos, del montón. El orden de actuación era el siguiente: orquesta, ruido y figurón. Nosotros eramos los del ruido" (Jesús Castillo).

Fueron los años en que Los Distorxion ganaron, por dos veces consecutivas, el Festival del Sureste en Yecla y la Olimpiada Musical de Alicante. Uno de aquellos trofeos de Yecla se lo concedieron gracias a la espléndida versión de "El Lamento de la Reserva de los Indios Cherokees" de Don Fardon. En las crónicas nacionales se dijo que el grupo ganador de la olimpiada alicantina, Los Distorxion, eran precisamente de allí. Que gran año para ellos 1971. Alternaron sucesivamente actuaciones con Fórmula V, Los Diablos, Lone Star y los entonces inevitables Albas.

     - "No creas, los de la banda nos quedamos impresionados con Los Albas. No tenían nada que ver con lo que se escuchaba en disco. En sus directos repasaban toda la psicodelia americana y había que ver como tocaba aquella gente. Respecto a Fórmula V o Los Diablos no había problema, siempre les dábamos un buen repaso. Eran malísimos" (Jesús Castillo).

Jesús Castillo se apoya en el bombo de su Honsuy
Ya en el 72, cuando mejor sonaba la banda, Joan Martí, mánager entre otros de Nino Bravo se interesó por ellos. Martí tenía una cuadra de nuevos grupos, valencianos casi todos, con los que jugaba intermitentemente en sus contratos. Les llevaba de aquí para allá, les aconsejaba técnicamente e incluso les imponía la entrada o salida de algún miembro que no le cayera bien. Lo hizo sorpresivamente con una banda valenciana a la que dejó sin cantante porque tenía ideas mejores para éste, que no era otro que un joven prometedor llamado Juan Bautista y que el mismo bautizó artísticamente como Juan Bau. Le hizo triunfar como solista en una maniobra evidente de recambio para Nino Bravo por si las cosas se torcían, como así ocurrió desgraciadamente para el famoso cantante valenciano y quiso repetir la experiencia con los mismos Distorxion. Habló con Tony Arcos y trató de convencerle para que él fuera el protagonista principal de aquella banda de origen albaceteño. Joan Martí quería que el grupo se llamara Tony Arcos y Los Distorxion.

     - "Nos encerró en un estudio de grabación, en Barcelona, y nos ofreció dos temas intrascendentes, tratando de buscar la comercialidad fácil. Recuerdo que en la cara A del previsible disco iría una canción llamada "En el mar" que era una plasta. Realmente lo que él quería era lanzar a Tony Arcos como solista. Tony era mejor, con diferencia, que Juan Bau y lo sabía, así que no dijo nada y aceptó el reto.  Una noche nos reunimos en la Peña Pedrés de Albacete y allí mismo, resonando aún los ecos de nuestro reciente triunfo en Alicante, decidimos dejarlo todo" (Jesús Castillo).

Se equivocó Tony Arcos, porque Juan Bau tenía 7.000 músicos con carné en Valencia para acompañarle en sus galas, pero Arcos no podría disponer de un solo músico de Albacete, a excepción de los propios Distorxion. No había mas. Buscó ayuda en una recién estrenada orquesta llamada Los Group (luego Los Wacual) y consiguieron grabar una pre-maqueta discográfica, pero solo pudo escucharse en algún programa de radio albacetense y poco más. Aquello distaba mucho de la idea original y no terminó de encajar en los planes del licenciado Martí.

Cobalto ya fue una orquesta
Con la disolución de Los Distorxion se formaron varias orquestas en Albacete: Cristal, con El Pira y Pascual Ortíz; San Francisco, con el Boli y Agustín Alajarín de Los Ronnys; Los Palmas, con el Fenómeno..., hubo una época que cada orquesta de Albacete llevaba un miembro de Distorxion. Jesús Castillo, el batería, el Popeye, descorazonado dejó su trabajo como patronista inmediatamente antes de irse a la mili para enrolarse en una troupe sudamericana llamada Tabatha Show. Ni siquiera fue divertido, aunque recorriera media España representando "Jesucristo Superstar", aunque acabara su miniaventura escondido tras sus inseparables baquetas en el club Alazán (encanto y belleza) de Madrid. A Jesús la vida le había dado el primer palo, el primer aviso desagradable de comportamientos cercanos y después de soportar la paranoia psicópata del capitán Cabanillas en los tercios de Bétera tuvo claro que no se iba a ganar la vida como patronista en una fábrica de confección. En dos noches verbeneras, a golpe de psicomambo, ganaba lo que en un mes de trabajo. Volvió a la carretera encaramado en su Honsuy y formó, oh cielos, otra orquesta a la que bautizó como Cobalto. Allí cavaría su tumba progresista, allí hundiría aquellos sueños de adolescencia en los que competiría con su admirado Bobby Colombi (Blood, Sweat and Tears). Allí comenzaría su frenética zambullida en el desencanto y la desconfianza.

     - "Entonces éramos unos artistas, ahora simplemente son unos currantes", dice Popeye, refiriéndose obviamente a los que como él escogieron el camino del pachangueo, los farolillos de colores y la cortina abanderada. Jesús Castillo no olvida en su reflexión postrera que en sus inicios con Los Celestes, Los Dandys y como no, Los Distorxion, jamás se le pasaría por la cabeza acabar aporreando tambores en el último corral de la provincia. Los Distorxion fueron unos artistas, Los Cobalto ya eran unos currantes.

Por aquel entonces, el general Francisco Franco yacía en el lecho del despido indefinido, envuelto, ahogado, en aquella recordada cortina tubular que le aferraba a la vida. Francisco Franco era el Caudillo de todas las Españas y desde que iniciara su glorioso alzamiento no se había preocupado de otra cosa que no fuera impartir su doctrina. Era el dictador. El gran dictador y estaba a punto de expirar, y con él, todo su régimen de fanáticos bigoteros, toda su corte de lacayos estereotipados que habían cortado de raíz cualquier atisbo de occidentalismo europeo. Veían rojos, comunistas, por todos lados y nada que no fuera los principios fundamentales de su ley orgánica del estado interesaba.

Raimon, aquel valenciano con agallas, había reunido en más de una ocasión a miles de ciudadanos inconformistas en unos conciertos que la mayoría de las veces habían acabado como el rosario de la aurora: Sirenas, mangueras, carreras, detenciones, sumarios, cárcel, todo en una borrachera de poder que más que amilanar provocaba el desplante altanero de una juventud que sólo conocía la guerra civil de oídas. Y Lluis Llach, y Rafael Subirats, y Francesc Pi de la Serra, Ovidi Montllor. No, no eran solo los del grupo de la nova cançó catalana. Cuando Franco se retorcía sin estómago en un cuchitril improvisado (que fea agonía para quien había disfrutado de tanto privilegio) aquello era ya un clamor. Desde Extremadura, Pablo Guerrero; desde Galicia, Amancio Prada, Bibiano y Benedicto, Emilio Cao; desde Euskadi, Mikel Laboa, Imanol; desde Aragón, José Antonio Labordeta, La Bullonera, Joaquín Carbonell; desde Castilla, Elisa Serna, Luis Pastor, Paco Ibáñez, Ricardo Cantalapiedra; desde Canarias Los Sabandeños; desde Asturias, Victor Manuel; desde Andalucía, en fin, Salvador Tábora o Carlos Cano. En aquellos años, cuando el dictador negó entre susurros el indulto a cinco activistas antifranquistas, en Albacete ya teníamos, por ejemplo, a José Lanciano, a Manuel Luna, a Pedro Piqueras y si se me aprieta hasta el propio Ignacio Valero.

     - "Aquellos cantautores albacetenses me eclipsaban, porque aunque yo cantara cosas de Bob Dylan o Barry Mc Guire la gente lo que quería escuchar eran canciones comprometidas en castellano", dice Ignacio reconociendo honestamente que el país, Albacete, no estaba entonces por la lírica.

Fueron los años de la representación, entre otras obras teatrales polémicas, de "Las Hermanas de Buffalo Bill"  de Manuel Martínez Mediero en Albacete; eran todos actores locales: Virgilio Cencerrado, Laura Díaz, Carmen Guerrero,  dirigidos por otro albacetense que comenzaba a significarse, Andrés Gómez Flores, que encontró en Ignacio Valero el juglar apropiado para musicalizar los textos. La obra llegó a las 40 representaciones y la pudieron ver en Valencia, Madrid, Murcia, Alicante y Andalucia e incluso llegó a incluirse en la programación de aquellos exasperantes Festivales de España que se celebraban en el Parque de los Mártires. La joven escena albacetense tomaba así contacto con la realidad que se vivía, como ocurrió igualmente con un puñado de cantautores locales.

José Lanciano
José Lanciano quizá fuera el representante más carismático en un escenario del pueblo albaceteño disconforme. Era como ése bufón del reino que canta con insolencia las verdades a una corte de plebeyos que ya se resistía descaradamente a la sumisión. Lo hacía siguiendo el patronaje de un Labordeta aragonés o de un Guerrero extremeño:

Tiene que llover,
tiene que llover,
tiene que llover,
tiene que llover,
a cantaros.

Y era entonces cuando llegaba la llamada autoritaria de aquella ballena atrofiada de whisky y mariscos que Albacete tenía por gobernador civil, el ex-locutor de Televisión Española Federico Gallo, a Juan José Garcia Carbonell, por entonces pater-delegado provincial de cultura:


  -"A estos chicos, Don Juan José, hay que darles un escarmiento".
A Manuel Luna le conocí en la cabina de la recién estrenada discoteca Zodiac. Era un experto en rock y aunque en aquella discoteca del Hotel Los Llanos se hartaba de pinchar lo mas decadente de nuestro pop, sus conocimientos de todo lo que rodeaba al mundo del rock eran realmente profundos. Recuerdo que una de las cosas que más me sublevaba de él era que poseía una copia del "Hot Rats" de Frank Zappa, algo que yo iba buscando desde hacia cierto tiempo. Charlábamos siempre de lo último que había salido o de lo que estaba a punto de recibir a través de la importación o de algún amigo que había viajado al extranjero (Andorra entonces ya era el extranjero). Cuando me veía llegar a la discoteca sonaba como un cañón el "Dance to the music" de Sly and The Family Stone.
Manuel Luna
Luna se fue a estudiar antropología a Murcia y cuando le volví a ver ya llevaba debajo del brazo un disco del Nuevo Mester de Jugaría (donde cantaba y canta la albaceteña Llanos Monreal), un grupo de música tradicional castellana que aún persiste en su labor de investigación folclórica y en el que casualmente después me vería involucrado por razones estrictamente familiares. Manuel Luna abrazó apasionadamente la pedagogía tradicional y hasta hoy no ha dejado de hacerlo. Luna, no obstante, en aquellos días también se involucró en la canción denuncia porque en sus correrías por los pueblos de la provincia escogía siempre las antiguas coplas que le cantaban los viejos lugareños más picantuelas, más comprometidas, como aquella de Chinchilla que decía:


Lo que cuesta el trabajar,
si algunos ricos supieran,
lo que cuesta el trabajar,
no abusarían del pobre,
ni tampoco del jornal.

La cantaba en algún recital, homenaje al sindicalista significado que nos visitara, y todos a correr.


Pedro Piqueras en el descanso de un concierto por la democracia
Lo de Pedro Piqueras era distinto. A Pedro le embriagaba el entorno, le motivaba la situación de indefensión en la que nos encontrábamos los disconformes con el régimen post-franquista. Lo suyo era puramente generacional. Estaba concienciado política y socialmente y además manejaba los acordes mínimos en la guitarra y  podía utilizar su voz limpia y educada que destinaría casi inmediatamente después a su gran pasión: la radiodifusión. En aquel tiempo de rebelión y protesta lo suficiente como para subirse a un tablado y entonar aquellas coplas insolentes disfrazadas de folclore.
Aún así, nunca entenderé porque les dedicaron precisamente a los dos, a Manuel y a Pedro, aquellas pintadas en varias calles de Albacete en donde se les amenazaba de muerte. Lo hubiera entendido al instante si el destinatario de los esperpénticos y agresivos rayajos hubiera sido José Lanciano. Era mucho mas mordaz y directo. No se escondía bajo el influjo del folclore. Lo suyo era un panfleto ambulante. Los ultras albaceteños siempre fueron patéticos, mucho más en aquellos días.
José Carlos Ortiz, Consuelo Garcia Darosa, que acompañaba siempre a Lanciano, Jesús Hernán, el cura de Ayna, que venía de cantar con el popular grupo nacional Carcoma, también formaron parte del elenco del cantautor albacetense. Y Pepe el Divino, al que se le adivinaba su vietnamita panfletaria bajo el atril.

El canto del cisne de toda aquella tropa ocurrió curiosamente en un magno festival organizado por los representantes del sindicato anarquista CNT el 28 de enero de 1978. Aquello significó poco menos que una fiesta de reconocimiento por los servicios prestados. Muerto el dictador, la democracia comenzaba a asomarse en nuestro país sin ningún trauma violento y hasta aquel día habían sido frecuentes los recitales de denuncia. La CNT en Albacete echó la casa por la ventana porque aquel día estaban en el polideportivo del parque, a rebosar,  Pedro Piqueras, José Lanciano, Chicho Sánchez Ferlosio, Moncho Alpuente y el pintor y compositor musical madrileño Luis Eduardo Aute, que había venido como invitado testimonial y que acabó cantando sus propias canciones, hasta entonces únicamente interpretadas por otras voces, Massiel sobre todas. Fue la primera vez que Aute se enfrentaba directamente a un público desde el micrófono, su estreno. Los presentadores del recital fueron los albaceteños Antonio Martínez Sarrión, poeta celebrado al servicio de la causa, Andrés Gómez Flores, cada vez más comprometido con los nuevos tiempos y Jose Maria Bleda, el Chicho, otro personaje de la revolución pacífica. El recital constituyó un éxito, un tremendo y sonoro éxito, pero pocas veces pudimos ver mas a Pepe Lanciano, Pedro Piqueras y el resto en semejantes situaciones. El trabajo estaba hecho y el país, Albacete, necesitaba otro tipo de estímulos artísticos.

Para mí lo poco es mucho,
y aunque mucho poco tenga,
no me vendo, usted entienda,
mi dignidad vale mucho.

Lo cantaba Casimiro Ortega en un disco de 45 revoluciones editado por Ariola en 1976. Mirabas aquella caratula, palpabas el plástico rebuscando registros y te salía el orgullo patrio por los poros. Un albaceteño en una portada discográfica. Al fin. La canción, el disco, no significó nada a nivel nacional. Se llamaba "No soy poeta" y resultaba algo ingenua, algo blanda para las andanadas que se escuchaban en los recitales de cantautores. Tony Ronald, el productor, pensó que era el momento oportuno para lanzar a aquel músico que había conocido años antes y al que las circunstancias le habían sido adversas. Pero el holandés volvió a equivocarse con Casimiro. El pueblo estaba por la batalla en los conciertos, en las urnas o por la bulla bailonga de las discotecas. Otra vez mala suerte, pero en la calle, en las tiendas de discos de toda España, en las emisoras de radio del país, ya había un disco protagonizado por un músico popular albaceteño. Casimiro Ortega fue el primero. Aún habría que esperar otros nueve años para que otro albaceteño, Francisco Sánchez Sahorí, anunciara a todos en otro vinilo de 45 revoluciones con un formato extraño de 12 pulgadas, que él, Franky, al menos no iba a tocar nunca en el Madison Square Garden de Nueva York.