4.1.10

Capítulo III. Los Prodigiosos Trasgos




EL TESORO DE LODARES

III. LOS PRODIGIOSOS TRASGOS


No tanto prodigio... Por lo menos eso piensa el setenta y cinco por ciento del grupo en la actualidad.
No es el caso de Juan Rosa, El Rana, cantante de Los Trasgos, quién por cuestiones de puro instinto emocional aún sigue añorando, recordando y reivindicando el nombre del grupo que puso el Albacete musical de los sesenta patas arriba:

"Albacete, en parte, todo el adelanto que tiene ahora musicalmente se lo debe a Los Trasgos y a todo lo que se movía a nuestro alrededor”, asegura Juan, a quien los años no le han quitado su sempiterno instinto pasional: “Aquella gente, aquel club (el de los Trasgos), aquellos pioneros que fuimos a imagen y semejanza de Los Beatles: aquí estamos, llevamos el pelo como nos gusta, vestimos como nos da la gana, cantamos lo que nos apetece y hacemos lo que queremos. Éramos rebeldes con Albacete y su sociedad".

Los originales Trasgos

Juan Rosa tiene motivos suficientes para pensar que pudo haberlo sido todo, lo que significa para él haber vivido hasta el resto de sus días de la música. Había pasado toda su niñez cuidando de su hermana mientras su madre sacaba adelante el negocio de su reputada carnicería de la plaza Mayor. Con los ojos vigilaba a la hermana y con el oído no perdía ni un sólo matiz de lo que escupía el viejo receptor de radio, desde Enrique Montoya hasta Los Llopis, desde Antonio Molina hasta la Vartan (Sylvie), desde el Vino amargo de Farina hasta el Sweet little sexteen de Chuck Berry. Se compraba todas las revistas ilustradas y buscaba con verdadera gula informativa la página que hablaba de listas y cantantes. Fans, Discóbolo, Fonogramas, aquellas revistas especializadas de la época no tenían secretos para Juan: Cancioneros editados con las canciones de moda y hasta Salut les Copains, la revista francesa más avanzada que sólo podía tener cualquier especialista. Lo sabía todo de cada cantante o grupo y no digamos de las letras y entonaciones de cada canción: las cogía directamente de la radio con la afinación necesaria para memorizarlas al instante. Un filón en embrión.
"Yo música no sé -se lamenta el Rana- pero tenía y tengo una intuición natural para asimilar una canción, no necesitaba oírla dos veces. Se me quedaba el tono y la letra. Recuerdo que a veces cuando el grupo quería sacar una canción que los demás no habían oído les tarareaba yo el tema y ellos sacaban los acordes sin siquiera haber oído la canción".
Eran tiempos en los que Juan Rosa se colaba en la Caseta de los Jardinillos en verano y en el Gran Hotel en invierno. Les rogaba a los porteros que le dejaran pasar aunque no tuviera la edad para poder ver de cerca a las orquestas que allí tocaban. Se quedaba mirando con la baba caída de pura envidia y rogaba por la enfermedad momentánea del cantante de turno para que surgiera la ocasión de sustituirle. Sabía positivamente que iba a ser uno de ellos con el tiempo y le consumía tener que esperar.
"He sido siempre –prosigue Juan- un animal de escenario. Me transformaba en las tablas, he sabido siempre comunicarme con los espectadores. He sido más artista que cantante".

Luis Arteaga, bajista de Los Trasgos, tiene un punto de vista diferente al de Juan Rosa. En realidad se parecen como la noche y el día. Luis es menos visceral. Es muy observador y un exagerado perfeccionista. Dejó aquel bunker burócrata en la calle del Rosario conocido como la Central Contable de Banesto, para dedicarse exclusivamente a Los Trasgos, pero es que Luis, en esencia, es un artista. Lo demostró posteriormente desde el mundo de la fotografía y lo sigue demostrando muchas noches desde El Nido de Arte cuando vuelve a manejar el contrabajo o el mismo banjo, dando rienda suelta a una de sus mayores pasiones: tocar música country para los amigos y si la cosa se pone fina darle a la canción francesa.
Tras su aparente calma y dominio de las situaciones, se esconde un hombre tremendamente nervioso que a veces puede dar la sensación de sordera o despiste. Es como el tópico que rodea a los grandes científicos y humanistas. Luis, contando sus propias vivencias con Los Trasgos, se atropella al querer demostrarte que nada de lo que pueda interesar de aquel grupo debe ser supervalorado:
"El problema es que el público que venía a vernos tenía menos idea que nosotros de lo que se comenzaba a oír en el país. Era de pena, afinabas y sonaba ¡grnggg¡, y la gente se quedaba con la boca abierta. Nadie tenía idea de nada, nadie escuchaba música de vanguardia. Hasta Los Beatles les sonaban raros. ¡Nosotros éramos los raros por escuchar a Los Beatles¡ ".

La educación musical de Adrián Navarro, guitarra solista de Los Trasgos, fue bien distinta a la del resto de guitarristas de la banda. Su padre, el popular aceitunero albaceteño del mismo nombre, pasaba mucho de que al niño le diera por el flamenco o por tocar la guitarra española. Pero Adrián trabajaba con aquellas aceitunas desde los trece años y nada le podían negar. Lo que comenzó como probaturas con El Pirus, El Cojo y El Hortelano acabó con clases particulares de cantaores y guitarristas en su propia casa, y con el preciado instrumento que no tardarían en comprarle dado su insistente empeño en aprender a tocar como Dios manda soleares, seguidillas, fandangos o bulerías… Adrián también tocaba el laúd en la tuna y cantaba en el orfeón y por si le faltaba algún palo musical que tocar su madre le había regalado para su cumpleaños un "Konninger Dual" de maletilla, es decir, un tocadiscos de aquellos en los que la parte superior del estuche, al abrirse, era el altavoz. En aquel artefacto escucharía con verdadera devoción Adrián a los omnipresentes Teen Tops en sus primeros discos, a los pioneros del rock nacional, Estudiantes, Pekenikes, Los Sónor y al mismísimo Ray Charles cantar What`d`Say o el Wonderfull World de Sam Cooke. Un todoterreno en definitiva, eso es lo que resultó ser Adrián Navarro.
"El flamenco – reconoce Adrián- siempre me gustó y me sigue gustando. Lo moderno me gustaba para los guateques y cosas así. Me metí en aquel lío porque sabía desenvolverme en cualquier situación y en aquella época Los Trasgos, Los Radars, o como diablos quisiesen llamarse, tampoco tenían mucho donde escoger".

Lo de Luis Sánchez Pingarrón, conocido en los ambientes musicales como el Lobo, guitarra rítmica de Los Trasgos, fue algo bien distinto. Luis es gallego y después de estar unos años en Albacete trasladaron a su padre a Xátiva cuando él tenía  diez años, lo suficiente para regresar en plena adolescencia con toda la influencia que había recogido en tierras valencianas de la música que ya escuchaba medio mundo (faltaba Albacete y el otro medio). En Valencia había muchos grupos con guitarras eléctricas, bajos y baterías, y conoció a varios de ellos, llegando a tocar en lo que Adrián hubiera denominado "una reunión de amigos", llamada Los Steels. Sólo tenían una guitarra eléctrica y dos españolas, una para ritmear y la otra para hacer bajos. Suficiente para que Luis tuviera los conocimientos imprescindibles para formar un combo bien equipado, porque con aquel conato de banda Luis aprendió a tocar por The Shadows, sobre todo, e incluso algo de Los Beatles. Luis Sánchez el Lobo, es un poco como el otro Luis de Los Trasgos. Persona comedida, prudente y metódica, de esas que se dedican en cuerpo y alma a tratar de alcanzar lo que quieren hasta que lo consiguen. Más tranquilo en su trato y, como aquél, convencido de que los únicos que se enteraron en esta ciudad de que algo estaba pasando en la música y en los jóvenes de la época fueron ellos, Los Trasgos, y unos cuantos más:
"Creo que éramos tan conocidos en Albacete porque fuimos los primeros en ir a buscarnos la vida con la música y porque procurábamos estar muy adelantados en lo que se cocía musicalmente, tanto de discos o directos como instrumentalmente, accesorios y esas cosas. No éramos grandes músicos, ni mucho menos. Lo que ocurría es que aquí no había ni un solo grupo de calidad entonces".


La primera vez que se reunieron los cuatro con Pepe Vergara el batería y primo de Juan Rosa, eran seis: el sexto hombre se llamaba Jesús Gallardo, El Chuchu y, como en la mítica de Los Beatles, encontró la muerte algún tiempo después arrollado por un camión en una de esas carreteras infernales de la isla de Mallorca cuando discurría tranquilamente con su Vespino. Jesús tampoco era un músico experimentado, como ellos, pero tenía cierta habilidad en el entonces incipiente mundo del sonido. Hubiera sido un perfecto técnico de mesa y asesor artístico, pero las cosas no estaban para tales privilegios. Jesús Gallardo fue un hombre clave en la historia de Los Trasgos porque fue él quien les presentó a Luis Sánchez Pingarrón, el Lobo, recién llegado éste de tierras valencianas.
Ocurrió en el que después sería conocido como garito principal de la contracultura local: el club de José Luis Garrido, posteriormente bautizado como Club de Los Trasgos, en la calle Pablo Medina. Pepe Garrido era un óptico hipermoderno albaceteño que hizo más por la modernidad de la ciudad que por la propia recuperación visual. Allá donde fueran Los Trasgos, allá estaba Garrido, con su imponente descapotable rojo, sus "Ray-Ban" último modelo y su inseparable corte de "groopies" urbanas. Garrido montaba unos guateques extraordinarios, donde no solían faltar los dos primos Juan Rosa y Pepe Vergara, y a los cuales también acudirían mas tarde Luis Arteaga y Adrián Navarro, que ya se habían conocido anteriormente gracias a su desenvoltura natural con las bandurrias y el laúd estos últimos y con los coros y danzas de Sindicatos aquéllos (los primos habían demostrado sobradamente ser dos excelentes bailarines).
Jesús Gallardo llevó una tarde al club a un chico que llegaba de Valencia con aires modernos y, decían, con cierta habilidad en el manejo de las guitarras.
"Se puso a tocar –cuenta Luis Arteaga- y nos quedamos boquiabiertos. Llevaba unas estructuras de acordes que para mí eran revolucionarias. El tío combinaba acordes mayores y menores en una misma canción y aquello fue un descubrimiento. En aquel momento supimos que estaba formado el grupo. El Lobo tomó la batuta porque además estaba enterado de dónde había que comprar los instrumentos en Valencia y mil detalles más que nosotros desconocíamos".
El Lobo recuerda que Luis Arteaga pensaba por aquel entonces que “los bajos consistían en marcar la dominante, la tónica, de cada uno de los acordes. Le enseñé lo poco que sabía del tema y así fuimos empezando".
Ese día se hartaron de tocar canciones de The Shadows, (Nivram, Guitar Tango, The Lonely Bull...) Oh Pretty Woman, de Roy Orbison y, desde luego, algunas de aquellos chicos de Liverpool que ya se conocían en Albacete. Juan Rosa ponía las poses y las cantaba todas porque se las sabía de memoria: el sería sin discusión el cantante; Pepe Vergara hizo la percusión, como muchas otras tardes, en la misma mesa camilla de la reunión: para él la batería; las guitarras las llevarían Luis el Lobo y Adrián, éste la solista, porque demostraba mayor dominio en los punteos, y los bajos, cuando tuvieran una guitarra de bajos, los haría Luis Arteaga que había demostrado mucho tesón en aquella primera sesión con el Lobo Sánchez y además se responsabilizaba de aquellos tres acordes, La menor, Re menor y Mi mayor, que ya había empezado a dominar. Los Trasgos estaban formados.
Tras un pequeño periodo de ensayos de aquella guisa, se presentaron en el Productor B, el de arriba, como teloneros de Los Anélidos. Adrián, que tenía sus reservas en cuanto a la puesta a punto del grupo para presentarse en público, dijo que aquellas no eran maneras y desistió de subir la cuesta de la calle Mayor. Los demás acudieron, tocaron con sus guitarras españolas Borracho, de Los Brincos, The House of the rising sun, de The Animals, el antes mencionado What`d`Say, de Ray Charles, y Boys, de los incipientes Beatles. Y quedaron en llamarse, provisionalmente, Los Radars hasta encontrar un nombre mejor.


Pronto se dieron cuenta de que con aquellas guitarras caseras no iban a llegar a ninguna parte. La experiencia de Luis el Lobo jugó otro papel importante, pues él conocía las principales tiendas de Valencia donde hacerse con el material adecuado. Adrián Navarro Sr., el aceitunero, también hizo su papelón: avalarles todas las letras, algo que nunca le agradecerían suficientemente porque dadas las circunstancias, ¿quién iba a dar un duro por el futuro de esos chiquillos entusiasmados?.
La noche anterior ninguno durmió, la posterior tampoco. Por primera vez iban a tener el instrumental con el que habían soñado una y mil veces. Juan Rosa estaba espídico aquellos días. El quería ser una estrella del pop desde hacía mucho tiempo y tenía a su alcance los compañeros ideales y los instrumentos precisos. El viaje de vuelta a Albacete lo hicieron abrazados a los bultos que llevaban, las "Galantic" y "Jomadi", los sempiternos "Juvesonics" y una cajita pequeña que contenía el "AKG" de Juan Rosa el Rana:
"Veníamos destrozados de estar todo el día en Valencia, abrazados cada uno a su material. Yo miré mi micrófono mil veces. Lo miraba y aquello me parecía un sueño, no me lo podía creer. Aún tuvimos fuerzas para, al llegar a Albacete, irnos a casa de Luis Arteaga y montar el equipo. En la estación de ferrocarril nos esperaban todos nuestros amigos del club. Fue emocionante" (Juan Rosa).
Una extraordinaria agitación, unos instantes mágicos, que estuvieron a punto de romperse cual copa de cristal fino cuando uno de los modernos que esperaban al ver en casa de Luis el flamante bajo de 3.500 pesetas que desenfundó, comentó asustado:
"Os han engañado. Esta guitarra tiene sólo cuatro cuerdas".
Otro amigo mas listo, un tal Cebrián, le comentó al propio Luis por lo bajini:
" ¿Cómo eres tan tonto para comprarte un bajo, luego se deshace el grupo y que haces tú con un bajo eléctrico, a quién se lo vendes ? ".


Su debut electrónico se produjo en el hotel Entrelagos de Las Lagunas de Ruidera. La actuación se había montado en torno al grupo de Coros y Danzas de Albacete y ellos iban de relleno. Aún sonaban a rayos pero tuvieron un formidable éxito. El personal de Las Lagunas alucinaba de ver a aquellos chavales tan jóvenes utilizar unos instrumentos tan curiosamente exóticos y cantando en inglés (de garrafa, claro, pero ellos no lo sabían).
"Prácticamente, en aquella época nos dedicamos a que la gente supiera cómo era una guitarra eléctrica; hasta entonces muy pocos habían visto una guitarra eléctrica de verdad. Desde el momento en que una guitarra eléctrica te impresiona, lo demás viene rodado. En algunos pueblos, en la misma ciudad, pensaban que aquellas guitarras sonaban solas y que tú lo único que tenías que hacer era enchufarlas. Desde luego no tenía nadie un concepto claro de lo que era aquello. Fue un poco como el descubrimiento de la televisión", dice Luis el Lobo.
El Lobo había tomado las riendas del incierto negocio. Les dijo cuales eran los instrumentos adecuados, las canciones más sencillotas, los acordes de cada una de ellas, les dio el nombre (un trasgo es algo así como un duende, un pequeño genio) e incluso ideó el rotulaje del bombo de la batería. Sabía hasta cual era la ropa mas indicada para cada concierto, los zapatos adecuados, cambiaba continuamente acordes que los demás habían sacado con toda la ilusión del mundo... el grupo era una creación suya. Cuando algo no se le ocurría a Luis, allí estaba el empollón popero Juan Rosa, que seguía sin perderse detalle de la actualidad musical. Los Trasgos comenzaron siendo un barco con dos motores y tres anclas.
Para el departamento de promoción y relaciones nadie mejor que Pepe Vergara. El era el encargado de "vender" la imagen, lo que ahora se conoce como management. Tenía unas cualidades innatas para hacerlo. Pepe Vergara tenía siempre la sonrisa, el chiste, en la boca. Era todo un carácter. Un "jeta" genuino que hasta la formación del grupo no había visto una batería en su vida. Su carácter abierto y un tanto alocado iba acompañado por el sentido del ritmo que suele generar toda persona nerviosa. Siempre se ha dicho que los baterías son un poco como los porteros de fútbol, personajes aventureros y disparatados, con ésa mota de locura imprescindible para resolver las situaciones más comprometidas. Con las chicas era un torbellino, con los empresarios de salas un negociante implacable, con los compañeros de los demás grupos que ya empezaban a surgir en Albacete el más accesible. Era el mayor de edad del grupo, pero no por ello el más maduro.



Así las cosas, comenzó la gran aventura Trasgos. Albacete entonces, 1964/65, era una ciudad dormida, una ciudad perezosa a cualquier movimiento restaurador. Los más avanzados acudían los domingos por la mañana a la cafetería Capitol, en la Plaza del Caudillo de España donde una maquina infernal canturreaba bajo el zumbido de unos graves impresionantes las canciones de moda. Le echabas un duro a la maquina y allí no había quién parara. Los discos giraban en torno a un mástil metálico suficientemente engrasado y, por medio de un complejo artilugio, caían de forma precisa las placas de 7 pulgadas que tú habías seleccionado previamente. Desde luego, estaba diseñado en exclusividad para la gente joven y su origen era americano: “juke-box”, les llamaban aquellos. Allí sonaban Los Brincos: Sola, Tu me dijiste adiós, Flamenco y Nila, y el Twist and shout de Los Beatles, lo nunca visto. El café de las 15,30h. se tomaba en el Montana, en la calle Mayor, donde se podía alquilar por unos pocos minutos y a través del mismo sistema Los cuatro muleros, de Los Pekenikes, y Estremécete, de Los Llopis; el de las 17,30h. estaba reservado al Manila, en la calle Dionisio Guardiola, allí explotaba aquel fabuloso 45 revoluciones de The Animals que contenía The house of the rising sun, que la cantaron todos, todos, todos los grupos albaceteños que nacieron a imagen y semejanza de Los Trasgos, y también I`m Crying. Y sobre las 19,30h. se montaba el guateque. Si te invitaba alguien al Club de Los Trasgos o de Pepe Garrido habías hecho un pleno dominical.
Contra lo que se pueda pensar, en el Club de Los Trasgos no hubo nunca desmadre de alcohol ni drogas. Si tenías la suerte de que alguien de aquel circulo restringido de personas te llevara a uno de esos guateques, tu aportación, como la de los demás invitados, era decisiva: sólo se te pedían discos, cuanto más raros y extranjeros mejor, alguna guitarra, tamborín o maraca y unas pocas pelas que permitieran hacer un pozo para coca-colas y algo de ginebra. Si ibas acompañado por chicas modernas tu participación estaba garantizada. El sexo no se veía, pero se intuía a juzgar por aquellas colchonetas sospechosas que un día tuve el privilegio de observar en uno de los numerosos habitáculos del local.
-¿Y esto?
Recuerdo a Pepe Garrido, escondido en sus "Ray-Ban", hacer la mueca de Gary Cooper en Solo ante el peligro:
-¡ psssh !
Lo más normal es que nunca tuvieras acceso a semejante festín moderno. Si eras chica, porque no tardaría en murmurarse que habías estado allí y, en aquellos años, el "qué dirán" se escribía con letras mayúsculas y en la portada del diario del régimen, La Voz de Albacete. Luis Parreño, entonces sagaz descubridor de nuevos valores artísticos en el diario, relató una vez los gustos musicales de los integrantes de aquel grupo juvenil después de haberles hecho una entrevista. No reprodujo en ningún momento las contestaciones del grupo porque, como confesaría poco después a uno de los padres, hubiera sido de mal gusto poner a Los Beatles y Los Rolling Stones como ejemplo de aquella nueva juventud. Los Trasgos y los que, como ellos, adoptaban la nueva imagen de la década estaban mal vistos por los padres y tutores de la villa. Sus melenas (cortas entonces), sus pantalones campanas, sus botines, les daban un aspecto rebelde, contestatario, y vulneraba toda idea de la España que debía ser, por decreto, "diferente". Ellos se limitaban únicamente a imitar a Los Beatles, eso era todo.


Con sus primeras actuaciones como Trasgos fueron ganándose paulatinamente el fervor y la admiración del público joven albaceteño que aún acudía a las actuaciones en el Teatro Circo, Cine Astoria o Productor B, el de arriba, se acudía en traje y corbata, que para eso se hacían en domingo por la mañana y había que lucir las mejores galas. Fueron corrigiendo errores, puliendo defectos y añadiendo efectos. Unas veces, antes de subirse el telón para comenzar la actuación ya estaba sonando su música interpretada por ellos mismos desde el escenario; otras, comenzaban todos, menos Juan Rosa, con una canción lenta, del tinte de Melancolía (Roy Etzel, versión Nicola di Bari) o El Final del Verano (Los Mustang) y cuando le llegaba el turno Juan irrumpía de entre las butacas, recogido su micro como si se estuviera afeitando (aquel primitivo “AKG”) y tras el interminable cable que había sorteado un centenar de piernas comenzaba a cantar comedidamente, en un efecto sorpresa que solía dar excelentes resultados. O aquella entrada tan espectacular cuando sonaba una música en play-back desde el escenario y ellos, guitarra en mano, aparecían también desde el patio de butacas corriendo y saltando hasta llegar donde esperaban batería y amplificadores. Tras unos segundos de sorpresa y silencio, Juan bramaba: “¡ one, two, three ¡”, cantaban Mejor, de Los Brincos y se armaba la marimorena.
Pronto les lloverían los contratos. Su caché aumentaría en menos de un año de las 2.000 pesetas que comenzaron a ganar en la sala de fiestas del Gran Hotel a las 12.000 que ya les daban en la navidad de ése mismo año en idéntica sala. Recorrieron toda la provincia sin descanso y sus apariciones en grandes festivales que reunían a la flor y nata de los grupos locales acababan anulando a todos éstos. Iban siempre de estrellas, cerrando y con problemas de seguridad por el tremendo carisma que despedían entre las chicas del municipio..
"Si, había mucho histerismo entonces", y a Juan Rosa se le cambia la cara cada vez que lo recuerda. "Lo teníamos todo: el guapito (Adrián), el músico (Luis el Lobo), el intelectual (Luis Arteaga), el relaciones públicas (Pepe Vergara) y el cara (yo mismo)... caíamos siempre bien".
Ya por entonces comenzaron a ser conocidos individualmente por sus propios apodos que ellos mismos, en una noche loca de los dos luises, se habían puesto: Arteaga empezó a ser famoso como Cotxila; Luis Sánchez Pingarrón, como El Lobo y Juan, que ellos apodarían Yeti, acabó por nominación popular haciéndose célebre como El Rana.
Uno de sus trucos hábilmente diseñados consistía en utilizar un tema standard, que solía ser de The Shadows (los guitarras sentían una profunda admiración por Hank Marvin) para todo. Con esa composición realizaban todo tipo de menús: pasodobles, valses, tangos y lo que les echaran. El tema era el mismo, sólo había que aplicarle el cambio de ritmo.
En La Roda, (Castilla-Park), Hellín, (Monterrey), o en Almansa (Oasis) se les conocía tanto o más que en la capital, donde las salas no tenían ningún secreto para ellos, desde las más cutres (la del Capitol comenzó a serlo en aquellos sus últimos años) hasta la mas refinada (el siempre clasista Casino Primitivo), pasando por todos los garitos que se abrían en el pasillo central del pabellón ferial (Los Trasgos fueron los reyes de la Feria de septiembre, actuase quien actuase), preferentemente el del Club Recreativo Cultural, de clientela restringida, aunque menos cepillada que la del Casino.
"En Balazote nos querían mucho porque decían que éramos `los que mas bulla metíamos a la gente´. Allí se coló una vez Pepe Vergara, con batería y todo, por un hueco del tablao", sonríe maliciosamente Juan Rosa.


El cambio de instrumental tampoco se hizo esperar, dado el excelente resultado del primer proyecto. En la casa valenciana Alberdi les surtían de todo lo que quisieran porque comenzaron a confiar en ellos. Los plazos a pagar se los ponía el mismo grupo. La "Galantic" de Adrián se convirtió en la rítmica de Luis el Lobo y Adrián se compró una explosiva "Fender Stratocaster" ("mas que un lujo, aquello fue una lujuria", comenta el guitarrista). Hasta entonces, los modelos "Fender" más conocidos eran la popular "Telecaster", utilizada hasta entonces por los grandes bluesman y por su ídolo de siempre, Hank Marvin, y la "Mustang", la diva de todas las guitarras rockeras. La "Strato" solo había aparecido fugazmente como último modelo en los discos de los nuevos músicos británicos de la talla de un joven Eric Clapton (guitarrista de The Yardbyrds, a la sazón) o de aquel negro que comenzaba a asombrar a todos desde los garitos londinenses llamado Jimi Hendrix. Adrián Navarro, de Los Trasgos, se sumaba a la posteriormente amplia pléyade de guitarristas que adoptaría la "Strato" como principal estandarte de la historia del Rock. Luis Arteaga, Cotxila, tampoco se quiso quedar atrás y se compró un bajo "Galantic" y un amplificador "Vox" de 60 watios, igualito al que manejaba con tanto éxito el bajista de Los Beatles, Paul McCartney. El precio salía curiosamente a 1000 pts. por watio, algo realmente pretencioso porque, en aquellos años, suponía el sueldo de 20 meses de un funcionario. Un amplificador que tuvo una vida efímera puesto que solo funcionó ocho horas. Parece que la casa suministradora del instrumento le había quitado las lámparas y funcionaba sólo a transistores, lo que exasperó a Luis hasta hacerlo llegar a Musical Alberdi y reclamar sus derechos. En la discusión, Luis acertó a ver como unos empleados descargaban un amplificador "Shelmer", también muy cotizado por entonces y pese a las súplicas y protestas de los dueños, porque al parecer ya estaba comprometido, se lo trajo a Albacete. En aquella feria de deseos, a Pepe Vergara le tocó una batería "Premier", desde siempre una auténtica apisonadora sonora, y a Juan Rosa un "Eko Dinnator", el primero micro de su generación que hubo en Albacete.
Atrás quedaban los tiempos de las viejas "Jomadis" de 3.500 pesetas que se hacían en los pueblos levantinos. Aquéllas en las que cabía un magnetófono entre las cuerdas y el mástil. Aquéllas en las que acababa el Lobo con los dedos hinchados cuando no ensangrentados. Atrás quedaron esos primeros tiempos en los que todo el equipo en escena no sumaba mas de 38 watios en todo un Teatro Circo, de los que 10 eran para cada guitarra y 18 para el bajo. El micrófono se enchufaba a uno de los amplis de guitarra y la batería...ni que decir tiene que nadie por un momento pensó siquiera en meterle un micrófono al bombo ni nada parecido. Un día, recuerdo que llegué al ensayo de Los Ronnys con una foto de Los Rolling Stones en donde se veía una actuación de ellos en Alemania. Allí, junto al bombo de Charlie Watts, descubrí un objeto que tenía toda la pinta de ser un “AKG”. Se lo dije a los del grupo y se quedaron atónitos y escépticos porque pensaban que eso sólo pasaba en las películas y en mi imaginación
A Los Trasgos, Albacete y su provincia poco a poco se les convierte en una pequeña y anticuada carabina de repetición. Se dan cuenta de que están entrando en un peligroso círculo vicioso en el que no hay demasiados problemas, prácticamente ninguno, para conseguir contratos, pero siempre a costa del mismo paripé: algo de Brincos y grupos ingleses para entrar impresionando, Perdóname amigo para marcar el cenit del baile agarrado o del reposo, y vuelta a la tortilla con El Calcetín de Los Hurracanes o Los Domingos de Lone Star, salpicado todo ello de continuas bromas y quedadas de Juan Rosa o de algún pasodoble si se trataba de las fiestas de un pueblo, aunque lo que se oyera fuera el Nivram de The Shadows. Y llega el momento de la gran decisión: dejar lo que tengan entre las manos, trabajo, estudios y contratos seguros y de verdad dedicarse a lo que con tanta ilusión y excelentes auspicios habían iniciado. Luis Arteaga dice adiós a aquel trabajo-para-toda-la-vida que era el banco, aquel siniestro pabellón de la calle del Rosario conocido como la Central Contable de Banesto, Adrián Navarro aparca sus repartos de aceitunas ante la nebulosa disposición de su padre, lo mismo ocurre con Juan Rosa y la carnicería de su madre y con Luis Sánchez el Lobo y su primer curso de preuniversitario que tendrá que esperar indefinidamente. El objetivo es Cataluña. Allí es donde se está cociendo todo el caldo nacional y de donde, casualmente, les llega la primera preoferta de trabajo. Un viernes santo del año 1966, la casa de Adrián Navarro era un hervidero de nervios y puesta a punto porque les iban a hacer la prueba definitiva para la firma de una serie de actuaciones en la provincia de Tarragona. Ellos aprobaron con nota y los vecinos de Adrián les dieron sobresaliente por no tener que pasar otro trance sonoro como el de aquella tarde en el barrio. Cataluña, Tarragona, esperaba.


Es muy duro luchar,
yo también he luchado, niña,
qué será de mí...
Tenemos que irnos de aquí,
a un sitio nuevo y muy lejano,
tenemos que irnos de aquí,
hay otra vida, niña, para ti
(TENEMOS QUE IRNOS DE AQUÍ. The Animals, versión Lone Star. 1965)



Eféctivamente, en aquellos fantásticos años, Cataluña había tomado, como ha ocurrido en otras muchas épocas, la iniciativa del movimiento renovador de la música y otras artes en el país. La industria discográfica estaba centralizada en Madrid, en aquellos años todo estaba centralizado en Madrid, pero la creatividad esos días era patrimonio catalán. Cine, diseño, dibujo o comics, pintura, literatura, música... Barcelona era una corriente continúa, una cascada caudalosa de nuevos y viejos artistas que encontraban en el país catalán una infraestructura más sólida y madura para realizarse. En música, había 300 grupos por metro cuadrado, la mayoría con un instrumental y una experiencia muy por encima del mejor grupo manchego, que precisamente eran Los Trasgos.
"No sabíamos nada y creíamos saberlo todo -reflexiona Luis el Lobo-, en una de nuestras primeras actuaciones en Tarragona compartíamos cartel con una fenomenal orquesta caribeña. Al terminar nosotros nuestro número se me acercó uno de aquellos músicos y me dijo: "En Tonight (de West Side Story) os cruzáis. Era la primera vez que escuchaba aquella palabra y la primera que supe su significado musical (cruzarse en música es mezclar compases)". Otro día, viendo a Los Sirex, nos enteramos que el sólo de escobillas de La Escoba no se hacía en la caja sino en el charles. Las canciones de Los Brincos las cantábamos a una sola voz, cuando todo el mundo sabe que Los Brincos han sido uno de los grupos que más ha cuidado las armonías vocales, los coros. La distorsión de Sattisfaction de los Rolling Stones la descubrimos en Barcelona: era un simple pedal. No te digo la impresión que causamos en Albacete cuando la tocamos con aquel pedal. Nos creíamos importantes y no sabíamos nada. Nos creíamos buenos músicos y es que en Albacete nadie tenía idea de nada". (Luis Sánchez el Lobo)
Los Trasgos en la sala Lauria, de Tarragona, se dedicaron a aprender de sus compañeros de cartel y de los que tocaban cerca de allí mientras pulían sus innumerables defectos, adquiridos por otra parte gracias a su excepcional ignorancia. Muchos de aquellos grupos no tenían nada que ver con la incipiente e infravalorada industría del disco. Los Doble R, por ejemplo, que era un bandón y a quien nadie ha podido escuchar en plástico; otros, aun habiendo grabado tampoco habían tenido ninguna repercusión nacional, como Los Watts, que vendieron sus huesos para comprarse el instrumental, o Los No, de los que recogieron su impresionante tema "La Llave", o los mismos Cheyennes, un grupo al que nunca se le reconoció su verdadera importancia. Aun hoy siguen sonando frescos.
La España de aquellos años bailaba al son marcado por Los Sirex, Los Mustang, Los Gatos Negros, Lone Star, Los Salvajes, Alex y Los Findes, Los Jóvenes, todos ellos grupos catalanes. De la capital de España sólo habían destacado Los Pekenikes, un grupo que nunca supo discernir entre su carrera músical y sus carreras profesionales; Los Bravos (formados en las Baleares), a través del productor francés Alain Milhaud y el hoy director de Sony-CBS, Manolo Diaz y...Los Brincos:

Los Brincos, en la foto con Los Trasgos están los originales: Fernando Arbex, Junior Morales, Manolo González y Juan Pardo

"Tocaban unas manzanas más arriba que nosotros y se hospedaban en nuestro hotel. Me pidieron mi bajo "Shelmer" porque se les había estropeado el suyo.Fuimos a sus ensayos y quedamos en que fueran a ver nuestra actuación en Lauria esa noche. Se presentaron efectivamente, con una francesa llamada Cocó, que por aquel entonces era la pareja de Fernando Arbex. Se sentaron en nuestra mesa mientras nosotros tocábamos y al terminar el show, ya con el local vacío, nos subimos todos al escenario y organizamos una de las mejores "jam" que yo recuerde. Todos mezclados y disfrutando como cosacos. Recuerdo el "Nivram" de The Shadows, manejando el bajo Manolo González; el tipo había hecho su propia versión del tema y era fabulosa. Estuvimos tocando hasta las primeras horas de la madrugada. Allí nació una sincera amistad y quedamos con Fernando Arbex en vernos en Madrid cuando el verano hubiese acabado. Lo de las fotos con ellos no me extrañaría que hubiese sido cosa de Pepe Vergara, a él esos detalles no se le escapaban". (Luis Arteaga)
Fernando Arbex, batería de Los Brincos, fue su principal introductor en la capital de España unos meses después. Ellos no sabían nada del show-bussines, ni conocían a nadie importante y en los años de total irrupción del pop en España eso era un asunto realmente grave. A través de Arbex, Los Trasgos tocarían en la por entonces prestigiosa sala madrileña Imperator. No es que tuvieran un excepcional contrato ni nada parecido, la mayoría de los días no les pagaban, pero ofrecía la oportunidad de que fueran vistos por quienes frecuentaban el local, gente de las agencias más importantes o locutores y periodistas más conocidos, amén de los propios directivos de la aún débil industria del disco en España.

La noche del debut en Imperator los nervios les llegaban a los botines. El cartel lo formaban una gran orquesta de las más conocidas entonces, después ellos, Los Trasgos y por último la atracción principal, que solía ser gente en primera línea de batalla, famosos reconocidos de la talla del Dúo Dinámico, Bruno Lomas, Charlie, el superviviente de "La Yenka", Cacho Valdés, Los Cinco Latinos o el mismísimo tigre galés Tom Jones, que les salía a los empresarios a 350.000 pesetas de las de entonces por sesión. Los de Albacete estaban anonadados por toda aquella parafernalia: escenario con moqueta, focos de colores con tubos de luces direccionales, juegos impresionantes con proyectores de diapositivas, presentadores famosos, etc. Aquella noche, Luis el Lobo comenzaba el número de Los Trasgos haciendo un dueto con Juan Rosa en la canción beatle "Michelle". Luis notó, con la tensión del ambiente, que su voz no salía por ningún lado. A Luis nunca se le olvidará que aquella noche, en aquel preciso instante de su debut en Madrid, justo en el momento de iniciar su actuación, su voz le había abandonado. Estaba demasiado asustado para controlarla. Se había quedado mudo de la impresión.


Siguieron alternando sus actuaciones en las salas de prestigio de la capital, Paraninfo entre ellas, siempre bajo los auspicios de Fernando Arbex que había renunciado a todo tipo de comisión por lo que les consiguiera, resolviendo a golpe de teléfono cualquier vacío en la agenda de sus amigos albaceteños. Así iban pasando los dias, las semanas, hasta que de pronto surgió el problema de Adrián Navarro, el solista del grupo.
-"Fue reclamado por su familia desde Albacete"- resume friamente Arteaga.
"Creo que no fuimos conscientes de lo que nos estábamos jugando cuando llegamos a Madrid y Fernando Arbex nos echó aquella mano en los clubs punteros de la capital. Siempre le agradeceré su apoyo incondicional y me temo que siempre se lo deberemos. Pecamos de ingenuos, de falta de madurez. Había demasiada gente importante en aquellas actuaciones para dejarlo por una chiquillada y lo de Adrián pienso que fue esencialmente eso, una chiquillada de mocosos ignorantes. Nos sentó mal que nos dejara aquellos dias en la estacada" (Luis el Lobo).

Adrián Navarro tiene otra versión de los hechos que conviene conocer:
"A mi me echaron de Los Trasgos. Eso es una historia que no se la he contado a nadie, ni lo he discutido posteriormente con ellos, pero fue así y es algo que no le perdonaré a ninguno del grupo.
Los Trasgos comenzaron financiados por mi padre. Ninguno tenía un duro. Mi padre avaló todas las letras pese a que en el fondo no quería que yo siguiera con el grupo. Él quería que yo siguiese alternando los estudios con mi trabajo como aceitunero. No se fiaba de todo lo que rodeaba a los músicos de aquella generación: sexo, drogas y rock and roll, ya se sabe. Aún así, tragó y firmó todo lo firmable para que Los Trasgos tuviéramos instrumental. Nunca me dijo que abandonara el grupo. Nunca. Todo lo que se ha dicho de mi marcha de Los Trasgos es mentira. Posiblemente no quieren reconocer la verdad" continúa Adrián Navarro algo excitado por los recuerdos.
“Tocando en Paraninfo, en Madrid, le da a mi padre un amago de infarto y preocupado me vengo a Albacete a ver que pasa. Bueno, pues eso no lo entendieron. Tardé menos de un día en volver a Madrid y me recibieron con unas caras que se las pisaban. Toqué otra noche y de nuevo me llama mi madre dicíéndome que mi padre no estaba bien, pidiéndome que volviera de nuevo unos dias hasta que estuviera totalmente repuesto. Luis Arteaga me dijo: `Si te vas, te quedas allí ya". Me fui para volver al día siguiente, según le contesté, pero en aquellas veinticuatro horas hicieron gestiones para sustituirme. Lo supe al llegar a Albacete porque me lo dijo uno de los músicos que contactaron. Yo en el fondo pensaba que iban a recapacitar y esperarme. Los llamé preocupado para decirles que había estado hablando con mi madre y que ya estaba más tranquila y me contestaron: "no hace falta que vengas porque volvemos a Albacete". Al día siguiente me llamaron para que recogiera mi amplificador y mi guitarra en casa de uno de ellos diciéndome que ya había terminado la historia de Los Trasgos.
Hasta ahora nunca he comentado esto a nadie, excepción hecha de la familia, por supuesto. A mí me echaron de Los Trasgos".

Lo cierto es que habían estado palpando el éxito. Habían convivido unos dias con la flor y nata de nuestro pop. Tuvieron la posibilidad de charlar y llegar a algún tipo de negociación con los managers de las estrellas: Emilio Santamaria (padre de Massiel) entonces superpoderoso, García de la Vega, la confianza de un primera serie como Fernando Arbex, posteriormente glorificado como productor al igual que otro Brinco, Juan Pardo y sin embargo todo quedó en un enfado de provincianos consentidos.
"Buscamos a Leopoldo Martinez, que no quiso venir y posteriormente sustituimos a Adrián por Andrés Serrano, `Morgan´. Con él volvimos a Tarragona otro verano, pero aquello fue otra cosa. Morgan tenía una personalidad muy acusada, muy anárquica. Adrián era mas metódico. Morgan era muy rockero, muy moderno en conceptos musicales, tenía su encanto, pero no fue lo mismo. Aquello terminó por desanimarnos; la mili estaba ya muy cerca y lo dejamos" (Luis el Lobo).
"Con o sin Adrián -dice Juan Rosa-, a Los Trasgos nos destrozó realmente la mili. Primero Pepe y después yo. Eso sí que fue una putada. El día que tocamos Los Trasgos por última vez me hinché a llorar. Finalizamos la actuación con "My Generation" de The Who. Tiramos las guitarras al suelo, la batería... como hacían ellos".


Hasta el último suspiro, hasta aquel grito generacional de Pete Townsend Los Trasgos mantuvieron su compostura al día. En Albacete nadie entendió nunca cómo habian llegado a ése final cuando todo les sonreía y los que tuvimos la suerte de verlos o de compartir escenario con ellos siempre recordaremos aquel influjo, aquella atracción que despedían sólo al verles en escena, aunque sólo fuera cuando esperaban agazapados tras el telón su inminente explosión en el tablado. Poco sabíamos musicalmente entonces de lo que ocurría a nuestro alrededor, pero ése poco fue siempre patrimonio exclusivo de ellos. Sin duda, en aquellos años de clausura fueron los mejores.



Fotos cedidas por Los Trasgos

1 comentario:

antonio-fuentes dijo...

Necesito saber como poder comprar un ejemplar del libro. Gracias:

antonfuentes@gmail.com