1.7.16

Alfredo Di Stéfano, el último futbolista total



Con Alfredo Di Stéfano acaba definitivamente la historia del futbolista total. Aquel espécimen que con el número nueve a la espalda bajaba hasta su propia línea defensiva para ordenar laterales, acomodar volantes, uno más adelantado que otro y dar instrucciones al central, José Emilio Santamaría, para que todo quedase debidamente controlado en la aldea propia. Desde el centro del campo levantaba la mirada y con ella situaba los extremos, los abría a golpe de un poderoso toque de precisión y comprobaba si el faro húngaro estaba en su sitio allá en el planeta del diez, donde sólo habitan los genios. Puskas lo era y no fallaba, siempre esperaba el rondó con el argentino fumando algún pitillo. Cuando Di Stéfano llegaba a la cita, punta del área contraria, había arrastrado con él a toda la escolta de mediocampistas de su equipo, algunos de ellos verdaderos estilistas, Mateos, Marsal, Rial, Del Sol, Joseíto, Molowny... y abandonado a sus suerte a medio equipo contrario: desubicado, desorientado, vencido. En el contacto con la frontera del área rival aquello ya era cosa de dos: o él mismo o, claro, Ferenc Puskas: gol o gol. Así durante cinco largos y primorosos años.

Ése estilo, el de voy o vengo, era propio de la época. Nosotros, los de la generación del cincuenta,  lo hemos visto practicar en nuestro propio barrio, en nuestras calles, en nuestros solares. Ocurría con algún chiquillo sobresaliente que habitaba en todas las pandillas. Siempre había uno (en el barrio contrario también) que tramitaba el partido de los sábados como un choque de gallitos. “Desafíos” le llamábamos a aquellos encuentros. En aquel fastuoso choque de trenes el colega subía, bajaba, ordenaba, gritaba, lo regateaba todo y no soltaba el balón hasta que éste no descansaba entre los pedruscos que hacían de postes imaginarios. Líderes, aquellos chiquillos eran genuinos líderes futbolísticos de suburbio, peloteros totales. El modelo era Alfredo Di Stéfano. Si él mandaba y disponía así en el Bernabeú aquel gerifalte periférico de no menos de trece años lo tenía que hacer igual el sábado en el solar del Barrio Las Cañicas. La historia ubica sin embargo, años después, a algunos de estos  cabecillas como profesionales de regional preferente, tercera división,  raramente en segunda división y, en mi caso, sólo uno en primera. Los campos reglamentarios, los contrarios profesionalizados, veteranos en el choque y las tácticas resultadistas acababan uno tras otro con aquellas saetas premonitorias. Bastante tenían con cumplir las ordenes del entrenador de turno que en tiempos de guerra no solía estar por la lírica.

Pero antes de aquella cátedra desalmada el modelo fue Di Stéfano, no Kubala, más fino y estilista, más ubicado en carriles del ocho o de ese medio campo cercano a la parcela de los sustos. Ni Didí, al que después de haber acabado con todos los elogios del mundial de Suecia se lo comió el pibe con patatas y tuvo que dejar Chamartín. Kubala, Didí, Puskas, luego el gran Pelé, eran medio-campistas tirando a medio-puntas (bueno, a Puskas solo le faltó una sombrilla en la cancha). Como lo fueron mucho más tarde Cruiff, Maradona, Zidane o ahora Messi, los más grandes en la memoria de todos: expertos en el tiro-fijo, en la resolución, en la artesanía, dieces en el número de la zamarra, pero en ningún caso aguadores ni correveidiles.



Yo creo que Di Stéfano llevó siempre el nueve en la camiseta porque además de todo el trabajo de intendencia que hacía en el terreno de juego era, encima, un goleador bárbaro, un depredador de guardametas y tobilleros. Ganó varios trofeos por ello. Fue un consumado e histórico pichichi, pero nunca un delantero centro al uso, al menos como hasta hoy se ha entendido la labor de quienes estaban entrenados para la única y decisiva misión de golear, de cumplir con el sagrado rito del fútbol. Desde luego, nada que ver con el famoso y últimamente esperpéntico calificativo de “falso nueve”; ja, ja, falso nueve Di Stéfano... alguien cercano a él habrá contado estos días algún chascarrillo de la Saeta respecto al significado de la nueva denominación deportiva para calificar la labor de esa mosca cojonera que se mueve por el área sin ton ni són. No, Di Stéfano ha sido grande porque con él en la cancha se jugaba con ventaja. Era como si el entrenador se calzara los borceguíes, tirara los corners, los rematara y fuera elegido una y mil veces el mejor del partido. Que pena. Esas cosas ya no pasan en el fútbol.

Publicado el martes, 8 de julio de 2014 en el periódico digital de ideas y noticias Andaluces.es.