8.11.14

Kurt Rosenwinkel, un notable del jazz


Concierto del guitarrista americano en Albacete el próximo 7 de noviembre

Esa noche se desvelará, podemos presumir, la verdadera y exuberante dimensión del músico de Filadelfia que ha tenido acostumbrados a sus seguidores,... bien, a los aficionados al jazz en general, a un exquisito, depurado y exhaustivo gusto por la música contemporánea y sus infinitas maneras de interpretarla.


Es una buena noticia. Es una muy buena noticia que Kurt Rosenwinkel aterrice en Albacete ese bendito viernes de noviembre con motivo del festival de jazz en la ciudad. Rosenwinkel maneja muchas versiones, muchas tendencias, a lo mejor inspiradas todas a partir de las enseñanzas tutoriales que le impartió desde el principio un verdadero maestro del vibráfono como es Gary Burton, otro distinguido de los modos y las formas del bop. Burton le dio alas, como la gaseosa de la tele: le incluyó en su banda durante sus primeros años de bolos (la primera que militó Kurt), le introdujo en los ambientes neoyorkinos más calientes y en fin, le ayudó incluso con dinero y le conectó con músicos de verdadero prestigio. Un padre, vamos. Y no descarto que el vibrafonista empapara al joven Rosenwinkel las ideas y privilegios de ser músico, de ser guitarrista, para poder interpretar espontáneamente la piedra filosofal del jazz: el be-bop.

LAS BUENAS COMPAÑÍAS
Bueno, es una muy buena noticia porque también hay que decirlo ya: Kurt Rosenwinkel es para muchos el mejor guitarrista actual de jazz. Así sin más. Sin exageraciones ni apasionamientos. Y es considerado así por, ya lo hemos dicho, su enorme repertorio de registros: Metheny cuando quiere ser Pat; Scofield cuando quiere ser John; The Notorious BIG cuando se hecha a la espalda todo el espíritu de A Tribe Called Quest, un combo de hip hop que le valió el reconocimiento coyuntural del artista Q-Tip y la entrada por la puerta grande en la historia de la música parlanchina. También por la importancia adquirida junto a aquellos compañeros con los que empezó moviéndose en los comienzos de sus aventuras/agrupaciones, allá por los noventa, alguno de los cuales como el célebre batería fallecido en 2011 Paul Motian fue igualmente decisivo en sus inicios, o como el rotundo saxo tenor Mark Turner o los albaceteños (por habernos visitado alguna vez en el festival de la ciudad) Brad Mehldau, Joshua Redman, The Bad Plus o Jeff Ballard. suficientemente conocidos en el mundo del jazz, o como el pianista Aaron Goldberg, otro de sus fieles quien sustituyó a Mehldau en el cuarteto de 2004 y con quien vivió una de las definitivas mutaciones al músico actual que ahora nos visita. Goldberg, por cierto, también estará unos días después en Albacete dentro del propio marco del festival. Yo creo también que ser de Filadelfia y tener dos padres músicos profesionales tuvo que influir algo para que el joven Kurt encontrara pronto y fácil buenas fuentes de información para aquellos primeros escarceos musicales que le indicarían qué significaba exactamente aquella música de Thelonious Monk, Coleman Hawkins o Bill Evans que tanto le ha marcado. Jugar con ventaja, de acuerdo, pero aprovechando un talento que ya le venía otorgado por el destino.

The Next Step. 2001
LOS DISCOS
Porque a todo el cúmulo de fidelidades y refinadas compañías abría que añadir esa pequeña colección de discos particulares editados, no más de doce y esa otra tonelada de colaboraciones donde habría que habilitar un espacio especial para enumerarlas (me apetece mencionar la de Donald Fagen en su álbum de 2012 Condos Suken). Entre los de su primorosa pequeña cosecha yo me quedo con The Next Step (2001), quizá porque solemos quedarnos con el primer trabajo escuchado de un artista cuando éste nos sobrepasa. Me ha ocurrido con infinidad de ellos y he admitido alguna vez que discos anteriores y posteriores han podido ser más decisivos en la carrera de esos artistas, pero para estas cosas somos bastante cabezones y yo sigo prefiriendo, en este caso, The Next Step a, por ejemplo, Star of Jupiter (2012), el último y ya dicen que su obra máxima, un doble que a más de uno que me sé también le ha sobrepasado. En aquel de 2001, temas como Zhivago o el Minor Blues me replantearon mis preferencias guitarristicas en el jazz, pero también en el Your vision con el clarinete bajo de Andrew D´Angelo, unos minutos para morirte (Heartcore 2003) o sin ir más lejos el Interlude con la flauta de Mariano Gil en el mismo álbum. Kurt Rosenwinkel se luce especialmente en Refletions (2009) un disco de standars con temas de Monk, Shorter... o en aquel que grabó en su garito preferido de Manhatan, donde le quieren como a un hijo, el Village Vanguard (The Remedy 2008). Pero hay quien prefiere ver al niño que casi era en East Coast Love Affair (1996). Fue su debut espectacular, asombroso, con Avisahi Cohen de bajista y el batería catalán Jorge Rossy.

Ahora que Kurt Rosenvinge llega a Albacete, repasemos que es un músico de 44 años que vive en Berlin, tiene dos nenes e imparte clases diariamente en The Jazz Institute de la capital alemana y que aún le restan otros 44 años para explayarse y mostrar alguna que otra identidad no exhibida hasta ahora. Pues mira, seguro que una de esas sorpresas que nos tiene reservadas para el futuro será aparecer algún día en un gran teatro rodeado de baterías resolviendo así uno de sus grandes dilemas a la hora de elegir golpeador para una grabación, un bolo o una gira. No es que le ocurra por insatisfacción ni por desconfianza con los que ha utilizado hasta ahora, es por todo lo contrario: le gustan todos y los quiere a todos, por eso los cambia en cada registro. Estoy convencido que maneja un listado interminable de baterías que rota según turno para cumplir esa profunda admiración que tiene por cada uno de ellos. También estoy seguro de que esa fascinación le viene de sus primeros años en la orquesta de Paul Motian, su maestro junto a Gary Burton. El viejo tamborilero lo había bebido todo en el jazz, desde el aroma mas amargo de Monk hasta el último sorbetón de Keith Jarret. Con ésa pócima en la cantimplora Kurt Rosenwinkel pudo fabricarse su propia marmita y bañarse en ella el resto de sus días.

KURT ROSENWINKEL NEW QUARTET
Kurt Rosenwinkel - guitar
Alessandro Lanzoni - piano
Andreas Lange - bass
Allan Mednard - drums

Teatro Circo de Albacete. Viernes, 7 de noviembre. 21,00h.
Jazzalbacete 2014

2.11.14

Abycine, esos días señalaitos

Albacete celebró la XVI edición de su festival cinematográfico

Parafraseando aquellos días que en Sevilla cae del cielo La Velá de Triana, donde la cerveza fría se hace fuente de la vida y el viejo coplero Raimundo Amador se arranca con una toná costumbrera: “Cuando llegan los días señalaitos hay muchos gachositos que son gitanos”; eso, precisamente eso es lo que vienen a ser los últimos días de octubre en Albacete, cuando el cine más preciado, el del primer impulso, agudiza sus colores y el grito de la guerrilla urbana se levanta pronunciando, a veces por primera vez, la fantástica voz: “¡acción!”.
El otoño entonces se hace caliente de propósitos y de días `señalaitos´ en la capital del sureste español: Ha llegado el cine, vuelve la fiel infantería, aquellos que encontraron en Albacete el cobijo necesario y la consideración suficiente para sus estrenos e ilusiones y en su maletero los trabajos paseados en otros festivales hermanos de apatías administrativas o dicho  llanamente de desamparos; con la ilusión siempre flagrante y el orgullo del primer premio nunca olvidado. Los impulsores de Abycine, comenzando por su propio director José Manuel Zamora, han planteado desde los inicios una reivindicación de espacio de cultura contemporánea, un punto de encuentro de los jóvenes profesionales del cine español, desde una tierra y una población alejada definitivamente de los tópicos planteados generaciones atrás.

Así, Abycine se inscribe en la corriente de propuestas fronterizas en el campo de la creación audiovisual en sus distintos formatos (largometrajes, cortometrajes, videocreación, spots, etc.) con
otras disciplinas artísticas como puedan ser la música (Abycine Off), la poesía (Fractal), el arte contemporáneo o la arquitectura efímera. El festival tiene como atención prioritaria la irrupción de las nuevas tecnologías digitales en el campo de la producción independiente nacional, y por panorámica, también en el internacional. Un reclamo notorio a juzgar por la cantidad de trabajos presentados a las distintas disciplinas marcadas por la organización: Videocreación albaceteña, Hecho en CLM, Mi primer Abycine, Abycine indie o Abycine cortos.

Y del 24 de octubre a 1 de noviembre pasaron por las distintas pasarelas habilitadas en la ciudad, Teatro Circo, Cine Capitol y Cines Vialia, butacones y palomitas al servicio de la causa, la armada nacional agregada al festival y sus anteriores ediciones con sus principales abanderados Carlos Vermut, Raúl Arévalo, Nacho Vigalondo o Borja Cobeaga, algunos de ellos fieles a la cita otoñal del cine en Albacete, agradecidos en algún caso por haber sido precisamente en la ciudad manchega donde recogieron sus primeros premios y reconocimientos. Es el caso de Carlos Vermut, que en 2011 estrenó su ópera prima en la ciudad, Diamond Flesh:  “Estamos muy orgullosos de ponernos esa medalla de descubridores de Carlos Vermut” dijo Zamora en la presentación del festival al otorgarle el Premio Película Joven a Magical Girl, la ganadora este año en San Sebastian.

Raúl Arevalo vino a recoger su trofeo Trayectoria Joven, un clásico del festival: “Se convertirá en una figura de calado en el cine español”, pronosticó igualmente José Manuel Zamora. Después, en la gala inaugural llegarían los turnos de Ana Morgade, comediante de club que en su monologo insistió una y otra vez en no entender nada de algunas de esas cosas que nos ocurren en la vida, no sé..., eso de hablar con los perros como si fueran personas por ejemplo, cerrando la gala inaugural la Orchestra de Samples de Addictive Club, un ejercicio musical francamente original que posibilita escuchar en distintas tomas audio-videográficas a unos cien músicos cada uno de su padre, de su madre y de su país (Brasil, Túnez, Senegal, Turquia, Francia, Bután, Japón, Mexico o España) remezclados y fusionados en melodías cortadas independientemente por Graham Daniels y Mark Vidler. Una locura. Una original y excelente locura.

Nacho Vigalondo, director de películas como Los Cronocrímenes, Extraterrestre y actor en La Chispa de la Vida, de Alex de la Iglesia o Desde el Infierno de Luis Endera presentó su último trabajo Open Windows, producción de la cada vez más acreditada sociedad Apache Entertainment (Lo imposible, Gente en sitios...) con Frodo Bolsón, perdón Elijah Wood en su papel estelar, aunque la visita de Vigalondo será recordada esta vez más por el protonúmero organizado en la pequeña sala Pussy Wagon como Alacrán, una suerte de personaje entre Mario Vaquerizo y Locomía que acompañó con  danza y coros las no menos avanzadas pautas de Joe Crepúsculo, teclista y vocalista de moda en Madrid, en las antípodas de mi vieja y por lo visto caduca cultura bluesera. Digo esto porque visto lo visto en la discoteca el único que sobraba allí era mi menda (y estaban y se espizcaban todos... todos, incluido Vermut y alguno más que me he apuntado para unas hipotéticas memorias). Me pasa como a la Morgade, que a veces yo tampoco entiendo nada. También se proyectó en una sesión especial God Help the Girl, de Stuart Murdoch, el chico que hace de Sebastian en Belle & Sebastian. Una cinta con tintes del más antiguo Richard Lester que gustó a la muchachada y que a mi, a mi edad, me pareció de una ñoñez vergonzosa y blanda como un `puñao- pelusa´ (Joder, siempre me quedo en fuera de juego).

Después de un sinfín de cortos, videocreaciones, sesiones especiales, estrenos indies, presentaciones exclusivas, un puñado de cine recién hecho para los más pequeños, etc. el festival lo cerró Borja Cobeaga con su último trabajo, Negociador, que no llegará a las salas comerciales hasta principios de 2015. Guionista del pelotazo del año, Ocho apellidos vascos, y director de Pagafantas y No controles, Cobeaga exhibió una vez más su extraordinario sentido de la comedia y del humor, que al tratarse del “problema vasco” yo diría algo más que extraordinario, dejándolo en excepcional. La habilidad de Cobeaga para la narración de un asunto de tanta enjundia presentandote la vida como si nada (con alguna que otra zancadilla terrorista entre medias) es un meritazo de mucho empaque.

Los fotocoles y los premios de la presente edición bajaron el telón donde quedaron protegidos actores, músicos y organización hasta la próxima edición. Nuevamente serán los días señalaitos que tiene asignados cada otoño esta pequeña capital del sureste español.


PALMARES ABYCINE 2014

Película Joven: Magical Girl, de Carlos Vermut
Trayectoria Joven: Raúl Arevalo
Mejor Creador Local: Enrique Leal

Videocreación Albaceteña
Primer Premio: En defensa propia, de Enrique Rodríguez Buleo
Mención especial del jurado: Antonio Pablo Molina, director y Jeromo García, actor

Abycine Cortos
Primer Premio: Serori de Pedro Collantes
Mención Especial a la Originalidad: La Pasión de Judas, de David Pantaleón
Mención Especial a la Dirección: Pablo Arellano, por Septiembre
Premio del Público: El amor me queda grande, de Javier Giner
Premio Especial del Jurado: Zela Trovke, de Asier Altuna

Abycine Indie
Primer Premio: Las amigas de Agata, de Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen
Premio Jurado Joven Abycine Indie: Taller Capuchoc, de Carlo Padial
III Premio Hecho en Castilla la Mancha: Mi queridísima Piscis, de Elías Espinosa

Mi primer Abycine
Primer Premio: Nadie tiene la culpa, de Esteban Crespo



1.11.14

Historia de Jazzalbacete. Edición 1987


Diseño: Hermanos García Giménez
 Las leyendas salen de paseo



Inaugurado el Auditorio Municipal y con la tranquilidad del ancestral problema de la ubicación de los conciertos resuelto de entrada ya, sólo restaba engalanar los carteles. Teníamos todo a favor para ello: escenario impecable con camerinos de lux, apoyo estratégico del INAEM a través de su coordinador artístico Javier Estrella, control y conocimientos de las giras de las grandes figuras americanas en España; ejem, todo, menos como siempre...  el presupuesto local. ¿ Porqué a las administraciones les ha sonado tan raro siempre eso del jazz?, ¿Cuantas veces tuve que explicar que ésa música retrataba los sonidos de nuestro siglo?... Ahora, en la distancia de los años no puedo precisar con detalle como diantre pudimos traer aquel año 1987 a tres glorias excelsas del jazz, ¡tres!, acompañadas de otros músicos que serían santo y seña del panorama jazzístico los años siguientes. Todo por el módico precio de 3 millones de las antiguas pesetas más un pequeño apoyo del INAEM, no más de otro kilo de las viejas y desaparecidas monedas. José María López Ariza ya no estaba en el ayuntamiento para apoyarme y el entusiasmo de la concejal y diputada Rosa Garijo empezaba a flaquear, quizá preocupada por otros vericuetos municipales para ella más trascendentes que un miserable festival de músicos “minoritarios”. El cartel y programa del festival fue realizado por los hermanos García Giménez, empleados municipales al servicio del diseño y la imagen del consistorio quienes emplearon para su arte final una foto del saxofonista español Jorge Pardo rescatada del concierto de la edición anterior.

Fuese lo que fuese, el caso es que en 1987, estuvieron en Albacete, los días 12, 13 y 14 de noviembre, nada menos que el batería Tony Williams al que no es que le salieran los dientes junto a Miles Davis sino que siendo igualmente ese infante de 17 años cuando lo alistó Davis en su famoso quinteto del  63 ya entonces mordía, literalmente merendaba tambores a dentelladas y se ventilaba los platillos como ensalada. Una fiera sentada en un taburete. Como segundo plato, ya metidos en grastro-jazz, la visita fue una vez más de Tete Montoliú (era la tercera cabezada a nuestro festival), siempre solicito, siempre a mano, siempre dispuesto y siempre memorable. Y para cerrar, otra gloria que avisaba desde hacía tiempo con emprender viajes más largos... y eternos: Stephane Gráppelli, que era como recibir la organización una cortesía concedida por la propia historia del jazz europeo antes de su partida definitiva. Es decir, hablamos en aquel año 1987, de jazz con mayúsculas, de jazz elitista y de rasgos inmortales e imperecederos en sus tres célebres protagonistas quienes curiosa y caprichosamente coincidirían igualmente en su desaparición definitiva de la jerigonza terrenal justo diez años después, en 1997.

Tony Williams Quintet
Tener a Tony Williams entre nosotros ha sido uno de los grandes logros de jazzalbacete. Williams fue escogido tan joven por Miles Davis porque éste andaba ya preocupado por renovar los métodos del género y desviarlos a estilos más innovadores, más reformistas, más cercanos en otras palabras al fastuoso mundo del rock que por aquel entonces comenzaba a llenar estadios y grandes espacios abiertos con nombres como Cream, Beatles, Rolling Stones o `Jimis´ Hendrix. Junto a Williams llamó a otros chavalotes como Herbie Hancock, Ron Carter y Wayne Shorter... nada, jóvenes prometedores que necesitaban la batuta y disciplina, el rigor, de un zorro del desierto como Miles. Aquel quinteto marcaría las directrices del nuevo jazz de los años sesenta y por inercia del jazz del último cuarto de siglo, nada menos.Y Tony Williams, en aquella gira del 87, hizo lo mismo que con él había hecho el principe de las tinieblas esos años, reclutar a unos cuantos jóvenes que ya avisaban de destrezas y maneras: Wallace Rooney, por ejemplo, que interpretaría aquella noche del auditorio el papel de Miles Davis: le salió niquelado, calcado. Bill Pierce sería el saxo tenor, Mulgrew Miller al que habíamos visto ya al piano, en Albacete,  junto a otro célebre batería, Art Blakey y el bajista Charnet Mollet.  Aquello fue toda una declaración de intenciones que estalló en Civilization, un álbum que apareció en España poco antes de su actuación en Albacete. El disco, el concierto, fue una bomba porque todos quisieron emular la fuerza y poderío de Williams mientras Rooney hacía su papel “melancólico” a la perfección. Un 12 de noviembre histórico. Otra trazada suntuosa en la epopeya del festival.

Tete Montoliú
Montoliú llegó al día siguiente con su pequeña y modesta alforja de recuerdos ostentosos, pero escondida discretamente para no llamar la atención. Tres veces visitó Albacete en su festival de jazz y por mi hubieran sido todas las que él hubiera querido. También le vimos un verano en Almansa, junto al saxofonista Johnny Griffin, otro pelotazo. Porque el pianista catalán siempre tuvo la majestad de un grande. Con él nada era ritual, nada era tradicional. Aguardaba siempre con una carta escondida. Podía ser una andanada sentimental como la de la célebre noche del desamor en la Casa de la Cultura. O podía ser una velada cargada de blues como así ocurrió aquella noche del 13 de noviembre, junto a Dave Thomas al contrabajo y Aaron Scott a la batería. Ese tipo de veladas que acompañas con una sonrisa de oreja a oreja todo el tiempo. Tu no notas que se te ha quedado cara de pasmo, pero así  ha sido y así la exhibes. Montoliú el mago es capaz de eso y mucho más, hasta de convencerte a que te hagas del Barça. Con él, yo era como Pedro el Pescador, negando sin parar a Di Stefano, un achantado y timorato aficionado al balompié. Qué personaje más grande. Qué pianista: “Como no veo... me creo que soy negro”. Era negro. Más negro que el betún. El mejor pianista de la historia de la música en España.

Stephane Gráppelli
El tercer día fue otra efemérides inolvidable: El día que nos visitó, Stephane Gráppelli tenía 79 años, Gráppelli llegó como un venerable anciano que había montado la de dios en 1946 tocando la `marsellesa´ con un guitarrista gitano de nombre Django Reindhart, y un poco antes (1934), juntos, habían fundado el Quintette du Hot Club de France, poco menos que el embrión de toda la música manouche que se hizo en el siglo XX. Eso es historia. Y aquella noche, la historia nos visitaba. Modestamente, como suelen ser todos estos personajes que han vivido tanta vicisitud que el momento actual les parece un regalo añadido por la providencia. Bandas sonoras de películas, apariciones estelares en grandes teatros universales y en fragmentos cinematográficos, televisiones, enciclopedias, Caballero de la Legión de Honor francesa, discografía con Oscar Peterson o Paul Simon...; particularmente, de Gráppelli siempre me llamó la atención su estrecha vinculación al mejor guitarrista de jazz de la historia, como se refería veladamente Woody Allen respecto a Django Reindhart en la película Sweet and Lowdon cada vez que nombraba a Ray Emmett (guitarrista ficticio interpretado por Sean Penn)  como el “Segundo Mejor Guitarrista de Jazz de la Historia”. Un chiste peculiar del director neoyorquino que nos transportaba aquella misma noche del 87 al compañero de tantas correrías del guitarrista y poco menos que al Mejor y más aclamado Violinista de la Historia del Jazz. Gráppelli nos visitó con el contrabajista Jack Jewing y el guitarrista Marc Fosset, que recientemente visitó nuestra ciudad invitado por los Amigos del Jazz de Albacete. El cierre de aquel festival del 87 fue un concierto limpio, entrañable, ortodoxo, en la vieja disciplina manouche o Gypsy Jazz, como le llamarían después al asunto; elegante, a la par que antiguo..., me refiero a aquellos recitales para veteranos que se practicaban en las ajadas noches de cualquier casino rural de nuestra comarca. Así le recuerdo yo. Respetuoso, íntimo y cercano. Infinitamente respetuoso por su sabiduría, su amabilidad y, claro, su leyenda.

Tony Williams murió el 23 de febrero de 1997
Tete Montoliú murió el 24 de agosto de 1997
Stephane Grappelli murió el 1 de diciembre de 1997   

27.10.14

Adiós a Juan Valero


No estoy seguro del juego pelín macabro que me llevo con los muertos hepáticos. Se nos/me acaba de ir al más allá Juan, Juanito, Valero, un amigo de todos, del mundo, sobre todo literario. Y se acaba de ir curiosamente, entre alguna que otra llaga más, el mismo día y con la misma pupa hecha bocado de caimán que el bajista cantante de Cream, Jack Bruce: El hígado piltrafa.

Vaya una coincidencia. Primero me entero del viaje de Bruce y luego del de nuestro entrañable Juanito al que ya había visto coger las maletas no hace mucho tiempo. Yo no se si al inglés le ocurriría lo mismo que a Juan, pero éste no acababa de creerse que lo que se llevaba entre manos era puro peligro entre talonarios de números coleccionados para el sorteo del éxodo definitivo.

Sea lo que sea, el caso es que ha ocurrido y Juan marchó a la esfera de los tiempos. Y (de aquí lo de mis dudas sobre la oportunidad de mi conjetura) para mi que, conociendo a Juan, haya pensado... "No Juanan, cuenta lo de Jack Bruce primero. Él es universal y yo contingente. Le adoro, para mi es un honor. Te lo pido por favor Juanan, vayamos de la mano, pero él primero. Lo hubiera firmado de haber conocido la coincidencia: Jack Bruce hermano de costra y costurón y compañero de viaje... no puedo pedir tanto. Hazme ése último favor"

Y así lo he hecho cuando hoy mismo lo hemos dejado en el camposanto, escondido en un cajón como si le diera vergüenza que le viéramos después de la putada gastada de ese viaje largo y caprichoso en el que se empeñó y al que nosotros nos opusimos desde el primer momento. Es la vida que te va dando trancazos, empujones, empeñada en que nada sea reposado y reflexivo.
No...,  ¡tiene que ser así!..., a golpe de pasmo, de chascos, de estupores y confusiones, de mala hostia en definitiva. A santo de qué le toca a Juan Valero bailar ése tétrico y siniestro blues y desde hace tanto, tanto, tiempo. No quiero dar nombres pero se me ocurren un montón que no  hubieran dejado ninguna huella en el baile. Qué putada que le tocara a él.

Adios Juan!... Viva el blues!

Adios a Jack Bruce



Gracias a su colega de Cream, Ginger Baker, bastantes de los zalameros perpetuos de la inolvidable banda británica nos quedamos para la memoria eterna con las hostiacinas intercambiadas entre ambos, Bruce y Baker, en aquella para muchos mejor banda de blues de la historia (ejem, yo añadiría por respeto al rigor algodonero de "blues blanco").
Baker lo cuenta con todo tipo de detalles, de mal gusto por cierto, en el documental sobre su esquizofrénica vida Beware of Mr. Baker. El batería carga tintas con aquella relación amor/odio que ambos mantuvieron en el trío, con Eric Clapton de confundido testigo: "Llegué a llorar de impotencia  en más de una ocasión al verlos" se lamenta Clapton en el mismo documental.
Y no se porqué, ahora que se va Jack Bruce para siempre, me viene el jodido chascarrillo del buscapleitos tamborilero.

Y no es eso, no es eso. Jack Bruce ha sido uno de los grandes músicos que dio el blues británico cuando los negros empezaron a cansarse de tocarlo.
Simplemente nombrarlo ya te ponía en guardia. ¿Con quien ahora? pensabas, ¿con Gary Moore? en BBM (Bruce, Baker & Moore), con Leslie West, de Mountain... en WB&L? (West, Bruce y el batería Gorky Laing... atómicos)... con Tony Williams, el batería de Miles Davis o John McLaughlin..., o con su eterno hermano Eric Slowhand Clapton.

Jack Bruce ha sido un icono del blues y Cream, yo no se cuantas veces lo voy a decir, la mejor banda blanca de blues que jamas haya existido. Murió el pasado sábado de una profunda crisis hepática (Ya le habían trasplantado el higado hace unos años) a la edad de 71. Buena edad para tocar blues.
Mira, a lo mejor le viene bien ahora a Jimi Hendrix que buscaba bajista en el paraiso.
Adios Jack!...Viva el blues!


14.7.14

Siquier el mago


Aquí son secuencias de algunos de los proyectos en los que he trabajado hasta ahora, la mayoría son proyectos personales:
"Cazadores de dragones" © Luxanimation (texturizado)
"Querida Anne, el don de la esperanza" © 263 Films (Hard Modelado, texturizado, Look Desarrollo e iluminación)
"Justin y los Caballeros del Valor" © Kandor Graphics (Texturizado y Desarrollo Look)
"La dama y la muerte" © Kandor Graphics (Texturizado y Desarrollo Look)
La música es "Slinky" por "Ozric Tentacles", del álbum "Espirales en el hiperespacio"

Siquier, Juan Siquier, nos cuenta esto y se estira, se despereza y nos atrapa en su particular tela de araña. Asistimos a un auto prontuario de su obra, de su trabajo de tantos años (creo que he sacrificado mucho metraje, la novatada supongo, lo quiero meter todo!!) y una vez más el encanto, la fascinación, el hechizo, se dan la mano. Puro deleite.



25.5.14

Frank Gehry y el Experience Music Project



El arquitecto Frank Gehry ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2014. Autor del Guggenheim de Bilbao y premio Pritzker en 1989, es el sexto arquitecto en recibir este reconocimiento. El jurado ha destacado la relevancia y la repercusión de sus creaciones en numerosos países, con las que ha definido e impulsado la arquitectura en el último medio siglo.
El estadounidense, nacido en Toronto (Canadá) en 1929 y que reside en Estados Unidos desde los 15 años, se convierte así en el sexto arquitecto que obtiene el galardón tras Óscar Niemeyer (1989), Francisco Javier Sáenz de Oiza (1993), Santiago Calatrava (1999), Norman Foster (2009) y Rafael Moneo (2012). Este año optaban al premio -dotado con una escultura de Joan Miró y 50.000 euros- 36 candidaturas de 19 países.
Entre sus edificios, caracterizados por un juego virtuoso con formas complejas, por el uso de materiales poco comunes, como el titanio, y por su innovación tecnológica, que ha tenido repercusión también en otras artes, destaca el Museo Guggenheim de Bilbao (1997) que, junto con el edificio para la bodega Herederos del Marqués de Riscal en Elciego, Álava (2006), son sus fieles representantes en nuestro país donde recientemente ha proyectado la Torre de Sagrera en Barcelona.
Son también muy representativos de su trabajo el edificio Nationale-Nederlanden, conocido como Casa Danzante, de Praga (1996), el Museo Aeroespacial de California (1984), el Museo Vitra Design, en Weil am Rhein, Alemania (1989), el Museo de Arte Frederick Weisman en Minneapolis (1993), el edificio del Banco DZ en Berlín (1998), la Torre Gehry en Hannover (2001), el Centro Stata del Instituto Tecnológico de Cambridge (2003), el Walt Disney Concert Hall (2003) y el Centro Maggie's Dundee en Escocia (2003).

Sin embargo, y me llama la atención, no viene recogido en las glosas e inventarios ilustres aparecidos estos días en las notas biográficas y referencias del premiado arquitecto canadiense un augusto levantamiento, una fastuosa Casa-Museo a mayor gloria del guitarrista de rock Jimi Hendrix en la muy noble villa de Seattle, costa oeste americana y cuna y origen de la zurda más rápida jamas vista al otro lado del Mississippi, el Experience Music Project, incluido como un componente más del complejo cultural Seattle Center, que incluye, además del pesebre de Hendrix, el Centro de Ciencias Pacific, un museo y un teatro para niños, la Casa de la Ópera, los teatros Bagley Wright y Seattle Center y el Key Arena, exclusivo para deportes y eventos especiales.




El Experience Music Project es un museo del rock donde la épica universal del género descansa como modelo de guitarristas históricos además del respetuoso y amplio rincón reservado para Jimi Hendrix, que tiene allí su propio paraninfo donde reposan los trajes que utilizó en sus actuaciones, el mítico de la Isla de Wight, el de Woodstock, sus diarios, pedales y hasta los desechos chamuscados y destrozados de sus guitarras, incluida la que inmoló en Monterrey. Hay una referencia valiosísima a la historia de la guitarra eléctrica, desde la vieja inventada por Orville Gibson en 1897 hasta toda la saga Fender, pasando por la National Steel de Tampa Red en 1937 y ejemplares expuestos pertenecientes a Charlie Christian, Duane Allman, Roger Mc Guinn, George Harrison, Eric Clapton, Les Paul o Jeff Beck. Un manual de joyas reunidas para la historia.

En realidad es un homenaje a la historia del rock, donde obviamente tiene su hueco todo lo referente al sonido grunge, con material propio de Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains o Nirvana: cartelería, ropa de actuaciones, entradas de conciertos, videos, etc. El colofón lo marca un gran estudio de grabación donde, con técnicos incluidos, te puedes marcar el single de tu vida por un precio simbólico.

El Museo proporciona uno de esos momentos excitantes en los que tu propia vida desfila entre sus vitrinas. Es una epopeya alucinante que arrastra tras de sí nombres y nombres que ves reflejados precisamente justo allí, en ése delirante instante. Seattle ha conquistado de repente su carácter etéreo e intangible y lo único que te queda es viajar 25 kilómetros dirección Renton, visitar el Greenwood Memorial Park y dejar un pequeño mechero de un conocido restaurante albaceteño junto a la tumba de Jimi Hendrix como avituallamiento para posibles despistados a la hora de las honras y alabanzas.

Mausoleo de Jimi Hendrix en Renton (Seattle)




Además, en el Experience Music Project, diseñado por Frank Gehry e inaugurado en 2000, tiene cabida también el SFM, Science Fiction Museum, un ofertorio creado para satisfacer las no menos pasiones míticas que rodean a toda la saga de la Guerra de las Galaxias empezando por lo relacionado con los maestros Jedi de la república galáctica y explorando y revisando igualmente su prole estelar. Muñecos, trajes, espadas, ewoks, simulaciones y todo lo referente al mundo creado por George Lucas quedan mostrados en grandes escaparates y paneles. El SFM es el museo ideal del fervoroso adicto a Chewbacca y su Conjunto.





Fotos: JAF

21.5.14

Artimañas el artesano


Momento culminante este de José Garrido que se decide a debutar en el siempre comprometido estado de la exposición pública siendo, como es, un tímido recalcitrante que suele quitar importancia a sus destrezas en el universo de las artes sonoras, didácticas y gráficas.
No es para menos, las acuarelas expuestas tienen una calidad exquisita -exquisiteces- y una presentación en la Casa Vieja de la calle Blasco Ibáñez sólo comparable a la conocida y delicada sensibilidad del autor para quien un mínimo detalle de centimetros, tonos o notas supone la gloria o la ruina total.
Artimañas en estado puro.
Jueves, 22 de mayo a las 20,00h.


JOSÉ GARRIDO
Acuarelas
Casa Vieja, (Blasco Ibáñez, 9. ALBACETE).
Hasta el 20 de junio de 2014

"Culpables de tamaño atrevimiento son, dejando aparte mi ya acreditada osadía en otras artes, Hortensia y Antonio Roldán, de la Casa Vieja y la Casa del Pintor, que me han animado a colgar mis acuarelas en las paredes de la primera de esas casas, en Blasco Ibáñez, 9.
Después de mi retiro, que me brinda la ocasión y el tiempo para cambiar las tizas por los pinceles y las guitarras, mi trabajo con el dibujo y la pintura es más asiduo y reflexivo, lo que viene a significar que es mejor, pues todo es cuestión de estudio y trabajo. Los títulos de mis acuarelas son redundantes. Si “Árbol” se titula la obra, en ella se encontrará un árbol reconocible. Es figurativa mi pintura, y por tanto no es imprescindible explicarla, que sí justificarla.  Figuración temperada, no excesivamente fiel a la realidad, tanto más lograda cuanto más sugiera y menos muestre. Esa es mi intención y mi meta, alcanzada en la medida en que hemos sido capaces de renunciar al detalle irrelevante en favor de sugerencia y la impresión". (texto de José Garrido)

20.4.14

Stephen Malkmus, el Bazooka llevado a la excelencia


Los discos del año 2014
Febrero. Wig Out at Jagbags, de Stephen Malkmus & The Jicks



Desde que me salieron los dientes tuve claro que en ningún caso debía tragarme un chicle:
“No, que se te pegan las tripas”, me avisaba siempre una tía cercana muy puesta en medicina transversal.

“¿Ni siquiera los Bazooka?...”, contestaba yo con cierto desencanto.

Bubblegummes y Gayolas
Los chicles Bazooka eran como una especie de escayola gelatinosa de tres pisos que te metías entre los dientes y te duraban toda una tarde. La gelatina era de la dura. Imposible tragarlos; por ese tema nunca tuve problemas ni con mi tía ni con las tripas. Con un chicle Bazooka en la boca los globos que exhibían las/los amigas/os eran descomunales, bárbaros, placentas marcianas,  aunque he de confesar que también para esos menesteres yo siempre fui un patán.
No, nunca fui un niño competente en la virguería infantil. La primera relación seria que tuve con los chicles fueron los Monkees, una banda formada por actores de televisión, adolescentes del canal Disney en Los Ángeles a los que alguien convenció para que fueran imagen de portadas discográficas y de una serie de televisión cuya música competiría en el mercado con la de los Beatles. A aquel movimiento musical propiciado por el éxito de la serie y de algunas de sus memorables canciones, Last train to Clarksville, I´m believer,  Pleasent Valley Sunday, la incipiente industria pop americana bautizó como sonido Bubble Gum, cuyos artistas más significativos fueron The Archies (Sugar, sugar), los propios Monkees, Ohio Express (Yummy, Yummy y Chewy Chewy)  y algunos otros que no me retiene ahora la memoria... Tiempo habrá de hablar de algunas de sus excelencias, que las hubo.
El otro día oía una remota aproximación actualizada. Nada comparable por supuesto, pero con ése retintín que te vocean los recuerdos de vez en cuando. No sé si os ha pasado alguna vez, eso de estar escuchando un disco sin prestarle excesiva atención hasta que llega ese momento que dices... “joder, esto no suena mal del todo...”,  “Bieeen...”,  ¡Joder...esto es cojonudo!”:
¡Stephen Malkmus sin ir más lejos!. Sucedió con su álbum de éste año Wig Out at Jagbag, al que algún osado ha querido traducir (yo no me atrevo) como “Se vuelven locos con las Gayolas” (¿?).

Stephen Malkmus, un explorador de carrera
Y eso que a  Malkmus se le supone el voto de confianza desde su fructífera aventura con Pavement en los noventa y también después de aquella mermelada de lujo que resultó ser Pig Lib en 2003, la descarada declaración de intenciones de un tipo que ya iba por libre en el nuevo siglo y que había elegido la fulminante combinación de agitar la coctelera de ideas almacenadas, esperando turno desde los mismos tiempos de Pavement (a mi particularmente ya me gustó mucho su álbum de despedida Terror Twilight) y desparramarlas en caída libre en el estudio de grabación, cual fórmula ingeniosa de George Martin en los sesenta del pasado siglo cuando el productor de Abbey Road andaba en la obligación diaria de inventarse algo nuevo para los nenes de Liverpool.

Estamos hablando de pop. De pop de salón. De pop de cumpleaños con los amigos pop. De pop de conversación trascendente. Nada de malditos ni ordinarieces, aunque bordeando ligeramente el sonido Bubble de postín. Stephen Malkmus hace ya tiempo que cumple todos los requisitos del artista pop de luxe. Insisto, en Pig Lib (que lujo es tener estos discos en vinilo) a mi se me cayó la baba escuchando aquellos juegos deliberados y provocadores que me remitían a uno de mis ídolos de niñez: Ray Davies. A veces lo que cuentan y como lo cuentan sólo lo entienden ellos pero suficiente que adivines un gag, una frase lapidaria (“We lived on Tennyson and venison and the Grateful Dead, It was Mudhoney summer, Torch of Mystics, Double Bummer” en Lariat) ..., una cita o un sonido concreto de guitarra o voz para que el juego de artista acabe definitivamente en una fiesta personal y pasional. Al fin y al cabo todo lo que escribe y piensa el músico de Santa Mónica tiene ese aire remotamente reverencial que otorga el surrealismo o, porqué no decirlo, la música jingle-jungle.  En esas vicisitudes Stephen Malkmus es un personaje. En lo de dominar la historia también porque si no a santo de qué puedo volver a escuchar después de toda una vida como he sufrido en el alambre y en la alternancia a Dave Dee, Dozy, Beaky, Mick & Tich (espero no haberme dejado a ninguno) en Rumble at the rainbow. El tema es una continuación redoblada de Hideway o The Legend of Xanadu, incluso masticando la misma plasta bazookera utilizada entonces si bien ahora con algún adorno de reggae que para aquellos días (1967) debía resultar aún algo excesivamente exótico.
Sí, eso ocurre en este disco de este año de este señor que viste y peina y se expresa en público como un post-doc de Agrónomos.: Stephen Malkmus.

El Disco, Wig Out at Jagbags, un caleidoscopio.
Y muchas más cosas. En Planetary motion, al ser la canción que inaugura el disco, Malkmus ha querido mirar hacia atrás al tiempo que rendir un homenaje transparente a sus viejos camaradas de Pavement mientras aclaraba de inicio que lo que íbamos a seguir escuchando no iba a tener nada que ver con Beck, su productor y mentor en su anterior trabajo Mirror Traffic. En mi opinión, en aquel disco Beck utilizaba a Stephen Malkmus como si fuera su propio clon, secuelas encontradas aquí en algunos pasajes de Houston hades o Shibboleth, poca cosa si tenemos en cuenta el repaso a la historia que Malkmus muestra con las Arañas de Marte en Chartjunk, como si el guitarrista se hubiera reciclado en aquel Davie Jones del que más tarde huyó desesperadamente David Bowie y, sobre todo, en el Ray Davies de The Janitor Revealed, el mismo Davies de Waterloo Sunset o de Sitting in my sofa: el mismo. Desde luego no sorprenden las citas en Lariat, para algunos colegas lo mejor del álbum aunque yo me quedo con Independence street, una exhibición de las exquisitas facultades que guarda Stephen para la interpretación a la guitarra.

Un directo apático en Madrid
Qué pena que no se entregasen del todo en la sala Joy Eslava hace unas semanas. Vestidos de profesor de instituto, de colega de cañas en Lavapiés, estuvieron pelín fríos, como el ambiente (sorprendentemente no se llenó). Acompañado de la formación que protagoniza el disco: Mike Clark con el teclado y las segundas guitarras; Jake Morris a la batería y la bajista Joanna Bolme a la que algunos apuntan como algo más que compañera de escenario, tocaron el estreno del álbum y poco más, bueno, ejem, Old Jerry, ése pedazo de tema que le vienen dedicando al célebre guitarrista de Grateful Dead, Jerry García, desde hace mucho tiempo .

Venga y únase a nosotros en esta tumba de punk-rock 
Venga y baile slam con unos tipos antiguos 
Estamos volviendo, volviendo a nuestras raíces 
Sin material nuevo, sólo botas de vaquero

“Pues en Nueva York se deja la piel cada vez que toca”, comentó un pintoresco gabacho que le sigue a todas partes.

Publicado el Viernes, 18 de abril de 2014 en Más24, suplemento cultural del diario digital Asturias24


6.4.14

jazz


Slow Motion Blues by Lester Young on Grooveshark

Y el maestro cogió su plumilla y me mostró los secretos del tiempo acumulado.
Me los regaló. Así sin más.
Yo sé que Geoff Dyer ha mediado en el asunto, y Charlie Parker, y Lester Young mientras soplaba lentamente este blues.
Monsieur Leve,
siempre cabal en las grandes ocasiones:

jazz

El primer lugar en el que siento el frío los días de invierno es en los hombros, suponiendo que los hombros sean un lugar. Blancos hombros del invierno de desprecio al norte mientras en medio de la niebla viene sonando, por donde quiera que vaya, el cálido saxofón de Lester hasta hacerse una herida adolescente, un lirio negro y dulce que se funde con el sudor del algodón. Por ahí me entra el frío que se abraza a la sangre desconcertada y a veces deja oír un gruñido de madera vieja, un suspiro sin vendas que vuela hacia los barrios más pobres.



Coleman augura lluvias torrenciales en la periferia y diluvios azules más oscuros que los agujeros del dolor. Toda la tarde mirando por la ventana y viendo pájaros brumosos en busca de antenas de cartón. Para cuando regrese el barco, cargado de junglas de Vietnam, las notas cuidadas de los muelles, portuarias señales del orgullo, habrán empezado a resbalar por los tejados sin dorsales.





Me levanté en el observatorio de la lluvia esperando que apareciera de nuevo el frío. Lo que vino fue una ráfaga desafinada, un salmo, santo dios, de parte de Ben, cansado ya de las cenizas de la tierra. Fue un invierno tan frío que retrasó las cosechas del yeso, marcando con una cruz beige las amuras del buque para que los arrecifes también conocieran a Tapies. Aquellos huesos, de un lujo turbulento, son los que relanzan ahora esa vieja melodía que se ha metido en mi cabeza buscando la cuerda que une todos los saxofones del mundo. Y no hay manera de dar con el espejo en el que se miraron aquella noche de convulsiones, cuando los músicos entraron al servicio, ya muy tarde, para buscar la causa de las grandes erosiones musicales del 53.


¡Gracias!

30.3.14

J. J. Cale y los homenajes




PASCAL Y LA SABIDURIA
Los males del hombre vienen de no saber estar solo en su habitación..., dicho así tiene su aquel. Lo dijo y lo escribió por primera vez Blaise Pascal, aquel filósofo francés famoso por no haberse aburrido nunca en vida; una vez enterrado, en 1662 a los 39 años, la cosa tuvo que ser diferente pero para ese entonces a él ya le daba igual. A Pascal, vivo, le dio por las matemáticas, las calculadoras, la ciencias naturales y hasta el diseño (hablamos del siglo XV). Como este ejemplo de sabiduría y refinamiento (He redactado esta carta más extensa de lo habitual porque carezco de tiempo para escribirla más breve, es otro de sus pasmos) hay muchos, muchísimos más personajes en la historia que nunca han sabido estarse quietos. Sin ir más lejos, y por supuesto sin haber entrado nunca en la historia ni esperanzas, yo mismo. Personalmente conozco a muchos que les ocurre igual, yo soy feliz en mi habitación no como el grupo Mecano; he dirigido todos los pasos de mi vida, todos mis planes para ser feliz en mi habitación, desde donde controlo todos mis movimientos anímicos y estructurales de cada día: la pintura y las artes, la lectura en su concepción globalizadora, la escucha de discos de Frank Zappa, por nombrar a alguien, el cine, ¡el cine en tu habitación! ¡qué privilegio!, la contemplación del espacio tierra sin cantearme de la silla... Así, por ejemplo, puedo escribir estas líneas sin salir del barrio Tejares y sin dejar de mirar la postal del Bugatti de Pinin Farina que preside mi estudio.

PREÁMBULOS A UN HOMENAJE
Y para hacerlo realidad, nada mejor que un homenaje. Tenía un amigo que fatalmente ya se despidió hace unos años, Manuel, Manolo Rodiel, al que le encantaban los homenajes. Pero a él le ponían esos homenajes... rancios, de olor a cigarro puro y anisete. De contraluces pardos marcados en el escenario de un casino con sabor a juego floral: le voy a hacer a éste un poema que se va a cagar, pensaban frotándose las manos los prebostes anclados definitivamente en la máxima categoría del carcamal. A Rodiel siempre le chocaba la elección del homenajeado, por lo general un mindundi o una persona lejos de merecerse hasta el saludo. “¡Vamos a hacerle un homenaje a pichabrava!” abrió un día la mañana mientras lucía en la mesa del bar-restaurante Los Molinos una esplendorosa fuente de pajaritos fritos con huevos. Javier Tornero, pichabrava, era un “cortinillas” de Sisante cuyo mayor merito adquirido era, por lo visto, el mantenimiento y cuidado de un descomunal atributo en la entrepierna. Cada semana, Rodiel organizaba un homenaje parecido al de pichabrava, a sabiendas de que nunca llegaría a realizarse la utopía, pero de esa manera Manolo era feliz y se tronchaba y nos tronchábamos.

UN DISCRETO ADIÓS
A lo que iba, el homenaje. En este caso aprovecho la ocasión para saldar una cuenta aplazada demasiado tiempo. Nada mejor que reflejar en estas páginas mi sentida pesadumbre por la desaparición hace ya casi nueve meses de mi admirado John Weldon Cale. Se fue como vivió, discretamente; eso es: de un discreto infarto, esos golpes de pecho que no avisan y te eliminan sin rechistar. Su muerte en pleno julio me pilló en la carretera de verano, ésa que te cambia las costumbres en un libre albedrío difícil de controlar. Luego llegó mi propia lucha contra el mal de Cale, de la que salí tan campante y desde entonces buscaba la manera de expresar mi pena y mi constante recuerdo a uno de los personajes que más feliz me ha hecho escuchando blues acariciando las raíces del  Tulsa Sound, la capital del okie, ese tipo de músico del que todos los grandes presumen haber tenido alguna vez en su banda, o ese jazz enmascarado que machacaba invariablemente en un misterioso contratiempo, su famoso laid-back. En el extraordinario documental To Tulsa And Back: On Tour With J.J.Cale (2005) el músico lo explica gráficamente:

“Quizá sorprenda, pero el mejor ejemplo de música laid-back es Billie Holiday. Billie cantaba siempre fuera de ritmo. Daba igual si el ritmo era rápido o lento, siempre cantaba tras el golpe. Eso me gusta mucho, produce un efecto muy diferente. Son pausas mínimas que no se perciben. Hasta las canciones rápidas las toco un poco fuera de ritmo y a eso lo llamo laid-back. Se me ha etiquetado con ello pero no lo inventé, ya lo hacía Billie Holiday”.

J J Cale con Eric Clapton
El documental, del director alemán Jörg Bundschuh, es otra de esas joyas a las que afortunadamente ya nos vamos acostumbrando últimamente. Una manera nítida de conocer a los músicos de tu vida que inició hace muchos años Martin Scorsese con The Last Waltz y The Band y que en la nueva hora ilustran brillantemente Chet Baker y  Let's get lost, por ejemplo o como recientemente ha hecho el periodista de Rolling Stone, Jay Bulger, con Ginger Baker, el batería de Cream. En esta cinta dedicada al gran músico de Tulsa se le puede ver tocar la guitarra como un músico callejero más en plena plaza de su ciudad o explicando algunas confidencias de su carrera y giras, cosa impensable dada la habitual introversión de siempre conocida de Cale.

En J.J.Cale (las dos jotas vienen de un afrancesamiento gratuito – Jean Jacques- después de una época que el músico paso en New Orleans) jamás hemos sufrido un deterioro, una renuncia, menos una vulgaridad o una modorra..., J.J.Cale fue puro y técnicamente un prodigio, con esa transparente nebulosa que envolvía sus juegos de guitarra amable, sofisticada, limpia de púas y alborotos, paseando la técnica más depurada de interpretación que maldito alguno pueda presumir. Bueno, decir que Cale era un maldito es porque los críticos como yo somos gilipollas: maldito es el que nombra al maldito. ¿Qué es eso del malditismo?, ¿no comerse un top-ten a cambio de un pellizco al corazón?.  ¿Malditos Tom Waits, Nick Drake, Nick Cave, J.J.Cale?... Lo que pasa es que esta gente se ha pasado toda su vida rondando los límites de nuestras perezas especulativas.
Malditos..., anda que...

Maldita... es la mala costumbre de morir, como (y ya que me meto en necrológicas) le ocurrió el último año a George Duke, Otis Harris (The Temptations), Ray Manzarek, Richie Havens, Alvin Lee, Kevin Ayers, Tony Sheridan, Reg Presley, Lou Reed, Chico Hamilton y ya en este año a Bob Casale (Devo), Scott Asheton, batería de los Stooges y nuestro gran Paco de Lucía. Esos también han sido malos tragos aunque sirvan ahora de pequeños homenajes al estilo Rodiel en un débito obligado a saldar.





Publicado el Domingo, 30 de marzo de 2014 en Mas24, suplemento cultural del diario digital Asturias24

11.3.14

John Mayall, el último bluesbreaker


El maestro del blues se da una vuelta por España: Zaragoza, Avilés, Bilbao, Madrid, Málaga y Girona



Ése señor mayor  ordenando el
merchandising
Miércoles 15 de junio de 2011, John Mayall (Manchester 1933), el célebre músico de blues británico actúa a las nueve de la noche en el teatro Juan Bravo de Segovia. Me tomo con tiempo la llegada de la leyenda y una hora antes del concierto asomo mi interés por la puerta del teatro, antes incluso que lleguen taquilleros y acomodadores. Como voy bien acompañado, con gente de autoridad artística en la capital castellana (algunos miembros del no menos mítico grupo tradicional español Nuevo Mester de Juglaría) el acceso al hall del teatro que aún tiene las puertas abiertas de par en par para la limpieza y repostería no presenta ningún problema. Desde la puerta he visto que un señor mayor acomoda en el hall una pequeña mesita de camping repleta de discos, fotos y merchandising diverso del histórico guitarrista de Manchester. Me acerco para curiosear discografía y otros detalles y ante mi sorpresa, sorpresón, compruebo que ése señor mayor de gafas y equipamiento asilvestrado que coloca  delicadamente los objetos de culto en el velador es nada más y nada menos que el mismísimo John Mayall, aquel personaje inalcanzable por el que unos cuantos adolescentes como yo en la agonía de la década de los sesenta hubiéramos cambiado alguna hermana por un par de aquellos discos suyos que nos presentaron a los españoles el género de blues en condiciones; que sé yo... The Diary of a Band o el Bluesbreakers with Eric Clapton o el  Blues from Laurel Canyon.


La anécdota relatada y vivida en primera persona no hace más que confirmar el comentario de muchos de sus músicos, los bluesbreakers de toda la vida, en el sentido de la obstinación y obsesión que ha tenido siempre John Mayall en controlar cada uno de los movimientos que tuvieran que ver con su extraordinaria y sagrada misión apostolar de difundir el blues por cualquier rincón del mundo: las grabaciones y producciones de cada disco, la selección de clásicos cuando los temas no eran del propio Mayall, las portadas y diseños de los discos, escenarios, posición de los músicos en el entablado, la programación y contratación de las giras...

Eric Burdon, John Mayall, Jimi Hendrix,
Stevie Winwood y Eric Clapton en
una foto de la época
Vamos a ver: Mayall vivió durante algún tiempo en un árbol. Sí, en un árbol. Eso tiene que imprimir carácter y, desde luego control de la situación. Cuando hablo de una árbol estoy hablando de mantener entre ramas todos los elementos de confort que uno disfruta en cualquier hogar: agua corriente, luz, cama, estufas, equipo estereofónico... Estamos pues ante un aventurero perfeccionista, algo lunático y presuntuoso, desde luego original y bastante egocéntrico: “La música la pongo yo (el mejor blues de Chicago), tu tocas y te pago por ello”. Esto, dicho en 1963 a jóvenes talentosos como un tal Clapton, Eric Clapton, recién llegado de la juerga juvenil de los Yardbirds tiene su enjundia y su lógica pero no podrá evitar el vuelo del tucán en cuanto éste haya dado varios conciertos memorables. Le pasó con Clapton como le pasó con Peter Green, otra mano lenta o con Jack Bruce, John McVie, Mick Taylor, Keef Hartley,  Aynsley Dunbar, Andy Fraser, Harvey Mandel, Jon Mark, Johnny Almond, Mick Fleetwood... todos bluesbreakers, todos posteriormente fundando grupos como Cream, Fleetwood Mac, Colosseum o llamados por The Rolling Stones, banda nada sospechosa de mamporrear el blues. Acabamos de mencionar media historia del rock. John Mayall fue maestro y jefe de todos ellos y ejerció su exagerada personalidad a sabiendas de que el producto que les estaba “vendiendo” iba a ser perfectamente asumible y aprovechable en manos y talentos tan significados.

John Mayall, que por cierto empezó relativamente tarde su carrera musical (a los treinta años) con los primitivos Bluesbreakers,  como buen explorador de emociones fuertes no quedó atrapado al menos en aquella etapa (1960-65) en todas sus referencias iniciáticas del modelo Chicago Blues, ya sabes, Otis Rush, Muddy Waters, B.B.King, Elmore James, etc.,  como hicieron básicamente todos, he dicho todos, los bluesmen británicos de la época. Los mayores y por tanto también “maestros” como Alexis Korner o Graham Bond y los jóvenes como la “escolanía” antes mencionada con John Mayall.  Al contrario, en los albores de la década de los setenta hizo varios giros espectaculares en sus contenidos y abordó formaciones inusuales y francamente novedosas en el mundo del blues: El álbum Turning Point (1969) presentaba en directo a una banda sin batería y con el protagonismo casi absoluto de la flauta de Johnny Almond y aquella acústica inolvidable de Jon Mark. La formación se repetiría en dos discos más, el Empty Rooms y el USA Union, ambos joyas del 70,  si bien en el último se incluía al violinista llegado de las Madres de  Frank Zappa, Sugarcane Harris. Tres discos soberbios, originales, brillantes, muy por encima de la media. Yo creo que fueron los que definitivamente le dieron la gloria a John Mayall como músico y compositor, acabando con la vieja leyenda de que su persona había sido utilizada por las incipientes grandes estrellas (Clapton, Green, Taylor) para la propia proyección personal de estos. Luego llegarían incursiones muy vistosas con secciones de viento y arreglos en algún caso cercanos al jazz, pero para ése entonces John Mayall ya no tuvo que justificar su fama de haber sido simplemente un gran instructor de blues.


  No obstante, parece que a finales de los setenta del pasado siglo Mayall se equivocó al cambiar su domicilio británico por el de los Estados Unidos, posiblemente pretendiendo con ese viaje estar cerca de la versión blues más correcta, la original y genuina de New Orleans que la que él había practicado desde sus comienzos inspirada en Chicago. Desde entonces, curiosamente,  los discos de Mayall perdieron en frescura y personalidad y no, no siguió con su vocación, al menos que se sepa exitosa, de fabricar gemas sonoras a la altura de Eric Clapton, Mick Taylor o Peter Green, bachilleres hoy doctores que suelen acudir a los homenajes que ya el gran sabio de Manchester comienza a recibir con cierta frecuencia.

John Mayall en Segovia (2011)
En Segovia, cuando le vi, hace ya casi tres años, desgranó gran parte de su repertorio vital, el de los sesenta... The Bear, Long long Midnight, California, Room to Move claro, además de su último disco conocido, Tough (2009) con una banda muy aseada y profesional compuesta por el fornido guitarrista  Rocky Athas, el teclista Tom Canning, Greg Rzab al bajo y la batería de Jay Davenport. John Mayall tocó su pequeño teclado de bodas y comuniones, también la guitarra y, eso si,  la armónica, francamente impecable.
Ni que decir tiene que a mi no me dirigió la palabra una vez comprobado que yo no tenía ninguna intención en adquirir nada de su pequeño rastrillo en el hall del teatro.
Y es que los años le están haciendo a uno perder mitomanías.

Publicado en la revista mensual de cultura El Cuaderno, número 54. Marzo de 2014.

5.3.14

Olok, la vida en un sampler


Se edita digitalmente Cateterismo, el EP del técnico albaceteño




Vigésimo cuarta referencia de Albacete Underground Records que supone el debut de Olok en este sello electrónico digital de bien ganada reputación entre los buscadores de emociones mas allá, infinitamente mas allá, del oído común.

Es precisamente lo que propone Olok: llegar hasta donde pocas veces te habías atrevido a explorar, salvo que puedas presumir de una oreja a prueba de sensaciones o un DNI por debajo de los cuarenta. Olok reúne ambas virtudes y las explota. Lleva toda la vida probando registros, toda (que se dice pronto). Nada le es ajeno en la música contemporánea y nada le rebota, salvo la vulgaridad. En su profesión de equilibrista de sonidos trata como un hábito costumbres tan desiguales como la zarzuela y el trash metal, la cumbia y el gospel y hasta el mariachi domesticado si se le pone a tiro. Eso, viniendo de un tipo criado en los baberos con Aphex Twin o Ian Anderson tiene su aquel.


Así, aparece ahora Cateterismo, un nombre que personalmente me rebota en el estomago por cuestiones que ahora sí que no vienen al caso pero que aquí encuentra una inapelable razón de ser: Explorar, eso es, sondear lo que se mueve en las entrañas del cableado electrónico que caprichea con los samplers, retoza y machaca los loops y deja a Simon Reynolds, el prologuista de Una historia de la música electrónica en el trono de Salomón, aquel fulano que veía lo justo y el refinamiento antes que nadie.
Cateterismo es un viaje multiplicado por cuatro, como las estaciones de un año y como ellas con pocas coincidencias temáticas, es decir, cuatro viajes diferentes en lo que es aconsejable experimentarlos por separado (yo lo estoy haciendo y me va muy bien). Ahora toca el invierno y me pongo con Sköl Remix, un revuelo a lo Meddle de los Floyd: oye, cada uno se coge sus referencias... vale también Edgar Froese, el de los Tangerine Dream y apretándome un poquito las tuercas hasta Laurent Garnier, ése vendabal sonoro que ha hecho moverse alguna que otra muleta.

Nada como cambiar el registro de vez en cuando. Me río yo de las Adiro.




26.2.14

Rosa Díaz vuelve a ser premiada en Fetén (Gijón)





Hablemos de FETEN, la Feria Europea de las Artes Escénicas para Niños y Niñas que se ha desarrollado durante la última semana en Gijón. Un jurado compuesto por Manuel Gómez Martínez, Alberto Muyo García, Isabel Pérez Izquierdo, Ferrán Baile i Llaverñía y Elena Reales Reales ha elegido Dot como el mejor entre los más de 70 montajes seleccionados este año, y completado un palmarés en el que destaca -una vez más- la compañía andaluza La Rous, que añadió con Una niña otros tres premios a su ya abultado currículo en FETEN: Mejor Interpretación Femenina para Rosa Díaz, Mejor Música Original, para Iván Monge, y Mejor Espacio Escénico.


La Mejor Interpretación Femenina correspondió a Rosa Díaz, que ya había recibido el mismo premio en FETEN 2011, y dos premios al Mejor Espectáculo en ese mismo año y en 2009. La actriz albaceteña afincada en Granada protagonizó uno de los momentos más entrañables de la tarde al dedicar su premio a su madre, recientemente fallecida. "Siempre ponía una vela por mí cuando venía a FETEN. Ahora no está, pero sigue encendiendo velitas por alguna parte. Por ella", dijo la actriz, cuya compañía tuvo otras dos velas encendidas. Una de ellas, reconoció, la trabajada, compleja y efectiva escenografía de Una niña, y la otra, la brillante y delicada banda sonora de Iván Monge.

La información es de Juan Carlos Gea

14.2.14

Historia de Jazzalbacete. Edición 1986


El Jazz inaugura el nuevo Auditorio Municipal


Diseño: García Giménez

 1986 significó un salto francamente cualitativo para el Festival de Jazz de Albacete. Ese año (21 de noviembre), el equipo de gobierno del Ayuntamiento de la capital dirigido por el alcalde José Jerez  dijo adiós al Altozano, a la Plaza del Altozano, lugar desde donde, por ejemplo, en aquel emplazamiento municipal (hoy Museo) el concejal albaceteño Alberto Ferrus había proclamado en honor de multitudes la Segunda República en 1931. No sé, cuento esto por nombrar una efemérides significativa que no sea el socorrido y a veces soporífero pregón de feria (creo que hasta un conocido general militar de malas pulgas, Francisco Franco, anduvo también alguna vez en aquel balcón de gloria).

Auditorio Municipal. Jazz para los niños
Así, el nuevo emplazamiento del Ayuntamiento de la capital frente a la Catedral, en una plaza a estrenar llena de fuentes y jardines, venida a menos, el alcalde ofrecía además a sus ciudadanos el nuevo Auditorio Municipal. Un coquetón coliseo de 560 plazas con un completo surtido de camerinos (en aquella época y visto lo visto y aquí contado, un autentico lujazo) y amplios espacios interiores. Además un nutrido grupo de técnicos propios dirigidos por el siempre eficiente y profesional Miguel Carrión iniciaba de esta manera una aventura escénica como aporte y apoyo logístico a toda esa actividad cultural que el pueblo andaba demandando desde hacía tiempo y que, como en el caso del Festival de Jazz, no terminaba de encontrar cobijo. Ni propio ni prestado. Curioso: diez días antes de inaugurarse oficialmente el nuevo Ayuntamiento de Albacete, con obispo y toda la ostia oficial, el 11 de noviembre se estrenaba igualmente el nuevo Auditorio Municipal. ¿Cómo y con qué acto?... Bingo!, con el mismísimo VII Festival de Jazz de Albacete.

Una honra no compartida por algunos concejales y ciudadanos descreídos y apostólicos romanos que opinaban que inaugurar pieza tan importante del nuevo ayuntamiento con esa música de amiguetes intelectuales y bohemios no representaba ninguna alcurnia para la ciudad, mucho más disparatado el acto si además era un negro llegado de Chicago el que iba a estrenar nada menos que el piano Steinway recién adquirido por el equipo de gobierno municipal por la nada despreciable cantidad de 8 millones de las antiguas pesetas: “Lo van a destrozar el primer día”, le comentó un concejal de derechas al alcalde. José Jerez me contó al oído aquel chascarrillo minutos antes de presentar a la banda de Illinois. Abochornado, le contesté que le dijera a aquel animal de corbata que no se preocupara, que los negros no traían pianista, que el honor iba a recaer al día siguiente en uno de nuestros más insignes músicos nacionales: Joan Albert Amargós.

Inaugurando el Auditorio
De manera que ahí me encuentro, sin comérmelo ni bebérmelo, estrenando el nuevo escenario, el Auditorio Municipal, que tantos y tantos días de renombre regalará a la historia cultural de la ciudad: “Señoras y señores...etc., ¡bienvenidos al VII Festival de Jazz de la ciudad de Albacete!, ¡con ustedes la Chicago Blues Festival!”

Y apareció el bandón. Sin pianista, pero con tres guitarristas soberbios: Melvin Taylor, Eddie Burns y Little Joe Blue. La orquestina era una suerte tradicional de héroes del blues que se juntaban, mejor dicho los juntaban las agencias azarosamente cada año en otoño para venir a Europa a impartir magisterios y admiraciones, de tal manera que en otras ocasiones habían venido a España bajo el mismo epígrafe gente como John Lee Hooker, Luther Allison, Jimmy Johnson (no, no, nada que ver con Robert, otro Jimmy, igual de fluido que el del pacto demoniaco) o Freddie Below. Este año, 1986, en la lotería del azar nos tocó este grupo de excepcionales guitarristas... y armonicista, porque con ellos llegó nada menos que Billy Branch, un fenómeno. Baste decir que se le conocía, bueno, se le recuerda aún, por sus colaboraciones en discos de Willie Dixon, Johnny Winter o Taj Mahal entre otros muchos.
Melvin Taylor
Aquel año no obstante la figura del grupo era Melvin Taylor, al que nos vendieron como el nuevo Jimi Hendrix por su manera tan espectacular de interpretar el blues (ahora recuerdo el reciente concierto en el festival de Lucky Peterson, otro chamán del género). Taylor tuvo la mala suerte de coincidir generacionalmente con Buddy Guy, Robert Cray y el mejor momento de B.B.King porque sino hubiera sido otro de los imprescindibles, aunque más de uno así lo considere. El concierto fue una barbaridad, de esos que te dejan sin resuello. Con la sección ritmica compuesta por Nick Charles al bajo y el jovencísimo batería, ya por entonces asentado en Barcelona, Julian Vaughn repartiendo estopa. El blues, hay que reconocerlo, ha tenido siempre mucho predicamento, mucha gratitud en Albacete.
De Julian Vaughn recuerdo su posterior jam en la sala Gabinete de la calle Gaona. Nos lo llevamos allí unos cuantos, le montamos una batería (Gabinete tenía soluciones para todo. Gracias ahora y siempre Paco Eloizaga) y pasamos la noche de risas. Tiempos.

J.A.Amargós y C.Benavent
La segunda noche del festival fue el viernes 13 de noviembre. Esa fue la velada donde se estrenó aquella joya de la corona que atendía por Steinway, el piano de los lores. Y efectivamente fue un músico catalán, Joan Albert Amargós el que dio las primeras notas en aquel teclado y en el recién estrenado auditorio, previa puesta a punto por El Curro, un valenciano que ejerció de afinador del tesoro durante muchos años. El maestro Amargós llegó acompañado de la tropa mayor del reino: Carlos Benavent, Jorge Pardo y el batería Salvador Font. Es decir, poco menos que el Titanic nacional. Benavent presumía aquellos años de haber tocado con Chick Corea en su álbum Touchstone (1982). Yo me apresuré entonces a comprar aquel vinilo porque me ilusionaba verle en la contraportada, en los créditos, con lo mas granado del jazz internacional: Lenny White, Alex Acuña, Al di Meola, Stanley Clarke, Lee Konitz y, claro, Chick Corea con la participación también de Paco de Lucia. A los dos, Amargós y Benavent, les seguía desde los tiempos de Música Urbana, a quienes había visto un par de veces en Madrid cuando me dio por vivir allí unos años en los setenta. Ése día tuve la oportunidad de pagar mi deuda de fan con ellos y con el otro gran prodigio del jazz español: Jorge Pardo. Concierto limpio, exquisito, cercano a Música Urbana aunque menos catalán. En realidad interpretaron prácticamente el repertorio de Dos de Copas, el disco que los dos músicos catalanes habían presentado un año antes. El devenir de los tiempos nos regalaría a tres interpretes mayúsculos en la historia de la música contemporánea de nuestro país. Joan Albert Amargós últimamente como pianista y arreglista titular de Joan Manuel Serrat, entre otras hazañas como director de grandes  orquestas y Carles Benavent y Jorge Pardo como excelsos impulsores del flamenco especializado y unidos en varias formaciones y una no menos importante y extensa obra discográfica (ejem, Carles Benavent formó parte de uno de los últimos conciertos de Miles Davis, reflejado en el Live Montreaux del 93).
Ni que decir tiene que la fiesta siguió después en Gabinete, rodeados de amigos y admiradores y con la batería aún instalada para Julian Vaughn que se había quedado un día más en Albacete oliéndose el guateque.


Kenny Burrell
Como la ocasión lo requería (no todos los años se inaugura un auditorio, no todos los años se inaugura un auditorio... ¡propio!. Se acababa la tiranía de la rifa del local y de los abusos de la empresa privada) para el final del programa se pensó porque se puso a tiro, en un clásico. En un clásico de los de siempre: Kenny Burrell, un prodigioso guitarrista cuyas influencias más sonoras habían sido las de Charlie Christian, Django Reindhart y Wes Montgomery... ¿falta alguien para el podio?. Burrell las aprovechó al máximo desde que debutara en la industria discográfica con un evidente Introducing Kenny Burrell en 1956 y en Blue Note. Nada menos (como el padre torero de Gila). Aunque la obra cumbre del guitarrista para mi ha sido siempre
Midnight Blue Cover
Midnight Blue (1963) con Stanley Turrentine en el saxo tenor, Major Holley al contrabajo, Bill Inglés en los tambores y Ray Barretto en la conga. Y eso que a Burrell le ha acompañado siempre la estela del sideman (el músico que está detrás de la estrella) la que consagra a los hábiles, a los seguros, a los auténticos, a los birgueros. Claro que con tan extensa discografia en solitario (aún sigue editando: el año pasado apareció su Special Requests (and Other Favorites) desde hace mucho tiempo a Burrell ya se le identifica como uno de los grandes de la guitarra... de todos los tiempos.
A Albacete llegó con Generation (1986) y con dos de sus fieles acompañantes en muchos de sus discos y conciertos, David Jackson al bajo y Kenny Washington a la bateria. Fue un concierto magistral, como una master class de muy alto nivel en clave de bebop estilizado. Una exquisitez.

De esa noche guardo uno de los recuerdos mas vergonzosos en mi largo currículo de desaciertos. Resulta que en las pruebas de sonido, a las seis de aquella tarde, le comenté al técnico de mesa, Custodio Martínez (que ese año sonorizaba, ¡estrenaba!, el auditorio) la conveniencia de subirle un pelín el volumen al sonido general de la sala. Burrell probaba con sus músicos en el escenario y a excepción de nosotros dos no había nadie más en el patio de butacas. Como soy de los que siempre he estado acostumbrado a oír la música para reventar tímpanos a mi me parecía que aquello sonaba bajo, lo que redundaría en más bajo aún cuando la sala estuviera llena, algo que ya estaba confirmado por la venta de entradas. Custodio subió unas pulgadas más el fader en la mesa y ocurrió la catástrofe: Kenny Burrell paró de tocar a mitad de tema y abroncó a Custodio por subir el volumen sin su permiso. En un inglés crispado nos llegó a decir que a él (añado: "que había tocado con Oscar Peterson, Dizzie Gillespie, Duke Ellington" etc.) le gustaba tocar bajo para acariciar tímpanos no volarlos. Al menos eso entendimos Custodio y yo, al que lógicamente le pedí perdón por mi intromisión y por meterme en el trabajo de los demás y donde no me llaman, en definitiva, por mamón.

Bien, al final Albacete ya tenía su Auditorio Municipal y yo acababa de recibir una master class particular, gratis, de un clásico. No fue mal balance después de todo, cáspita.

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