5.5.09

México, las tribulaciones de Miguel Cane



El escritor y crítico cinematográfico atrapado en la capital mexicana

Ésta semana he decidido viajar. El tiempo en ésta extraña tierra de cultivos anda algo desquiciado sin saber si llegar o partir; no se define, no dice "voy a regarte con agua de primavera unos cuantos días para que tengas otros donde Abril explote por fin su belleza natural". No, Abril ha estado éste año antipático y ahora que empieza Mayo quiero celebrarlo como Chihiro o algo así. Un viaje que me lleve a los confines del mundo donde eso sí, las personas aún sean personas y no aquella fauna retorcida que describía admirablemente Miyazaki. He hecho la maleta concienzudamente sin olvidar ningún detalle: un taco de papel de agenda, lápiz y sacapuntas (el de La Pedrera me va a venir niquelado), un ratón Trekker del año del Corpus, un par de folios doblados en cuartillas para imprevistos y... la computadora, ése artefacto diabólico que, como los dioses, brujas y monstruos de Chihiro me llevará, vía Google Earth, al destino que pique mi curiosidad de albaceteño frustrado por el avatar del triste y confuso Abril. Mi destino será México.

A las 19,41, horario europeo, llego a México vía internet, con la interesada intención de encontrar a mi amigo Miguel Cane, que anda estos días previsiblemente entretenido en la azarosa y engorrosa epopeya de renovar su visado que le ate, más si cabe, otros cuantos años a la impagable y hermosa villa de Gijón. Cane nació en la Ciudad de México en 1974, es escritor y periodista y desde 1989 escribe en diferentes publicaciones como Milenio Semanal y es crítico de cine para Milenio Diario de México. Digámoslo ya antes de comprobarlo: y persona de una considerable y acusada sensibilidad. Busco a Miguel a sabiendas de lo que ocurre estos días en México: la llamada "influencia porcina", tiene bemoles el titular. Es el caso, ya lo saben, de ésa enfermedad infecciosa causada por un virus perteneciente a no se qué familia de figurones mutantes y que ha resultado endémica en poblaciones porcinas mexicanas y ahora quiere excursionar el mundo. El contagio es fácil pues el período de incubación de las cepas es tan breve (de uno a tres días) que los anticuerpos humanos son incapaces de detectarlas o atacarlas en sus fases iniciales (en el viaje hice escala en Wikipedia). Al fin encuentro a Miguel, como imaginaba: compungido y francamente inquieto: "Desde el viernes en la mañana, la situación se ha ido volviendo gradualmente extraña. Recuerdo que al principio bromeaba argumentando que esto era un ataque zombi (á la Night of the Living Dead) y claro, hice patente mi desconfianza ante el gobierno (yo ya no vivo en México realmente y nunca he respetado ni al gobierno federal o al local, ambos me resultan despreciables por igual, por razones muy personales), que es propenso a distraer al público con pan y circo".
Estoy ahora en "Alias Cane (... y ésta sórdida vendimia es la memoria)", el blog de Miguel. Como buen escritor que conocí, narrando y escenificando con más precisión aún que su impecable libro Íntimos Extraños (Ediciones B.2006) sobre sus encuentros con las estrellas de Hollywood, intuyo en su bitácora el alejamiento progresivo de sus habituales y, en muchos casos, confidenciales escritos. Miguel está, creo que como todo México, absolutamente angustiado por la situación que viven estos días: "las cosas comenzaron a ponerse más y más raras a lo largo del último fin de semana. Desde que era niño, no había visto calles desiertas a horas pico, ni había percibido una creciente sensación de angustia y paranoia, extendiéndose como una especie de dolor de cabeza masivo. Estamos inquietos, no sabemos qué sucede, la información se cruza, las cifras no coinciden, el cubrebocas (azul, y ostensiblemente de escasa utilidad) como el que uso, posee el don de la ubicuidad".

La última vez que vi a Miguel Cane le recuerdo en un ataque de histeria porque acababa de hacerse público el asalto al Hotel Oberoy de Bombay, aquel donde la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, salió por piernas. No venía la angustia de Miguel por la seguridad de Lady Sara (Mago), no: venía porque la novela que actualmente escribe tiene como fondo argumental el ataque indiscriminado de unos terroristas a un hotel del Oriente Medio y ése día sentía aquel acto, el real, como una premonición que sólo él conocía, como si una extraña pirueta del destino le hiciera partícipe de algún modo de aquella masacre (al menos 195 muertos y 295 heridos). "¡En cuanto llegue a casa quemo todos los folios escritos!", gritaba desesperadamente mientras se alejaba Avenida de Begoña abajo. Pienso en éste incidente y le veo ahora disfrazado de Llanero Solitario por las calles de D.F. "Esta no es una película de Danny Boyle -dice, obviamente afectado-. Esto es la vida real. No hay ruido en las calles. No hay certeza de nada. No creo en lo que incesantemente me dice la tele (¿cuantos muertos, por fin, 7, 22, 49 o 152? ¿quién miente?), tampoco creo en los rumores. Sólo creo en lo que puedo ver: la desolación y el miedo, la confusión. No me importa quién miente, no me importa de dónde vino, o por qué. Lo único que me importa -- y aquí me lavo las manos obsesivamente, como Lady Macbeth- es mantenerme sano. Mantenerme vivo. Poder volver a mi casa y a mi Audrey (su pequeña perrita)".

El viaje me ha dejado exhausto y conmocionado. Empiezo a dudar de ésta fórmula emigratoria. Antes, en el Paleozoico, cuando sucedía una vicisitud similar como la que nos aflige uno escribía dos cartas al afectado hasta esperar respuesta. Cuando llegaba ésta, la vicisitud ya era historia y todos tan contentos, como imagino y espero que pronto esté mi amigo Miguel Cané, el que fue a México a pedir una prórroga y se encontró con una "influencia" y además de carácter porcino: "aunque, curioso, debo confesar que prefiero pasar esta epidemia aquí, que en Gijón. Al menos aquí veo, escucho. Allá, la distancia no me hubiera ayudado. Sigo vivo. Cierro la puerta, pero sigo vivo".


El Brillo de los Días. Publicado en el diario La Verdad de Albacete. 4/5/2009.