14.11.09

Roy Hargrove: La noche del trompetista zombie

Inolvidable jam-session del músico americano en el Pussy Wagon de Albacete

Lo suelen hacer los divos, los consagrados, los sobrados. En Madrid y Barcelona son ya famosas las jam que se gasta Prince después de cada concierto. Paris también supo de eso a lo largo de toda las décadas de los cincuenta y sesenta. Y Londres, Copenhage, Amsterdam, Berlín..., no digamos Nueva York, donde a mediados de los cuarenta del pasado siglo Harry Minton abría su bareto, el Minton´s Playhouse, 210 West en el barrio de Harlem, pasada la medianoche, para acoger a todo el desperdicio negruno que había cumplido con creces sus respectivos compromisos en los lujosos locales del Midtown o a muy pocas manzanas de allí, en el mítico Teatro Apollo.


Llegaban todos los músicos axfisiados de tanto jazz de encargo, tanto convenio ventajista y tanta farándula baratera tocando para el barón de turno. En la otra parte de Manhattan, al señor Minton se le ocurrió dar una cena a la semana gratis y barra libre para el músico que llegaba de cada una de aquellas galas de compromiso. Los conciertos improvisados se montaban después de la actuación del grupo de turno en el local. Los beneficiarios de aquellas primitivas jam no eran obviamente desperdicios, eran todos músicos solventes con ganas de disfrutar y experimentar sus propias y recientes creaciones. Kenny Clarke, Thelonious Monk, Dizzy Gillespie, Charlie Parker, no fueron cualquier cosa. Dicen que allí nació el bebop.

No nos consta que a Modesto Colorado se le ocurriera la idea de Harry Minton, ni siquiera a Julio Guillén, artifices de la aparición sorpresa de Roy Hargrove en el añejo y sencillo Pussy Wagon, calle Nueva, barrio Tejares, la noche del 7 de noviembre después de que el propio Roy
Hargrove descargara sin aparente entusiasmo pero con una efectividad colosal su comprometido concierto en el Teatro Circo de Albacete un par de horas antes. En el escenario del teatro, Hargrove había desgranado uno por uno todo el repertorio de Emergence, su último disco y
había dejado alguna flor suelta de su obra anterior y standars. Un concierto rico en matices, exquisito diríamos, de esos que cada músico se explaya con la evidente intención de brillar. Bop de altura y con pocas concesiones. A la salida del teatro llegó el chivatazo de Julio: "Hargrove estará en unos minutos en el Pussy". Nadie de mi entorno lo creyó, pero fuimos todos no fuera el caso.

Cuando llegamos al Pussy Wagon ya se escuchaba la trompeta del bopper. Rodeado de músicos albaceteños (muy buenos Julio Guillén y el batería José Miguel Sarrión) y algún infiltrado nacional, el soberbio guitarrista madrileño Mario Quiñones, por ejemplo, que andaba por allí a la búsqueda de nuevas sensaciones con Julio y los Jazz Nouveau. Cuando pude hacerme un hueco en el pequeño vagón tenía frente a mi al mismísimo Hargrove sentado, en posición zombie, en un saliente de una de las mil columnas -malditas- que sostienen el local. "Muy bueno tu concierto en el teatro", le dije. No llegó a mirarme. Ni se canteó. Estuvo en ése mismo estado de shock toda la noche. Incluso en el pequeño escenario no abrió los ojos ni dijo esta boca es mía y la trompeta también. A Guillén, que ejercía de teclista y maestro de ceremonias, le consultó algunos temas que podían tocarse, Antonio Carlos Jobim, una fantástica versión del Listen Here, otra no menos espectacular de Night in Tunissia, So What y cosas así. En las tablas, la banda fue aumentando al mismo ritmo que los músicos de Hargrove fumaban algún pitillo. En unos instantes, lo que allí se barruntó era un concierto de jazz en toda su gama jam. Danton Bolder machacaba con el bajo impresionantes notas que recorrían y organizaban todas las maltratadas hiatos del intestino. El Pussy Wagon era para entonces una locomotora bop a la altura de cualquier maquinaria de Chicago. Las chispas las emitía Hargrove, que en su posición mutante iba y venía por todos los vericuetos que marcan los cánones. Una aplanadora infernal. Gerald Clayton , que ya había sustituido a Julio en el pequeño teclado, lo hacía grande, inmenso, con gusto y a gusto. Los presentes con la boca abierta, como si hubiera bajado el mismísimo Dizzy de los cielos. Pasadas las cuatro de la mañana, todos decidimos cerrar la fiesta. Habíamos tenido ración doble e inesperada. Hargrove y los suyos siguieron fumando camino del hotel, los demás camino de casa, con la sensación de haber vivido algo grande en nuestra pequeña capital de provincias.




Dentro no nos dejan fumar... más